Columna semanal. Toda metáfora es una maldición. Por Helga Fernández*.

I

Bajo una lectura provista de un canon de actualidad-perennidad más que de sentido estructural, es probable que se considere vano o caduco continuar extrayendo de las tragedias de Sófocles una enseñanza que nos oriente en la experiencia del análisis. Sin embargo, si se toma en cuenta que estas obras son clásicos, habrá que admitir que siempre quedará en ellas algo por leer. Porque, qué es un clásico sino un texto que no se limita a ninguna época o civilización y que, al poner en la escena del mundo parte de lo que hace al hombre hombre, devela aspectos de la constitución del sujeto.

El héroe antiguo, Edipo, no sabía el saber no sabido del inconsciente, por lo que se le reveló al modo oracular. El héroe moderno, Hamlet, sabía el nombre del asesino del padre pero no sabía, más que al modo del saber no sabido, que en la escena sobre la escena o en el fantasma, el asesino era él. Pero, pese a las diferencias, Edipo y Hamlet, tienen mucho en común, precisamente porque el hombre antiguo o moderno, trágico o dramático es captado en su dimensión en los clásicos de ayer y hoy.

Es así que, en ocasión de este artículo, me valgo una vez más de la letra de Sófocles, poniendo en relación dos de las formas con las que Lacan enseña la creación ex.nihilo: la maldición consentida, que Edipo larga en Colona, y el fundamento en el que Antígona sostiene el lugar insustituible que tiene su hermano para ella. Dos formas de la creación ex-nihilo, que a su vez serán enlazadas con un recorte clínico, como un modo de decir y poner en acto que la tragedia enseña y orienta en la experiencia del análisis.

II

Uno de los aspectos que enseña la tragedia es la articulación entre el deseo y la pulsión de muerte. Y si bien Lacan, extraviado en la belleza de Antígona y perdido en sus rodeos aberrantes, no diferencia, en el análisis de la pieza, la tragedia del deseo del goce de lo trágico, por igual razón su análisis muestra hiperbólicamente que, si bien el deseo puede ser contrario al goce y hasta barrera ante el mismo, hay una cara de éste que está más en relación al goce que al placer. Así, en el Seminario II, trabaja la insistencia de la cadena significante, inseparable del deseo, como siendo ella misma el más allá del principio del placer.

Este polo del deseo, que no coincide con la ética tradicional, es al que propongo identificar con el aspecto de su economía que se articulada a la pulsión de muerte, por lo que puede hacer tomar al sujeto su bien por su mal y, como en el caso de Antígona, su destrucción por su bien. Al extremo de que no escuchamos de su boca  interrogantes semejantes a los que solemos escuchar en los análisis: “¿por qué hago esto que sé que me hace mal? ¿por qué lo que quiero evitar me lo vuelvo a encontrar?”  Sino que, por el contrario, sin ninguna piedad con ella misma, a partir de ese deseo decidido, ese supuesto puro deseo, se dirige de cabeza al ascenso de su suplicio.

La tragedia, a partir de la acción que en ella se desarrolla, es un desgraciado y ejemplar modo de expresar que el deseo acucia, exhorta y, entonces, resulta imposible oponerle cualquier respuesta pero, al mismo tiempo, resulta inconcebible no “atenderlo”. Es que el deseo inocula algo parecido a una desarticulación que, sin embargo, se manifiesta articuladamente.

Entonces, porque la cadena significante es ella misma el más allá del principio del placer y porque la tragedia también enseña que la cadena generacional es un modo de la cadena significante, pongo en correspondencia la última parte de Edipo en Colona, y el último tercio de Antígona. En tanto, desde ahí pesa la maldición de Edipo, la que engendra la continuidad que se reencuentra en Antígona, y que, desde cierto corte significante se inicia con lo que Lacan llama la maldición terminal, radical, consentida o asumida de Edipo: “Mejor, no haber jamás nacido”. Una maldición acompañada y consecuente, a su vez, de la maldición que echa sobre sus hijos, como retoños y continuadores de su vida: que se maten unos a otros.

III

¿De qué se trata esta maldición?¿Por qué lleva el calificativo de consentida? ¿En qué punto se articula con el polo del deseo imbricado a la pulsión de muerte?  ¿Por qué Lacan la toma como un ejemplo de creación ex.nihilo?

Cuando el destino y el deseo de saber de Edipo se realizaron, cuando su ser de significante está íntegramente en la palabra formulada por el oráculo, invoca la maldición más radical. Presentificando la conjunción de la muerte y la vida. Un acto idéntico a una fulminación, a un desgarramiento o laceración por sí mismo. ¿Qué pasa entonces? Edipo muere en condiciones particulares, una especie de volatilización de la presencia y, así, muestra que ya no es más que la hez de la tierra, el desecho, el residuo, cosa vaciada de toda apariencia especiosa, polvo.

“Mejor, no haber nacido”. En este ne, este expletivo para los gramáticos, está el lugar del sujeto del inconsciente, en tanto es precisamente ahí donde se muestra la punta del deseo. ¿Por qué? En principio, porque hay un elemento técnico indispensable, el juego con las palabras, una creación o un invento del decir tal como lo es el “me falta la palabra”. Pero, fundamentalmente, porque en lo que Edipo dice, hay un empalme de la palabra con la supuesta nada del no haber nacido, la que no podría decirse antes de haber pasado a la existencia. Siempre en el empalme de la palabra, a nivel de su aparición o de su emergencia, es donde se produce la manifestación del deseo.

El decir de Edipo se trata de un decir que dice poéticamente lo que Freud con su propia creación ex.nihilo, la pulsión de muerte: que el fin de toda vida es la muerte y lo que busca es llegar de nuevo al punto de origen. Y para que no queden dudas de la coincidencia, el coro subraya: “No haber nacido es la suprema razón; pero una vez nacido, el volver al origen de donde uno ha venido es lo que procede lo más pronto posible”.

IV

La maldición, herencia de Edipo, prosigue en Antígona.

Antígona quiere que el cuerpo de su hermano sea enterrado, pese a la ley que hace valer Creonte. Lo que pretende, con esto, es que los efectos de la maldición se acoten, se detengan, que haya un límite. Está dispuesta a todo para que su hermano goce del derecho a la segunda muerte, es decir, el de la sepultura que rubrica la existencia significante de alguien, esa que en la Antigua Grecia se llamó el derecho a la muerte escrita. Para lograrlo, paradojicamente, es ella quien se dirige a la perpetuación del punto de no detención, de eternización de la Áte y, entonces, de continuidad de la maldición, bajo la forma de no tener un sitio en el que yacer, condenada a vagar en un mudo infrahumano. Eternamente no muerta; eternamente no viva.

Lo que la lleva a tal posición infranqueable es la insustituibilidad del hermano. Un hermano nacido de la misma matriz (adelfoz), quien una vez muertos padre y madre, no puede ser reemplazado. Ella dice respecto a él: “lo que es es”. Esta forma gramatical, que construye una ontología de la identidad de sí mismo, es el equivalente verbal de su posición, fija, falta de plasticidad. El es lo que es detiene todo deslizamiento metonímico del objeto del deseo. Por lo que Lacan dirá que el hermano ocupa aquí, el lugar del objeto perdido, el lugar de su deseo.

V

Entonces, tanto Edipo en Colona -en el tiempo que se arranca los ojos y así se extrae él mismo del mundo- como Antígona -una vez que comienza la inflexión de la pieza donde brama y se queja como un pájaro- atraviesan ese espacio entre-dos, las barreras del bien y lo bello, que los lleva mas allá.

Que en ambas tragedias, la cuestión sea llevada al límite, al extremo de la realización del destino y, entonces, a la realización del deseo, evidencia la relación con el origen, el punto de partida o el inicio. De manera que podría decirse que la acción que se lleva a cabo hasta el final pretendería ser un camino inverso al que permitió, a partir de la constitución de das Ding por expulsión, que la nada supuesta se torne un vacío central, el que, a su vez, dio lugar al ser significante y, entonces, al deseo. Como si todo el recorrido del deseo llevara a su anulación, por el camino inverso al que estructuralmente posibilitó que advenga.

La tragedia enseña que  cuando no hay distinción entre el deseo y el fin o entre el deseo del fin y el fin del deseo, o entre la causa del deseo y un objeto, el devenir estaría en el origen o el origen estaría en el devenir. Cuando no queda distinguido el deseo de un fin, o lo que es lo mismo, se homologa la causa del deseo a un objeto, nada menos “bueno” que el deseo, que puede llegar travestido con los ropajes de una emoción-pasión pero que crece y se desarrolla metódicamente, arrasándolo todo de forma minuciosa.

VI

Pero, ¿es posible volver a la nada? ¿Es posible lo que Sade pretendía, que no quede rastro de que alguna vez estuvo vivo? ¿Es posible la muerte radical, la segunda muerte, de forma absoluta? ¿Es posible desaparecer para poder regresar al otro lado de la existencia, ahí, donde se sospecha, pero sólo se sospecha, que no hay nada ? Y ¿es posible, además, volver a la nada de mano propia?

Lacan dice, respecto de la maldición consentida de Edipo, que “(…) para nosotros el Verbo no es simplemente la ley donde nos insertamos para llevar la carga de esta deuda que hace nuestro destino, sino que abre una posibilidad, una tentación de donde nos es posible maldecirnos, no solamente como destino particular, como vida, sino como la vía misma donde el Verbo nos compromete, y como encuentro con la verdad, como hora de la verdad” También dice que maldecir a Dios, uno de los nombres de ese Verbo, es una función fundamental del hombre. Algo que no se puede considerar un tipo de locura religiosa, ya que, muy por el contrario, es allí que estamos colocados nosotros, hombres de nuestro tiempo, en la medida en que esta locura religiosa nos falta. Por eso, la última palabra de la vida, cuando fue desposeída de su palabra, no puede ser sino esa maldición última.

León Felipe lo dice así:

Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
que si es desceñida o apretada …
que si la túnica o que si la casaca …
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? …
¿Me ha oído usted, señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre … y la Torre tiene que ser alta … alta …alta …
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo … la última palabra,
para tirárselo a Dios
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria …
y romperle la frente … A ver si dentro de su cráneo
está la Luz … o está la Nada.

La maldición puede deslizarse a la injuria o al insulto. La injuria aniquilante, como la maldición radical, es un punto culmine, una de las cumbres del acto de la palabra. Nuevamente el extremo del límite deja deducir la lógica intrínseca entre el maldecir y la segunda muerte, en tanto ambas suponen la entrada y la salida del sujeto del orden significante y, entonces, del ser y del des.ser. Así como el sujeto se arranca del mundo con ese ne expletivo que lo trajo al mismo, se excreta del mundo con la maldición que muestra que en el origen de toda metáfora también hay una injuria.

¡Destrucción y creación, cuánto se parecen!

Lacan, al hablar de la injuria y el insulto plantea que el sujeto se constituye en ella, por efecto de la introducción del significante; de lo que se trata es de una injuria estructural y de una violencia inaugural. Hay, por tanto, una génesis de la violencia que proviene de la ruptura de la cosa con la palabra, de manera que desde este punto de vista, toda metáfora conlleva una injuria. Lacan, lo lee en Freud: cuando en un ataque de bronca, el Hombre de las ratas de chiquito, le contesta a su padre: “Tú lámpara, tú servilleta, tú plato”.

Lacan, también, dice respecto respecto de la fundamentación de la causa de la acción de Antígona -el “es lo que es” referido al hermano-: “Esta pureza, esta separación del ser de todas las características del drama histórico que él ha atravesado, está allí, precisamente, en ese límite, ese ex nihilo , alrededor del cual se sostiene Antígona y que no es otra cosa sino el mismo corte que instaura en la vida del hombre la presencia misma del lenguaje.”  Nuevamente el lugar donde el verbo nos compromete, donde la palabra se encarna y, entonces, surge el deseo.

VII

La maldición radical de Edipo y el modo de decir acerca del lugar, también, radical que ocupa para Antígona su hermano, nos colocan frente al origen o, mejor, en el punto de partida, que indica que el ser de deseo no es otro que el ser de significante. Porque el ex.nihilo es una función del significante, un labrado del mismo que el hombre, en tanto creador mítico, realiza con sus propias manos, encerrando la nada de la que advendrá el vacío del que se extrae. Pero llegar a esa nada o a la nada misma es imposible, hay un límite que pone en evidencia la imposibilidad de regresar a donde el ser del significante se ha extraído.

VIII

Una chica de 22 años decide intentar comenzar una análisis, dice, “porque  no puede relacionarse con nadie”. Una situación que no siempre fue así, pero que progresivamente se fue extendiendo hasta su actualidad.

En los primeros encuentros refiere la razón a circunstancias externas. Lo que se modifica en el progreso de su decir es la responsabilidad respecto de eso que, en principio, llamaba las circunstancias, por lo que empieza a describir esta falta de relación con los otros,  con los siguientes significantes: muy originario, casi genético, natural, muy de ella.

Después de un tiempo, le pregunto si había algo que no estaba contando que podría ser importante, a partir de lo que dice, justamente, “muy naturalmente”: – Bueno, sí soy adoptada. Algo que dice saber desde siempre pero, sin embargo, algo de lo que no quiere saber nada. Ese hecho de su vida, como podría ser cualquier otro, pero uno al fin, se encuentra en carácter de información, de dato, no historizado, es decir no significado.

Durante el transcurrir, continua especificando el decir de ese aislamiento hasta que, a diferencia de Antígona, llega a preguntarse, : – Si siempre quise llegar hasta ahí, hasta ese extremo, a la vez que siempre fue algo a lo que le tuve miedo ¿por qué ahora que estoy ahí no quiero estar?, ¿qué es lo que quise lograr con eso?

A continuación relata un sueño que, dice, sueña de formas distintas, con algunas variaciones: “Desde chica sueño que estoy sola en un lugar, desolado, yermo, desbastado, un paisaje del fin del mundo. Hay alguien que me persigue, que puede ser un zombi o un franco tirador”. Le digo, apoyándome en sus asociaciones      -con el cuidado de respetar sus resistencias a hablar tanto de su adopción, porque las resistencias además de resistir tienen una función, por algo están ahí- que en general los finales se corresponden con los principios. Dice: – Claro, se nace y se muere solo.

A la sesión siguiente comenta que decidió cuál sería el tema del próximo trabajo de su carrera: Robert Walser y su intensión de desaparecer. Dice que Walser, a quien admira y con quien se identifica, escribió textos con una letra minúscula, que se fue haciendo cada vez más pequeña hasta llevarlo a sustituir el trazo de la pluma por el del lápiz, porque sentía que ese trazo se encontraba ‘más cerca del eclipse’. Dice que este escritor tenía como meta literaria “un deslizamiento hacia el silencio”. Y que bien “ella no es tan espamentosa, en algo se parecen, quizá en pasar desapercibida”.

Tanto los sueños, como la referencia al escritor suizo, como su decir respecto de su aislamiento, entiendo, son el material con el que construye un fantasma, por medio del cual recrear, a través de ese supuesto dirigirse hacia el fin, una de las formas de la pregunta por el origen del sujeto. Pregunta que en esta persona, a simple escucha,o en cierta dimensión de su decir, se encuentra en relación con su adopción pero  está más allá de ésta. Quiero decir, que si bien podríamos afirmarse que esta persona, hasta nuevo aviso, se ve llevada por un deseo imbricado a la pulsión de muerte, a diferencia de Antígona, sí se pregunta ¿por qué hago esto que sé que me hace mal? ¿qué quise logar con esto?.

Se hace “un ratoncito que nadie ve”, construye un no tener a nadie, está en medio de “esa basta inmensidad”, con la función de lo bello que puede haber en juego por ubicarse en ese espacio entre-dos-muertes, puesto en juego en su particular estética de decir. Pero, sin embargo, este fantasma que construye, cuyo contenido supone ir hacia atrás o más allá del límite, hasta el fin del mundo, es un modo de recrear las condiciones de algo que, como ella dice, no vivió, algo en lo que no estuvo presente, pero que igualmente la constituye.

Buscando ir hacia el origen, hacia la supuesta nada de la creación ex.nihilo, lejos de desaparecer, se encuentra y encuentra, también, que el Otro ya estaba ahí, antes que ella -recordemos que en sus sueños de fin del mundo siempre hay alguien, además de ella-.

IX

Si es imposible restablecer la situación de la satisfacción primera, si es imposible reintegrar, reabsorber la Cosa -por mas perfecto e ideal que sea el objeto de la creación ex.nihilo, por más posición heroica que tenga el sujeto, por más límites que atraviese- el origen no es ningún origen, sino lo que pone en evidencia que, si vamos detrás del drama del paso a la existencia, sólo encontramos la vida unida a la muerte. Por lo que ahí, donde nace la vivacidad del deseo, el punto de partida no es otro que el punto de llegada, y viceversa. Dicho de otro modo, no es posible auto-engendrarse, que sea el sujeto mismo quien al inicio labre con sus manos el significante, a no ser que aceptemos que hay manos y, mucho más, “sus” manos antes de que el sujeto surja de tal extracción. Por lo mismo, tampoco hay manos, ni propias ni ajenas, que vuelvan al sujeto a la nada de la que presuntamente partió, porque, así como el sujeto no puede tachar su propio ser, mas que metafóricamente -como Edipo o Antígona- tampoco hay sujeto que se auto-engendre.

Hacia el imposible camino a la nada, el sujeto, como creación ex.nihilo del significante, vuelve a nacer o renacer en tanto tal. Como bien se preguntaba Edipo: “¿Cuándo nada soy, me convierto en hombre?” o, como dice esta analizante, casi como un envés del “Mejor, jamás no haber nacido”: “Descubrí que estar sola es para monstruos que todavía no habrían nacido”.

Bibliografia Consultada:

Felipe, León. Poesías Completas. Colección Visor de Poesía. 2010.

Lacan, Jacques. Seminario VII, La Ética. Versión Inédita.

Lacan, Jacques. Seminario VIII, La Transferencia. Versión Inédita.

Lacan, Jacques. Seminario II, El yo en la teoría de Freud. Versión Inédita.

Salafia Anabel, Ferreyra Norberto y otros. ¿Qué es el deseo? Ediciones Kliné. 1991.


helgaclaudias* Acerca de la autora: Helga Fernández, es analista, miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, parte del directorio de la misma desde el 2011 al 2014. Dicta clases en seminarios, es responsable del grupo de trabajo El lugar del tercero en la transferencia ¿Qué y a quién se transfiere?, en la misma Escuela. Supervisa en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Escribió varios artículos que forman parte de revistas o de publicaciones impresas conjuntas. También es editora para Bs. As. de esta revista. Contacto: helgafernan@gmail.com


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