Lo cortés no quita lo valiente. Por Patricia Martinez.*


La autora, Patricia Martinez, establece la distinción entre el amor cortés y el amor cátaro, a partir del cristianismo y lo profano.

Tal distinción ofrece la posibilidad de pensar cómo el sujeto suple la ausencia de relación sexual y cómo las invenciones supletorias de esa ausencia podrían estar en relación a las condiciones culturas de la época.

Agradecemos a la autora su colaboración.

Helga Fernández, edición.


“En ciertos periodos históricos este impedimento que pesa sobre la sexualidad fue magnificado, y se lo llegó a considerar un ideal de vida o una ascesis. Tal es el caso del amor cortés, cuyo interés desborda al que pueda inspirar la erótica de una época como la Edad Media. ¿No constituye, en efecto, esta modalidad del amor nuestra edad media más cotidiana, puesto que nuestra relación el deseo revela diariamente su desfase respecto de nuestra sexualidad efectiva? En este sentido, el comercio que mantienen hombres y mujeres es casi siempre cortés, a despecho de ciertas salidas de tono que resultan poca cosa comparadas con los deseos en que  están ellos inmersos”

Gérard Pommier- El orden sexual.

 

Voy a trabajar sobre el amor cortés tomando como referencia fundamental el seminario VII -La ética del Psicoanálisis- a partir de una cuestión que introduce Lacan cuando está desarrollando el concepto de sublimación.

Allí hace referencia a dos libros que pone en diálogo y controversia: El amor y occidente de Rougemont y Escritos cátaros de René Nelli y el punto que intenta despejar es si existe una relación entre Catarismo y amor cortés tal como postula Rougemont o si por el contrario como sostiene Nelli,  tesis que Lacan adscribe, no hay relación dogmática entre ambos movimientos.

La pregunta que surge  entonces es  por qué esté interés de Lacan  por dilucidar una cuestión que parece restringida a una época, a un momento histórico fechable;  cuál es la razón por la que se esfuerza en diferenciar estos dos movimientos uno religioso y otro poético.

Ubiquemos primero las coordenadas en las cuales aparece  inmersa está cuestión.

Parte de ubicar al amor cortés como una forma ejemplar, un paradigma de sublimación, cuyas “repercusiones éticas aún son sensibles en las relaciones entre los sexos” y a la sublimación entendida como la operación que eleva el objeto a la dignidad de la cosa.

Considerar ejemplar la operación del arte y los desarrollos que hace Lacan respecto del vaso, el templo, el arte primitivo van a demostrar que el trabajo de la cultura ha consistido en la creación del vacío, luego esa zona va a ser colonizada.

A nivel de la sublimación, el objeto es inseparable entonces de las elaboraciones imaginarias; dirá Lacan en el seminario VII: “colonizar con sus formaciones imaginarias el campo de Das Ding” y más adelante:” la sociedad encuentra alguna felicidad  en los espejismos que proveen moralistas, artistas, artesanos, hacedores de vestidos o sombreros, los creadores de las formas imaginarias”

El mecanismo de sublimación  debe buscarse no solo en la sanción social de lo valorable o lo útil, debe buscarse en “una función  imaginaria, especialmente en aquello para lo cual  nos  servirá, la simbolización del fantasma; S barrado losange a, que es la forma en la que se apoya el deseo del sujeto”

Cómo dice Anabel Salafia en” El fracaso de la negación”: “cada vez está más bello colonizado el campo de das Ding,  pero das Ding está siempre donde no está. De hecho cuando Lacan dice colonizable, se refiere a estos engaños que precisamente ocultan esa presencia de das Ding.   En cuanto a la función del campo de das Ding ella es relativa al proyecto del mal, es decir es un campo donde habita el principio de placer, pero justamente en el sentido del más allá del principio del placer. Más allá del principio del placer hay un campo que es el campo de la pulsión de muerte, que es el campo de das Ding”.

La clase XI del seminario de la ética cuyo título es “El amor cortés en anamorfosis” se orienta en este sentido y abre los interrogantes respecto del amor cortés.

Fijadas estas coordenadas, vayamos a “El amor y occidente” de Denis de Rougemont, libro que Lacan cita tanto en el seminario VII como en el XX.

La  exposición  de Rougemont se organiza alrededor de una pregunta: ¿ por qué preferimos a cualquier otro relato el de una amor imposible”

El amor feliz no tiene historia en la literatura de occidente.

Si el amor no tiene reveces no hay romance.

Desgracia esencial del amor que el autor describe diciendo que  lo que se desea no se tiene aún- es la muerte, y se pierde lo que se tenía, el gozo de la vida. Pero esa pérdida, la del gozo de la vida, no es sentida como empobrecimiento, al contrario, nos imaginamos que vivimos más, más peligrosamente, más magníficamente. La proximidad de la muerte es el aguijón de la sensualidad. Agrava − en el pleno sentido de la palabra −el deseo. Lo agrava incluso en el deseo de matar o de matarse, zozobrar en un naufragio común. Los amantes se unen solo en el instante del obstáculo absoluto y de una suprema exaltación que se destruye en su satisfacción.

Dice el autor que el gran hallazgo de los poetas europeos es conocer a través del dolor, del amor que se anhela y rechaza.

Deseo y muerte se van enlazando hasta llegar a Wagner, pregunta Wagner: Para qué destino nací, para que destino. La vieja melodía se repite. ¡para desear y para morir!

Sí la pasión y la necesidad de la pasión son aspectos de nuestro modo occidental de conocimiento, hay que llegar, al menos bajo la forma de pregunta a plantear que conocer a través del sufrimiento ¿no es acaso el acto mismo y la audacia de nuestros místicos más lúcidos?

El mito de Tristán e Isolda es convocado a modo paradigmático: amantes contrariados  cuya pasión se alimenta de la imposibilidad y de la ausencia. Materia predilecta de los poetas corteses.

Para Rougemont el mito de Tristán e Isolda no sólo es el paradigma del amor, sino que busca los orígenes religiosos del mito.

Encuentra en el cristianismo el punto central. El Dios cristiano dirá fue el primero en amarnos. De amor está hecha la buena nueva, el nuevo mandamiento que subsume la vieja ley y que provoca el horror de Freud: Amaras a tu prójimo como a ti mismo.

Amar se convierte entonces en una acción positiva, una acción transformadora. Dice el autor, todas las relaciones humanas a partir de ese instante cambian de sentido.

El nuevo símbolo del amor ya no es la pasión infinita del alma en busca de la luz, el Eros de la fusión.

El eros antiguo da paso al Agapé que no busca la unión sino amor. Amor a Dios y al prójimo, para lo cual es necesario que haya dos sujetos, aunque nada dice esto de diferencia sexual alguna entre ambos.

El ágape reconoce al prójimo y lo ama, ya no como pretexto para exaltarse, sino tal como es en la realidad de su desamparo y de su esperanza.

El eros no tiene prójimo.

El occidente cristiano ha dado la batalla. Concilios y siglos de discusiones sobre la naturaleza del mal, la divinidad de Cristo, la trinidad divina, consolidaron el dogma que se defiende a capa y espada. Y en este dogma se subsume a los poetas del amor.

Está poesía que  es la exaltación del amor desgraciado. El amor perpetuamente insatisfecho que no requiere más que dos personajes: el poeta que repite su lamento y la bella que dice no.

Los poemas tienen un sistema fijo de leyes que llamaron  leyes de amor y suponen un ritual el del vasallaje amoroso.

El poeta de rodillas jura eterna fidelidad a la dama como hace el caballero con el señor o el soberano.

El poeta unido por cortesía la dama será su sirviente.

Tanto Rougemont como Lacan ubican que hay algo rotundamente nuevo en la poesía que se llamo Amor Cortés, hasta aquí caminan juntos, luego sus pasos divergen.

Rougemont va a relacionar el amor cortés con el catarismo. Para Rougemont; la dama, el amor a la dama no sería en definitiva para la mujer a la que el poeta canta, sino un simbolismo de los preceptos religiosos del catarismo y en definitiva el amor proclamado es para el señor, que está en los cielos y es justamente esta tesis la que discutirá Lacan apoyándose en Nelli.

Hagamos entonces con Nelli un poco de historia.

En el siglo XII en Francia aparece en el seno de una sociedad reducida, la nobleza feudal, un grupo de poetas que inventan el amor cortés, ellos no lo llamaron así sino fin´amors es decir amor purificado, refinado. Casi dos siglos duró  este movimiento, (que se extendió por Europa) cuyos poemas tratan en su mayoría sobre el amor, las relaciones entre hombres y mujeres, y están escritos en lengua vulgar, la lengua de Oc, eran poemas para ser oídos, no leídos, muchas veces acompañados de música. De ahí lo de trovadores del amor cortés.  Si bien esta poesía nació en una sociedad  profundamente cristiana, el amor cortés  se aparta del cristianismo y de la iglesia según Nelli.

El eje de la sociedad feudal era el vínculo vertical, a un tiempo jurídico y sagrado entre el señor y el vasallo. Los poetas invierten está relación, llaman a la Dama su señor, y al señor el sirviente de la dama. Está forma de creación literaria, es de la misma época y de la misma región en que aparece y se extiende la herejía cátara, argumento principal de Rougemont para equiparar ambos movimientos.

Poco nos ha llegado del catarismo, inquisición mediante.  Fue una herejía o una religión, según quién mire, cuya creencia fundamental en un dualismo, se opone a la fe católica, sostuvieron la idea de dos creaciones, Dios no puede ser el creador de un mundo sujeto al dolor y la muerte, creían que  la tierra era entonces creación de un demiurgo perverso y que la materia era mala en si misma. Condenaban la violencia, eran vegetarianos, predicaban la castidad, no condenaban el suicidio y dividían la iglesia entre perfectos y simples creyentes.

Ninguno de estos principios tiene la menor afinidad con los del amor cortés, más bien dirá Nelli debe verse lo contrario, una oposición entre ellos.

El cátaro condenaba el amor, incluso el más puro por estar atado a la materia, mientras que el primer mandamiento de la cortesía era el amor al cuerpo de la dama y respecto de esto no había equívoco posible, el fin de la consumación del amor era el goce carnal.

Eran  poesías caballerescas dirigidas a las damas,  ficciones poéticas y como tales deben entenderse los tres grados del servicio amoroso: pretendiente-suplicante y aceptado que culminaba con un beso de la dama, pero había también un cuarto grado que era el de amante carnal.

Dice Lacan que este código del amor cortés y sus reglas para acercarse a la dama se ha elaborado de acuerdo con los fines de la pulsión; cómo tocar, cómo mirar, cómo hablarle, es la invención de un rodeo de la dama, a partir de lo que Freud llamó placeres preliminares que orienta el cortejo y sostienen el desear, de allí que mencione que hay en está erótica una ética.

Lacan vuelve sobre el amor cortés en el seminario Aún y dice: “El amor cortés, ¿qué es?, es una manera muy refinada de suplir la ausencia de relación sexual, fingiendo que somos nosotros los que la obstaculizamos, el amor cortés es la única manera de salir airoso de la ausencia de relación sexual”

Si no asimilamos amor cortés y catarismo, se puede decir, siguiendo a Nelli, que el amor cortés fue una “herejía “ tanto del cristianismo como de las creencias cátaras, fue una disidencia, una transgresión y fue esencialmente secular, amor humano.

En el seminario XXI Lacan dirá que el amor cortés fue el último indicio de amor profano, de una ética amorosa.  El amor cristiano reza: ama a tu prójimo como a ti mismo y borra ahí la diferencia sexual de un plumazo.

Tanto catarismo como cristianismo condenaban la unión carnal sino tenía fines declarados de procreación.

El amor cortés era indiferente a esa finalidad, exaltaba el placer físico desviado de la procreación.

Si catarismo y amor cortés discutían el matrimonio, lo hacían por razones sumamente diferentes, los cátaros por su dualismo, los poetas corteses, porque exaltaron el amor romántico y los matrimonios eran cuestión de arreglos políticos y religiosos.

El amor cristiano espera una recompensa en el más allá .El amor cortés busca el Joi, que se refiere al goce de la posesión carnal, aunque refinado por la espera y lo preliminar. La búsqueda del Joi no era post-morten, sino una gracia concedida a los amantes en cuerpo y alma.

Para cátaros y cristianos el amor era pecado, el amor no podía ser por una criatura, estaba reservado para el creador.

Otro poeta, Dante, cambió radicalmente el amor cortés al insertarlo en la teología escolástica y redujo así  la oposición entre el amor y el cristianismo.

Para Lacan la invención del amor cortés fue algo prodigioso, después el cristianismo se ocupo de desplazarlo hacia el amor divino, y  en ese pasaje se perdió el objeto, lo cual él lee como una gran pérdida cultural.

Es esta distinción entre amor cristiano y amor cortés que retomará en el seminario XXI, la que a mi entender Lacan se esfuerza por marcar en el recorrido de los textos que nos ofrece para trabajar.


PATRICIA  *Acerca de la autora: Patricia Silvia Martínez  psicoanalista, miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, directora del Grupo Psi Maschwitz, coordinadora de Equipo de Salud Mental en zona Norte y Pilar.

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