Estar en la escucha. Por Helga Fernández.

Desde que Freud descubrió, más allá de él y pese a él, otro lenguaje, existe un modo propio  propio del hablar y un modo propio del escuchar, en el registro analítico.

En los escritos llamados técnicos, Freud, a pedido de Ferenczi, comienza a escribir consejos que no son preceptos, sino el intento de mostrar una vía de facilitación al inconsciente, a condición de no ser tomados como una moral o un ejercicio del buen analista entrenado o acondicionado. Son herramientas hecha a la medida de cada mano, de cada una en su singularidad. Especificidad que en sí misma ya es una enseñanza porque Freud nunca menciona estos consejos como deberes o rituales, sino como propiciatorios del acceso al inconsciente. Del conjunto de estos consejos se desprende uno de de vital importancia: la regla fundamental. Regla a partir de la que se invita a la persona que comienza a hablar en el registro del discurso analítico, abandonando la intencionalidad de dirigirse a algún sitio o algún sentido con lo que sea que diga. Se le pide que comunique todo lo que le pasa por la mente, sin juzgarlo, describiendo lo que ve, lo que se le sucede, como quien caminado sin rumbo fijo relata las imágenes y los pensamientos que pasan, unos tras otros.

Si consideramos y aceptamos la metáfora de que hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es caminar, porque supone un modo del movimiento o del desplazamiento, podemos decir que la regla fundamental invita a que el analizante, o el candidato a analizante, no se dirija hacia un lugar determinado, sino que pasee, que erre; procurando dejar de lado el ego o la intención del dicho.

Walter Benjamín, un gran caminante, dice en Infancia en Berlín, que importa poco no saber orientarse en una ciudad, perderse, en cambio, como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. El mismo aprehender que el de la asociación libre. Dejarse perder es una actividad, no un abandono, hay que saber dejarse llevar por una baldosa floja, un perro o una fragancia. Vale decir, por los significantes que resuenen. Nosotros, analistas y analizantes, estamos advertidos de que ese modo de hablar, esa relación con el lenguaje, no es sencilla para nadie, ni siquiera para quien escucha.

Hablar bajo la asociación libre hace del analizante un flâneur. Para potenciar la atención es necesario que el ‘analizante-flâneur’ esté totalmente desocupado: que pasee sin prisas, sin rumbo fijo, sin destino u objetivo y que mire muy de cerca lo que lo rodea. Este modo de hablar  no supone ligeresa o distracción, sino un modo de la disponibilidad de la atención.

Estos caminos del decir del analizante son lo que Freud llamó concatenación significante y Lacan cadena significante. Son esos circuitos que Juanito y su fobia  recorrieron, procurando puntuar un mundo posible. Se trata de esa, su constelación de significantes que galopa en el caballo de la fobia, hasta que el recorrido mismo produce un sistema de transformaciones, de rotaciones, que cubre al significado de diferentes modos y hasta ejerce sobre él una acción de transformación y construcción que opera según las leyes de lo simbólico. De manera que podríamos decir, apoyados en la fobia de Juanito y, también, en los recorridos viales de la fobia a los trenes de Freud, que hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es caminar, recorrer, trazar un circuito que tiene su propia fuerza de estructuración. Lo que no es sólo una metáfora sino la literalidad de lo que en el orden significante no marcha en tanto deslizamiento. Así funciona el inconsciente, con sus traspiés, pasos, engarces, acoplamientos, sustituciones,  saltos. Por lo que, en los circuitos de Juanito, Lacan no ve más que las vías de facilitación de las neuronas del Proyecto de Freud, sin distinciones de interior e exterior.

Hablar es errar, hablar en el registro del discurso del psicoanálisis es viajar, no irse de vacaciones con el plan preestablecido, las excursiones fijadas y un guía que explique por dónde se está transitando o se debería hacerlo. Eso sería psicoterapia. Hablar, en psicoanálisis. es no saber dónde se va a llegar.

Si andando se descubre otra dimensión de la existencia que comporta la presencia física, hablando como se anda también se establece una relación con la palabra que conlleva la dimesión de la materialidad de la misma que habla en nosotros.

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Si asociar libremente es andar, vagar y, por esto, que la fuerza transformadora y constructiva de lo simbólico opere, cómo entender bajo esta lógica la contrapartida de la asociación libre: la atención flotante. ¿Qué significa escuchar en el registro del discurso del psicoanálisis?

A la luz de la metáfora puesta en función para la asociación libre podríamos decir que la atención flotante implica acompañar a quien habla de ese modo errático por los caminos que transita. Pero, ¿cómo es posible acompañarlo? En principio, dejándose llevar. La contrapartida de la asociación libre supone tal consecuencia.

Escuchar no es oír. Es callar nuestros propios pensamientos, poner entre paréntesis nuestra voz y nuestras vías de facilitación, nuestros atajos y senderos. Escuchar es toparse con lo otro.

Escuchar es descubrir qué puertas nos están clausuradas, a dónde nos resistimos a ir, qué caminos nos cuesta transitar. Es entrar en el decir del analizante, en su viaje. Es viajar por las tierras del otro, tierras que ni siquiera conoce quien habla y sobre las que tampoco tiene dominio: terra incógnita.

Escuchar es estar dispuesta/o a que una materialidad nos penetre y nos moldee, porque no sólo acompañamos al analizante por su errancia del decir, sino que al hacerlo entramos en su decir y comenzamos a formar parte del concepto de inconsciente. No sólo intervenimos a partir de la atención flotante, o interpretando, escandiendo, subrayando, mojoneando, aguijoneando, espoleando, sino que intervenimos sí y sólo si ya estamos, como analistas, en el inconsciente de quien escuchamos. O, como diría Freud, si ya estamos en su decir como esa última representación meta a la que se dirigen todos los decires.

Insisto: ¿qué, cómo y con qué escuchamos si no escuchamos solo palabras?

Obaudire es el vocablo latino que en el español evoluciona al verbo ‘escuchar’. Obaudire significa obedecer.  Por eso muchas veces en castellano hacemos uso de este verbo, cuando lo hacemos de modo imperativo, como sinónimo de obedecer, del pedido o la exhortación de prestar atención.  Escuchá, puede ser un reto, un imperativo que dice: “hacé lo que te digo”. Lo que está en  las antípodas de lo que entendemos por escucha analítica.

En francés el verbo entendre es tanto oír como escuchar, pero también significa entender. En los seminarios de Lacan, podemos encontrarnos con la recomendación de que no comprendamos, que ahí donde se da por entendido debería hacerse una pregunta o abrir el camino que el entendimiento cierra. Por lo que escuchar como sinónimo de entender y comprender tampoco hace a la escucha analítica. En griego “akowo” también es comprender.

En inglés el to hear puede querer decir enterarse, estar informado. Si el analista escucha no está atento o interesado en enterarse o informarse, por ejemplo, de sucesos vividos por el analizante, si es que esos sucesos o hechos o circunstancias no entran en el decir de la asociación libre. El analista, —es decir ese lugar que hace el estar en la escucha—, escucha en otro registro que el de la anécdota, la novedad o el dato.

En nuestro castellano, el porteño, suele decirse o solía decirse “parar la oreja” al esfuerzo, a la concentración por escuchar. No a la escucha del analista, sino a la escucha de la chusma o el espía que escucharían una conversación que no les pertenece. Espiar con los oídos, diría Freud.

En aymará la palabra equivalente a escuchar supone el lugar desde donde se dispone el verbo,  por lo que escuchar queda connotado como un hacer más activo, como una acción legada al verbo, como un lugar, no restringido al  oído.

En latín el verbo intendere es “tender hacia”. Lo que puede dar la idea tanto de tensión, como de disposición hacia el decir.

La escucha del analista no supone esfuerzo, supone una tensión, pero una tensión que es una disposición, no un esfuerzo. Todo esfuerzo, como cualquier otro voluntarismo o infatuación, obstruiría la escucha.

La escucha analítica siempre sorprende, porque se escucha lo que no se sabía o mejor, se escucha el saber no sabido. No implica el parar la oreja, ninguna erección de los sentidos, ninguna potencia fálica, más bien una pasividad activa, un dejarse hacer. De manera que esta escucha tampoco implica el hacer caso a ese consejo de escuchar a los otros, de estar al tanto de lo que se dice, como quien dice que hay que escuchar a los jóvenes o hay que escuchar a los viejos. La escucha analítica, escucha la singularidad, sin a priori, sin moralidad, no como una misión o algo que no habría que dejar de hacer. No es un bien, ni una caridad, ni una empatía, ni la superioridad del que pretende comprenderlo todo.

La escucha analítica, al estar más próxima a una disposición, escucha a partir de que puede escuchar la falta o a partir de que una falta le permite escuchar. ¿Dónde se asienta la falta en la escucha? ¿En la falta de sentido, de sonido, de significación, falta de una letra, falta de lo que quiso decirse?

La falta que posibilita la escucha también se asienta en quien escucha, no sólo en lo que se escucha.  Desde un aspecto circunscripto a lo imaginario, cuando estamos ocupados en otra cosa, cuando no podemos dejar de tener en mente al analizante que ya no está en el diván o cuando carecemos de la falta necesaria de nuestros propios pensamientos, en tanto somos quienes, con nuestro cuerpo, ocupamos el lugar del analista, no nos está permitido escuchar. También podría decirse que, si el analista no cuenta con su propia falta, con su propia castración, como el orificio por excelencia de la escucha, no podrá escuchar. Se escucha con la castración.

Si no sólo se escuchan las palabras sino los significantes y lo que puede leerse a partir de la letra, ¿se escucha lo que escapa a las palabras, lo que hace falta a las palabras? ¿Eso que las palabras no alcanzar a articular, a significar, a pronunciar, eso que se dice más allá de lo que el sonido hace sonar? Si así fuera, la escucha analítica más que escuchar lo que suena, escucha lo que resuena. No escucha sólo con los oídos, sino con el cuerpo como caja de resonancia, como instrumento de vibración, como superficie que es tocada o tiene que ser tocada para que resuene. El cuerpo como canal, como túnel, como instrumento. Como una guitarra que vibra y despierta.

Se escucha más allá de lo que suena. Se escucha lo que resuena, sin embargo y, si bien toda sensación tiene lugar en el tiempo, el sonido guarda una relación especial con el tiempo, distinta de la de los demás campos de la percepción humana. El sonido sólo existe cuando abandona la existencia, cuando ya no está, cuando falta. No es sólo perecedero, es evanescente. Cuando se pronuncia la palabra permanencia, para cuando se llega a nencia, perma dejó de existir y forzosamente se perdió. No hay modo de detener el sonido ni de contenerlo. Sin esa evanescencia[1] no habría posibilidad de escuchar el sonido y el sentido de lo que es dicho, porque la evanescencia también auspicia como corte o escansión. Como un punto a partir del cual, retroactivamente, se escucha lo que se dijo.

Escuchar se escucha desde un lugar, el lugar del analista, que está hecho a hacer, precisamente,  por lo que es dicho. Estar en la escucha, como lugar, es estar a orillas del sentido, como si este sonido, en sentido acústico, no fuera otra cosa que ese borde del sentido, y, de acuerdo a cómo podamos acomodarnos ante él, sonará o resonará, cuando sea que eso sea posible.

Si resuena, la topología del interior y el exterior se anudan, se enlazan, porque un sonar resuena sólo si consuena en quien, entonces, escucha. Y quien lo escucha, en ese resonar consonando, se escucha,  se siente,  se reconoce vibrando.  Aquí es donde adviene el efecto sujeto. Él mismo, ese que escucha, se identifica a lo que se escuchó decir o a lo que resonó en lo que, ahora y recién ahora, será su decir. La sorpresa de tal advenimiento acontece por hablar en él algo que sólo es él mismo por reconocerlo como tal, no como suyo, de su voluntad o dominio, sino como propio. Porque lo propio, como lo indica nuestro supuesto analizante-flâneur, con su errancia del decir, no va de suyo.


[1] Uno de los modos de la falta y lo que a veces hace que alguien no hable por no perder.


Helga Fernández: Psicoanalista. A.M.E de la Escuela freudiana de la Argentina. Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Co-autora de Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As.: y, La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007. Escribe para diversas revistas: LALANGUE; La Mosca; En el margen, entre otras. Editora para Bs. As. y columnista de Revista En el Margen. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia.

7 comentarios en “Estar en la escucha. Por Helga Fernández.

  1. No sabia que eras AME de la EFA, ni que tenias varios libros. Perdóname ciertos desparpajos de mis posteos en FaceBook. Veo que sos un espíritu libre, que no tienes jetes como criticaba JL en la proposición de octubre: Partido, Iglesia, Ejercito, IPA, estructuras machistas y autoritarias. ,Y que como Lacan , Pommier, Tostain, algun Dolto, y no sigo porque todo es en francés… tienes sentido del humor, que le falta a muchos que se lo siguen en Argentina. No es critica sino observación… Federico Bazán.

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