El delirio, como un doble del sujeto. Por Helga Fernández.

En este artículo, arduo y específico, la autora, se interroga acerca de la función del rasgo unario en el sujeto de la psicosis, en el tiempo en que ocurre la disolución imaginaria y en el tiempo en el que el delirio operaría su obra de reconstrución.

Agradecemos, a Helga Fernández, este trabajo.

Juan Picón, edición.


Cómo y qué.

Uno de los métodos o las formas para construir discurso o, al menos, para re-editarlo supone dar cuenta de una función a partir de una falla de la misma.

En el caso de este artículo, se trabaja mediante este procedimiento, dando cuenta de la articulación entre la falla de la identificación constitutiva del sujeto y las identificaciones yoicas, en las psicosis.  Es decir, abordando la identificación simbólica desde su falla y su  restitución, apuntalada en las identificaciones imaginarias. Esta articulación, que se establece a causa de que la identificación simbólica sostiene a las imaginarias, permitiría escuchar algo de la función del rasgo unario en el sujeto de la psicosis. Porque, si la identificación del sujeto es el nervio del resto de las identificaciones o donde se sostienen las identificaciones del moi, ¿qué sucede cuando esta identificación falla y qué sucede, específicamente, en la falla que atañe a la psicosis?

 

Asentimiento y nombre del padre.

¿Cada vez que podría afirmarse que la identificación del sujeto falla, estamos frente a un sujeto de la psicosis? Y, a la inversa, ¿cada vez que estamos frente a una estructura psicótica, hay una falla o una carencia de la identificación del sujeto?

Sostengo que la primera pregunta se contesta negativamente, mientras que la segunda afirmativamente, de modo que no hay equivalencia o reversibilidad entre los interrogantes que plantean.  Aunque si se considera que la identificación al rasgo supone la entrada del sujeto en el lenguaje y, por tanto, no deja de estar en correspondencia con la constitución del inconsciente(1)  y, también, que es el producto de la interiorización o introyección del asentimiento como rasgo,  es innegable que, si bien no hace a la metáfora paterna, algo de ésta opera en la misma sin necesidad  de que ante una falla de dicha identificación estemos frente a la forclusión del nombre del padre. Si del asentimiento resulta el nacimiento de un sujeto, la metáfora paterna representa, al tiempo, algo de tal nacimiento en tanto, aquel niño -nombrado en la escritura de la metáfora: “significado al sujeto”- sigue, al principio, ese espejo alienante que es el deseo de la madre, hasta que el nombre del padre llega o no como mosca que vuela suficiente para desviarlo hacia otra parte, de modo de arrancarlo de la visibilidad de i(a). Lo que redunda en eso  Lacan llama, en el Seminario Las Psicosis, relación, distancia y función  respecto de la coalición aniquilante de la simple orientación del narcisismo.

Entonces:

  • si el asentimiento se corresponde con cierta función del nombre del padre, ejercida por quien fue al lugar del gran Otro, quizá la madre;
  • si la sanción es una función del nombre del padre,  tanto que, en La relación de objeto, Lacan dice que el padre es una sanción, y,
  • si la mirada o el asentimiento son una sanción,

queda claro que se trata de una función del nombre del padre, cumpla quien la cumpla. De manera que, si una falla en el asentimiento y, por ende, en esta identificación, no supone la forclusión del nombre del padre, entiendo, que podríamos autorizarnos a decir que algo de la dimensión simbólica, al menos en las oportunidades en la que se toca tal identificación, no se dimensiona.

El orden imaginario y el desfallecimiento o el agujero de lo simbólico.

En la Significación del Falo Lacan dice que “el mítico niño va a querer encontrar en el Otro el significante que lo representaría como sujeto pero, como el Otro del Otro no existe, se producen dos cuestiones en estrecha correspondencia, el fading del sujeto y el desfallecimiento de lo simbólico, ante lo que se convocan los medios del orden imaginario.” Por lo que así, Lacan, deja dicho que el tomarse de lo imaginario ante el desfallecimiento de lo simbólico no es propiedad exclusiva del sujeto de la psicosis. Y para que no quepan dudas, dice: “(…) en esa relación que hace que el sujeto, en el punto donde se interroga como $, no encuentre cómo sostenerse más que en una serie de términos que son aquellos que llamamos aquí a, en tanto objetos en el fantasma, podemos en una primera aproximación dar tres ejemplos (…) La primera es el objeto pre-genital. La segunda es el falo. La tercera es, quizá, el único término que los sorprenderá, no es otra cosa, que lo que llamamos comúnmente el delirio y muy precisamente eso por lo cual Freud pudo escribir: AMAN A SU DELIRO COMO ASI MISMOS.”

El delirio como soporte del sujeto de la psicosis.

Si bien estas tres formas de objeto permiten cumplir con la función de tornarse significantes, que el sujeto saca de su propia sustancia para sostenerse, hay una especificidad del delirio en el cumplimiento de la misma. Si bien en la neurosis, tanto como en la psicosis, los medios del orden imaginario acuden al desfallecimiento de lo simbólico y al fading del sujeto, no es lo mismo el desfallecimiento de lo simbólico que el agujero de la forclusión, ni el fading del sujeto que el sujeto que existe en tanto muerto en la psicosis. Diferencias entre una y otra estructura que terminan de especificarse en que en la psicosis no siempre bastan los medios del orden imaginario para el trabajo de restitución propio del delirio. Delirio que, siempre y cuando la metáfora se logre, puede ser dicho como el doble del sujeto. Un sujeto que se encuentra reducido a una identidad segunda de él mismo, de manera que en lugar de poder identificarse a esa función lenguaje, posibilitada por el rasgo unario, se encuentra respecto de la misma, duplicado. En una duplicación que, a su vez, es el modo restitutivo bajo el cual el decir puede serle propio sin nunca poder serlo más que por ese doble de él mismo que es y no es él.

La identificación plena en la psicosis.

Lacan habla de una identificación plena de la paranoia, en la que el sujeto cree ser efectivamente aquello con lo que se identifica. Para caracterizar esta forma de identificación, usa el término “estasis”, lo que supone la inmediatez y el estancamiento. La inmediatez se refiere a la ausencia de la función distancia respecto de la imagen ideal o entre el yo ideal y el ideal del yo, a veces, llegado el punto en que ese resto que sostiene la imagen, el a, no opera, por lo que la imagen se vuelve real. Como si de un posters, surgiera, desmarcándose, la vivificación de lo que, instantes antes, estaba dibujado.

El estancamiento implica esa suerte de fijación, de falta de dialéctica o intercambio entre diversas identificaciones. En el Seminario Las Psicosis,  Lacan refiere que cuando el él –que más tarde será el  él mismo del asentimiento como interiorización del rasgo- no ha tenido lugar, la distancia, la función y la regulación entre las identificaciones imaginarias y el sujeto no operan.

Identificación simbólica/Identificación imaginaria.

Esta tercera persona, el él mismo, es lo que otorga la posibilidad de que se constituya el yo como moi, y el yo como je.  Es el él que, por fallar en su función, no permite que el tú eres el que me seguirás sea otra cosa que tú eres el que me seguirá, en tanto el demostrativo no funciona como tercera persona, por lo que no se escucha como invocación sino como persecución. Por lo que el sujeto de la psicosis, en el orden imaginario, al menos en el tiempo del desanudamiento, carece del carácter de exclusión recíproca propio de aquella organización, por no estar en función esta tercera persona que lo salva del filo mortal de la especularidad. La alienación no está vinculada con un significado anonadante, como sucede en el terreno de la rivalidad, sino en un anonadamiento significante.

Así, pueden ponerse en juego una serie de identificaciones imaginarias, que Lacan clasifica como conformistas, y que le darán la impresión de qué hay que hacer para ser hombre o mujer o identificaciones que amenazan su existencia, enfrentado al sujeto con ese extraño mellizo, el yo ideal. Estas dos formas de identificación constituyen un modo de “compensación imaginaria”, no siempre lograda.

Ahora bien, cuando el orden imaginario no basta para compensar la forclusión en lo simbólico, puede producirse la disolución de lo imaginario, a la que Freud llama catástrofe libidinal. Disolución a la que, a diferencia de la del sueño de la inyección de Irma, no sobreviene la palabra como solución o el sujeto del inconsciente, sino ese doble del sujeto preñado de delirio.

La disolución de lo imaginario da cuenta de la falla de la función unificante de la imagen especular, por lo que esta imagen, por ejemplo, se manifiesta en su carácter de calidoscópica, reduplicada, fragmentada y multiplicada, es decir, como lo contrario a una imagen proyectada como resultado de diversas imágenes que confluyen en una, justamente, a falta de ese Uno en lo simbólico que sostenga, la unificación de la imagen especular.

Como el orden imaginario se sustenta en el simbólico, la disolución se produce a causa de que, al faltar el significante que sostiene la cadena, se inicia la cascada del resto de los significantes, en una remisión metonímica, en un intento por sustituir, a través de ellos, el ausente. Lo que resulta imposible, porque al faltar el primero los demás no tienen dónde anclarse. La cadena queda desligada y la deriva se inicia junto con la disolución imaginaria.

El decir de un sujeto de la psicosis.

“Estaba ligero, mi espíritu se moría muerto de a poco, la gente no me veía, flotaba. Hacía fierros para ganar masa muscular. El peso del alma es verdad. Me miraba en el espejo –pasaba horas mirándose en el espejo- era una calcomanía, estaba pegado, me hundía. Ahora se me reveló que yo era Kodak para que los espíritus blandos no me tomen” Estos espíritus que llama blandos, apoyándose en el culto Afrobrasilero Umbanda, son los espíritus que, según él, lo habitaron en el tiempo en el que estuvo internado.

Entiendo que este fragmento de un decir de la psicosis, en su carácter de grano de verdad, es el modo mediante el cual el sujeto da cuenta de la disolución imaginaria. Estos yoes que lo pueblan suponen una multiplicidad de identidades, muertas, a las que pudo identificar, un tiempo después, por sus respectivos orígenes de razas sin tierra: gitanos, africanos, indios, bahianos. Espíritus, que “aprovechando la oportunidad de que estaba muriendo, lo habían terminado de desalojar, habitándolo y manteniendo  luchas en su cuerpo, en el que se disputaban la territorialidad y su conquista”. En un tiempo en el que este cuerpo no era sino un agregado de entidades extrañas, una especie de terreno baldío en el que recalaban fragmentos desgajados de las identidades de sus usurpadores, como refiere Lacan respecto del tiempo de la catástrofe libidinal del Presidente Scheber.

Luego, a través de lo que supone el curso del delirio o de la restitución simbólica, que fue dándose en el transcurso del análisis, el Orixá, de acuerdo a su decir, uno de los espíritus incorporados -que lleva el nombre africano que traducido es el de la persona en cuestión y el de un santo- le hizo “llegar” que: “la única manera de recobrarse era dejarlo entrar, porque si él transmitía su palabra y lo dejaba hablar a su través, lo ayudaría a que vuelva a habitar su cuerpo, a revivir, porque él (el orixá) es dueño de la propiedad de regular y ordenar a los espíritus blandos”, en tanto y en cuanto, esta persona cumpla con lo que se denomina, Obligaciones y, como efecto de tal cosa, deje “marcarse por la singularidad que imprime dicha entidad”. Entidad que, si bien es común a muchos del discurso del que este paciente extrae los significantes, se manifiesta según éste mismo discurso con diferencias en cada quien, siempre y cuando el médium respete las Obligaciones pedidas por el Orixá y no las confunda con las que puede imponerle el Pai. Distinción que parece dar cuenta de la diferencia entre dos modos diversos de restitución de la función del rasgo unario.

Recordemos que en Las formaciones del inconsciente, fundamentalmente en las clases del 19-3, 9-4 y 4-6, Lacan habla sobre la identificación primaria referida al encuentro del viviente con el lenguaje, a partir de la identificación con los significantes de la omnipotencia del Otro, lo que coincide con el pasaje mítico de la necesidad hacia la articulación de la demanda. Es en este seminario donde enumera las llamadas tres identificaciones freudianas, en la clase titulada Transferencia y sugestión, en la que propone la segunda forma de identificación como la base concreta del desarrollo de Freud sobre la identificación de Psicología de las masas y análisis del yo y del El yo y el ello. De igual modo, esta identificación es la que más problemas le presenta, dado su ambigua relación con el objeto. Finalmente, la tercera identificación es aquella de la que nace una comunidad, por ejemplo, la identificación histérica que sitúa un punto de su deseo identificándose con cualquier cosa.También es en este seminario donde es factible encontrar, en  las insignias del padre,  un antecedente discursivo de lo que, más tarde, desarrollará como ese significante privilegiado, que sostiene la cadena: el rasgo unario.

Así, Lacan, se pregunta, tanto como respecto al rasgo, si las insignias son o no significantes o si son signos. Acerca de lo que contesta que son significantes que están por fuera de la cadena. Por lo que se hace evidente la relación de antecedencia de las insignias del padre con el rasgo unario: “¿Qué es esto? Esto, aquí, no plantea ninguna duda. Son elementos significantes. Si una mujer dice: “Yo toso como mi padre” o “Je ne pousse du ventre ou du corps comme lui” hay aquí a pesar de todo elementos significantes de los que provisoriamente se trata. Más exactamente, para despejar aquello de lo que se trata, le daremos un término especial porque no son significantes que están puestos en juego en una cadena significante. Los llamaremos las “insignias” del padre. (…) El análisis mismo de un caso como éste, nos mostrará que a partir del momento de la identificación, es decir, a partir del momento en el que el sujeto se reviste de las insignias de aquello a lo cual está identificado, hay, pues, una transformación del sujeto en un cierto sentido, que le es del orden de un pasaje al estado de significante, de algo que es esto, las insignias.”, dice.

 

Interrogar para concluir.

Entonces, si en la psicosis no hay yo, ni moi ni je posibles, sin ese mellizo preñado de delirio: ¿cómo es que ese doble hace que el sujeto nunca sea más que la mitad del sujeto?; ¿qué es esa especie de sombra de un él mismo que no existe?; ¿cómo es que se vuelve hablante?; ¿quién habla cuándo habla el Orixá?, acaso ¿es el otro cuya función de reflejo se encuentra en la dialéctica del narcisismo?; ¿el Orixá será el modo en el que sujeto subjetiva Eso que habla por sí sólo, tanto en sonido y furia como en neutralidad, sin que él pueda nunca llegar a decirlo como propio?, y ¿el sujeto ama a su delirio como a él mismo en tanto este doble es una restitución posible de esa tercera persona que no hay, por lo que Lacan decía que el sujeto de la psicosis está reducido a una identidad segunda respecto de sí mismo, en tanto Eso que habla es él y no es él?

 

Respuestas que llaman a otros interrogantes.

Lacan, en Topología y el Tiempo dice : “en la religión totémica se sabe de entrada que se ha incorporado al padre. Digo eso porque es necesario deslindarlo de las religiones de posesión, donde el sujeto es poseído por un espíritu, no sabe cuál, y no es más que en un tiempo ulterior que la divinidad va a nombrarse y declamar sus insignias.” Así, entiendo, que es posible considerar que a través de esta supuesta posesión algo de la restitución del rasgo unario se pone en juego, si se consideran las siguientes cuestiones:

  • el declamo de la insignias en correspondencia con cierto orden de Ideal;
  • esta marca única e irrepetible que sólo se manifestaría en cada medium;
  • el hecho de que cada vez que era esperable que el analizante hable de sí, asuma la palabra, haya una manifestación del sujeto, en ese lugar se manifestaba el “Orixá” . Es decir, ese otro a través del cual el sujeto de la psicosis habla, ya sea porque literalmente lo poseía -lo que  parece un modo de entender cómo en la psicosis el sujeto es poseído por el lenguaje- o porque el analizante hablaba en su nombre;
  • que esta posesión, llamada maestra, regularía las posesiones y las malas pasadas, engaños y mentiras de los espíritus blandos o de esos significantes del delirio que hacen mención a las identificaciones imaginarias;
  • que, justamente, lleva el nombre del paciente. Lo que sería un modo de decir respecto de la necesariedad o suplencia de una identificación del sujeto (maestra) que sotenga las identificaciones imaginarias.
  • y , que en determinado momento se tatúa este nombre, como un esfuerzo por producir en esas letras una escritura real del trazo unario, cuya función simbólica falla.

Posesión y rasgo unario.

En el seminario Las formaciones del inconsciente, Lacan cita un texto de Michel Leires donde este poeta surrealista y etnólogo habla sobre los aspectos teatrales de la posesión. Leires observa, y es lo que Lacan toma, cómo las posesiones se ligan con un carácter exteriormente tipificado, ya que tales incorporaciones suponen un repertorio de espíritus ya existentes, conocidos y reconocidos. Lo que arma una suerte de problema para nuestra mentalidad occidental, dice Lacan, que procurara inscribirlas bajo el tipo de simulaciones, imitaciones u otros términos de esta especie. El estado de posesión o esta sustitución sin resistencias ni angustia, exige el abandono del control del cuerpo y la amnesia posterior, lo que no es reemplazado por el descontrol sino por un  control extremo, cada vez mas controlado a medida que avanza el supuesto adiestramiento del espíritu. Lo que, sin embargo, para Leiris y para Lacan, no contradice la existencia de un auténtico estado de posesión, ya que este teatro es teatro vivido o representación no representada. De manera que  constituye, algo así, como un fingimiento verdadero, por lo que sería injusto acusar de mala fe, aclaran.

Me parece posible sortear el problema de la autenticidad o no de la posesión y darle una significación posible al planteo más que interesante de Leires, tomando lo que a su vez Lacan toma de Helene Deutsch, el funcionamiento del «como si», al que recurren los sujetos que «no entran en el juego de los significantes, salvo mediante una especie de imitación exterior en la cual sustentan una existencia posible. Es absolutamente necesario, para tal funcionamiento de las identificaciones, como estas posesiones de espíritus blandos, que haya espectadores que presten su mirada o asentimiento a eso que se está manifestando para que pueda sucederse en ese medio camino entre la existencia y la impostación. Un modo de existencia a través de la impostación.

Asi, siguiendo a  Lacan, el funcionamiento «como si» tendería a suplir la inconsistencia del significado, la carencia del fantasma fundamental y, en el terreno de las identificaciones, la falla del rasgo unario, de modo que el sujeto encuentraría una sustitución de la representación, siempre fallida, del rasgo con la que no cuenta. Por lo que se entiende, que es absolutamente necesario que el impostor-verdadero tenga espectadores, en tanto no está en condiciones de pensarse como Uno o no está marcado por la división significante que le permitiría hacer la prueba de su permanencia, más allá de su imagen, en una especie de eclipse, de desaparición de no-identidad a cualquiera de los significantes, por lo que casi no dispone más que de algunas señales imaginarias a las que intenta abrochar su ser. De hecho Leires cuenta, lo que en determinadas ocasiones podía escucharse también en el analizante, que dichas posesiones constituyen una especie de guardarropas de identificaciones con las que poder vestirse según las necesidades y acontecimientos diversos de la existencia cotidiana, en tanto que ofrecen comportamientos y actitudes preestablecidos.

Cuando Lacan, en De Una Cuestión Preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, explica el famoso ejemplo de la alucinación marrana, dice que el otro, a quien la muchacha en cuestión le adjudica lo dicho, es ella misma en tanto no hay un él que en un segundo tiempo del Eso habla pueda identificarse con eso que es dicho. Por lo que entiendo, que en este caso, ese otro, de quien el paciente no recibe su mensaje en forma invertida sino su propio mensaje, es el Orixá que,  además y justamente, en el contenido del delirio existe en tanto está muerto, como el  sujeto de la psicosis, en esa existencia segunda. (2).


Notas.

1- De modo de que encontramos una equivalencia entre él no lo sabía y él no debe saberlo.

2- Lacan, en el seminario de Las psicosis, dice: “La noción del sujeto es correlativa a la existencia de alguien de quien pienso: Él fue quien hizo esto. No él, aq uien veo ahí y que por supuesto pone cara de yo no fui, sino él, el que no está aquí. Ese él es el que responde por mi ser, sin ese él ni siquiera yo (je) podría ser un yo (je). El drama de la relación con el él subyace a toda disolución del mundo de Schreber, en el que vemos al él reducirse a un solo parteneire (…), que engloba todo lo que todavía existe en el mundo al que Schreber está enfrentado.” Página 146. Editorial Paidós.


helgaclaudias

 



Acerca de la autora: Helga Fernández, es analista y escritora. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, parte del directorio de la misma desde el 2011 al 2014. Dicta clases en seminarios, es responsable del grupo de trabajo El lugar del tercero en la transferencia ¿Qué y a quién se transfiere?, en la misma Escuela. Coordina uno de los grupos de formación del Curso para entrar al discurso psicoanálisis. Supervisa y dicta clases en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A.: Hospital Interzonal General De Agudos “Luisa C. de Gandulfo”; Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear; Hospital Municipal Dr. Diego E. Thompson; Colegio de Psicólogos de Lomas de Zamora, entre otros. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2013 (2da. Ed.) Autora de numerosos artículos, publicados en diversas revistas: LALANGUE; Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura; La Mosca; ElSigma; En el margen. Revista de psicoanálisis, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Revista de psicoanálisis. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de la Convergencia. Forma parte de dos grupos de Convergengia: Lalangue y Transferencia en la psicosis.Escribió varios artículos que forman parte de revistas o de publicaciones impresas conjuntas. También es editora para Bs. As. de esta revista y en los meses de Julio y Agosto dictará una serie de encuentros presenciales titulados: Lacan y el surrealismo, invitada por esta revista en el marco de la Sección Encuentro. Contacto: helgafernan@gmail.com

 

Un comentario en “El delirio, como un doble del sujeto. Por Helga Fernández.

  1. Excelente artículo. Queda resonando el lugar del analista, para escuchar al Orixa sin por eso acallar el artilugio(del suj.) que lo modera, al prestarle su voz. Intercambio no dialéctico en el que ambos se permiten ex-sistir a su modo no santo

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