¿Qué es escuchar? Por Helga Fernández*.

Es poco frecuente que un analista se detenga en preguntas que a simple escucha parecen triviales, obvias, superficiales o sencillas.

Helga Fernández aquí nos demuestra y nos muestra que nada es tan obvio como parece, por lo que a lo largo de todo su texto se dedica a tratar de dar cuenta qué, cómo y con qué se escucha en la escucha analítica.

Un texto que enseña, no sólo a los que comienzan su práctica, sino también un texto que enseña que nada está dicho, que hay que decirlo otra vez, de otra forma, bajo cada modo y singularidad.

Facundo Soares, edición.

En “el libro de los sueños” -como Freud llamaba en su intimidad al texto que más tarde tituló Die Traumdeutung-  asistimos, a través de la narración, al momento en el que le fue revelado el misterio de los sueños.

Freud estaba preguntándose qué venían a decir o decirnos esas producciones y cómo entender su lenguaje, cómo descifrar su aparente mensaje absurdo. Para tratar de encontrar una respuesta o, al menos, una aproximación no recurrió a los neurotransmisores, ni a cómo el cerebro almacena imágenes en no sé qué lóbulo de esa anatomía con la que se pretende reducir a las personas. Buscó, rastreó, corrió tras esa posible respuesta en y con la producción misma de la quería dar cuenta. Se metió, como quien dice, hasta el caracú con los sueños. Tanto que hasta lo hizo con los suyos. Con ese gesto, con esa actitud, con esa posición de implicación empezó a demarcar, a construir que el psicoanálisis nada tiene que ver con la experiencia del laboratorio, la de la objetividad pretendida o buscada, sino que se trata de una experiencia que se vive, que se experimenta, no que experimenta, que se experimenta -repito-. Y si se experimenta necesariamente tiene que pasar por uno, de lo contrario no hay psicoanálisis posible.  Habrá otra cosa, pero psicoanálisis no.

La noche del 23 al 24 de julio de 1895, promediando los 40 años, Freud sueña -como todo soñante que es soñando en su sueño- que lo que viene persiguiendo o persiguiéndolo tras sus talones no se encuentra en las dimensiones del ego. Un ego, quizá, un tanto particular, más allá de las particularidades de cada ego, porque éste, el de Freud, anhelaba descifrar el enigma de los sueños. ¡Tamaña tarea! Quien le revela lo que anhelaba descifrar es, ni más ni menos, que un sueño. El sueño inaugural, el sueño de los sueños: El de la inyección de Irma.

En el primer momento del sueño, Freud, se encuentra a nivel de la vida de la vigilia.  El diálogo que mantiene con Irma permanece bajo las condiciones de lo imaginario. Habla con ella, o con quien la representa, como podrían hacerlo en una situación cotidiana. Pero cuando consigue que ella abra la boca, el sueño se abre, también, al espectáculo horroroso del abismo: la carne que jamás se ve, sufriente, el revés del rostro que permanece oculto, fuera de la vista de lo que llamamos lo cotidiano. Se abre tal vez, a lo que las máscaras velan. Esa visión que provoca angustia, como la revelación del “eres esto que es lo más lejano de ti, lo más informe”. Esta presentación de lo irrepresentable, comparable al maná o al alimento que, como caído del Cielo, trae la saciedad de la sed y el hambre de lo que buscaba, después de que Freud haya deambulado en la sequedad del desierto. La visión de este espanto es lo que lleva a Erikson y a Lacan a advertir que cualquier humano, llegado a este punto, hubiera despertado como un resorte. Si Freud no lo hizo y su sueño continuó fue porque perseveraba en su búsqueda.

                                                                                                                                                                                Una vez que Irma abre la boca, se sucede la descomposición espectral del yo de Freud y hace su entrada ese trío de clowns, que no son más que los disfraces o las vestimentas del moi. Como todo disfraz o ropaje imaginario, suscita comicidad y cierto tono burlesco. Tres que no saben nada, tres torpes que se echan la culpa entre sí, tres chiflados que en su calidoscopía, de tres ya no hacen uno o nunca lo hicieron.

Cuando el mundo del soñante se sume en el mayor caos imaginario, entra en juego el discurso como tal, independiente de su sentido. Se ve, entonces, a la persona descomponerse y desaparecer. Lo que nos permite reconocer, pasado un límite, el carácter acéfalo del sujeto.  Así, como en la primera parte se sucede este punto culmine, que comparece al emerger la carne viva más allá del espejo de lo imaginario, también en la segunda parte hay un clímax: el de la AZ de la fórmula de la trimitelamina. En esas letras, que Freud ve ante sí, marcadas con trazos gruesos, está, en ese momento, el yo (je) del sujeto, una voz que no es ya la voz de nadie. Una voz que hace surgir la fórmula de la última palabra de lo que está en juego: la palabra misma. Palabra que no quiere más que hacer leer que de lo que se trata es de la palabra en sí.

Lacan dice que esta “fórmula” puede ser calcada a la fórmula islámica: No hay otro Dios que Dios. Lo que podría decirse como que, la fórmula o la solución es la palabra, no tanto lo que a través de ella se pretende decir, sino su insensatez o con lo que, con Lacan, aprehendimos a decir como el significante y lo que éste permite leer y, entonces, escribir. Porque al afirmar que no hay otra solución que la palabra o no hay más Dios que Dios, leyéndolo en esos trazos gruesos, en esa letras que hacen función de inscripción, decimos también que no hay Otro del Otro. Y, esperando que se me conceda el salto, lo que nos viene a decir, también, es que no hay lengua  con la que se explique la lengua. No hay Metalengua ni Metalenguaje.

Intentemos imaginar la atmósfera que rodeaba la vida de Freud. Estaba sumido en un momento angustiante, con la sensación de acercarse hacia un descubrimiento peligroso, caminando por tierras nunca antes exploradas. Un Marco Polo del inconsciente. Un explorador en tierras intransitadas. En este momento sueña este sueño, no como un sueño más, sino como un sueño integrado o comprometido con su búsqueda. Este sueño es un sueño de Freud, del hombre que Freud fue, pero también es un sueño a través del cual él, no ya sólo el hombre, sino también a quien le tocó inventar el psicoanálisis, entra en el discurso del inconsciente, inaugurándolo. ¿Cómo no iba a decir, entonces, que los sueños son la vía regia de acceso al inconsciente? Si él accedió a través de un sueño.

Por esta misma razón es que Lacan dice que Freud no está sólo, que esa voz, que ya no es la voz de nadie, que habla a través de Freud, nos habla a todos, porque, así como el sueño se dirige al analista o es a él a quien le habla, aquí, esta voz, que responde a la pregunta de Freud,  es a nosotros a quien nos habla. Su descubrimiento deja de ser su descubrimiento y es por eso que Freud sueña ya para la comunidad de quienes quieran y puedan oírlo. Freud, por intermedio de este sueño, se hace oír por nosotros, más de lo que él mismo puede oírse, y nos encamina hacia su objeto. Mientras eso habla, que es al mismo tiempo es él y ya no lo es, dice y nos dice: Soy aquel que quiere ser perdonado por haber osado empezar a curar a estos enfermos, a quienes hasta hoy no se quería comprender y se desechaba curar. Soy aquel que quiere ser perdonado por esto. Soy aquel que no quiere ser culpable de ello, porque siempre es ser culpable transgredir un límite hasta entonces impuesto a la actividad humana. No quiero ser eso. En mi lugar están todos los demás. No soy allí sino el representante de ese vasto, vago movimiento que es la búsqueda de la verdad, en la cual yo, por mi parte, me borro. Ya no soy nada. Mi ambición fue superior a mí. La jeringa estaba sucia, no cabe duda. Y precisamente en la medida en que lo he deseado en demasía, en que he participado en esa acción y quise ser, yo, el creador, no soy el creador. El creador es alguien superior a mí. Es mi inconsciente, esa palabra que habla en mí, más allá de mí.

En la clase del 9 de enero de 1973, del seminario Aún, Lacan, -en correspondencia con lo que este sueño inaugural del psicoanálisis soñado por Freud- dice que, más que subrayar el “su” de su enseñanza o  el “yo” del que partiría, esa, “su” enseñanza, es necesario subrayar el “de” del  dónde proviene. Porque al surgir del inconsciente también él, tanto como Freud o como cualquiera de nosotros en el lugar del analista o del analizante, somos efecto de esa enseñanza, no agentes. Somos su predicado. Y, por consecuencia, predicadores.

Es a la altura de este seminario, donde el sueño de la Inyección de Irma puede leerse un poco más allá de lo Lacan mismo lo hizo en el seminario II, porque no sólo nos esclarece que la solución que Freud buscaba y le fue revelada en el sueño es la palabra como palabra, sino que gracias a la palabra es posible leer más allá de la palabra. Por esto, esas letras de la fórmula de la trimetelamina, son factibles de leerse, aunque en sí mismas no sean palabras, porque son legibles en tanto el significante permite leerlas. Es cierto y no mentimos cuando decimos que el psicoanálisis es un tratamiento por la palabra, pero sólo a condición de considerar que hay palabras que en su función significante, en lo que nada tienen que ver con el significado o el sentido, permiten leer otra cosa que lo intencionalmente dicho, por ejemplo: la enunciación, actos, tropiezos, estructuras, gestos, risas, silencios, entonaciones, estructuras, cadencia, etc. Lo que supone un modo de relación con el lenguaje, a partir del cual y en el cual lo que se escucha no es el significado sino el significante, en tanto el significado es efecto del significante y, más todavía, lo que se enuncia como significante le da un efecto diferente de lo que significa.

Desde que Freud descubrió, más allá de él y pese a él otro lenguaje, hay un modo propio del leer, un modo propio del hablar y un modo propio del escuchar, en el registro analítico. Ese modo por el que Freud y Lacan se dejan enseñar. Ese modo propio por lo que ellos mismos son efecto de su enseñanza, más que su fuente. Porque si el psicoanálisis es una eperiencia ni Freud ni Lacan están excentos de ella, incluso en el modo de transmitirla y comstruirla.                                                                                                                                                                                     Nunca está de más decir que aunque esta revelación haya acontecido, cada uno de nosotros en función de analistas, cada vez, en cada sesión, en cada tramo, entramos o no en esa dimensión del inconsciente y nos dejamos o no enseñar por lo que allí se hace discurso. Todos y cada uno somos comparables a Freud, sentados en el diván, detrás del lugar de donde provienen las palabras del analizante, cuando se le reveló el enigma de los sueños. Por lo que no dejamos de sentir esa sensación ante lo que no se puede saber qué vendrá, que acontecerá. Todos y cada uno somos los Marco Polo del inconsciente o los tripulantes de su navío.

Pero entonces cabe preguntarnos, si el acceso al inconsciente de quienes escuchamos no está asegurado ni garantizado, ¿cómo accedemos a esa enseñanza? ¿Cuál es la posición, el medio, si se quiere, para entrar o anoticiaros de lo que desde ahí proviene? ¿Cuál es el pórtico o la llave que nos acercaría al saber no sabido del inconsciente? ¿Cómo se accede al oficio del analista? No para que este oficio sea oficializado, sino para que su hacer sea oficiante. ¿Habría un modo de decirlo que fuera los suficientemente general y no por eso deformante e inespecífico?

En los escritos llamados técnicos, Freud a pedido de Ferenczi, comienza a escribir consejos que no son preceptos, sino el intento de mostrar una vía de facilitación al inconsciente, a condición de no ser tomadas como una moral o un ejercicio del buen analista entrenado o acondicionado, sino como herramientas hecha a la medida de cada mano, de cada una en su singularidad.  Especificidad que en sí misma ya es una enseñanza porque nunca menciona estos consejos como deberes o rituales, sino como propiciatorios del acceso al inconsciente. Del conjunto de estos consejos se desprende uno de ellos como  de vital importancia: la regla fundamental. A partir de la cual se invita a la persona que comienza a hablar en el registro del discurso analítico, abandonando la intencionalidad de dirigirse a algún sitio o algún sentido con lo que sea que diga. Se le pide que comunique todo lo que le pasa por la mente, sin juzgarlo, describiendo lo que ve, lo que se le sucede, como quien caminado sin rumbo fijo relata las imágenes y los pensamientos que pasan, unos tras otros.

Si consideramos y aceptamos la metáfora de que hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es caminar, porque supone un movimiento o un desplazamiento, podemos decir que la regla fundamental invita a que el analizante, o el candidato a analizante, no se dirija hacia un lugar determinado, sino que pasee, que erre, que vagabundeé, que callejeé. Es decir, que procurando dejar de lado el ego, tal y como acontece luego del primer momento del sueño de la Inyección de Irma, se posibilite que hable esa voz que siendo y no siendo la de él haría su entrada.

Walter Benjamín, dice en Infancia en Berlín, que importa poco no saber orientarse en una ciudad, perderse, en cambio, como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. El mismo aprehender que el de la asociación libre. Dejarse perder es una actividad, no un abandono, hay que saber dejarse llevar por una baldosa floja, un perro callejero o la fragancia de alguna sustancia. Vale decir, por los significantes que resuenen. Nosotros, analistas y analizantes, estamos advertidos de que ese modo de hablar, esa relación con el lenguaje, no es sencilla para nadie, ni siquiera para quien escucha.

Estos caminos del decir del analizante son lo que Freud llamó concatenación significante y Lacan cadena significante. Son esos caminos, esos itinerarios, esos circuitos que Juanito y su fobia  recorren, procurando puntúar su mundo. Se trata de esa, su constelación de significantes que galopa subido al caballo de la fobia, hasta que este recorrido produce un sistema de transformaciones, de rotaciones, que cubre al significado de diferentes modos y hasta ejerce sobre él una acción de transformación y construcción que opera según las leyes de los simbólico. De manera que podríamos decir, apoyados en la fobia de Juanito y, también, en los recorridos viales de la fobia a los trenes de Freud, que hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es caminar, recorrer, trazar un circuito que tiene su propia fuerza de estructuración. Lo que no es sólo una metáfora sino la literalidad de lo que en el orden significante no marcha en tanto deslizamiento.  Así mismo funciona el inconsciente, con sus traspiés, pasos, engarces, acoplamientos, sustituciones, saltos. Por lo que, en los circuitos de Juanito, Lacan no ve más que las vías de facilitación de las neuronas del Proyecto de Freud, sin distinciones de interior e exterior.

Hablar es errar, hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es viajar, no irse de vacaciones con el plan prestablecido, las excursiones fijadas y un guía que explique por dónde estas transitando a partir de haber leído sus manuales de de historia, arquitectura  y esas cosas.Es no saber dónde se va a llegar.

Si asociar libremente, si hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es caminar, andar  y, por esto, que la fuerza transformadora y constructiva de lo simbólico opere, cómo entender bajo esta lógica la contrapartida de la asociación libre: la atención flotante. ¿Qué significa escuchar, qué conlleva en el registro del discurso del psicoanálisis?

A la luz de la metáfora puesta en función para la asociación libre podríamos decir que la atención flotante implica acompañar a quien habla de ese modo errático por los caminos que va transitando. ¿Pero, cómo es posible acompañarlo? En principio dejándose llevar.

Escuchándolo. Pero, escuchar no es oír.

Escuchar es callar nuestros propios pensamientos, poner entre paréntesis nuestra voz y nuestras propias vías de facilitación, nuestros atajos y caminitos.

Escuchar es toparse con lo otro.

Escuchar es descubrir qué  puertas están nos están clausuradas, a dónde nos resistimos a ir, qué caminos nos cuesta transitar.

Escuchar es entrar en el decir del analizante, en su viaje.  Y, entonces, escuchar es viajar por tierras que ni siquiera conoce quien habla.

Escuchar es dejar que lo dicho nos moldee.

Escuchar es estar dispuesta/o a que una materialidad nos penetre. Porque no olvidemos que no sólo acompañamos al analizante por su errancia del decir, sino que, al hacerlo, entramos en su decir y comenzamos a formar parte del concepto de inconsciente, de manera que no sólo intervenidos a partir de la atención flotante, o interpretando, escandiendo, subrayando, mojoneando, aguijoneando, espoleando, sino que intervenimos sí y sólo si ya estamos, como analistas, en el inconsciente de quien escuchamos. O, como diría Freud, ya estamos en su decir como esa última representación meta a la que se dirigen todos los decires.

Seré insistente: ¿qué, cómo y con qué escuchamos  al escuchar si no son sólo palabras?

Obaudire es el vocablo latino que en el español evoluciona al verbo ‘escuchar’. Obaudire significa obedecer.  Por eso muchas veces en castellano hacemos uso de este verbo, cuando lo hacemos de modo imperativo, como sinónimo de obedecer, del pedido o la exhortación de prestar la atención.  Escuchá, así, puede ser un reto, un imperativo que dice: “hacé lo que te digo”. Lo que, por supuesto, está en  antípodas de los que entendemos por escucha analítica.

En francés el verbo  entendre es tanto oír como escuchar, pero también significa entender. Podemos encontrarnos, en los seminarios de Lacan, con la recomendación de que no comprendamos, qie ahí donde se da por entendido seguramente debería hacerse una pregunta o abrir el camino que el entendimiento cierra. Por lo que escuchar como sinónimo de entender y comprender tampoco hacen a la escucha analítica. En griego “akowo”, también, es comprender.

En inglés el to hear puede querer decir enterarse, estar informado. Si el nalista escucha en su registro propio no está atento o interesado en enterarse o informarse, por ejemplo, de sucesos vividos por el analizante, si es que esos sucesos o hechos o cincunstancias no entran en el decir de la asociacón libre, y son recepcionados más allá de la anecdóta, la novedad o el dato.

En aymará el verbo utilizado para escuchar implica el lugar desde donde se dispone el verbo.  Además de que el escuchar queda connotado como un hacer más activo, en tanto supone el lugar desde donde se dispone  el verbo, en esta lengua, al decir escuchar y al escuchar, resuena el escuchar como una práctica de la escucha, como una verdadera acción legada al verbo, como un lugar, no restringido al  oído.

En latín el verbo intendere es “tender hacia”. Lo que puede dar la idea tanto de tensión, como de disposición hacia el decir.

En nuestro catellano, el porteño, suele decirse o solía decirse “parar la oreja” al esfuerzo, a la concentración por escuchar. No a la escucha del analista, sino a la escucha de la chusma, al escuchar una conversación que está teniendo lugar más allá del que hace el esfuerzo por escucharla. Espiar con los oídos, diría Freud.

La escucha del analista no supone ese esfuerzo, supone una tensión, pero una tensión que es una disposición, no un esfuerzo. Todo esfuerzo, como cualquier otro voluntarismo o infatuación, obstruiría la escucha.

La escucha analítica siempre sorprende, porque se escucha lo que no se sabía o mejor: se escucha el saber no sabido. No implica el parar la oreja, ninguna erección de los sentidos, ninguna potencia fálica, más bien una pasividad activa, un dejarse hacer. De manera que esta escucha tampoco implica el hacer caso a ese consejo de escuchar a los otros, de estar al tanto de lo que se dice, como quien dice que hay que escuchar a los jóvenes o hay que escuchar a los viejos o hay que escuchar al pueblo. La escucha analítica, escucha, escucha todo y a todos por igual en su singularidad, sin a priori, sin moralidad, no como una misión o algo que no habría que dejar de hacer. No es un bien, ni una caridad, ni una empatía, ni la superioridad del que pretende comprenderlo todo.

Más bien la escucha analítica, al estar más próxima a una disposición, escucha a partir de que puede escuchar la falta o a partir de que una falta le permite escuchar. ¿Falta de qué? ¿Dónde de asienta la falta en la escucha? ¿En la falta de sentido, de sonido, de significación, falta de una letra, falta de lo que quiso decirse?

La falta que posibilita la escucha también se asienta en quien escucha, no sólo en lo que se escucha.  Desde un aspecto circunscripto a lo imaginario: cuando estamos ocupados en otra cosa, cuando no podemos dejar de tener en mente al analizante que ya no está en el diván o cuando carecemos de la falta necesaria de nuestros propios pensamientos, en tanto somos quienes, con nuestro cuerpo, ocupamos el lugar del analista, no nos está permitido escuchar. También podría decirse que, si el analista no cuenta con su propia falta, con su propia castración, como uno de los orificios de la escucha, no podrá escuchar, por ejemplo la falta de la falta, en lo que el analizante podría decir y hasta podría escuchar la falta como una falta o como una impotencia.

Una pregunta más relativa a la falta y a la escucha: ¿se escucha lo que falta al sonido? Si, no sólo se escuchan las palabras sino los significantes y lo que puede leerse a partir de la letra, ¿podría decirse que se escucha lo que escapa a las palabras, lo que hace falta a las palabras? ¿Eso que las palabras no alcanzar a articular, a significar, a pronunciar, eso que se dice más allá de lo que el sonido hace sonar? Si así fuera, cosa que afirmo, entonces la escucha analítica más que escuchar lo que suena, escucha lo que resuena. No escucha sólo con los oídos, sino con el cuerpo como caja de resonancia, como instrumento de vibración, como superficie que es tocada o tiene que ser tocada para que resuene. De un modo figurado o metafórico, también la falta es uno de los orificios por donde se escucha, como decía. Agrego, que también lo es el cuerpo, como canal, como túnel, como instrumento. Como una guitarra que vibra, que despierta.

Se escucha más allá de lo que suena. Se escucha lo que resuena, sin embargo y, si bien  toda sensación tiene lugar en el tiempo, el sonido guarda una relación especial con el tiempo, distinta de la de los demás campos de la percepción humana. El sonido sólo existe cuando abandona la existencia, cuando ya no está, cuando falta. No es simplemente perecedero, sino evanescente. Cuando se pronuncia la palabra ‘permanencia’, para cuando se llega a ‘-nencia’, ‘perma-‘ ha dejado de existir y forzosamente se ha perdido. No existe manera de detener el sonido y contenerlo. Sin esa evanescencia -uno de los modos de la falta y lo que a veces hace que alguien no hable por no perder- no habría posibilidad de escuchar el sonido y el sentido de los que es dicho, porque la evanescencia también auspicia como corte, como escanción. Como un punto a partir del cual, retroactivamente, se escucha lo que se dijo.

En lo sonoro nada retorna como una imagen localizable, simétrica, invertida de nosotros mismos, como lo hace el espejo. Nunca podría hacerlo porque no es fijo como la imagen. Podría creerse que el eco sí, pero el eco sólo existe por su desvanecencia. En el eco, algo se modula como repetición porque la voz, ya perdida, de quien la emitió choca y resuena contra una superficie que la remodula, mostrando, igual que una grabación, que la voz, una vez que es emitida, salió, se separó, se cortó del cuerpo, se fue para no regresar. No hay voz sin corte. No hay voz sin alguna, mínima, articulación con la falta. Ni el eco nos duplica o dobla.

Queda por decir, resta. Pero de lo escrito puede desprenderse que escuchar se escucha desde un lugar, el lugar del analista, ese que no tiene representación y que está hecho hacer, precisamente, por lo que es dicho. También que no sólo se escuchan las palabras. Que estar en la escucha, como lugar, es estar a orillas del sentido, como si este sonido, en sentido acústico, no fuera otra cosa que ese borde del sentido, y que, de acuerdo a cómo podamos acomodarnos ante él, sonará o resonará, cuando sea que eso sea posible.

Si resuena, si algo lo hace, la topología del interior y el exterior se anudan, se enlazan, porque un sonar resuena sólo si consuena en quien, entonces, escucha. Y quien lo escucha, en ese resonar consonando, se escucha, se siente, se oye, se reconoce vibrando.  Aquí, voilá, es donde adviene el efecto sujeto. Él mismo, ese que escucha, se identifica a lo que se escuchó decir o a lo que resonó en lo que ahora y recién ahora será su decir, siendo que la sorpresa adviene por serle completamente ajeno, por hablar en él algo que sólo es él mismo, por reconocerlo, no como suyo, sino como propio.

Así, el analista puede hacer las veces de caja de resonancia del decir del analizante y devolverle o otorgarle con su sensibilidad o con su escucha signada por la falta, algo que  aconteció como decir. Tal y como Freud y Lacan hicieron frente a esa enseñanza, que tambien los ensenó.


Bibliografía:

  • Palabras y reflexiones escuchadas de boca de Norberto Ferreyra en el marco de diferentes actividades de la Escuela freudiana de la Argentina.
  • Reflexiones suscitadas a partir del trabajo y el Panel La migración de la lengua, llevado a cabo en la E.F.A bajo la organización de la secretaría de biblioteca, a cargo de Liliana Ganimi.
  • Jacques, Lacan. Seminario II.
  • Jacques, Lacan. Seminario Aún.

helgaclaudiasHelga Fernández. Psicoanalista y escritora. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina.Coordina uno de los grupos de formación del Curso para entrar al discurso psicoanálisis. Supervisa y dicta clases en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A.: Hospital Interzonal General De Agudos “Luisa C. de Gandulfo”; Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear; Hospital Municipal Dr. Diego E. Thompson; Colegio de Psicólogos de Lomas de Zamora, entre otros. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2013 (2da. Ed.) Autora de numerosos artículos, publicados en diversas revistas: LALANGUE; Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura; La Mosca; ElSigma; En el margen. Revista de psicoanálisis, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Revista de psicoanálisis. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de la Convergencia. Forma parte de dos grupos de Convergengia: Lalangue y Transferencia en la psicosis.


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