El valor de la autorización del analista. Por Helga Fernández#.

Freud, en La Interpretación de los sueños, dice que interpretar es indicar el sentido. Pero agrega algo que determina que la palabra sentido cobre una connotación distinta a otra u otras conocidas hasta ese momento. Dice: “o sea, sustituirlo por algo que pueda incluirse en la concatenación de nuestros actos psíquicos como un factor de importancia y valor equivalentes a los demás que lo integran”.

Prestándole la voz, acompañamos a Freud en una de las tareas que “él mismo”, más allá de sí mismo, forjó: la de dar cuerpo a los términos del discurso. Un discurso que, al estar en relación a una práctica, heredó sus marcas. Por lo que un término que lo conforma, en este caso el término sentido, funciona bajo sus leyes propias, igual que como cualquier palabra de un sueño. Así, con este párrafo, Freud no sólo nos transmite que la significación se adquiere desde el contexto mismo de lo dicho, sino también que lo que se entiende por interpretación y sentido en el psicoanálisis no se especifica, por ejemplo, desde la hermeneútica o la semiótica. Porque si el sujeto en cuestión no es cualquier sujeto, sino el de la experiencia, hay que atender a otra gramática, a otra teoría del lenguaje, a una otra lógica. Apelando a alguna de las formas en las que practicamos el psicoanálisis parece fácil encontrar esa otra gramática que se expresa en el retorcimiento o trastocamiento al que nos vemos llevados cuando se produce un decir, en el que se deja oír lo que cojea, lo que chinga. Y lo que chinga es el deseo. Porque si la interpretación proviene del deseo y el deseo se articula, pero no es articulable, todo decir que provenga del deseo forzará la gramática.

Desde que la interpretación analítica es un nuevo acto de palabra, supone efectuar una sustitución por algo que se inserta en la trama de las acciones psíquicas, como un eslabón con todos los derechos y de similar valor. ¿Pero qué es lo que otorga tal derecho o equivalencia? ¿Qué lleva al analista a que la interpretación que dé tenga validez o esté en cierta relación con la verdad? Y, deslizando algunos centímetros la cuestión: ¿qué le da valor o autorización al analista para interpretar?

 Lacan dice que el analista no se autoriza más que de “él mismo” y (algunos otros). Entiendo, entonces, que hay cierta relación entre el valor de equivalencia que habilita la interpretación, lo que le da el valor al analista para darla y el “él mismo”. Considero que este enunciado del discurso es uno de los enunciados de Lacan que chinga o en donde se escucha el retorcimiento al que me refería antes, propio del psicoanálisis y su experiencia con el deseo, en este caso, el deseo del analista.

 Analizando la oración se extraen varias consecuencias:

Primero: el “no se autoriza más que”, funciona como restricción.

Segundo: si la oración fuera “el analista se autoriza”. La respuesta estaría en la reflexión del verbo autorizar, pero la frase continúa duplicando un pronombre que no hace anáfora. El “él mismo” no se corresponde con el “el” del analista.

Tercero: hay una preposición que antecede tal pronombre. El analista no se autoriza más  “por él mismo” o “de él mismo”, no “a él mismo” Preposiciones, que también abren la reflexión, porque no dirigen la autorización hacia la persona, sino hacia un topos, hacia un desde dónde o hacia un por dónde.

En síntesis,  el “él mismo” no es un repliegue en la propia persona, no es el “sí mismo”, una mismidad, un myself o alguna otra quiddidad, “naturaleza” o “esencia”, como si tal cosa existiera. Tampoco es la imagen de sí mismo, porque desde que Lacan desplegó la dimensión real, simbólica e imaginaria del estadio del espejo, tal imagen está constituida y, entonces, asumida por fuera del espejo, precisamente desde este “él mismo” como interiorización del asentimiento, en una Otra mirada. Entonces, más que alguien es un lugar, un aire, un vacío, un blanco o un punto de fuga, que abre una dimensión respecto del encierro circular, compacto y opaco entre el yo y el tú.

 Pero, si ese “él mismo” no es una persona, ni un tercero, ni un cardinal, ni un  ordinal, ni el saber, qué es eso en lo que el analista se autoriza y se autoriza para dar la interpretación.

El analista se autoriza desde el sujeto que “él mismo” resulta como efecto de la experiencia de su análisis. Un sujeto, sin conciencia, ni profundidad, determinado por un significante y sólo para otro significante, sin nada a partir de lo cual pudiera ser definido como perteneciendo a sí mismo.  El otro día, al terminar una sesión en la que se escuchaba a una analizante que en lo que venía diciendo se preparaba un decir que seguramente será el que le traerá alivio u otro modo de existencia, me preguntaba: ¿qué es lo que lleva al analista a abstenerse, a no robar con el destiempo o la anticipación de una intervención, la posibilidad de que alguien advenga como sujeto del decir? Entiendo que el haber pasado por la experiencia. O que, como analistas, tengamos cierta dimensión del analizante como semejante, en tanto sujeto de esa experiencia. Semejantes en tanto sujetos del inconsciente, por supuesto, semejantes no en esa experiencia sino semejantes por pasar, también, por la experiencia como analizante en el sitio que corresponde. Lo que justamente no implica y, hasta es lo contario a una relación de persona a persona, sino el escuchar desde un lugar que hace de soporte a aquello que de otro modo podría ser insoportable, acuciante y hasta melodramático para la persona del analista.

Pero el analista también se autoriza de este “él mismo” siempre y cuando haya un analizante que haga al analista a partir de que le dirija una demanda. El analista es quien sostiene la demanda a la vez que, por lo mismo, coincide con esa representación meta, como lo llamaba Freud. Transferencia, que, si seguimos por la vía de “él mismo”, tiene que ser recibida, tomada, a partir de una exfoliación deliberada entre el tú (que se le dirige al analista) y el “él mismo”. Dejarse hacer, sin coincidir ni dejar de coincidir, sin afirmar, pero tampoco negar, sin saber qué es eso que se le transfiere, pero sí sabiendo que desde ahí se construirá el valor de uso que hará el lugar para que la interpretación tenga validez o un valor de cambio. Cuando el hombre de las ratas, interrumpe la libre asociación y ruega que se lo dispense de los detalles del castigo empleado en Oriente, Freud le responde que tiene que continuar comunicando lo que se le ocurrió porque él, en tanto analista, no podría regalarle (en un sentido de gratuidad) nada sobre lo cual no posea poder de disposición.  Entonces, Freud: ¿no estaría diciendo que si no cuenta con el hecho de que, en el decir mismo, el analizante lo tome en esa suerte de falso enlace, por el Capitán Freud, no habría la posibilidad de intervenir, o que la palabra adquiriera la actualidad indispensable para que una interpretación tenga efectos? Pero Freud no pide que se le diga lo que no se quiere decir a su persona, sino a ese “él mismo” que exfolia, que separa de su tú.

Esta dimensión de la palabra, vehiculizada por “él mismo”, podría por lo tanto impedirse, si la persona del analista respondiera con su yo hacia el yo del paciente, sin poder escuchar al ello habla, que suele modularse desde este “él mismo”. De modo que asistiríamos a una degradación de la palabra, en la que el yo sería el yo y el tú sería el tú, en un grado de opacidad y de encierro circular que provocaría que la interpretación fuera una imposición o un contradicho. Porque la teoría del lenguaje que se sostendría, desde tal posición, no sería la que se desprende de la transferencia, sino la que afirma que las palabras coinciden con las cosas y hasta garantizan un ser que ancla en la identidad del yo. Es por esto que entiendo que la asociación libre es la regla fundamental, en la medida en que el modo de hablar que propone facilita que quien habla no se arrogue la propiedad de la palabra, que no hable desde un yo hablo de mí, con la consiguiente pretensión de la asunción integral de lo que dice.

Tampoco esta dimensión del “él mismo” haría su juego si la persona del analista se encargara de calibrar su yo con ese él. Si Freud hubiese dicho, yo no soy el capitán, soy Freud, su enfermedad radica en confundirme con otro, como lo hace cualquier análisis de la transferencia. Así la transferencia se derrumbaría y con ella el valor desde donde la interpretación ocurre, porque la interpretación destruiría lo mismo que le da validez. Tampoco sería posible que este “él mismo” se dimensionara si el analista escuchara lo que está siendo dicho desde algún punto de su historia, de sus determinaciones, de su propio sujeto. De todos modos, me parece, que este último desvío a diferencia de los dos anteriores, si bien no puede prevenirse y entonces evitarse, podría auspiciar como indicador, por contraste, de la posición del analista o, incluso, como orientador respecto de cómo, al menos, no dificultarla. A condición de habernos anoticiado de este desvío, claro.

Esta otra gramática, que intenté poner en juego, a partir de este “él mismo#, no es la tercera persona gramatical estrictamente hablando, sino un topos, una bisagra que abre a que los pronombres no indiquen necesariamente seres o personas, sino funciones movibles, rotatorias, intercambiables y, a veces, confusas.  Este “él mismo” hace a la ampliación de la interlocución, en la que el que dice “yo” se predispone a que otro yo hable de él a través del tú o del vos, desconociendo que en este él algo se prolonga. Por lo que se expande, por lo que, de la primera a la tercera persona, pasando por la segunda, que ya no serán de ningún modo “la misma”, eso que habla, o el ello habla, se articula, se hace discurso o se encarna en una voz. De manera que este “él mismo “en el que el analista se autoriza, puede ser entendido como un punto de fuga desde dónde mirar la perspectiva o mejor, desde dónde escuchar, para que llegado el momento alguien, uno, en el lugar del analista, haga el pase del saber hacia el analizante, a través de la interpretación. Saber que el analizante, a su vez y a su tiempo, sin saberlo, pasó al hablar. Razón por la que entiendo que, si bien la interpretación no decide la significación, lo que dice con lo que dice, es: tú, la verdad, hablás. Un tú que no será ni un yo ni un alter ego, a condición de que este “él mismo” haya trabajado para que donde ello habla, el je advenga. Momento que a veces, entre torpeza y torpeza, sucede.


Bibliografía consultada:

Curso para entrar al discurso del psiaconálisis, desde 2000 hasta la fecha. De la Escuela Freudiana de la Argentina. Con la orientación de Anabel Salafia.


helgaclaudiasAcerca de la autora: Helga Fernández, es analista y escritora. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina, parte del directorio de la misma desde el 2011 al 2014. Dicta clases en seminarios, es responsable del grupo de trabajo El lugar del tercero en la transferencia ¿Qué y a quién se transfiere?, en la misma Escuela. Coordina uno de los grupos de formación del Curso para entrar al discurso psicoanálisis. Supervisa y dicta clases en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A.: Hospital Interzonal General De Agudos “Luisa C. de Gandulfo”; Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear; Hospital Municipal Dr. Diego E. Thompson; Colegio de Psicólogos de Lomas de Zamora, entre otros. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2013 (2da. Ed.) Autora de numerosos artículos, publicados en diversas revistas: LALANGUE; Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura; La Mosca; ElSigma; En el margen. Revista de psicoanálisis, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Revista de psicoanálisis. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de la Convergencia. Forma parte de dos grupos de Convergengia: Lalangue y Transferencia en la psicosis.Escribió varios artículos que forman parte de revistas o de publicaciones impresas conjuntas. También es editora para Bs. As. de esta revista y en los meses de Julio y Agosto dictará una serie de encuentros presenciales titulados: Lacan y el surrealismo, invitada por esta revista en el marco de la Sección Encuentro. Contacto: helgafernan@gmail.com

 

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