Eso que escribes, solo eso puedes ser [1]. Por Matías Ambrosio*.


Matias Ambrosio trabaja el pronombre personal él, pero necesario para el funcionamiento de la maquinaria discursiva, a partir de la persona del autor. Considera que el advenimiento del él constituye  la trama de lo escrito en lo narrado. Para esto toma como ejemplo la novela de Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, a partir de los tres tiempos  y dos caídas por las que atraviesa el personaje principal, quien ser un nombre de ese él del que habla Ambrosio.

En el margen agradece a Ambrosio este aporte, por sobre todo, por el interés que supone este pronombre y sus vicisitudes en la práctica del análisis.

Helga Fernández, edición.


“Más que tomar la palabra,

habría preferido verme envuelto por ella

y transportado más allá 

de todo posible inicio” Foucault (1970)

Las palabras del filósofo francés en la lección inaugural de su curso de historia de los sistemas de pensamiento, pronunciada en 1970, encarnan la expresión de su intención de saltearse un paso, el de existir, para luego no dejar de desaparecer. Aunque, es necesario decirlo, este es un paso que no puede saltearse porque ya ha sido dado: “antes de toda formación del sujeto (…) algo cuenta, es contado, y en ese contado ya está el contador. Solo después el sujeto ha de reconocerse en él, y ha de reconocerse como contador”[2].

El sujeto es hablado por el Otro, el Otro habla y los significantes le pertenecen. Por tanto, podríamos decir que el anhelo de Foucault es, precisamente, una descripción de lo que empíricamente le está ocurriendo y, más adelante en su desarrollo, lo describirá de este modo: “(…) en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo” y así él “sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo…” [3]

Podría pensarse también que Foucault, prologándose de este modo, formula su conocimiento de que, al plegarse a la racionalidad de un pensamiento que deberá  continuar[4], él como entidad, como persona, se borra. Esta inflexión al desarrollo de lo narrado exige ese borramiento: un desaparecer para devenir en otra cosa, para emerger conjugado en la tercera persona del singular: el autor…mientras dure su obra. Pronombre personal de aquel no existente pero necesario para el funcionamiento de la maquinaria discursiva, el advenimiento de ese él, a partir de la persona del autor, constituye la trama de lo escrito en lo narrado.

La referencia a la desaparición de la persona del autor en el acto de la escritura, de aquel destino que lo condena a perderse[5], es desarrollada por M. Blanchot. En sus elaboraciones reconoce que “antes de la obra (…) no hay artista” ya que es la producción la que crea, produce al productor y que, siendo su prueba, “lo hace nacer o desaparecer”[6]. Lo hace desaparecer puesto que después de la obra, el autor ya no subsiste: el producto opera como la puerta de un atravesamiento único e irrevocable de su persona para hacerlo dejar de subsistir y quedar acotado a la materia de su escrito.

En asombrosa coincidencia se esgrime L. Marechal, para abordar y dar cuenta del carácter limitante de la obra para el artista, de la intención de este último en “condescender a limitarse mediante alguna obra”[7]. Así, el porteño autor, en su más porteño Adán Buenosayres, sumerge a su personaje en una tertulia nocturna, de las tantas a las que ha sobrevivido, donde él mismo describe en tres tiempos y dos caídas el devenir de un artista.

Primer Tiempo: el de la inspiración poética.

Producto de un arrebato, de un soplo divino, el autor “siente despertar en sí una entrañable reminiscencia de la hermosura infinita”, experiencia inefable, “el sueño de todas las cosas que todavía no quieren manifestarse”.

Segundo Tiempo: el de la expiración poética

          Primera Caída: creación ad intra

Entre la infinitud de posibilidades que integran aquel caos inenarrable, elige una y le da forma, excluyendo todas las demás, descendiendo de la inspiración a la creación. De lo infinito a lo finito. Cualquier modo de intentar manifestar aquella infinitud, caerá en el fracaso de lo limitado de la posibilidad elegida.

Tercer Tiempo y segunda caída: creación ad extra

Aquella forma que ha elegido el artista en la intimidad de su alma se encarna en una materia, por ejemplo el idioma, quien le impondrá nuevos límites.

Tomando las palabras de Foucault ya citadas al inicio, tras este recorrido cabe la pregunta: ¿puede  el autor escapar a este descenso, a esta desaparición?

Blanchot afirma que un genio romántico, un yo tan superior a sí mismo no podría  condescender a limitarse en alguna obra. Marechal, en cambio, se pronuncia de un modo contrario a esta tesis. Citando a Adán en su explicación del mecanismo de los ángeles: “toda criatura que ha recibido alguna perfección” no decide, no puede hacerlo y “debe comunicarla, en cierto modo, a las criaturas inferiores”.

Sin intentar dirimir entre estas posturas, ni establecer una respuesta definitiva, es preciso recordar que sin esta caída, sin su descenso a la finitud de un escrito, no sabríamos nada de ese autor, nada habría trascendido de él. Es válido realizar nuevamente aquí el paralelismo establecido entre el devenir de un autor y el devenir de un sujeto: sin ese consentimiento de este último a ser atravesado por lo simbólico nada sabríamos de él, ningún significante podría nombrarlo.

Milner toma postura sobre esta pregunta y afirma: “es posible escapar a este dispositivo, mas ha de pagarse un precio: renunciar a inscribirse en la cultura” ya que la obra es una forma que la cultura organiza para el tratamiento de los desechos: “pertenecer a la civilización, en oposición al bárbaro que la rehúsa o al loco que se exceptúa de ella, es saber tratar la basura y el excremento. La cultura, como elemento de civilización, la obra como elemento de la cultura, la publicación como dimensión de la obra”.[8]

Así entonces, el autor, eligiendo su desfallecimiento, consintiendo a la materialización y finitud del caos inefable de su inspiración -¡la bolsa o la vida!- establece su obra como “la lápida que cada libro presenta, con su tapa que lleva, cual un epitafio el nombre de un individuo”[9]: la persona del autor.

 

 

un autor

una fecha

un lugar

 

 



Notas:

[1] Elaboración de las fórmulas establecidas por el crítico literario Harold Bloom: “Eres o serás lo que lees” y “Eso que eres, solo eso puedes leer”

[2] Lacan, 2011, p. 28

[3] Foucault, 1996, p. 11

[4] Es válida la aclaración que esta clase de Foucault da inicio a su curso de historia sucediendo a Jean Hyppolite y manifestándose ser continuador de su obra

[5] Borges, Jorge Luis. “Borges y yo”. El hacedor. Madrid: Alianza Editorial, 1998

[6] Blanchot, publicación virtual

[7] Ibídem

[8] Milner, 1996, p. 15 y p. 18

[9] Ibídem, p. 19

 


Bibliografía

Borges, Jorge Luis. “Borges y yo”. El hacedor. Madrid: Alianza Editorial, 1998

Blanchot, Maurice. “Après cup (tiempo despuès)” htttp://www.ddooss.org/articulos/otros/Maurice_Blanchot.html Recuperado: 26/06/2013

Foucault, Michel. “El orden del discurso”. Madrid: Las ediciones de la Piqueta, 1996

Lacan, Jacques. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. El Seminario. Libro 11. Buenos Aires: Paidós: 2011

Massota, Oscar. “Roberto Arlt, yo mismo”. Conciencia y Estructura. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2010

Mazza, César. “Al lector por venir”. Revista Exordio, Año 1, número 1, Córdoba, 2009

Milner, J-C. “La obra clara. Lacan, la ciencia, la filosofía”. Buenos Aires: Manantial, 1996

Moyano, Pablo. “Si repito traiciono”. Publicación en la Revista Exordio, Año 1, número 1, Córdoba, 2009

Miller, Jacques Alain. “El establecimiento del Seminario de Jacques Lacan”. Buenos Aires: Tres Haches, 1999

Pantoja, Gabriel. “Apuntes sobre un original que no existe” Publicación en la Revista Exordio, Año 2, número 2, Córdoba, 2010



20150803_1529422*Acerca del autor: Matías Ambrosio, psicoanalista. Desempeña su clínica en el ámbito privado y en instituciones públicas de la Ciudad de Córdoba.

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