Amalia Bruma.Por Stella Maris Nieto. Sección literatura.

 

 

Aquella mañana, entre neblinas, brumosa, Amalia despedía el barco en que marchaba Manuel.

Lo había conocido una noche sin luna, y esa mañana lo perdía para siempre.

De golpe, cuando el barco comenzó a alejarse, a Amalia se le fue la mano. Partió con el pañuelo bordado con que lo saludaba. Casi etérea, se alejó tras el buque; y ella atónita comprendió que ya no podría recuperarla.

Sin embargo, ni una gota de sangre se desprendió. El muñón cicatrizó en el mismo instante que la mano se fue.

Caminó en silencio por el muelle, con la sensación del dolor sórdido pero asumido, y con la convicción de que había comenzado a caminar una senda desconocida, de la que no podría escapar.

Le costó dormir. Era difícil imaginarse en este mundo sin su mano derecha.

Se adormiló, pero de pronto despertó con el corazón en la boca. Del susto, la abrió enorme y ante su espanto, vio como esa víscera latiente se escapaba de su cuerpo.

Casi hipnotizada, pero con la convicción de lo inevitable, lo tomó entre sus manos y se dirigió al jardín para sepultarlo bajo la tierra de las begonias amarillas.

¿Todo eso le pasaba a ella?, a la que nunca le había pasado nada, hasta que se enamoró de Manuel el marino una noche, y por la mañana ya lo había perdido, y con él su mano y tras ella su corazón.

¿Podría seguir viviendo?. Prefirió no averiguarlo.

Se puso su vestido blanco de puntillas y cuando se acercó al espejo para peinarse, descubrió azorada que en vez de pelo tenía pajaritos en la cabeza.

Revoloteaban sin alejarse demasiado, y con sus plumas coloridas le daban la imagen de una cabellera teñida y ondulante.

Sabía que debía controlar su asombro. Una certeza interior se lo anunciaba.

Se estaba transformando y sólo debía esperar.

Se maquilló con colores tenues sin asustar a los pájaros que parecían felices en su nuevo hogar. Los conocía; eran los mismos que siempre habían aterrizado en su jardín, y a los que hubiera deseado atrapar por un instante.

Y allí estaban por propia voluntad adornando su cabeza.

Fue al jardín. Regó las plantas dificultosamente con su mano izquierda y sintió de golpe la necesidad de hablar con alguien, de asirse de alguien.

Los pájaros tenían ganas de volar y temía perder la cabeza tal como ya había perdido su mano, su corazón  y su pelo.

Vio pasar al cartero y lo llamó, ¡Aníbal!, ¡Aníbal!.

¿Qué tal Amalia?, ¿cómo anda?, se la ve rara –dijo- y se fue acercando.

Intercambiaron pocas palabras. Amalia sabía que eran demasiado leves y que no podían servirle para agarrarse de ellas.

Fue perdiendo lentamente el hilo tenue de la conversación que la sostenía, y  al final se soltó, ya resignada, asumiendo su destino.

En ese instante, su cabeza salió volando, tras ella su cuerpo se hizo humo, bruma, niebla y marchó al muelle para quedarse en él para siempre.



Acerca de la autora: * Stella Maris Nieto, psicoanalista, miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina. Integra comité editorial de Lalengua, publicación de Convergencia.

Un comentario en “Amalia Bruma.Por Stella Maris Nieto. Sección literatura.

  1. Qué bello texto y cuánto nos sirve para ejemplificar los efectos en el lenguaje y en el cuerpo de quien no dispone cabalmente de la posibilidad de significación fálica para los avatares de la vida. Entre Amália y su marino para estar/haber el Tajo. Y todo su cuerpo se esfuma. Gracias Stella Maris

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