Hay una única transferencia: la del analista. Por Helga Fernández.*


El artículo comienza planteando una serie de preguntas fundamentales, pretenciosas y tan enigmáticas como el título mismo.

Estas preguntas, que auspician como puerta de entrada, se irán respondiendo a medida que la autora anuda en su escrito:

– la relación existente entre el análisis de aquel que ocupa el lugar del analista y su trabajo como tal;

– el progreso en la construcción del psicoanálisis y los obstáculos o resistencias que surgen de quienes formaban y forman parte de él, a causa de la estructura,

– y, también, la transferencia como motor de la cura y la transferencia al discurso.

Como en otros artículos de su columna, una vez más Helga Fernández, nos otorga, a través de su franqueza y compleja claridad, ciertas claves de la posición del analista.

Violeta Atadía, edición.


¿Cuáles han sido y son las condiciones de transmisión del discurso del psicoanálisis, desde aquellos días inaugurales hacia nuestra contemporaneidad? ¿Cuál es la relación que existe entre dicha transmisión, el inconsciente y la transferencia? ¿Qué posibilita, por parte del analista, que la transferencia cumpla su función?

Para comenzar a aproximar una posible respuesta, me interesa poner en relación dos de los modos a través de los cuales Lacan da cuenta de la transferencia. Uno es el trabajado en el Seminario 11(1), es decir, un nudo gordiano que pone de manifiesto tanto la puesta en acto de la realidad del inconsciente como el cierre del mismo, enlazando estos puntos aparentemente opuestos de la paradoja en la afirmación: Es el fracaso en el momento, justamente, del buen encuentro. Otro es el que pronuncia en Radiofonía(2) al decir que no hay sino una única transferencia y es la del analista, claro está, refiriéndose a la transferencia al discurso del psicoanálisis.

Entonces, estableciendo cierta relación de cruce y o solidaridad entre un modo de entender la transferencia y otro o, si se quiere, entre estas dos formas de la misma, acaso, cada quien en su práctica, ¿no ha notado que al ocupar el lugar del analista se produce, en aquellos momentos en que nos encontramos en una relación de privilegio con el discurso del psicoanálisis(3), cierta facilitación en la producción del inconsciente de los analizantes? Aclaro, que no dejo de tener en cuenta y consideración que el inconsciente, que en un análisis se pone en acto, es el del analizante, sin embargo no deja de llamarme la atención, y es sobre lo que me interrogo, tal relación entre la transferencia al discurso y la transferencia que posibilita la experiencia propiamente dicha.

Para proseguir parto de los llamados Escritos Técnicos(4) de Freud, por dos razones fundamentales, que lejos de estar desarticuladas, a mi entender, encuentran íntima conexión(5)(6). La primera se debe a que estos textos forman parte de un momento clave en la construcción del psicoanálisis, ya que aquí es donde Freud explicita que se encontraba profundamente concernido en nociones tales como la transferencia y la neurosis de transferencia, no sólo entendiendo a ésta como un modo particular en el que se presentan las resistencias al análisis sino, fundamentalmente, como motor de la cura. Y la segunda razón, corresponde a que aquí, más directa y exclusivamente que en otros artículos, se refiere al proceder del analista, a su formación, a lo que se espera de éste, a lo que nombra como la “actitud” recomendable o esperable. De estos textos, como de cualquiera de los otros donde se aconseje un instrumento técnico, se desprende que lo que se intenta alcanzar o provocar como efecto es la relación del sujeto al inconsciente, ya que a esto parecen tender o concluir la totalidad de estas recomendaciones. Pero la paradoja surge con el hecho de que la implementación, estricta y correcta, de la técnica no logra por sí misma alcanzar lo buscado. Lo que se ve expresado en el decir de Freud cuando, a la vez que las formula, no duda en mencionar que fueron hechas a la forma de su mano y al aclarar que, la mecanización de la misma, puede, incluso, provocar el efecto contrario. Por esto Lacan, en el Seminario VII, dice que lo que puede desorientar de una manera impresionante la finalidad de un análisis supone el desconocimiento de que lo que fundamentalmente lo orienta no es sino la creencia(7) en el inconsciente, confiar en él. Función atea de la creencia de la que justamente se vale o se autoriza el analista, tanto para implementar como para apropiarse de la técnica, y que no supone una conducta lograda por medio de la voluntad, la intención o el forzamiento en el orden de la ejercitación. Aunque, por su difícil acceso(8), la técnica puede ser tomada bajo la forma de una moral que suple al modo ortopédico lo que no se encuentra a disposición para orientar el devenir de un análisis; dando lugar a que el psicoanálisis en su transmisión, tanto en intensión como en extensión, se desvíe hacia modalidades autoritarias, académicas y hasta religiosas.

Dicha posición, de la puesta en función del analista, tampoco puede advenir tomando una actitud pasiva o no participativa en el análisis, que muchas veces se acompaña mediante los preceptos de “dejarse tomar“, “abandonarse al inconsciente”, “hacer desaparecer la persona”, o hasta inclusive, “tornarse canal de comunicación del inconsciente”. Lo que evoca esta posición como un aspecto místico, que recuerda las ceremonias espiritistas en donde un médium incorpora un espíritu, en este caso, el del inconsciente. Ser que irrumpiría por la persona del analista en una hiancia, o hiato, por ejemplo en la interpretación, para hacerse presente. Por tanto aquí la técnica sería el modo mediante el cual se lograría el “estado de trance”, ya que las actividades por ella prescriptas facilitarían el abandono de las propias fuerzas psíquicas, de modo que quien las implemente, podría tornarse receptivo y permeable para los pensamientos ajenos. Freud procuró que el psicoanálisis tampoco se desviara en los llamados fenómenos psi, o paranormales, sabiendo y hasta expresando que éste era un riego más que evidente, escribiendo artículos como Sueño y la Telepatía(9)(10) y Psicoanálisis y Telepatía. Al respecto, Lacan en el Seminario XI toma la posta, dejando claro que el inconsciente no se presta a la ontología, no es ni ser ni no-ser, es no-realizado; por lo que si bien evoca la función del limbo o lo que las construcciones de la Gnosis llaman seres intermediarios, el status del inconsciente no es óntico sino ético.

Por lo tanto, poder ocupar la posición no intencionada del analista no es más que una consecuencia ética de su relación con el inconsciente, que sí supone una actividad, aunque se exprese en la supuesta pasividad con la que se puede mencionar la actitud de aquel, desde una posición extrínseca a la dimensión del análisis.

Una de las formas de acceso del analista a esta relación fundamental, además de su análisis y no sin él, o hasta inclusive por causa de él, es la transferencia al discurso del psicoanálisis, que no es el discurso del inconsciente, sino una de las vías de acceso a él. Me refiero a que no hay recubrimiento de un discurso por otro, ni correspondencia unívoca, sino que, por el contrario, el discurso del psicoanálisis sería una de las acciones humanas, que como toda acción, intenta responder al inconsciente, pero no trasciende definitivamente los efectos de lo reprimido. Por lo que también, cuando se olvida esta duplicidad, el discurso del psicoanálisis puede aparecer cristalizando, opacando, taponando o impidiendo el acceso al discurso del inconsciente. Así, es posible por una cuestión de estructura, resistirse al inconsciente con el psicoanálisis.

La modificación en la teoría que Freud introduce en 1920, cuyos textos precedentes justamente son los llamados “Escritos Técnicos” -como sí estos no bastaran para dirigirse a la cuestión de la que se trata- apunta hacia la disolución de la idea de que el psicoanálisis representa fidedignamente al inconsciente, ya que deja ver que éste comienza a no tener efectos o que la interpretación ya no es eficiente, mediante la incorporación de conceptos fundamentales y necesarios para entender de lo que se trata. Así, por efecto contrastante, deja en falta al llamado Primer Freud y, por tanto, a la primera generación de psicoanalistas. Quienes por causa de un agrupamiento en el orden de la masificación dieron lugar a un taponamiento o inmunización del sujeto para con el discurso del inconsciente. Ante lo cual Freud introduce conceptos tales como los de yo, superyó e ideal del yo pensando en desecharlos o abolirlos como obstáculos, aunque sean constantes por estructura, sabiendo que estos, precisamente, han sido las armas con las que el psicoanálisis ha resistido al psicoanálisis. La modificación de la teoría dio lugar a que la fijación o el detenimiento que provoca el aplastamiento de lo simbólico en lo imaginario, a causa de lo que podría mencionarse como la identificación del psicoanálisis con el falo imaginario, se desplegara y continuara, como lo posibilitaría una intervención analítica, produciendo efectos de propagación del desplazamiento del discurso.

Como ya mencioné al comienzo de este artículo, Lacan en Radiofonía dice que no hay más que una única transferencia y es la del analista. Lo que, de acuerdo al recorrido seguido hasta aquí, podría explicarse diciendo que la transferencia será posible si hay, por parte del analista, transferencia al discurso del psicoanálisis. Discurso que a su vez debe contar por su propia posición, con una relación al discurso del inconsciente. Así, el hecho mismo de que la posición del analista sea relevable coincide con que la transferencia suponga la posibilidad de la transmisión, del efecto, de la propagación, del tomar la posta, del pase. De lo contrario, no habría posibilidad de concluir un análisis que no empiece ni culmine por la persona del analista, ya que, en tanto que la transferencia supone en primera y última instancia la transferencia de éste para con el discurso, el analista será uno más o uno cualquiera, que pueda estar en relación con ese discurso.

Este efecto de propagación del desplazamiento que provoca la transferencia al discurso, que por tanto tiene que poder trascender al analista, a mi modo de ver, se evidencia en El Banquete(11) -justamente el texto que Lacan toma para referirse a la transferencia-; fundamentalmente en la estructura misma del relato, a la que Lacan llama una grabación sobre sesos a falta del registro de la escritura o la grabación en algún dispositivo. Así Platón cuenta, haciéndole contar a Apolodoro, que Aristodemo le contó, que Sócrates contó, quien a su vez casi nada dijo en su nombre. Esta forma que en el contar se expresa, si bien supone un recurso técnico tendiente a crear una ilusión de autenticidad de la circunstancia en la que se dijo lo que se dice, muestra del mismo modo, que lo que hace auténtico a lo que se dice es que quien lo soporte no sea más que uno entre otros, es decir, un significante más del discurso, en última instancia única garantía de aquello de lo que se vale el narrador para decir lo que dice y hacer lo que hace.

Pero este modo de contar no es exclusivo de El Banquete, sino que, por el contrario, puede encontrarse más generalmente en todas las formas de la tradición oral, pero más específicamente en la llamada en Galicia Sucesos o Sucedidos. Sucesos que, por misterio y voz del narrador, no relataban simples anécdotas, sino historias contadas bajo la forma de algo acaecido en la realidad, de los que nadie dudaba por inverosímil que parecieran. Esta particularidad de la estructura del relato permite observar, más directamente que otras, la posición del narrador, por lo que conduce a la pregunta: ¿qué lo autoriza a contar lo que cuenta con probidad? No pocas escuelas de narradores consideran a la técnica como la herramienta que por sí misma permite alcanzar dicha finalidad. Razón por la que también tienden a la ceremonialización, de modo tal que exigen, por ejemplo, que el narrador se vista neutralmente o repita mecánicamente el relato sin la posibilidad de la improvisación, argumentando que de este modo se facilitaría que lo importante sea el relato mismo y no la persona del relator o que la espontaneidad en el decir podría provocar que el cuento sea escuchado como una mentira y no como una ficción. Sin embargo es fácil comprobar es que un relator puede ser dueño de un manejo excelso de la totalidad de los preceptos técnicos y sin embargo no hacer de lo contado algo creíble.

De un ensayo de 1936 titulado, justamente, El Narrador(12), de Walter Benjamín, puede extraerse la conclusión de que en lo que se autoriza el narrador para contar lo que cuenta es en lo que denomina, siguiendo una de las narraciones de Lesskow, el lenguaje de la naturaleza. Lenguaje que se expresa cuando la voz en la que se apoya el narrador, desciende escalonadamente hasta alcanzar el abismo de lo inanimado. Es decir que deja de ser la de un hombre para pasar a ser la de un animal, para dirigirse a la de un vegetal, hasta reducirse simplemente a una voz. Dicho fundamento, entonces, podría ser invertido para concluir que se trataría de la “naturaleza del lenguaje”, que subyace en el límite y en la que se apoya el narrador para que la palabra sea el soporte de un relato de un hecho no acontecido o más precisamente, acontecido en el decir mismo. Relato que no tiene el estatuto de una mentira sino el de una ficción o, en todo caso, de una mentira que dice la verdad, siempre a medias.

Por último, me parece interesante mencionar que Benjamín especifica que el narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas y que el mismo se pierde si no hay capacidad de retenerlas. Por esto cuanto más olvidado de sí está el que escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído, y es sin más agraciado con el don de narrarlas. Lo que recuerda inevitablemente a la regla fundamental y a su contrapartida necesario, la atención flotante, las cuales sólo a condición de no ser tratadas como mandatos sino como un efecto de la relación al inconsciente posibilitan la transmisión, y por tanto, tomar a su tiempo la palabra para que otros alguna vez, por ejemplo, puedan decir: El Inconsciente a 300 años del nacimiento de Freud.


Notas:

1-  Lacan, Jacques. Seminario XI, Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.

2-  Lacan, Jacques. Radiofonía y Televisión.. Editorial Anagrama, Buenos Aires, 1977.

3-  Ya sea por estar atravesando, digamos, un trecho productivo en nuestro propio análisis o porque nos encontramos en un período de apertura, de cierta espesura y o dimensionalidad con relación al discurso del psicoanálisis.

4- Los escritos técnicos de Freud son: El método psicoanalítico de Freud (1904); Sobre Psicoterapia (1904); Las perspectivas futuras de la terapia analítica (1910); Sobre el psicoanálisis “Silvestre” (1910); El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis (1911); Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico(1912); Sobre la dinámica de la transferencia (1912); Sobre la iniciación  del tratamiento (1913); Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1914), y Nuevos caminos de la psicoterapia analítica (1919).

5-  Esta conexión se establece. A mi parecer, en el hecho de que Freud comienza a

preguntarse, de un modo aún más apremiante, qué hacer o cómo hacerlo, a partir de vislumbrar la importancia ineludible de la transferencia en el análisis.

6-  Lacan, Jacques. Seminario VII, La Ética del Psicoanálisis. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.

7-  Ver Ferreyra, Norberto. Trauma, duelo y tiempo. Una función atea de la creencia. Editorial Kliné, Buenos Aires, 2000.

8-  Acceso que es sino por el propio análisis y que sólo alcanzará el estatuto de tal a condición de no ser tomado como la pedagogía necesaria de la formación del analista, la que en todo caso advendrá por añadidura.

9-  Freud, Sigmund. Sueño  y Telepatía, 1921 (1941). Editorial Amorrortu, Buenos Aires, Madrid, 1982. Volumen XVIII de Obras Completas.

10- Freud, Sigmund. Psicoanálisis y Telepatía, 1921 (1941). Editorial Amorrortu, Buenos Aires, Madrid, 1982. Volumen XVIII de Obras Completas.

11-  Platón. El Banquete. Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1965. Traducción y notas: Luis Gil Fernández

12-  Benjamín, Walter. El narrador, 1936. Editorial Taurus, Madrid, 1991. Traducción de Roberto Blatt.


helgaclaudias * Acerca de la autora: Helga Fernández, es analista y escritora. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, parte del directorio de la misma desde el 2011 al 2014. Dicta clases en seminarios, es responsable del grupo de trabajo El lugar del tercero en la transferencia ¿Qué y a quién se transfiere?, en la misma Escuela. Coordina uno de los grupos de formación del Curso para entrar al discurso psicoanálisis. Supervisa y dicta clases en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A.: Hospital Interzonal General De Agudos “Luisa C. de Gandulfo”; Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear; Hospital Municipal Dr. Diego E. Thompson; Colegio de Psicólogos de Lomas de Zamora, entre otros. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2013 (2da. Ed.) Autora de numerosos artículos, publicados en diversas revistas: LALANGUE; Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura; La Mosca; ElSigma; En el margen. Revista de psicoanálisis, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Revista de psicoanálisis. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de la Convergencia. Forma parte de dos grupos de Convergengia: Lalangue y Transferencia en la psicosis.Escribió varios artículos que forman parte de revistas o de publicaciones impresas conjuntas. También es editora para Bs. As. de esta revista y en los meses de Julio y Agosto dictará una serie de encuentros presenciales titulados: Lacan y el surrealismo, invitada por esta revista en el marco de la Sección Encuentro. Contacto: helgafernan@gmail.com

 

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