Adelanto del libro de próxima publicación de Helga Fernández: La experiencia de la falta©.

Foto de Paola Sciarillo.  Tomada en el Departamento de Cushamen, tierra ancestral mapuche.

 

Es poco probable que el analista o mejor, que alguien como analista recuerde qué día o en qué momento comenzó su práctica. Tal vez podrá ubicar un tiempo estimado de inauguración de la función, pero no así precisar el instante certero en que aquello aconteció, la fricción que incendió la chispa, la reverberación desde la que se dimensionó aquel decir. Ese, que no rebotó ni chapoteó en la superficie como un sapito[i] de  piedra plana. Ese que entró y alteró la corriente como una piedra que estalla la planicie del estanque causando la propagación de ondas capaces de objetar el paisaje reflejado y,  por lo mismo, de disponer, en un entramado inédito de  la hoja seca y los juncos, de las algas y las sanguijuelas —elementos que antes flotaban sin aparente punto de encuentro—.  Ningún analista, por más memoria que ostente, recordará la primera piedra, que al terminar su trayecto de caída, quedó enterrada y desenterró, en consecuencia, otras. Si el decir queda olvidado tras lo que se escucha, la piedra desaparece tras su propagación. Y nadie, tampoco, será capaz de predecir ni de delimitar hasta y hacia dónde se propagaron sus efectos.

En contraste con el olvido y el no-saber fundacionales, a cualquier analista y entonces a uno y a otro sí les será posible ubicar y reconocer que la dimensión de los análisis que condujeron en el tiempo de la inauguración de su práctica se abrió cuando él o ella, a su vez, entraron en relación con su inconsciente practicando el psicoanálisis en el lugar del analizante.

No hay analista sin pasar por la posición analizante, sin la convicción de la existencia del inconsciente, pero sin embargo, si bien todo análisis es didáctico a condición de que éste no sea su fin, es necesaria una otra cosa: la posición analizante del analista. Posición en la que el analista hablando; escribiendo un texto o un libro; supervisando; presentando un caso, y,  por qué no, charlando con alguien que vaya al lugar de otro de la cuestión, da cuenta e intenta dar cuenta de lo que acontece en los análisis en los que ocupa, cada tanto y como puede, el lugar del analista.

Reproducimos y reproducimos decires de Lacan  como máximas, casi rezos,  tal vez  para entrar al discurso o a ese fragmento del discurso que no terminamos de elaborar, de aprehender. Uno de estos decires es aquel que Lacan pronunció en la primera clase de en R.S.I.: “(…) es indispensable que el analista sea al menos dos. El analista para tener efectos y/es (et, est) el analista que, a esos efectos, los teoriza”. Decir que, como tantos otros decires de Lacan, está en discusión. ¿Qué dijo, en verdad, Lacan? ¿Dijo y o dijo es? Lo que dijo exactamente, en este caso como en otros, está perdido. Esa pérdida propicia las veces de causa para que cada quien tome una posición al respecto y hasta, llegado el caso, la construya. Por mi parte no considero que una alternativa u otra modifiquen notablemente la cuestión, aunque me inclino por el es —incluso, más allá de lo que Lacan haya pronunciado— porque la junción entre los dos analistas que el analista es queda mejor connotada en su división a través de esta palabra. Mientras que la junción entre los dos analistas que el analista es, con la palabra y, podría deslizarse hacia un desdoblamiento favorecedor de ahorrar a la persona del analista la hiancia que constituye la función del analista en su al menos dos.  La posición analizante del analista o el analista teorizando los efectos no supone una parte de su función que podría estar o no estar. Esta posición, que deviene enseñante, forma parte de la praxis o de la experiencia misma del psicoanálisis. Por lo que decir que el analista para tener efectos es el analista que a esos efectos los teoriza, concatena, división mediante, ambas partes de la afirmación en consonancia con tal posición.

No hay efectos sin su teorización; no hay teorización sin efectos.

A pesar de que en Consejos al médico Freud comienza situando en el psicoanálisis la coincidencia del tratamiento y lo que llama la  investigación, pocos pasos más adelante, específica el tiempo de tal coincidencia, sospechando que para que tengan lugar, ambos quehaceres no podrían darse en simultáneo. Dice: “La coincidencia de investigación y tratamiento en el trabajo analítico es sin duda uno de los títulos de gloria de este último. Sin embargo, la técnica que sirve al segundo se contrapone hasta cierto punto a la de la primera. El éxito corre peligro en los casos que uno de antemano destina al empleo científico y trata según las necesidades de este; por el contrario, se asegura mejor cuando uno procede como al azar, se deja sorprender por sus virajes, abordándolos cada vez con ingenuidad y sin premisas… en no especular ni cavilar mientras analiza…”.

La experiencia del análisis desde el analista, para Lacan, supone ambas posiciones y, para Freud, ambos quehaceres, pero tanto para uno como para otro estos dos quehaceres o posiciones no se concilian en una síntesis y, en cierto modo, se excluyan mutuamente a la vez que se soportan. Para escuchar en atención flotante la asociación libre es necesario callar y olvidar lo leído, estudiado, enseñado. Para teorizar sobre los efectos que acontecieron es necesario tomar la palabra y procurar cierto recuerdo a la vez que llevar a cabo cierto esfuerzo de significantización y elaboración tendientes a dar cuenta de las operaciones de un análisis. Se trata del al menos dos que el analista es estrechándose en la desgarradura y la tensión, inconciliables.

Quién no escuchó de boca de algún colega respecto de otro, o de uno mismo, sentenciar: Es un muy buen clínico, pero muy mal teórico. Es muy buen enseñante pero muy mal clínico. ¿Cómo alguien podría transmitir lo que redundaría en una enseñanza sin haber ocupado el lugar del analista, en qué se soportaría su decir? ¿Cómo alguien podría ocupar el lugar del analista sin apreciar, après coup, desde otro tiempo y lugar, la perspectiva que conlleva? ¿Cómo uno u otro accederían a una y otra posición  sin  la otra consiguiente?

En el Seminario de La angustia, Lacan se interroga y nos interroga por lo que llama el deseo del enseñante como el deseo que causa al analista que teoriza los efectos y, entonces, como el envés del deseo del analista. Esta nominación, deseo del enseñante, la escuchó de boca de uno de sus analizantes cuando éste le preguntó qué era aquello que lo llevaba a tomarse la molestia, el trabajo, el tiempo de una enseñanza que se produjo nada menos que con una frecuencia semanal entre los años 1953 a 1979.

Después de escuchar y soportar –en la amplitud semántica del término- las transferencias en el lugar del analista, todos los días varias horas; estudiar lógica, matemáticas, topología, óptica, retórica, literatura, filosofía, antropología, lingüística, páginas y páginas que pueden resultar inentendibles; leer a Freud y a Lacan y sus referencias; analizarnos –una o dos veces por semana-, y, supervisar, ¿qué nos lleva a ponernos a hablar sin saber qué es lo vamos a andar diciendo, sin poder prever cómo va a quedar reflejada la imagen de nuestro narcisismo ante personas que pueden resultar amigables, que pueden ser nuestros interlocutores, pero que también pueden resultarnos amenazantes, rivales o simplemente desconocidas? ¿Qué necesidad tenemos? ¿Qué nos insta a hacerlo? ¿Cuál es la razón por la que, en este sentido, tomamos la palabra?

Resulta sorprendente y  tal vez lógico que Lacan, al referirse al deseo del enseñante tal y como lo hizo en esa oportunidad, haya recorrido el camino de ida y vuelta en el que esta interrogación se articuló. Varias personas que asistían a su seminario y, entonces lo escuchaban como analista en posición analizante, eran quienes en otro sitio lo encontraban, habiendo borrado su propia persona, en el lugar del analista que desde su posición de causa propiciaba que ellos, analizantes,  hablaran y se hallaran en  su decir. Considerando la pregunta que le dirigió este analizante, del que Lacan  hace mención, es evidente, que asistía a sus seminarios, aunque no fue en el contexto de tales seminarios donde la formuló, sino en su análisis. Lacan toma la pregunta y vuelve a llevarla, ahí, donde él mismo hablaba, y hablaba precisamente de los efectos del análisis teorizándolos en posición analizante. No sin haberla escuchado de boca de un analizante; no sin que éste lo hubiera escuchado y algo haya escuchado de tal posición enseñante en su seminario; no sin que concluyera la articulación de la pregunta en su enseñanza. Lacan, sabiéndolo o no -lo que es lo mismo que decir en posición analizante- hace presente la pregunta por el deseo del enseñante mostrando o dando a ver que se produjo en la topología del recorrido de ese al menos dos que es indispensable que el analista sea, la misma topología en la que se articula el deseo del enseñante y el deseo del analista.

Para Lacan  la cuestión del deseo del enseñante es señal de que hay una enseñanza (3), lo que no pasa o ocurre cuando se trata de profesores. El profesor existe cuando la respuesta a esa pregunta está escrita en ciertos condicionamientos y conductas ubicables en el preconsciente y referida a lo que se menciona como inclinaciones o aptitudes. El profesor se define como aquél que enseña sobre las enseñanzaso hace un recorte en las enseñanzas(4), incluso como aquel que dice cómo se enseña, qué enseña y qué no. Es por esta diferencia, entre un profesor y un analista que en posición analizante deviene enseñante, que en el discurso del psicoanálisis no hay lugar para la pedagogía como tampoco lo hay para la epistemología. Cómo sostener sin contradicción, ante la materia de la que se trata, que habría un método adecuado para transmitir y un método o camino para alcanzar lo que construye el discurso.

La clave del deseo del enseñante estaría en advertir que “se trata de algo análogo al collage“, dice Lacan, y que aquél que pueda realizarlo sin preocuparse por lograr que todo encaje, sin pretender alcanzar un sistema o esa clase de saber unívoco y totalizador, propio de la ciencia o la filosofía, podrá acercarse al “mismo resultado al que apunta el collage, o sea, evocar la falta que constituye todo el valor de la propia obra figurativapor supuesto cuando es una obra lograda” (5) “El apuntar la falta, dejar su rastro, su marca, su impronta, su dibujo, se sitúa evidentemente en el otro extremo de esa enseñanza “profesoral” donde el empalme, tratando de que todo calce, produce el efecto de remiendo que intenta des-dibujarla. Pienso que es esto mismo lo que se pone en juego cuando el analista enseña en posición analizante y es así que lo que dice tiene la chance de ser enseñante” (6)

No hay posición analizante del analista ni, por consiguiente, tampoco hay enseñante sin que quede señalada, en su enseñanza, la falta. El analista que teoriza sobre los efectos lo hace desde tal posición analizante,  dejándose hablar por el discurso y advirtiéndose tomado por él;  permitiendo que lo inesperado surja, incluso las formaciones del inconsciente como parte de aquello que se dice;  accediendo a perderse del camino trazado o pensado, y, dándose la oportunidad de la improvisación. No poniendo en falta al otro, sino poniéndose en falta él mismo. Es precisamente en y por esta falta desde la que se produce el discurso. El enseñante no enseña, se ve enseñado por eso que enseña tanto como quien asiste y da lugar a ese acto a través de su escucha. Así se aprehende, así se enseña y así se urde el discurso del psicoanálisis.

Basta recordar que en El saber del analista, Lacan, mientras hablaba, se dejó inventar el neologismo lalengua a partir de un lapsus, un chiste y un malentendido con uno de los asistentes del seminario. Queriendo hacer una crítica a Jean Laplanche, sin nombrarlo, Lacan se refiere al autor de “un diccionario de filosofía” en lugar de decir  “de psicoanálisis”. El autor del Vocabulaire de philosophie es André Lalande. Lacan escucha su lapsus, lo toma y asiente esta producción con un Witz: “Vean el lapsus. En in, esto bien vale el Lalande?”. Un asistente, que en sentido no escucha bien y en otro sentido escucha muy bien, pregunta: “¿Lalangue?”. A lo que Lacan responde: “No, no es con gue, es con d. Lalengua, tal como la escribo ahora, en una sola palabra, es otra cosa, no tiene nada que ver con el diccionario, cualquiera que sea…”. Aunque, al tiempo que niega la pregunta,  se apropia del malentendido para terminar de acuñar lo que en principio es un neologismo. Una vez más, como en el suceder del deseo del enseñante, el modo de invención de lalangue trasmite lo que nombra, a la vez que demuestra la dimensión equívoca que porta: Laplanche, Lalande, lalangue, por la que Lacan se deja enseñar al tiempo que enseña que las resonancias que se tejen entre el lapsus, el chiste y el malentendido,  escapan al diccionario, a la ciencia y a la filosofía, pero no al psicoanálisis.  Si bien el acto fallido y el chiste salen de boca de Lacan y si bien es él quien se apropia del malentendido, ninguna de estas formaciones del inconsciente se hubieran producido si no hubiera hablado en posición analizante y sin que les hubiese hablado a esos otros que estaban ahí para escucharlo bajo ese lazo de trabajo. La boca por la que se profiere lalangue es de Lacan pero la producción, como toda producción del inconsciente, lejos de ser individual es colectiva, es en el lazo, es en transferencia.

Si la transmisión del discurso del psicoanálisis se transmite sólo en  transferencia, esta transmisión,  en solidaridad a la transferencia de trabajo y a la transferencia al discurso, no es sin hablar. La forma propia del hablar es un modo de decir en acto que la transmisión conlleva una temporalidad que se asemeja a la de las formaciones del inconsciente y las incluye, por lo que como a éstas le es necesario e indispensable las intermitencias, modulaciones y contingencias, propias de la palabra. Esa transmisión, así como el psicoanálisis en intensión requiere de la presencia del cuerpo del analista, requiere de la presencia del enseñante que se encuentra en posición analizante,  tanto como de la de los otros con quienes establecemos lazos de trabajo.

El modo de transmisión forma parte de lo que se dice. Se transmite lo que se enuncia y lo que, en acto, se dice. El medio, la manera, la forma de transmitir hacen a lo que se transmite, no por mera estética o método sino porque la manera indica, más que el qué, la posición con la que se cuenta.

Lacan, en EL Psicoanálisis y su enseñanza, de 1957, dice: “Todo retorno a Freud que de materia a una enseñanza digna de ese nombre se producirá únicamente por la vía por la que la verdad mas escondida se manifiesta en las revoluciones de la cultura, esta vía es la única formación que podemos pretender transmitir a aquellos que nos siguen. Se llama: un estilo”.

El estilo forma al analista porque, como  lo indica Erik Porge, supone un operador situado en la confluencia de la verdad de la experiencia del análisis y el saber transmitido de esa verdad. El estilo tiene un valor clínico enunciativo agregado al enunciado, con efectos subjetivos propios en los oyentes o lectores,  por lo se habla de su clinicidad.

Las palabras y oraciones no son materia neutra y aséptica que comunicarían ideas por sí mismas, despojadas, por ejemplo, del gusto y el placer  del lenguaje o la lucha y la batalla por articular a partir del lenguaje el discurso,  propios de alguien.

El estilo también rodea algo de lo real, como la clínica,  y es por eso que también tiene un valor formador.

El estilo es aquello que se desprende de hablar de la palabra y sus efectos siguiendo a la palabra, dejándose tomar por ella y evocando sus funciones mismas en acto.

Así como el inconsciente se hace discurso en la experiencia del análisis,  el psicoanálisis se hace discurso en la experiencia del enseñante, a condición de hablar en posición analizante. Esta posición, difiere de la posición analizante en la medida en que no tiene lugar en la situación analítica bajo su particular transferencia y en la medida en que quien habla no comunica todo lo que se le pasa por la cabeza. El analista en posición analizante se deja hablar por el discurso del psicoanálisis y ahí es donde él mismo se entera cómo entiende, qué entiende, qué quiere decir y qué dice de lo que pretendía decir, no sin los otros.

Si el estilo supone hablar siguiendo a la palabra y hablamos sólo cuando le hablamos a otro o nos hablamos como a otro,  el estilo se enlaza al otro, se teje con él, tanto como las formaciones del inconsciente y la enseñanza.

¿Dónde está el estilo? ¿En qué consiste?  Ya no sé en absoluto lo que significa. Pero, sí, sí, a pesar de todo. Lo siento en las tripas. El estilo es la vida. Es la sangre misma del pensamiento[ii], decía Flaubert mientras escribía Madame Bovary. Hay una anatomía del estilo, la forma singular del cuerpo de lo simbólico —ese del que Lacan, por si las moscas, aclara que no es metáfora— de cada quien.

Que el dicho se encuentre con el decir, ese es el análisis. Eso habla y alguien sólo puede sustancializarse con Eso habla cuando dice que él mismo habla, cuando se identifica con aquello que es dicho. Que el que habla se encuentre con cómo habla, ese es el estilo. El relato y el estilo llevan en sí la división entre saber y verdad de la que se trata en el análisis. División en la que el sujeto se desprende y en la que surge la castración. No hay estilo sin que se ponga en juego y en acto la falta. Un estilo puede ser el sustituto de una necesidad abarcadora, caso en el que el preciosismo y la belleza que lo acompañarían irían al lugar de lo que brilla renegando de la falta, el fetiche. Como el estilo somete al discurso a un clima de palabras, giros y cadencias específicas, hace o podría hacer del mismo una red envolvente y sugestiva que produciría la impresión de un todo sin fisuras. Cada estilo, en tanto supone la libidinización propia del placer-displacer del lenguaje, podría captarse en su dimensión imaginaria como una burbuja en la que se refleja el idioma, pero el estilo también es, en su dimensión simbólica y real, un sustituto de la imposible hazaña, como toda hazaña, de usar el idioma en su totalidad. No habría necesidad de estilo si pudiéramos sacar provecho de todas las palabras y de todos los giros de la lengua, si como para los pájaros y las orcas no hubiera, para nosotros los seres hablantes, hiancia entre los semiótico y lo semántico, entre la lengua y el habla.  Los dioses no tienen estilo, porque no tienen lagunas, afasias, errores, equívocos; lo recuerdan todo, incluso la primera piedra en la que se dimensionó por primera vez el decir. No tienen estilo porque son el lenguaje mismo, antropoformizado; nadie les ensenó a hablar como tampoco les fue apremiante tener que hacerlo. El estilo es el hombre o, tal vez, la torpeza con la que cada quien se estila su rostro, sus rasgos, sus ademanes de habla, su cuerpo del discurso. Nadie, por más avezado que resulte en el dominio del lenguaje o por más talentos que visiten su lengua, se librará de su forma de hablar y, en efecto, de resultar formado por la misma.

¿Cómo, entonces el analista en posición analizante no resultaría enseñante, enseñado y formado por el estilo?

Así como la posición analizante del analista enseñando más que un quehacer del orden del dominio supone un síntoma,  el estilo es la estética de la limitación. Una y otro se atañen. En aquella y éste la falta es evocada, contando.

 

(El presente texto guarda derechos reservados)


[i] Me refiero  al epostracismo o al juego que entre los griegos antiguos consistía en hacer saltar sobre la superficie del agua una concha o piedra plana. El juego recibe un nombre diferente en cada país, en cada provincia y en cada pueblo. En Argentina parecen convivir dos formas: hacer patito y hacer sapito.  En Colombia se lo llama pan y quesito: «La primera vez que salta es el pan y la segunda quesito». En Guatemala, al hacer sapito se lo llama jugar a la chata, por la forma plana o chata de las piedras. Aparentemente en Honduras tiene el nombre de hacer locitas. En Cantabria siempre se lo conoció como la rana. En Pamplona hacer saltar las piedras sobre el agua se llama hacer txipitxapas (se lee chipichapas). Cuando consigues que la piedra bote unas cuantas veces seguidas es «hacer un trenico (de tren)  de txipitxapas»

[ii] Carta del 29 de enero de 1853ª Louise Colet.


 

10 comentarios en “Adelanto del libro de próxima publicación de Helga Fernández: La experiencia de la falta©.

  1. Muito interessante a forma com que nos faz pensar com estilo, as voltas que a falta faz ao nos convocar a criação de um estilo que garanta ao menos precariamente uma imagem com a qual nos apresentamos ao mundo.

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      1. muy interesante!! plantea cuestiones que son de mucha actualidad en nuestra práctica y que permiten posicionarse en cuanto a un porvenir -ya no de una ilusión sino- del movimiento psicoanalítico! gracias a la autora y a la revista!

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