Se hizo el silencio. Puntualizaciones sobre el análisis de un niño. Por Gisela Avolio**.

 


 

Este artículo fue presentado como trabajo en el marco de la Reunión lacanoamericana de psicoanálisis de Montevideo,  2015, bajo el título Cosas mudas  y la palabra de un niño.

Aquí, asistimos al relato, casi diría al testimonio, de un orden de estructuración de la constitución subjetiva del ser hablante. Testimonio que, además,  pone en evidencia la correspondencia que existe entre las llamadas “patologías psíquicas graves de la infancia” y tal orden de estructuración. Demostrando, con esto, que en el psicoanálisis -de niños o de adultos, en la psicosis o en la neurosis- siempre se trata del sujeto.

Como lectores de este artículo, no tenemos más que advertir que tal orden de estructuración no hubiera acontecido sin que alguien, en el lugar del analista, haya hecho operar la función “supuesto sujeto”. Lo que implica que el analizante sea quien ocupe ese lugar de sujeto o, en las palabras de la autora que dan cuenta del acto: “creer que hay discurso allí, donde aún no hay palabras”.

Agradecemos a Gisela Avolio este trabajo.

 Edición, Helga Fernández.

 

Me interesa aludir a algo que muda y que no sería cualquier cosa, si se entiende que de algún modo está en juego la Cosa. Más aún, por hallarse esta Cosa fuera de significado y no asimilable, decir algo acerca de esto no es para nada sencillo. De todos modos, siempre se corre el riesgo de decir “cualquiera cosa”, por muchas razones, entre ellas o es la que prefiero, porque no habrá coincidencia entre la Cosa y lo que se diga.

 

El psicoanálisis no se fundamenta en una genealogía del significante. Partimos de que el lenguaje precede al sujeto, aún para quien no habla, por lo que esta ética se  sostiene en la relación del sujeto al significante y su función.

 

Es en torno a esa relación del sujeto al lenguaje, como estructura, que se realizará esa primera elección subjetiva, de acuerdo a como entiendo que lo propone Lacan en el Seminario La ética #.

 

Mi intento supone una aproximación a lo que podría pensarse como la transformación de una significación del mundo a la forma articulada de la palabra, que nos ha sido ubicada por la enseñanza como “entre cuero y carne”. Para una argumentación posible de esto, encuentro como apoyo algunos aspectos de la función que Lacan le da al concepto de Cosa.

 

Como mencioné, porque no se trata de un origen, me pareció conveniente hablar de lo que muta. Lo que para Freud es parte de un Principio de funcionamiento del aparato: lo móvil y lo inmóvil, la facilitación y la tendencia a la homeóstasis. Y porque, respecto de lo que sería la ficcional constitución del psiquismo, se ordena el andar del sujeto es en torno al campo de la Cosa[I]. Cosa que no deja de estar en relación al significante modelado por el hombre. Es decir que, esta Cosa muda, que nunca se pronuncia, hace a la palabra.

 

Me detengo en esta cuestión en tanto ese trabajo artesanal, que permitiría situar el campo en torno al cual los significantes se encadenan, puede no ocurrir. La falta de distancia que separa la paja de la palabra, del grano de las cosas, puede dejar a alguien sin habla. Podría decirse también “sumido en la mudez de la Cosa”, que no necesariamente carece de relación con la palabra, sino que, más bien, se halla en una relación masiva o total con el significante.

 

Cuando esto ocurre, sabemos que un radical rechazo al apoyo en el orden simbólico ubica al sujeto en una posición que Lacan, con palabras freudianas, nombra “fracaso de la fe”[II]. Y remarca que este sentido de la fe es menos psicológico de lo que parece. Cito: “…en ese primer extraño, (exterioridad íntima), el paranoico no cree…” Lo que afecta de un modo profundo la relación del hombre con la realidad, porque entiendo que el carácter forclusivo de esta no creencia muestra el rechazo a lo que pone en juego el vacío. -la cosa- Para el abordaje de esto me resultó orientador el desarrollo que hace Anabel Salafia en su libro el “Fracaso de la negación”[III], y lo que allí ella menciona como “increencia”.

 

Hace un tiempo, recibo la consulta por un niño, de casi 3 años, que no habla. No ha pronunciado palabra alguna. Con mirada perpleja, era llevado de un lugar a otro como a un bebe. Podía quedarse donde fuera puesto. Podría decirse que tenía dos preferencias: mirar la televisión o abrir y cerrar las puertas como una estereotipia. Sus padres, muy preocupados, suponían que esto podía tener relación con la “enfermedad” de un familiar directo a uno de ellos (psicosis), y por eso pensaron en un tratamiento psicológico.

 

Cuando el niño nace, una disfunción renal severa lo hace permanecer casi un mes en terapia intensiva. A sus padres les dicen que hay extremo riesgo de muerte y que no conviene tocarlo porque podría producirle una excitación que desestabilizaría su frágil organismo.

 

La madre, en aquel momento, pensó tenía que hacerse a la idea de que iba morir. Haber tenido esa idea no la sorprendió porque para ella lo que ocurría con este hijo estaba absolutamente encadenado a sucesivas muertes y riesgos de vida, que históricamente acaecieron en su familia. Un abuelo muere brutalmente en un accidente en una zona rural, en presencia de su hija. Cuando esta niña fue madre, tuvo varios hijos, uno de ellos (siendo muy menor) muere en un accidente doméstico. Otro de los hijos de esta mujer, cuyo trabajo está asociado a objetos fúnebres, pierde a su hija -prima de la madre del niño por quien consultan- cuando muere atropellada.

 

Con esta prima contemporánea a ella, cuando eran niñas solían jugar entre objetos fúnebres, su desaparición la entristece mucho; el nombre de su hijo lleva las mismas letras que el de esta prima. Nombre elegido, por lo que significa: capaz de atravesar la muerte.

 

Parte del recorrido de escenas de riesgo, fue que en su infancia su hermano intenta agredirla poniendo un objeto altamente peligroso detrás de un portón. De ese horror posible, la salva que ese portón apenas se entreabre, aunque su grito no alcanza a ser escuchado por sus familiares.

 

Por su parte, el padre del niño, en la sala de terapia, le practicaba técnicas de control energético, sin tocarlo. Me cuenta que está muy entrenado en esto porque durante muchos años trabajó en el ámbito circense como mimo y estatua viviente, lo que requiere especial concentración en la inmovilidad, y el silencio.

 

Lo cierto es que en ningún lugar de la boca de este niño se emplazaban las palabras, lo habitaba el mutismo. Esa ausencia de sonidos, que me arriesgaría a decir, no conformaban aún el “silencio del habla. Porque, tal silencio sería posible en la medida en que haya voz. Mientras que este silencio, el del niño, parecía tratarse, más bien, del Otro silencio, el de un más allá supuesto al lenguaje. Tal vez ese “más allá” de las trágicas, que se bordearon con ese juego de niños entre los objetos fúnebres, y, también, el del letal efecto del rechazo en lugar de la expulsión. Es decir que esa transformación, que elevara algo a la dignidad del significante, parecía no haber operado. O, dicho de otro modo, la palabra no le había llegado.

 

Es un punto delicado si uno concibe esto como una escena originaria. Por eso mismo, nombrar algo que muda, me parece que permite el uso del sentido que dicta su definición: alteración en la estructura, dar un salto sin etapas.

 

¿Qué salto fue preciso? Uno podría responder ligeramente, hablarle. Y no sería una respuesta tan impropia entendiendo que, como dice Freud, porque las relaciones son habladas, porque hay movimiento de la palabra en lo que escuchamos hablar, que nos es posible el pensamiento. Tampoco sería tan impertinente si, retomando el camino abierto por Melanie Klein, en su trabajo con Dick, entendiésemos que aportar verbalizaciones fue injertar dramáticamente la dimensión simbólica. Más aún, diría que algo de todo esto ocurrió. Y de lo que el análisis fue propiciador. Pero al mismo tiempo, me interesa transmitir que considero que no ha recaído en esto la potencia de una transformación, sino en una cuestión discursiva menos ruidosa.

 

Las sesiones comenzaron a transcurrir entre la sala de espera (de la palabra) y el consultorio. Lo recibí acompañado por sus padres, luego por su madre; hubo momentos en que permanecer era solo a condición de ser tocado por ella. De fondo resonaban los diálogos que se establecían entre la madre y la analista, o bien algunos sonidos que venían de instrumentos musicales que utilizaba. En otro momento, lo descubierto fue que el espejo le reflejara verse y se encontrase con alguien viéndole verse, con franca alegría.

 

Más tarde, acumulábamos y desarmábamos juguetes en el borde de una puerta que, aun estando abierta, dejaba a su madre en otro lado. Hasta que, justo en ese entreabrir la puerta (escena tal vez solidaria a la que travesó su madre,) se escuchó un grito, que esta vez no ocurrió en vano. Así lo estatuario se volvía viviente. Viviente de la experiencia del dolor. El grito que emergió de esta experiencia, me atrevo a decir, anunciaba su participación en la constitución del complejo del semejante. Haciendo que ese primer exterior íntimo -y en eso Lacan es contundente– oriente la posición del sujeto respecto del significante. A partir de allí, este grito “de vida”, si se quiere, podía al menos entrar en las condiciones de hacerse llamado al Otro y, así, abrir paso a los significantes que hicieran del viviente un ser parlante. Me gusta como lo dice Freud de modo tan sencillo: “desde aquí solo basta un corto paso para llegar a la invención del lenguaje”[IV]. Pero desde luego, había que darlo.

 

La emergencia de este grito, entiendo, cumplió la función de puente -expresión de Lacan que me resulta oportuna- “en lo que algo que sucede puede ser atrapado, identificado en la conciencia del sujeto”[V] Podría decirse que ése fue el salto, la mutación. Esa relación que se juega a hacer entre cosa y palabra, aunque exista estructural distancia entre ellas. De este modo, abriendo y cerrando la puerta, atravesado por un grito en dirección a otro, la alternancia mínima concebible para una batería significante se iba organizando.

 

Esto me hizo pensar que no se trataba ligeramente de hablarle, porque aún en ese hablar puede no haber espacio para que un grito se escuche, tal como había ocurrido para la madre en su infancia. Así como tampoco había ese lugar, en lo que podría ser exactamente su reverso, o sea el silencio inmóvil del mudo. Es decir, que hacer silencio no asegura que se escuche, ni hablar que se invite a la palabra.

 

Si en el fundamento de aquella ausencia de grito se jugaba el fracaso de la creencia, como citaba al inicio, considero que, en el surgimiento de ese Otro lugar que lo recibió participó algo inherente al discurso, acerca de lo cual no habría elocuentes relatos para hacer: y es que en la función del análisis no operó esa misma increencia. Y que ese llamado de la madre, signada por la mala fe, encontrara un lugar donde su apuesta cuando eligió ese nombre, pudiese recaer en el sentido que ella misma dice: “que es capaz de atravesar la muerte”. Es decir, capaz de atravesar la muerte para volverse mortal, mortificado por el significante, no para elidirla.

 

Cuando se habla, es precisa la confianza en que hay otro en la dirección de lo que se dice (##). Porque si no se cree, o se puede increer en el otro, entiendo que nos encontramos en el rechazo radical de la Cosa, pero a nivel del analista. Es en este sentido que considero que hablarle –puramente-, bien podría haber sido un modo de impedir que él lo hiciera, de reducirlo a la mudez; podría haber sido un puro Bien, más aún, si ese hablar partiera de la “desconfianza” -que es el término que usa Freud en el manuscrito K-, “proceso que priva de todo crédito”.

 

Justamente el discurso del Psicoanálisis, y por eso me entusiasma, tiene la propiedad de apostar a la creación de las palabras, sin forcluir la imposible complementariedad con las cosas. Si de alguna creencia se trataba, despojada del sentido más imaginario de certeza y de ilusión posibles; es de creer que hay discurso allí, donde aún no hay palabras. Cuestión que considero importante porque encuentro que atañe a la ética del psicoanálisis.

 

En tiempos en los que el discurso produce un modo de lazo que promociona la suspensión de lo que hace parlante al ser, me interesa particularmente poder circunscribir un modo en que el discurso del psicoanálisis haya procurado que no opere ese mismo fracaso de la creencia. Por esta misma razón, razón con propiedad política, es que hoy apuesto a participar de este dispositivo, que es hablar ante otros.

 

Con el paso del trabajo, los gritos basculaban en entonaciones que lo convertían en balbuceo y poblaban los lugares, por ejemplo, el jardín de infantes. En una oportunidad, sus padres me cuentan que en la escuela habían decidido que era mejor que sea retirado antes de lo habitual. Inmediatamente en ellos se instaló, desde luego, la desconfianza por lo que llamaron “la segregación de la institución”, pero lo verdaderamente novedoso resultó cuando dijeron lo siguiente: “No sabemos cómo la habrá tomado… Porque se subió y en el auto volvió todo el camino en silencio”.

 

Se hizo el silencio en lugar de la mudez. Había llegado la palabra.


 

I-Lo que Lacan llama “primera muda” en el Seminario La ética.

II- Lacan, Jacques. Seminario La ética, pág. 70. Ed. Paidós.

III- Salafia, Anabel. El fracaso de la negación, pág. 40. Editorial Fundación Ross.

IV- Freud, Sigmund. Proyecto de una psicología para neurólogos, pág. 261. Traducción Lopez Ballesteros, Editorial sudamericana.

V- Jacques, Lacan. Seminario La ética, pág. 45. Editorial Paidós.

(#) Abordado  en las clases a cargo de María Clara Areta, en la Escuela Freudiana de Mar del Plata

(##) Ver: Ferreyra, Norberto. Trauma, duelo y tiempo, pág, 171. Ediciones Kliné.


 gisela**Acerca de la autora: es analista miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As. 1999). Dicta clases en las actividades de la Escuela, y allí el Curso Clínica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.

 

 


 

 

 

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