ALGUNOS APUNTES SOBRE LOS OMINOSO A PARTIR DE FREUD.


Pablo Martínez Burkett, autor de este artículo, aclara, al pasar,  que la literatura subsidia al psicoanálisis. Estamos de acuerdo con el autor, en tanto el psicoanálisis se valió de la producción de aquella, no sólo para mostrar lo que el escrito permite hacer en un punto fijo, preciso, privilegiado, sino también sabiendo que el artista le lleva la delantera en el saber no sabido del inconsciente.  Agregamos que, una vez que el psicoanálisis provocó efectos en la cultura, él mismo ha llegado, en ciertos casos, en subsidio de la literatura y en otros, no en todos, le lleva la delantera. Para justificar la afirmación precedente, basta recordar la influencia que ejerció en André Breton la Interpretación de los sueños .
Es por esta reciprocidad entre el psicoanálisis y la literatura  que En el margen decidimos dar lugar  a lo que hacen los escritores con lo que leen en Freud y en Lacan.
Aquí, entonces, un artículo escrito por un escritor desde el punto de vista de su trabajo, el llamado género fantástico y el tráfico con palabras,  a veces instrumentadas y domeñadas para provocar lo ominoso. Es decir, que la realidad se desgarre y des-oculte aquello que la sostiene, a la manera de lo que irrumpe y, así, inquiete o asuste.
Invitamos al lector proveniente del psicoanálisis a escuchar qué y cómo dice un escritor acerca de un texto de Freud. Invitamos al lector proveniente de la literatura o escritura a escuchar qué tiene para decir el psicoanálisis,  en este caso, de lo fantástico. Con este gesto, apostamos a un encuentro entro unos y otros, sin borrar o desechar las diferencias.

Helga Fernández y Facundo Soares, editores.


Por  Pablo Martínez Burkett*, 2013.

Mientras empezaba a desandar el texto de Freud, primero como un eco indistinguible pero luego con una progresiva nitidez, empezó a resonar en la voz de Mercedes Sosa aquella canción cuyo estribillo termina con “lo cotidiano se vuelve mágico”.

Lo cotidiano se vuelve mágico, hoy diríamos, conforme una de las acepciones del DRAE, lo cotidiano se vuelve maravilloso, estupendo. Y sin dudas que sí, porque en la actualidad, gracias a la ciencia y al psicoanálisis, la magia ha quedada relegada a una mera atracción circense, a un voluptuoso espectáculo de salón, a cumpleaños infantil. En nuestros días, cuando calificamos a algo como mágico, estamos diciendo que es algo que puede maravillarnos como a niños.

Pero hasta no hace mucho la magia podía ser buena, la llamada magia blanca; o mala, la tremebunda magia negra, aquella que pretendía dominar o dañar a una persona (o al mundo entero, que simplemente es cuestión de escala), a cuyos fines no vacilaba en valerse de hechizos y conjuros y aún, invocar los espíritus de los muertos, en el caso de los temibles necromantes. Y aunque en este sentido lo mágico tiene que ver con la intención de dañar (o proteger, en el caso de la magia blanca) y por lo tanto, con un acto volitivo, es fácil advertir que una misma palabra tenía como mínimo, dos connotaciones, dos significados.

Y ello no puede extrañarnos pues hace más de dos mil años, cuenta la historia que un mercader griego tenía un esclavo llamado Esopo, a quien le solicitó fuera a la feria a buscar el mejor ingrediente para dar un banquete. Nuestro (futuro) fabulista vuelve con una lengua y a través de abundantes ejemplos compone una elegía para explicar por qué era el plato más excelso. Luego su amo le ordenó que trajera el ingrediente más abyecto y regresó Esopo con una lengua. A riesgo de ser azotado, el sirviente se apresuró en enumerar las miserias y vilezas que se perpetran con la lengua.

Una misma palabra, dos significados posibles que ponen en evidencia la claudicación del idioma para aprehender la realidad.

Porque no siempre se puedan establecer los límites entre el lenguaje, el pensamiento y el mundo de la realidad. Es muy probable que no nos pongamos de acuerdo sobre ese colectivo multipropósito que llamamos “realidad”. No sabemos qué es. Cada quien le dará un significado. Y ese extrañamiento de lo cotidiano que vuelve irreal los contornos operará en forma diferente para cada cual. No sabemos qué es la realidad, trastabillan los significados, se nos escurren las palabras. Y es imposible no recordar a otro alemán, Ludwig Wittgenstein, y la frase del Tratactus: “De lo que no se puede hablar, mejor callar”.

Y esa multiplicidad de significados es la consecuencia directa de la multiplicidad de representaciones. El ser aristotélico-tomista, el ser conocido como verdadero y querido como bueno pierde unicidad y desde el Obispo Berkeley para acá, se transforma en una progresión de sensaciones subjetivas que disocian al “este de acá”, el que percibe; con “aquel de allá”, el percibido, generando al mismo tiempo la paradoja de que el estatuto óntico de cada quien depende de la mirada del otro. Algunos siglos después, vendrá la física cuántica a recordarnos que tan determinante es la mirada del otro…

Pero así como es necesario sortear el engaño de los sentidos para no caer en el solipsismo también es necesario encontrar palabras que remitan a un mínimo común. Y como las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida (la cita es de Borges), Freud se entretiene buceando en el alemán para construir una teoría en torno a “esto” que es terrorífico y que suscita angustia y horror. Y para ello, sea por al conocimiento que se allega mediante la abstracción o por sumatoria de ejemplos, recoge testimonios y esboza una teoría unificadora en torno a ese alter que asusta, esa conjunción de lo no familiar más un “algo” que desorienta, que extravía. Este binomio “haimlich-unhaimlich” es de alguna manera la manifestación de lo doméstico, hogareño o sustraído del conocimiento de terceros que sale a la luz y provoca una alteración, un extravío. Se descorre el velo de Maya pero lo que se revela engendra extrañeza, angustia y ya sabemos que la angustia es ese peculiar temple del ánimo mediante el cual se manifiesta la nada, en palabras de Søren Kierkagaard.

Freud utiliza “El hombre de arena”, el cuento de Ernesto Teodoro Amadeus Hoffman como plataforma de análisis (queremos destacar que la literatura llega en subsidio y auxilia al psicoanálisis). Una cuestión menor que no deja de causarme alguna perplejidad es que Freud habla de los personajes del cuento como si en verdad fueran sujetos reales, cuestión que más allá del pacto de ficción ya enunciado por Samuel Coleridge, halla justificación en, por un lado, la necesidad de articular la realidad oscilante entre el hombre primordial y el hombre moderno y por el otro, proponer una teoría en torno a la aparición en lo real de algo que recuerda lo más íntimo pero resignificado por algún elemento que lo torna novedoso, amenazador, extraño.

Porque este sentimiento de extrañeza ante un ser u objeto sin embargo familiar, que provoca una fuerte ansiedad, que altera la resonancia afectiva habitual, suscita una alteración, una alienación; que reclama en no pocos casos la asistencia terapéutica. Y a tales fines, el psicoterapeuta como el cabalista, trabaja con las percepciones para poder remover los sucesivos velos que impiden que la verdad emerja diáfana o, al menos, pueda ser sospechada. Sin olvidarnos de la pregunta artera de Pilatos: “¿Quid es veritas?” (Juan 18:38), baste concluir que la verdad será aquello que pacifique el espíritu del consultante.

Afortunadamente, los que trabajamos con tráfico de las palabras podemos sustraernos de tales disquisiciones y sacar provecho de este (la más de las veces) repentino cambio de foco para asustar, para reflexionar, para entretener, porque como decía G. K. Chesterton: “La imaginación sirve no para hacer común lo extraño sino para hacer extraño lo común”, punto de convergencia donde la porción del psicoanálisis que venimos glosando se emparenta con la materia prima de la que nos surtimos los que nos dedicamos al terror, el miedo, lo sobrenatural, en fin, a lo fantástico.


* Nació en 1965 en Santa Fe (Argentina). Es abogado (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe) y Magister en Derecho Empresario (Universidad Austral, Buenos Aires). Tiene estudios de postgrado en la Universidad de Navarra (España), la Universidad Adolfo Ibañez (Santiago de Chile) y la Louisiana State University (Estados Unidos). Enseña en la Universidad Austral. Es autor de los libros de relatos Forjador de penumbras (Galmort, 1era. Edición 2011 y Eriginal Books de Miami, Fl. 2da. Edición 2014) y Los ojos de la Divinidad (Editorial Muerde Muertos, 2013) que se inscriben dentro del llamado fantástico rioplatense. Escribe para revistas del país y el extranjero. También escribió para diversos programas de radio. Ha participado en diez antologías. Ha escrito ensayos cervantinos para la Universidad de Castilla-La Mancha (España); el Dickinson College (Pensilvania-USA) y las Jornadas Cervantinas Internacionales de Azul (Pcia. de Buenos Aires-Argentina). Algunas de sus narraciones han sido traducidas al inglés, francés, portugués e italiano. Ha recibido premios en una docena de concursos literarios. Está preparando un libro de ensayos sobre Cervantes y Borges, dos novelas y un nuevo libro de relatos fantásticos, terror y ciencia ficción.

Algunos de sus trabajos se pueden leer en el blog www.eleclipsedegyllenedraken.blogspot.com

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