La invención de la feminidad. Por Helga Fernández*.


Tal y como el titulo lo anuncia, este artículo recorre el problema de la feminidad en la enseñanza de Lacan, desde los tiempos de la Significación del falo hasta la escritura de la fórmulas de la sexuación.

Antes de comenzar a desarrollar el tema anunciado, Helga Fernández explícita su posición respecto a cierto modo de leer a Lacan que supone transmitir y practicar un psicoanálisis que forcluye el inconsciente, el lenguaje y lo simbólico fundamentando en que estos conceptos  estarían perimidos y superados respecto del goce o lalangue de la última enseñanza de Lacan.

Una vez adentrados en el específico del artículo, Helga Fernández recorre los impasse de la sexualidad femenina considerando que los mismos, al igual que ésta, auspiciaron como causa de avance de la construcción del psicoanálisis. Nos habla y da cuenta de cómo la envidia del pene es tanto para hombres como para mujeres y, también, distingue una mascarada femenina de un fracaso de la misma, la mascarada histérica.

Es notable como la autora al interrogarse e interrogarnos acerca de cómo entender la mascarada femenina recurre a un lenguaje que linda con lo poético, como si tanto la feminidad como el límite de lo simbólico sólo pudieran decirse o, mejor, cernirse, en clave poética. Es decir, tal y como el título lo indica, inventarse. 

Una vez más, En el margen, agradece el trabajo de Helga Fernández, esperando que el lector pueda a su vez leerlo y, por qué no, disfrutarlo.

Facundo Soares, edición.


Desarrollar el problema de feminidad en la enseñanza de Lacan implica recorrer de cabo a rabo sus seminarios y sus escritos. Por supuesto, también, la enseñanza de Freud. Pero el recorrido que aquí me propongo es más acotado, va desde 1958, año en el que Lacan escribe La significación del falo, hasta el año 1972-73, año en el que habla, en el que dice el Seminario Aún o Encore.

Este trecho queda justificado porque no hay posibilidad de entender las fórmulas de la sexuación sin la significación del falo. Más aún, si en la experiencia nos orientáramos a partir de la fórmulas de la sexuación, practicando la posición -porque una posición es eso, algo que se practica- que supone que dichas fórmulas son una superación, un progreso, un adelanto respecto de la lógica de la significación del falo, practicaríamos un psicoanálisis post-lacaniano. Así como no hay un primer Freud ni un segundo Freud, tampoco hay un primer Lacan que respecto del segundo estaría perimido, vencido, caduco, y, entonces, superado. De manera que no se trata de dirigirnos hacia una clínica del goce, de lalangue, de lo real, como si estos conceptos pudieran des-juntarse y hasta volverse autónomos respecto de otros obsoletos, como el deseo, el lenguaje o lo simbólico.

Las fórmulas, despojadas del proceso lógico en el que advinieron, y puestas a circular como meras “consignas” que agrupan a los analistas en ciertas instituciones lacanianas, paradójicamente favorecen la desexualización de la práctica y la teoría. Porque las fórmulas de la sexuación no son la verdad revelada, sino el efecto, el fruto de un trabajo realizado durante años por Lacan para acotar los impasses imaginarios, incluso los del propio discurso analítico, sobre la sexualidad.

Por las razones antes dichas me pareció importante marcar, denotar, señalar ciertas anticipaciones en la enseñanza de Lacan en donde es posible leer que, de un modo incipiente, anuncia lo que más tarde enunciará explicítamente. Por las mismas razones también me interesa resaltar, no sólo estás antecedencias sobre el goce femenino, sino también cómo, por ejemplo, en el seminario Aun continúa sosteniendo lo planteado en la Significación del falo. De hecho el título de este seminario, Aun, Encore, que puede traducirse como todavía, más aún, encima, otra vez, plantea, a través de este adverbio de tiempo, una continuidad. Es decir, todo lo contrario a un pasar a otra cosa, a abandonar o a anular lo anterior.

La sexualidad femenina auspició como continente negro, como oscuridad, como enigma o como causa para que el discurso del psicoanálisis siguiera interrogándose y diciendo acerca de la sexualidad y la sexuación de hombres y mujeres. Lo que se expresa en ciertos impasses que podemos encontrar en la construcción del discurso del psicoanálisis.

Los impasses del discurso.

Partiendo del escrito de la Significación del falo decimos que lo que se plantea como relación entre los sexos, y en lo que respecta a la sexualidad y a la sexuación, es imprescindible poner en juego el falo. Porque el falo es un significante privilegiado que ordena la relación entre los sexos, como elemento simbólico. Lo que hablamos tiene alguna significación. Lo que decimos, como significación, se ordena al falo, porque el falo ordena la significación.

El falo como significante, se refiere a un lugar de la falta que afecta al ser y que se constituye a partir de un corte entre la madre y el niño o una distancia provocada por el descubrimiento de su castración. Es que el chico y la chica, en lo que lllamamos célula narcisística, es el falo de la madre y hace todo lo posible por coincidir con el mismo a través de los señuelos, la seducción, el camelo, etc. Lo que es respecto de la madre es lo que hace que la madre sea. El pene que le supone a la madre es la manera de significar lo que es en relación a ella.

Siguiendo esta lógica, se entiende que el complejo de castración concierne al cuerpo, al ser y al falo. Si tomamos el falo como significante, decimos que se refiere a una falta. No es la falta de algo, sino un lugar  de falta. Lacan llama a esa falta, falta que afecta al ser. Es una falta de ser. Aquello por lo cual, en el orden del ser, no se puede responder más que en términos de la significación, como hombre, mujer, padre, el ser en cuestión. A partir de la posibilidad de significar esta falta en ser, esta distancia entre la madre y el niño, ese abismo, esa hiancia irresoluble, es que el falo es un significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado.

Existe una relación entre pene y falo, lo que no impide que posteriormente el falo se desprenda de lo específicamente orgánico. El pene es relativo al falo pero el falo no es relativo al pene. Que el pene esté en relación al falo es un modo de dar cuenta de cómo el falo está anudado al cuerpo, en tanto el significante hace al cuerpo. Y es en este punto que el pene es un lugar privilegiado en donde el falo se encarna, pero no el único, sino no existiría el fetichismo y sino el pene no tendría, no podría tener, ninguna función.

Decíamos, entonces, que en el nene hay un pasaje del ser al tener, pero ¿en la nena? Porque si bien este pérdida del ser, es decir de lo que es para la madre que a su vez hace que la madre sea, es esperable que se produzca tanto para el chico como para la chica, el pasaje en la niña no es del ser al tener, sino del no ser al no tener (sobre una base del tendría que tener o de la envidia del pene), a ser o parecer a través de la mascarada.

Esto es lo que Freud procura explicar a partir de las diferencias entre el niño y la niña entre el Complejo de Edipo articulado con el Complejo de Castración, en uno y en otra. Diferencias que suponen que el niño entra en el Complejo de Edipo, entonces en cierto orden de sexualización, por la amenaza de castración. Amenaza de castración que, en tanto tener algo que perder a diferencia de en la niña, es eficiente y se apoya en la privación, en ese agujero real de un objeto simbólico, que constata en la madre. Mientras que la nena entra en el Complejo de Edipo o en cierto orden de sexualización, a partir de la castración. Es decir, subjetivando la privación, ese agujero, esa falta real de un objeto simbólico, con la castración o a través de una falta simbólica de un objeto imaginario llevado a cabo por un agente simbólico.

La privación de pene en la mujer es real, simbolizable por la función del significante falo, por eso hay ahí una función de la falta. Aquí, en este momento lógico, es donde se produce este pasaje de la madre al padre con la consiguiente queja, lamento, enojo, tristeza, de que la madre la hizo mal, que no le dio porque ella tampoco tiene, etc. Uno de los modos en donde en la experiencia escuchamos esta hostilidad, esta queja, este pase de factura a la madre, es en el temor común de casi todas las mujeres, relativamente distanciadas y diferenciadas de sus madres, de ser como la madre.

Freud dice, entonces, que la niña entra en el Complejo de Edipo por la castración o que pasa de la pérdida del ser a subjetivar su privación a través de la castración. Pasa de la madre, con esa corriente hostil, hacia el padre, esperando que el padre le de lo que la madre no. Ese pasaje es un pasaje del falo, una transferencia que tiene lugar por la economía del falo. Como el padre tampoco le dará el falo, como esto estructuralmente tampoco es posible, dice Freud, la mujer puede tomar tres caminos:

  • El abandono de la sexualidad o la renuncia a la misma. Una clausura, que veces, depende el sujeto puede aparecer articulada, formulada en términos, por ejemplo, de recordar que en determinado momento se prometió nunca estar con nadie, nunca amar a nadie, etc. Camino que, entiendo, tiene que ser distinguido de las dificultades para entrar en la sexuación propias de cuando en un sujeto no está en función la significación del falo o hay un cierto orden de negatividad ante la sexualidad como defensa por no contar con la significación del falo.
  • La envidia del pene, la querella del falo, la bronca , la rabia al falo.
  • La sustitución, posibilitada por la significación del falo, del pene por un hijo, que da lugar, a partir de dicha significación, a la ecuación pene, hijo, falo, en donde el hijo sería una sustitución metonímica del falo que no se tiene y no se renuncia a tener.

Si la mujer envidia el pene es porque algo del orden de la falta ha tenido lugar. Entonces y, en todo caso, lo que envidiará será aquello que para ella se significará como el representante imaginario del falo simbólico, lo que puede ser el pene, o dinero, o un auto, o potencia, o poder, o un puesto, o el saber, o cualquier cosa que para ella, vaya a ese lugar.

Winnicott, en alguna oportunidad, comentó un caso en donde se planteaba la envidia del pene en el hombre. Cosa que es muy interesante en el sentido de que no es algo que sólo acontezca en la sexualidad femenina, porque por la articulación de que lo que el hombre tiene es insuficiente para haber sido el falo de la madre, se articula también la envidia del pene en el hombre que puede, inclusive, desembocar en la envidia de algo que la mujer tenga que para él sea lo que la hace ser el falo. Con lo cual el hombre puede envidiar, por ejemplo, la posibilidad de estar embarazada, que se amamante a un hijo, la belleza, lo voluptuosidad femenina, la relación que puede tener una mujer con sus hijos o lo que sea que vaya al lugar del falo para él. Desde esta lógica, como la significación del falo es tanto para la mujer como para el hombre, la envidia del pene es tanto para el hombre como para la mujer. En el hombre se articula a la decepción de que lo que se tiene siempre es insuficiente o miserable para haber sido el falo de la madre, por lo tanto se envidia lo que una mujer tiene, porque, ante los ojos del que envidia, la hace ser el falo de la madre. Así, una mujer puede, a su vez, hacerle pasar a quienes lo tienen por la decepción que ella sintió por no haber sido el objeto del deseo de la madre, a partir de que no ser el falo se atribuye al hecho de no tenerlo y entonces envidiar a quien lo tiene porque así puede serlo. De manera que la seducción, puede tener el carácter de venganza o revancha por no tener el falo y, entonces, no haberlo sido.

Si para Freud -y acá tenemos unos de los impasses, de los atolladeros, uno de los puntos muertos o de las situaciones en donde no se encuentra salida- si bien estos caminos suponen cierto recorrido de la feminidad, es decir de la sexualización de una mujer, también dejan a las mujeres libradas a la lógica fálica, renunciando a la sexualidad por no tenerlo, queriéndolo tener o sustituyéndolo por tener un hijo. Es decir, libradas a una reducción o aplanamiento del falo en tanto imaginario, o muy pegado a lo imaginario. Es en este punto donde Lacan en la Significación del falo y también en Ideas directrices para un congreso sobre sexualidad femenino introduce la noción relativa al ser, al parecer, la de la mascarada. Noción que toma de Joan Riviere. Es decir, la idea, la posibilidad de que la mujer, vía la castración, no pasa al tener sino al no tenerlo y, entonces, al serlo identificándose al falo, a través de esta función de la mascarada. Así, no podrá acceder al sexo de su elección o de su conducta sexual sin que medie una identificación, que no es, en principio, ni necesariamente, a ninguno de sus progenitores, sino función del ideal: “al tipo ideal de su sexo”. Entre el sujeto y la sexualidad, entre el sujeto carente como tal de sexo y su “declaración de sexo”, media una identificación, en la que juega su papel el ideal, decía Lacan.

Aunque, esta identificación al tipo ideal de su sexo, sustentada por la significación del falo, se produce al precio y bajo la condición de rechazar, como expresa claramente Lacan, su feminidad, porque la mascarada supone una identificación al falo. El cuerpo vestido y calzado es lo suficientemente fálico al lado del pene sujeto a la destumescencia. Es decir, que la envidia del pene puedo dar lugar a la rivalidad a través de que la mujer se convierta, por medio de cierta erección cosmética, en el falo a través del cual hace desear a los hombres y por venganza, los deja deseando, los deja pagando. También puede aparecer lo contrario, que una mujer muy hermosa haga un esfuerzo por no serlo, es decir que la incomode su hermosura en tanto encarnando el falo a partir de ese brillo, de esa fascinación que produce cierta belleza, se le haga evidente que no lo tiene. Por eso es importante considerar no sólo de qué estructura estamos hablando cuando alguien quiere tenerlo o no tenerlo y también las singularidades en la que esto se da. Querer tener el pene puede ser o no ser lo mismo, depende de la estructura. Una cosa es la función significante del falo en la economía de una neurosis histérica, otra cosa en la economía de una neurosis fóbica y otra cosa en la economía de una neurosis obsesiva. Porque el ser y el tener van a jugar respecto del significante y respecto del ser de maneras diferentes.

En este sentido me parece interesante diferenciar también, así como tenemos que hacer la diferencia de que no es lo mismo que alguien quiera o no tener el falo, que hay mascaradas y mascaradas. Por esto es que se hace necesario discernir, por ejemplo, la mascarada histérica de una mascarada femenina en donde la relación a la falta de significante de lo femenino se establece de manera distinta. Así -aunque estructuralmente hayan diferencias entre el simulacro del travestismo y la mascarada histérica, en tanto hay un hombre identificado a una mujer con pene que no es la madre fálica en el primer caso, mientras que en la histeria hablamos de la identificación al falo a través de esa erección cosmética- muchas veces poseen cierta vecindad puesta de manifiesto en el sardonismo, en cierta exacerbación, en cierta infatuación o impostura que denuncia, que pone en evidencia, por el pathos en cuestió, que en el caso de la mascarada histérica  no se sabe hacer con la falta de significante o de la representación de lo femenino. En este momento recuerdo a una analizante que ante los intentos por vestirse, como una mujer, se sentía un travesti, decía. Claro está que en este caso algo sustituía la falta de pene, por lo que ni siquiera había lugar al registro de la envidia del pene, porque ella desde su profesión y desde cierto aparato tecnológico usado en su profesión suplía eficientemente la falta de pene. De manera que su intento de construcción o invensión de la mascarada ni siquiera se apoyaba en la identificándose al falo, porque desde cierto punto de vista, fantásmatico, lo tenía. Por esto el hecho de decir que vestida de mujer, arreglada, maquillada, con vestido, de rojo, se sentía un travesti.

Lacan decía que en la mascarada, histérica, agreguemos, hay un rechazo de lo eminentemente femenino, es decir de la falta de significante femenino, que a la altura del Seminario V y, como una de las antecedencias del goce femenino, nombra como werverfung de lo femenino. La mascarada histérica podría ser entendida como la falla o el fracaso de la mascarada femenina.

¿Cuál es el lugar desde donde se construye o se compone la mascarada ¿Desde la envidia del falo, desde la castración, desde la privación y/o desde la falta de significante de lo femenino?

Pero pensamos en el fenómeno del travestismo y dejamos a un lado el travestismo propiamente dicho. Digo fenómeno porque hay travestismo también en el teatro cuando, por ejemplo, un hombre tiene que hacer de mujer, como en el kabuki o teatro japonés. Desde este travestismo, en donde un hombre hace de mujer, podemos preguntarnos a partir de qué representación o representaciones hace de mujer. Porque, justamente, la mascarada también implica cierta orden de representación y entonces de falta de representación. Podemos decir que la pregunta también es pertinente para una mujer, en tanto la mujer siempre es una apariencia, más adelante dirá Lacan, un semblant y entonces, como dice a partir del artículo de Joan Riviere, la mujer siempre tiene que hacer de mujer o en todo caso hacerse una mujer. Pero en esta construcción, en este hacerse, en esta especie de arte de lo femenino: ¿Qué se imita? ¿A quién se imita? ¿A su madre, a una mujer, a la mujer de su padre, a la amante de su padre, a una mujer a la que le supone el saber hacer de mujer? O bien ¿a la mujer ideal, a la esencia? ¿Cuál es el modelo? Es claro que formular las cosas bajo este punto de vista, bajo esta lógica, se pone de manifiesto, se explicita, se muestra, que no hay qué ni a quién copiar. De modo que en la mascarada femenina, el modelo y la copia entablan una relación de correspondencia imposible y nada es pensable mientras se pretenda que uno de los términos sea una imagen del otro. Es más, nada es pensable mientras se piense bajo esa lógica. Lógica que más bien nos es útil a los fines de mostrar que ese no es el camino.

De manera que en la mascarada femenina, el vestido, el perfume, la sensualidad se encarna o se pone en acto no sólo en la cosmética y en la moda, sino también en los gestos, en la expresión, es una vacuidad, un semblant, que hace de la nada algo bello. ¿Podría decirse, entonces, que la falta de significante de lo femenino constituye el espacio, la región o el soporte de la mascarada femenina? ¿Podemos decir, entonces, que en la mascarada femenina el vestido no enfunda un falo como en la mascarada histérica sino que en todo caso vela lo que no hay y así lo que no hay cobra una función? O que ¿esa falta de significante es su reino, su fuerza, su espesura y también su bambalina? ¿Podríamos pensar que la mascarada femenina se precipita en la falta de representación desde el inicio del “juego” y la acepta como tal, mientras que en la mascarada histérica hay un rechazo de esta falta de significante de lo femenino vía la identificación posibilitada por la ecuación falo.cuerpo.mujer, al falo? Y que justamente, la mascarada femenina ¿se diferencia de eso que llamaba metafóricamente la erección cosmética o de la violencia de una boca dibujada sobre otra boca, porque no sirve a la obstinación de poseer un falo sino a ir más allá de la significación del falo pero no sin la misma?

Como sea, me parece importante aclarar aunque esté dicho, que para poder acceder a algo de lo que es el orden de la falta de significante de lo femenino ese acceso no es sin la significación del falo, eso es lo que estoy queriendo decir cuando escribía en la última pregunta “más allá de la significación del falo pero no sin la misma”. Para acceder a algo de la construcción de la mascarada femenina es necesaria la significación del falo, en tanto y en cuanto la privación de la mujer, como agujero en lo Real, se subjetiva con la castración y esto es lo que permite que la privación tenga una función como falta . Por lo tanto, me parece importante diferenciar, una vez más, que esa falta de significante femenino es absolutamente distinta de lo que podemos entender como una forclusión, porque no es sin la significación del falo. Aclaro esto, además de por lo que estoy diciendo, porque en el Seminario V, cuando Lacan habla de la mascarada histérica y entonces de la identificación al falo para serlo, dice que para poder identificarse al falo una mujer tiene que rechazar lo inminentemente femenino, y la palabra que usa es verwerfung para nombrar ese rechazo, es decir, que la palabra que usa es forclusión de lo femenino1. Pero entiendo que hay que tomarlo como una anticipación o antecedente de lo que posteriormente va a trabajar como la falta de significante femenino.

Por lo tanto, de la ecuación falo-ser-cuerpo, como decía al comienzo, surge la sexualización y, agrego, que de esta ecuación cuerpo-mujer-falo-, se deduce que la sexuación como feminidad en la mujer supone la feminidad como privación, como (-phi ) -φ, opera respecto del cuerpo Falo.

Ahora bien, los tres caminos de la sexualidad enunciados por Freud llevaban a un atolladero, a un impasse, en tanto la feminidad quedaba reducida al tener o no tener. Pero el camino que Lacan abre respecto de que la mujer es porque no lo tiene, a través de la identificación al tipo ideal de su sexo y entonces de la mascarada, tampoco permite dar cuenta de las diferencias entre la mascarada histérica con la mascarada femenina.

A estas dificultades discursivas, que no surgen sólo por el lado del tener sino también por el lado del ser en lo que de éste se articula mediante la identificación, Lacan se refiere ya en el texto presentado en Amsterdam “Ideas directivas…”, cuando dice, por ejemplo: “El hombre sirve aquí de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma como lo es para él.” Y un poco más abajo agrega: “Todo se puede poner en la cuenta de la mujer en la medida en que, en la dialéctica falocéntrica, ella representa el Otro absoluto.” es decir que la mujer es Otro, altera, hetera, no sólo para el hombre sino también para sí misma. Por eso la histérica no puede situar el otro sexo en una alteridad a ella misma, sino en una alteridad que supone que algún sujeto femenino podría llegar a encarnar. La otra no es la otra de sí misma, de esa no.toda no regida por la lógica fálica, sino la “otra”. Es otra, la que sí sabe cómo gozar, cómo ser mujer y que, por eso mismo, puede sostener el deseo del padre idealizado, como la Sra. K. para Dora o como la Madonna de Triste a quien ella mira boquiabierta, contemplándola, adorándola, por ser la poseedora del enigma de la feminidad. De esta forma, si las salidas freudianas se quedan cortas, la mascarada, aun yendo más allá en sus posibilidades, también tropieza con un límite estructural.

Otros modos de la manifestaciones del límite de la lógica fálica están enunciados explicitamente en Lacan: .

– En el no-apaciguamiento de la mujer en la maternidad, con la consiguiente aparición del niño como objeto de goce. Y este último, a su vez, está marcado por la infinitud del goce que como tal no puede llegar a condensar.

– La frigidez, bien tolerada en la mujer, en la que se realiza la representación del Otro absoluto de la dialéctica falocéntrica. De manera que, si el goce femenino es un goce más allá del significante e incluso que la mujer, aunque pueda no sentir, experimenta, sería posible entender  la frigidez como un modo de ese goce mutis, de ese goce-ausencia. Porque, ¿cuál es el goce de cierta frigidez? y ¿por qué una mujer puede tolerarlo e incluso, dice Lacan, ser feliz sin necesitar de un orgasmo? Lo que da cierta plausibilidad a lo que propone, que ese goce la mujer nada sabe, es que nunca se les ha podido sacar nada. “Llevamos años suplicándoles, suplicándoles de rodillas, que traten de decírnoslo, ¿y qué?, pues mutis, ni una palabra! Entonces, a ese goce, lo llamamos como podemos, vaginal, y se habla del polo posterior del útero y otras pendejadas por el estilo. Si la mujer simplemente sintiese este goce, sin saber nada de él, podrían albergarse muchas dudas en cuanto a la famosa llamada frigidez”, decía Lacan.

– Y, por último, la acomodación, que parece, en algunos casos, no tener límite al fantasma masculino, hasta poder poner en juego todas sus pertenencias y la contrapartida de la exigencia amorosa, la sumisión el servicialismo, el estrago, etc.

Es decir, en todos los casos, se trata de las distintas formas en las que el sin límite, el infinito, aparece como algo para lo cual el significante fálico solo puede dar coordenadas  insuficientes. Es a través del falo como la mujer puede entrever el Otro goce que no es sino un goce en los límites de la operación de la castración. Goce que no está marcado por la localización ni la discontinuidad del significante fálico. Así, el lado del falo, la mujer encuentra la satisfacción por sustitución y del lado del Otro goce, la satisfacción está marcada por lo infinito excediendo a la localización que el significante aporta, en la envoltura de su propia continuidad.

Algo en lo sexual femenino escapa a dicho orden. Lo femenino como más allá de aquello que puede ser puesto en palabras, con la imposibilidad misma de las mujeres de decir sobre lo femenino. Imposiblidad que Lacan mismo sitúa en este texto cuando dice que las representantes del sexo, por mucho volumen que tenga su voz entre las psicoanalistas, no parecen haber dado lo mejor de sí para el levantamiento de ese sello. No es que no hayan dado lo mejo,r sino que hay algo de la satisfacción femenina que no entra en el discurso ordenado por la lógica fálica. Destaquemos, además, que Lacan nos invita a recordar el consejo que Freud de no reducir el suplemento de lo femenino a lo masculino, al complemento del activo al pasivo.

Ante la falta de respuesta con la significación del falo, Lacan, entonces, recurre a la articulación del fal,o no con el deseo sino con el goce y el amor. Pero como ese otro goce que se supone que existe, estructuralmente está más allá de las palabras y, entonces, del significante, Lacan recurre a la lógica, a la matemática y a la gramática. Es decir,  a esa construcción de las fórmulas de la sexuación por medio de la que quiere dar cuenta de algo de este otro goce partiendo de la afirmación de que los impasses de las sexualidad son correlativos a los impasses que encontramos en la historia de la lógica y la matemática, a partir de los cuales Lacan prosigue, aunque este texto, ya no.


Notas:

1- “Aquí se pone de manifiesto la raíz de lo que se puede llamar, en la consumación del sujeto en la vía del deseo del Otro, su profunda Verwerfung, su profundo rechazo, en cuanto ser, de aquello por lo que ella misma se manifiesta en el modo femenino. Su satisfacción pasa por la vía sustitutiva, mientras que en el plano donde su deseo se manifiesta termina por fuerza en una profunda Verwerfung, una profunda ajenidad de su cuerpo respecto de lo que es su deber parecer.”


Bibliografía, además de la ya citada.

– Clases del Curso de Verano: Sexo, sexualidad y sexuación. De la significación del falo a las fórmulas de la sexuación. Enero-Marzo de 2015. Escuela Freudiana de la Argentina.


 helgaclaudias* Acerca de la autora: Acerca de la autora: Helga Fernández, es analista y escritora. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, parte del directorio de la misma desde el 2011 al 2014. Dicta clases en seminarios, es responsable del grupo de trabajo El lugar del tercero en la transferencia ¿Qué y a quién se transfiere?, en la misma Escuela. Coordina uno de los grupos de formación del Curso para entrar al discurso psicoanálisis. Supervisa y dicta clases en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A.: Hospital Interzonal General De Agudos “Luisa C. de Gandulfo”; Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear; Hospital Municipal Dr. Diego E. Thompson; Colegio de Psicólogos de Lomas de Zamora, entre otros. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2013 (2da. Ed.) Autora de numerosos artículos, publicados en diversas revistas: LALANGUE; Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura; La Mosca; ElSigma; En el margen. Revista de psicoanálisis, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Revista de psicoanálisis. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de la Convergencia. Forma parte de dos grupos de Convergengia: Lalangue y Transferencia en la psicosis.Escribió varios artículos que forman parte de revistas o de publicaciones impresas conjuntas. También es editora para Bs. As. de esta revista y en los meses de Julio y Agosto dictará una serie de encuentros presenciales titulados: Lacan y el surrealismo, invitada por esta revista en el marco de la Sección Encuentro. Contacto: helgafernan@gmail.com

 


2 comentarios en “La invención de la feminidad. Por Helga Fernández*.

  1. Permita-me perguntar:
    Não haveria em nossos corpos nenhuma reminiscência de nosso ser? O fato do corpo já estar sexuado não é suficiente para que uma mulher seja apenas uma mulher e um homem apenas um homem?
    Sem a noção de falo em Lacan fica impensável o mundo ao redor. Sem o falo, não há Homem, nem homem. E é só o falo em sua falta que constitui uma mulher?
    Me parece que sem o sentimento de tristeza não é possível a experiência com o símbolo. E, neste sentido, me parece que sem tristeza não é possível constituirmos uma sexualidade.
    E se nossa condição é de castrados, não seria justo que o sexo fosse nascido do luto?
    Atenciosamente,
    Emir Tomazelli
    e-mail emirtomazelli@globo.com

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    1. Respondo a quem não assina!

      Ok!

      Entendo que sua resposta indica sua profunda má vontade de dialogar.

      Interessante que vc gaste teu tempo para me dar um negativa.

      Lamento fundamente ter entrado em contato.

      Emir

      Me gusta

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