Psicoanálisis y surrealismo II. SECRETOS DEL ARTE MÁGICO SURREALISTA.Segunda parte del Primer Manifiesto Surrealista.


Después de cuarenta años de la publicación del Primer manifiesto del surrealismo aparece por primera vez en español la serie de manifiestos surrealistas que constituyen la clave de un movimiento artístico y, entonces ético, de importancia excepcional. La presente traducción de los dos primeros manifiestos fue realizada hace más de setenta años atrás. Una publicación que fracasó siempre en las distintas tentativas de publicación, por lo que, como se decía, fue publicada cuarenta años después de que fuera escrita. Lo que revela, como dice Aldo Pellegrini, la calidad altamente subversiva de un texto que figura entre las expresiones fundamentales del siglo pasado. 

En el Margen, publica los tres manifiestos surrealistas en cuatro entregas, de las cuales ésta, la presente, incluye la segunda parte del Primer Manifiesto Surrealista, habiéndolo  hecho ya con la primera parte del mismo. También hará lugar al intercambio epistolar entre Freud y Bretón y, de igual modo, al producto resultante de los intercambios entre Lacan y el surrealismo de su época.

El psicoanálisis, tal y como dice Lacan, en El deseo y su interpretación, toma fenómenos marginales en su tratamiento -como el sueño, el chiste, el lapsus y el síntoma-  a la vez que los cimientos de su discurso se construyeron y continúan haciéndolo, en primer lugar, a partir de la experiencia del análisis, pero también a partir de la lectura, interpretación, importación y transliteración de otros discursos y praxis. Otros discursos y praxis dentro de los que se cuentan la literatura, las vanguardias, la topología, la matemática, la poesía, la antropología, etc.  Otros discursos y praxis que son, cada vez, el otro a partir del cual encuentra su singularidad y especificidad el discurso del psicoanálisis, siempre en el margen, por tanto, de la ciencia, la religión, la cosmovisión y el arte.

La presente publicación se encuentra causada en la afirmación que antecede esta oración y, en que el Movimiento Surrealista tiene un doble interés para el psicoanálisis: porque fue una influencia decisiva en la génesis y el desarrollo del surrealismo, y porque a su vez este mismo movimiento fue decisivo en la llegada al psicoanálisis de Lacan. Así como Bretón encontró una referencia inspiradora en la Interpretación de los sueños, Lacan encontró una referencia inspiradora en el descentramiento del sujeto y la radical puesta en cuestión del estatuto del objeto que impulsó el surrealismo. 

Los invitamos a adentrarnos en la lógica surrealista, a precipitarnos en su alteridad, pasando, porqué no,  por la discordancia y lo extraño, esperando encontrar, ahí, el rasgo que autoriza la identificación que constituye el discurso del psicoanálisis como tal.

También los invitamos a participar de cuatro encuentros presenciales en donde se tratará el tema: Lacan y los surrealistas, a cargo de Helga Fernández, analista, columnista, editora de esta revista e invitada a participar en esta nueva actividad. Los encuentros están dirigidos a escritores, lectores y analistas.

Facundo Soares, edición.


Composición surrealista escrita, o el borrador primero y definitivo.

Hazte traer con qué escribir, después de haberte instalado en un lugar lo más favorable posible para la concentración del espíritu en sí mismo Colócate en el estado más pasivo o receptivo que puedas. Haz abstracción de tu genio, de tus talentos y del de todos los demás. Dí bien alto que la literatura es uno de los más tristes caminos que conducen a todo. Escribe velozmente, sin tema previo, con tal rapidez que te impida recordar lo escrito o caer en la tentación de releerlo. La primera frase vendrá sola, puesto que cada segundo hay una frase, ajena a nuestro pensamiento consciente, que pugna por manifestarse. Es bastante difícil pronunciarse sobre el caso de la frase siguiente, la que sin duda participa a la vez de nuestra actividad consciente y de la otra, si se admite que el haber escrito la primera frase implica un mínimo de percepción. Pero esto no debe preocuparte, porque allí reside en su mayor parte el interés del juego surrealista. Siempre sucede que la Puntuación se opone a la absoluta continuidad del flujo verbal, aunque parezca tan indispensable como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Continúa así todo el tiempo que te plazca. Confía en el carácter inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza imperar aprovechando la menor falla — que se podría llamar falla de distracción — , tacha entonces sin vacilar una línea demasiado clara, y a continuación de la palabra cuyo origen es sospechoso, coloca una letra cualquiera, la /, por ejemplo, y siempre la /, retornando de ese modo a lo arbitrario al imponer dicha letra como inicial del vocablo que ha de venir.

Para dejar de aburrirse en compañía

Es muy difícil. Trata de no estar en casa para nadie y, a veces, aunque ninguno haya quebrantado la consigna, interrumpiéndote en plena actividad surrealista y cruzándote de brazos contesta: “Tanto da; quizá haya algo mejor que hacer o que no hacer. El interés de la vida no se mantiene. iSimplicidad, lo que me está pasando todavía me fastidia!” o cualquier otra indignante trivialidad.

Para hacer discursos

Hacerse inscribir la víspera de las elecciones, en el primer país que juzgue oportuno recurrir a ese género de consultas. Cualquiera lleva en sí la materia de un orador: telas multicolores y pedrerías de palabras. Gracias al surrealismo podrá sorprender en toda su pobreza a la desesperación. Un atardecer, subido a un estrado, destrozará él solo al cielo eterno, esa Piel de Oso’. Prometerá tanto, que cumplir algo, por poco que sea, causará asombro. Dará a las reivindicaciones de todo un pueblo un rumbo parcial e irrisorio. Conciliará a los adversarios más irreductibles en un secreto deseo que hará estallar todas las patrias. Y logrará todo esto con sólo dejarse levantar por la palabra inmensa que se derrite en piedad y echa a rodar en odio. Incapaz de desfallecimientos, jugará ganando sobre el tapete de todos los desfallecimientos. Será realmente elegido, y las mujeres más dulces lo amarán con violencia.

Para escribir falsas novelas

Quienquiera que seas, si el corazón te lo pide, comienza por quemar unas hojas de laurel, y sin preocuparte por mantener ese magro fuego, prepárate a escribir una novela. El surrealismo te lo permitirá: basta cambiar la aguja pasándola de “Tiempo estable” a “Acción”, y se habrá realizado el truco. He aquí diversos personajes de apariencia bastante desorbitada; sus nombres en tu escritura se reducen a una cuestión de mayúsculas, y se comportarán frente a los verbos activos con la misma soltura que tiene el pronombre impersonal francés il frente a las palabras: pleut, y a, faut, etc.’ Los dirigirán, por así decir, y ten por seguro que cuando la observación, la reflexión y las facultades de generalización fallen, ellos te prestarán mil intenciones que nunca tuviste. Así, provistos de un número limitado de características físicas y morales, esos seres, que realmente te deben bien poco, no se apartarán de una determinada línea de conducta, del cual ya no necesitas ocuparte. Resulta entonces una intriga de apariencia más o menos ordenada, que justificará punto por punto el desenlace emocionante u optimista que te importa poco. Tu falsa novela imitará maravillosamente una novela verdadera; harás dinero, y todos concordarán en reconocer que “tienes algo en las tripas”, ya que, con toda seguridad, allí es donde suele estar ese algo.

Asimismo, por análogo procedimiento, y con la condición de ignorar aquello de lo que vas a tratar, podrás dedicarte con éxito a la falsa crítica. Para hacerse agradable a una mujer que pasa por la calle.

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Contra la muerte

El surrealismo te introducirá en la muerte que es una sociedad secreta. Te enguantará la mano y enterrará la profunda M con la que comienza la palabra Memoria. No olvides tomar felices disposiciones testamentarias: en lo que a mí respecta, pido que se me conduzca al cementerio en un carro de mudanzas, y que mis amigos destruyan hasta el último ejemplar de la edición del Discurso sobre la poca Realidad.

El lenguaje ha sido dado al hombre para que lo utilice de modo surrealista. En la medida en que le es indispensable para hacerse comprender, llegar a expresarse bien o mal, asegurando así el cumplimiento de algunas de las funciones más elementales. Hablar, escribir una carta, no ofrecen para él ninguna dificultad real, siempre que al hacerlo no se proponga un objetivo superior al término medio, o sea, siempre que se limite a conversar (por ) ( el placer de conversar) con alguien. No demuestra ansiedad por las palabras que vendrán, ni por la frase que ha de seguir a la que está pronunciando. Será capaz de responder a quemarropa a las preguntas muy simples. Si carece de los tics que se contraen en el trato con el prójimo, puede llegar a pronunciarse espontáneamente sobre un pequeño número de temas, no necesitando para ello “morderse la lengua”, ni prepararse con anticipación. ¿Quién le habrá hecho creer que la facultad de responder a boca de jarro sólo puede acarrearle perjuicios cuando se tata de establecer relaciones más delicadas? No existe ninguna cosa sobre la cual tenga que negarse a hablar o escribir abundantemente. Quien se escucha o se lee sólo consigue interrumpir lo oculto, la admirable ayuda. No tengo apuro por comprenderme (al fin y al cabo me comprenderé siempre). Cuando tal o cual frase mía me provoca en el momento una ligera decepción, confío en la frase siguiente para rescatar sus errores, y me cuido bien de rehacerla o perfeccionarla. La mínima pérdida del impulso sería lo único fatal para mí. Las palabras, los grupos de palabras que se suceden unos a otros, mantienen entre ellos la máxima solidaridad. No me corresponde a mí favorecer a unos en detrimento de otros. Le corresponde intervenir a una milagrosa compensación, y, en efecto, interviene.

Este lenguaje sin reservas al que trato de volver siempre válido, que me parece adaptarse a todas las circunstancias de la vida, no solamente no me priva de ninguno de mis recursos, sino que, por el contrario, me presta una extraordinaria lucidez precisamente en un dominio donde menos lo esperaba. Llegaré hasta a pretender que me instruye; y, en efecto, me ha tocado usar surrealmente palabras cuyo significado había olvidado, habiendo podido verificar después que las había usado de acuerdo con su definición precisa. Esto induciría a sospechar que en realidad nada se “aprende”, sino que únicamente se “rememora”. Así han llegado a hacérseme familiares muchos giros felices. Y no menciono la conciencia poética de los objetos, que no he podido adquirir sino con su contacto espiritual mil veces repetido.

Es el diálogo la forma que más conviene al lenguaje surrealista; se enfrentan en él dos pensamientos, de modo tal que mientras uno se entrega, el otro se ocupa de él. ¿Pero de qué modo se ocupa? Si supusiéramos que se lo incorpora habría que admitir que en algún momento podría vivir por completo de este otro pensamiento, lo que resulta muy improbable. Y, en efecto, la atención que le presta es completamente externa: dispone del tiempo para aprobar o desaprobar (generalmente desaprobar), con todas las atenciones de que es capaz el hombre. Un lenguaje así no permite, desde luego, abordar lo profundo de un tema. Mi atención, exigida por una solicitación que no puede razonablemente rechazar, trata al pensamiento del interlocutor como enemigo; en la conversación corriente lo “retorna” casi siempre en las palabras o figuras de que se sirve, y me coloca en situación de sacar partido de ellas en la réplica, desnaturalizándolas. Esto es tan cierto que en algunas psicopatías, en las que los trastornos del sensorio absorben totalmente la atención del enfermo, éste, al seguir respondiendo a las preguntas, se limita a apoderarse del último vocablo que oye o del último trozo de frase surrealista que flota en su espíritu:

” — ¿Qué edad tiene usted? — Usted.” (Ecolalia) “

— ¿Cómo se llama?

— Cuarenta y cinco casas”. (Síntoma de Ganser o de las respuestas laterales).

No existe conversación en la que no apunte algo de este desorden. Sólo logran disimularlo pasajeramente el esfuerzo de sociabilidad que domina en aquélla y la gran costumbre que tenemos. En semejantes razones radica también la gran debilidad de todo libro, que debe entrar en incesante conflicto con el espíritu de sus mejores lectores, es decir, los más exigentes. En el brevísimo diálogo que he improvisado más arriba entre un médico y un alienado, a éste le corresponde la mejor parte, ya que se impone con sus respuestas a la atención del médico que lo examina, sin ser el que interroga. ¿Puede decirse que su mente es, en ese instante, la más fuerte? Tal vez. Ya está libre de no tener en cuenta ni su edad ni su nombre.

El surrealismo poético, motivo de este estudio, se ha dedicado hasta ahora a restablecer el diálogo en su verdad absoluta, liberando a los interlocutores de las obligaciones de la cortesía. Cada -uno prosigue simplemente su soliloquio, sin tratar de obtener un goce dialéctico particular, ni de imponerse por nada del mundo a su prójimo. La palabra no se propone, como de ordinario, desarrollar una tesis, por insignificante que sea; es desinteresada al máximo En cuanto a la respuesta que provoca es, en principio, totalmente indiferente para el amor propio del que ha hablado. Los vocablos, las imágenes, se ofrecen sólo como trampolines al espí- ritu del que escucha. Así deben considerarse en Los Campos Magnéticos, 1° primera obra puramente surrealista, las páginas agrupadas bajo el título “Barreras”, en las que Soupault y yo mostramos esos interlocutores imparciales.

El surrealismo no permite que quienes se le entregan lo abandonen cuando les venga en gana. Todo nos inclina a pensar que actúa sobre el espíritu al modo de los estupefacientes; como ellos crea cierto estado de necesidad, pudiendo impulsar al hombre a terribles rebeliones. Puede admitirse que sea un verdadero paraíso artificial, y que determine goces expuestos al examen crítico que hizo Baudelaire de los otros paraísos. El análisis de los efectos misteriosos y de los placeres especiales que llega a producir no puede dejar de ocupar un lugar en este estudio. Por muchos de sus aspectos el surrealismo se presenta como un vicio nuevo, que no parece ser atributo exclusivo de algunos hombres, y que, como el haschisch, puede satisfacer a los consumidores más exigentes.

1ero. Las imágenes surrealistas, como las que produce el opio, no son evocadas voluntariamente por el hombre, sino que “se le presentan de un modo espontáneo y despótico. No puede alejarlas porque la voluntad ya no tiene poder ni gobierna las facultades mentales*.” Queda por saber si alguna vez alguien ha “evocado” imágenes. Si uno se atiene — como yo lo hago — a la definición de Reverdy, no parece que fuera posible acercar voluntariamente lo que él denomina “dos realidades distantes”. El acercamiento se produce o no se produce, y eso es todo. Niego, por mi parte, del modo más categórico que las siguientes imágenes de Reverdy:

En el arroyo hay una canción que corre

O: El día se desplegó como un mantel blanco.

O: El mundo se mete en una bolsa

demuestren el menor grado de premeditación. Es falso, a mi criterio, pretender que “el espíritu ha captado las relaciones” entre las dos realidades en contacto. En primer término, no ha captado nada conscientemente, sino que del acercamiento fortuito de dos términos ha brotado un fulgor particular, el fulgor de la imagen, a cuyo brillo somos infinitamente sensibles. El valor de la imagen depende de la belleza de la chispa obtenida, y por lo tanto es función de la diferencia de potencial entre los dos conductores. Cuando esta diferencia es mínima, como pasa en la comparación’, la chispa no se produce. Ahora bien: opino que no está dentro del poder del hombre el concertar el acercamiento de dos realidades tan distantes. El principio de asociación de ideas, tal como lo conocemos, se opone a ello; o habría que retornar a un arte elíptico que Reverdy condena tanto como yo. Es forzoso admitir, entonces, que el espíritu no deduce los términos de la imagen uno del otro con miras a engendrar la chispa, sino que son productos simultáneos de la actividad que yo denomino surrealista, limitándose la razón a comprobar y valorar el fenómeno luminoso.

Y así como la longitud de la chispa es mayor cuando ésta se produce a través de gases enrarecidos, la atmósfera surrealista producida por la escritura mecánica, que he intentado poner al alcance de todos, se presta singularmente para producir las más bellas imágenes. Hasta puede decirse que las imágenes aparecen en esa carrera vertiginosa como los únicos conductores del espíritu. Éste se va convenciendo poco a poco de la suprema realidad de esas imágenes. Comienza por tolerarlas, pero pronto advierte que halagan a la razón y que al mismo tiempo acrecientan sus conocimientos. Llega así a darse cuenta de la extensión ilimitada donde se manifiestan sus deseos, donde el pro y el contra se reducen sin cesar y donde su oscuridad no lo traiciona. Avanza conducido por esas imágenes que lo arrebatan y que apenas le dan tiempo para soplar sobre el fuego de sus dedos. Es la noche más bella, la noche de los relámpagos: el día, a su lado, es la noche.

Los innumerables tipos de imágenes surrealistas requerirían una clasificación que ahora no me propongo intentar. Agruparlas según sus particulares afinidades me llevaría demasiado lejos. Sólo quiero tener en cuenta lo común de todas ellas. No oculto que para mí la imagen más poderosa es la que presenta el grado más elevado de arbitrariedad; la que exige más tiempo para ser traducida al lenguaje práctico, sea porque encubre una enorme dosis de contradicción aparente, sea porque uno de sus términos haya sido escamoteado curiosamente, sea que anunciándose de un modo sensacional termine resolviéndose débilmente (cerrando bruscamente el ángulo de su compás), sea que deduzca de sí misma una justificación formal irrisoria, sea que entre en el orden alucinatorio, sea que, con la mayor naturalidad, preste a lo abstracto la máscara de lo concreto o viceversa, sea que implique la negación de alguna propiedad física elemental, sea que desencadene la risa. He aquí, por orden, algunos ejemplos:

El rubí del champaña. (Lautréamont)

Bello como la ley que detiene el desarrollo del pecho en los adultos, cuya propensión al crecimiento no es proporcional a la cantidad de moléculas que su organismo asimila. (Lautréamont)

Una iglesia se erguía resonante como una campana. (Philippe Soupault)

En el sueño de Rrose Sélavy hay un enano que sale de un pozo y va a comer su pan por la noche. (Robert Desnos)

Sobre el puente, el rocío con cabeza de gata se balanceaba. (André Breton)

Algo a la izquierda, en mi firmamento adivinado, percibo —pero sin duda sólo se trata de un vapor de sangre y de crimen— el diamante en bruto de las perturbaciones de la libertad. (Louis Aragon)

En la selva incendiada Los leones eran frescos. (Roger Vitrac)

El color de las medias de una mujer no es forzosamente igual al de sus ojos, lo que ha hecho decir a un filósofo, cuyo nombre no vale la pena mencionar: “Los cefalópodos tienen más motivos que los cuadrúpedos para odiar el progreso”. (Max Morise)

Quiérase o no hay allí material para satisfacer diversas exigencias del espíritu. Todas esas imágenes parecen testimoniar que el espíritu está maduro para cosas más importantes que las benignas alegrías a las que se entrega habitualmente. Es el único medio a su alcance de utilizar en provecho propio la cantidad ideal de acontecimientos de los que está cargado.* Esas imágenes le dan la medida de su modo habitual de malgastarse y de los inconvenientes que esto le ocasiona. Y no es perjudicial que acaben por desconcertarlo, pues desconcertar al espíritu es probarle su error. Las frases transcriptas más arriba contribuyen grandemente a ello. Pero el espíritu que las saborea obtiene la certeza de encontrarse en el buen camino; por sí mismo no podría hacerse culpable de argucia; no tiene nada que temer, puesto que además está seguro de abarcarlo todo.

2do. El espíritu que se sumerge en el surrealismo revive con exaltación lo mejor de su infancia; un poco, como la certidumbre de aquel que, estando a punto de ahogarse, repasa en menos de un minuto todo lo que no pudo superar en su vida. Se me dirá que eso no es muy alentador; pero a mí no me interesa alentar a quienes arguyen tal cosa. De los recuerdos de infancia, y de algunos otros, se desprende un sentimiento de algo insumiso y al mismo tiempo descarriado, que considero lo más fecundo que existe. Quizás sea la infancia lo que está más cerca de la “verdadera vida”. La infancia, que una vez transcurrida, deja un hombre que sólo posee, fuera de su pasaporte, algunos billetes de favor. La infancia, en la que todo concurría a la posesión eficaz y sin restricciones de uno mismo. Gracias al surrealismo parece probable que retornen tales perspectivas. Es como precipitarse de nuevo hacia la propia salvación o la propia ruina. Se vuelve a experimentar en lo oscuro un delicioso terror. Gracias a Dios no es más que el Purgatorio. Cruza uno temblando lo que los ocultistas denominan paisajes peligrosos. Mis pasos hacen surgir monstruos que acechan: aún no demuestran intenciones demasiado amenazadoras hacia mí, y yo no estoy perdido, puesto que los temo. Allí están “los elefantes ginocéfalos y los leones alados” que, un tiempo, Soupault y yo temíamos encontrar; alli también el “pez soluble” que todavía me hace estremecer un poco. ¡PEZ SOLUBLE, no soy acaso yo el pez soluble; nací bajo el signo de Piscis, y el hombre es soluble en su pensamiento! La fauna y la flora del surrealismo son inconfesables.

3ero.No creo en el próximo establecimiento de una receta surrealista. Los caracteres comunes a todos los textos de ese género, tales como los que ya he mencionado y muchos otros que sólo podrían suministrarnos un análisis lógico y un análisis gramatical riguroso, no se oponen a cierta evolución de la prosa surrealista en el tiempo. Llegadas después de una cantidad de ensayos, a los que me he dedicado desde hace cinco arios, y a los que tengo la debilidad de juzgar extremadamente desordenados en su mayor parte, las historietas que forman la continuación de este volumen suministran una prueba flagrante.0 No las considero, a causa del mencionado desorden, ni más dignas ni menos dignas que otras de presentar a los ojos del lector los beneficios que el aporte surrealista puede hacerle obtener a su conciencia.

Por lo demás, los procedimientos surrealistas reclaman mayor amplitud todavía. Cualquier medio es bueno para obtener de ciertas asociaciones la instantaneidad requerida. Los papeles pegados de Picasso y de Braque tienen el mismo valor que la introducción de un lugar común en el desarrollo literario del estilo más pulido. Hasta se vuelve lícito denominar POEMA al resultado obtenido por la reunión lo más gratuita posible (conservando, si se quiere, la sintaxis) de títulos y fragmentos recortados de los periódicos:

POEMA

Una carcajada de zafiro en la isla de Ceylán

Los más hermosor sombreros de paja

ESTÁN DESCOLORIDOS BAJO LOS CERROJOS

en una granja solitaria

DIA A DIA

se agrava lo agradable

Un camino transitable os conduce al borde de lo desconocido

el café

predica en su provecho

el artífice cotidiano de vuestra belleza

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SEÑORA,

un par de medias de seda

no es un salto en el vacío

UN CIERVO

Primero el amor

Todo podría arreglarse tan bien

PARIS ES UN PUEBLO GRANDE

Vigilad

Los rescoldos tapados

LA ORACION

Del buen tiempo

Sabed que Los rayos ultravioletas han acabado su tarea pronto y bien

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EL PRIMER DIARIO BLANCO

DEL AZAR

Será el rojo el cantor errante

¿DONDE ESTA?

en la memoria en su casa

EN EL BAILE DE LOS ARDIENTES

Hago

al bailar

lo que se ha hecho, lo que se hará.

Y se podrían multiplicar los ejemplos. Llegarían quizás a encontrarse allí el teatro, la filosofía, la ciencia, la crítica. Me apresuro a declarar que las futuras técnicas surrealistas no me interesan.

Una gravedad distinta tienen a mi juicio — ya lo he dado a entender suficientemente — las aplicaciones del surrealismo a la acción. Por supuesto, no creo en la virtud profética de la palabra surrealista: “lo que yo digo es oráculo”. Sí, mientras yo lo acepte, pero el oráculo mismo, ¿qué es? . La piedad de los hombres no me engaña. La voz surrealista que sacudía a Cumes, Dodona y Delfos no es distinta de la voz que dicta mis palabras menos enfurecidas. Si mi tiempo no debe ser el suyo, ¿por qué habría de ayudarme a resolver el problema pueril de mi destino? Por desgracia debo fingir actuar en un mundo en el que, para llegar a tener en cuenta sus sugestiones, tendría que acomodarme a dos clases de intérpretes: unos para traducirme sus sentencias y otros — imposible encontrarlos — para imponer a mis semejantes la interpretación que yo les daría. En este mundo en el que soporto lo que soporto (no pretendan saberlo), leste mundo moderno!, en fin, ¡demonios!, ¿qué queréis que haga? Aunque la voz surrealista llegara a callarse, ya no estoy de humor para contar mis desapariciones. Nunca más entraré, ni en mínima parte, en el cómputo maravilloso de mis años y mis días. Me pasará como a Nijinski que, al ser llevado el año pasado al Ballet Ruso, no supo a qué clase de espectáculo asistía. Me quedaré solo, completamente solo dentro de mí mismo, indiferente hacia todos los ballets del mundo. Os entrego todo lo que hice y lo que no hice.

Y entonces me invade un deseo inmenso de juzgar con indulgencia el ensueño científico, tan impropio, al fm de cuentas, desde cualquier punto de vista. ¿Los sin hijos?12 Bueno. ¿La sífilis? Como usted quiera. ¿La fotografía? No tengo inconveniente. ¿El cine? Bravo por las salas oscuras. ¿La guerra? Nos divertimos bien. ¿El teléfono? Hola, sí. ¿La juventud? Encantadores cabellos blancos. Trate de hacerme decir gracias: “Gracias”. Gracias… La gran estima que demuestra el vulgo por las investigaciones de laboratorio propiamente dichas se debe a que conducen a la invención de máquinas, al descubrimiento de sueros, cosas todas en las cuales se considera directamente interesado. No duda ni un instante que tienen por objeto mejorar su suerte. No podría decir yo exactamente en qué proporción entran los puntos de vista humanitarios en el ideal de los sabios, pero no creo que lleguen a constituir un cúmulo excesivo de bondad. Hablo, entiéndase bien, de los sabios auténticos y no de los vulgarizadores de toda calaña que se hacen extender un diploma. Creo, tanto en éste como en otros terrenos, en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso reiterado de todos los demás, no se da por vencido, parte desde donde quiere y por un camino absolutamente distinto del camino razonable, llega hasta donde puede. Tal o cual imagen con que le parecerá oportuno ir jalonando su derrotero, y que quizá le signifique el reconocimiento público, me dejan — debo confesarlo — absolutamente indiferente. El material que necesita acumular a su alrededor tampoco me impone respeto: ni sus tubos de vidrio ni mis plumas metálicas. En cuanto a su método, no doy más por él que por el mío; he visto actuar al inventor del reflejo cutáneo plantar; manipulaba sin descanso sus sujetos; y lo que practicaba era algo muy distinto de un examen: resultaba evidente que no se subordinaba a ningún plan. Aquí y allá hacía una observación, como de lejos, sin dejar su alfiler y sin interrumpir la carrera de su martillo de reflejos. La tarea fútil de tratar los enfermos la delegaba en otros. Estaba totalmente absorbido por esa fiebre sagrada. El surrealismo tal como lo concibo proclama lo bastante nuestro disconfornúsmo absoluto para que se le pueda citar en el proceso al mundo real como testigo de descargo. Por el contrario, sólo sabría justificar el estado de completa distracción que tenemos la esperanza de alcanzar aquí abajo. La distracción de la mujer en Kant, la distracción “de las uvas” en Pasteur, la distracción de los vehículos en Curie, son, a este respecto, profundamente sintomáticas. Sólo de un modo muy relativo este mundo está hecho a la medida del pensamiento, y las incidencias de este género constituyen tan solo los episodios sobresalientes de un guerra de independencia en la que me precio de participar. El surrealismo es el “rayo invisible” que nos permitirá un día triunfar de nuestros adversarios. “No tiembles, adefesio”. Este verano las rosas son azules; la madera es vidrio, la tierra-envuelta en su verdor me impresiona tan poco como un aparecido. Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia está en otra parte.

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