Lo extraterritorial  en poetas y escritores Embajadores de otra lengua. Por Elizabeth Barral

                     “Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”

                                                                                                                           M. Proust

Extraterritorial es el nombre acuñado por G. Steiner, -en su libro homónimo-, para referirse a aquellos escritores que, desarraigados o exiliados de su lengua natal, hacen uso de otra u otras lenguas en su escritura, y así extranjerizan la lengua propia.

Según el autor, la literatura contemporánea puede ser considerada como una estrategia de exilio permanente.

Tomando esto como punto de partida, ¿se puede ser extraterritorial en la misma lengua, sentirse fuera de casa bajo el mismo techo?

¿Podrá lograrse, gracias a esta especie de exogamia idiomática, arrancarse los automatismos de la palabra y el pensamiento?

Para los psicoanalistas, la literatura, y más específicamente la poesía, son una especie de lengua otra que nos exogamia, nos descentra, nos desacomoda, nos sacude los saberes concebidos.

Tanto escritores como psicoanalistas tenemos como material de trabajo la lengua, las palabras. Los escritores trabajan la lengua como lo hace el inconsciente. Sabemos de esa manera de tallar, de esculpir, de labrar, de torcionar la misma por los juegos que realiza con ella el inconsciente.

La experiencia de lectura con autores que equivocan la lengua, que rompen la sintaxis, que abren dimensiones agramaticales, puede ser ocasión para descentrar nuestros oídos -como psicoanalistas-, de los espejismos de la palabra. Esos escritores logran situar un “fuera de lenguaje” con el lenguaje, o más bien instauran ese afuera, yendo a los márgenes del mismo, haciéndonos transitar senderos a la vera del camino.

La extraterritorialidad se refiere a un fenómeno acontecido en el s. XX, que se manifiesta en el surgimiento de lo que Steiner llama escritores sin patria. El escritor ha sido considerado un maestro de la lengua, de ahí que escritores que se sientan como en casa ajena en la lengua que escriben resulta extraña, escritores lingüísticamente sin casa.

Steiner parte de la idea que a principios del s XX ha habido una revolución del lenguaje. Menciona la historia de los cambios en la percepción del lenguaje, en la manera de habitarlo, la forma en que la cultura habita el lenguaje.

Esta revolución vino precedida por lo que él llama una crisis del lenguaje. Ésta es producida por la crisis de valores morales que antecede la primera guerra, se manifiesta en lo que él denomina la retracción de la palabra y la derrota de la cultura humanista ante la barbarie.

Asistimos a una desconfianza en la palabra, en su poder de comunicación; la retracción de la palabra, la metáfora del silencio y el fracaso del lenguaje son su testimonio.

Hay un texto que se considera una especie de manifiesto de este fracaso del lenguaje para comunicar, para significar, para expresar la verdad del poeta; es la Carta de Lord Chandos, una ficción que inventa el poeta Hugo Hofmannsthal, y que fue tomada por filósofos del lenguaje como Wittgenstein. Esta carta nos dice de la impotencia del poeta para decir de su experiencia, el lenguaje le es insuficiente, el acontecimiento desborda los límites de lo nombrable. El poeta debe callar, las palabras le vuelven a faltar; y deja constancia de la agonía y huida de las palabras que dicen: ¿Cómo tratar de describirle esos extraños tormentos del espíritu, ese brusco retirarse de las ramas cargadas de frutos que cuelgan sobre mis manos extendidas, ese retroceder ante el agua murmurante que fluye ante mis labios sedientos? Hay de lo indecible, bajo la figura de los labios sedientos que no alcanzan a rozar el agua murmurante, hay lo inefable. 

Los psicoanalistas estamos o debemos estar advertidos de la impotencia del lenguaje para significar, para dar cuenta de lo real; asumir ese silencio, callar ante la evidencia de lo que escapa al poder de la palabra para nombrar, certidumbre de lo inefable.

La carta de Lord Chandos termina con estas palabras: Yo sentí en ese momento, con una certeza que no estaba del todo exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín (…) porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni una sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, tendré que dar cuentas ante un juez desconocido.

Como decíamos entonces, esta crisis que tan bien testimonia Hoffmannsthal, da lugar a una revolución, revolución que trae nuevos fenómenos en el campo de la escritura, de la literatura, el surgimiento de la lingüística como ciencia, el atravesamiento de las ciencias sociales por la lingüística. Surgen grupos de estudios de lingüística como el círculo de Praga, los formalistas rusos, y por supuesto el psicoanálisis que no está exento de este atravesamiento.

Desde mediados de s. XIX comienza un cambio en la forma de escribir poesía y ya en el XX las nuevas formas de literatura. Surge algo novedoso y es que empiezan a verse escrituras que abordan el tema de la escritura, del lenguaje, que son tratamiento del lenguaje. La poesía cuestiona los cánones de la poesía y la literatura los de la narración.

Decíamos del surgimiento de escritores bilingües, multilingües que escriben en una lengua que no es la suya y al hacerlo confieren a esta un giro singular.

Ahora bien, escritores que manejan más de una lengua ha habido siempre. ¿Cuál es el rasgo particular de éstos para forjar esta extraterritorialidad?

Sylvia Baron Supervielle, en su libro: “El cambio de lengua para un escritor”, menciona que para el tiempo en que la literatura viene al mundo se produce un cambio de lengua en muchas países de Europa. Dante por poner un caso, escribe La Divina comedia en el exilio, en la lengua vernácula Toscana -su lengua- y rompe con la tradición de escribir en latín.

Sabemos que durante siglos la literatura se escribía en latín y el bilinguismo era la regla más que la excepción.

Pero el latín conservaba su función debido a que las lenguas vernáculas se estaban separando unas de otras y forjando su identidad. La lengua de Dante, de Shakespeare, de Montaigne, -quien también cambia de lengua para escribir, escribe en francés que recién comenzaba a purificarse, al crear su lengua crea también la lengua francesa-, tienen un fuerte carácter regional, una afirmación de identidad específica.

Es decir que la lengua literaria de estos escritores estaba al servicio de la afirmación de una identidad regional. Es el escritor arraigado a su patria.

El fenómeno moderno es de otro orden, se trata precisamente del escritor desarraigado. Poetas sin casa, vagabundos de lengua en lengua.

Como dice Celán en un poema: “emigra por doquier, como la lengua/ arrójala, arrójala”

En este nuevo fenómeno la relación entre el manejo magistral de la lengua y la autoridad poética está puesta en duda.

Hasta hace muy poco el escritor era un ser arraigado a su lengua materna. Según Steiner, ser buen escritor implicaba tener una intimidad especial con los ritmos del lenguaje que subyacen la sintaxis, tener un oído especial para captar las múltiples connotaciones y los ecos secretos que ningún diccionario registra. El espíritu de su lengua, tan inasible, tan difícil de conceptualizar. Un escritor desarraigado de su tierra a causa del exilio era un ser mutilado. En el fenómeno moderno: la ecuación entre un eje lingüístico único – un arraigo profundo a la tierra natal- y la autoridad poética es puesta en tela de juicio, dice Steiner.

Escritores sin patria.

Escritores que por distintas razones dejan su lengua natal para escribir en otra lengua y al hacerlo, confieren a esta nueva lengua un carácter muy peculiar, o escritores que conviven con otras lenguas y que inyectan, inoculan o insinúan en la propia rasgos de aquellas otras. Este fenómeno tiene muchas aristas por donde abordarlo, muchas sutilezas, pero cuyo horizonte conduce a poder ser extranjero en la propia lengua, habitar cierta incomodidad, cierta tensión que nos deje un poco al margen, descentrados, porque esa marginalidad, esa suerte de exilio, libera de los automatismos de la palabra y el pensamiento, descubre nuevas experiencias y nos descubre pudiendo ser “otro”, esa otredad que nos vuelve ajenos en nuestra propia casa, experiencia de lo umhemlich.

Lo extraño en lo familiar, familiar como la lengua materna. Inocularle extranjeridad nos desfamiliariza. Puede consultarse el concepto de desfamiliarización de V. Sklowsky.

Silvia Molloy en su libro “Vivir entre lenguas”, dice que en cierto sentido todo sujeto es bilingüe, habitado por otra lengua, por una especie de autrement dit, un “dicho de otro modo”, otro modo de decir revela el doblez del lenguaje, la ambigüedad que portan las palabras, su: “en otro sentido” siempre posible, su carácter equívoco. Ese doblez, lo que se dice implica que puede haber otra manera de decirlo, es característico del lenguaje, pero lo olvidamos, el bilinguismo del que maneja otra lengua vuelve patente esa otredad del lenguaje.

Esta otredad también se manifiesta para el hablante de una sola lengua en las producciones del inconsciente, ahí es “otro” el que habla en nosotros, otra lengua también, la lengua del inconsciente con sus leyes propias, como el lenguaje de los sueños. Cuando se produce un lapsus es como si un intruso hubiese entrado por la ventana, un elemento extraño en lo que se estaba diciendo.

Dar un aire extraño a lo que escribimos, recomienda un escritor-traductor.

Una palabra inventada es extranjera o mejor, sin patria en el origen, no pertenecía a la lengua hasta que apareció. Hay ciertos lapsus, tropiezos, que luego de ser dichos pasan a formar parte de la lengua, recordemos la definición de lengua que da Lacan, “Una lengua entre otras no es más que la integral de los equívocos que su historia ha dejado persistir allí.”

Esta suerte de extranjería de la que hablamos posibilita un cierto extravío de los saberes concebidos. Desplazar fronteras.

Dice Adorno, “sólo aquel que no se siente verdaderamente como en su propia casa en una lengua dada puede usarla como instrumento”. Desposeernos de ella para jugar.

Uno de los rasgos que menciona Steiner acerca de este fenómeno es la pérdida de un centro, un descentramiento, respecto a una lengua oficial, respecto a una cultura central.

Recordemos lo planteado por Borges en su conferencia: “El escritor argentino y la tradición”, donde se lee que estar de algún modo en una relación de marginalidad respecto de una tradición, no estar tan atado a la misma, hace a la posibilidad de innovar, a tener una actitud “irreverente” frente a las tradiciones centrales. Esta idea la aplica tanto a los judíos dentro de la cultura occidental, a los irlandeses dentro de la cultura británica, como a los argentinos y sudamericanos en general.

Otro aspecto que destaca –Steiner-, es cierta valorización del efecto Babel o “babelización” del lenguaje. Esta reflexión de Steiner puede llevarnos a pensar en algo sin darlo por hecho: ¿Por qué será que se hablan tantas lenguas distintas en el mundo? El mito de Babel sugiere una conciencia temprana de ese enigma, de ese curioso despilfarro, 3000 lenguas clasificadas. ¿Qué hace que comunidades cercanas geográficamente y racial o culturalmente semejantes no puedan comunicarse? ¿Cómo es posible que hayan surgido tantas lenguas, si biológicamente somos todos iguales y poseemos la misma información molecular de base?, se pregunta Steiner. O al menos que hubiese un número limitado de lenguas que se correspondiesen con los grupos étnicos identificados. Y nosotros podemos agregar que no solamente no hablan la misma lengua aquellos que no comparten un mismo idioma, hablanteseres del mismo idioma tampoco hablamos la misma lengua, cada quien labra su lalangue.

Dice la Biblia sobre Babel, “Era la tierra toda de una sola lengua y de unas mismas palabras”. Después de Babel y la confusión de lenguas el hombre perdió su idioma inicial. Los cabalistas dicen que el idioma original no es el hebreo sino un idioma que durante el cataclismo de Babel un rayo había robado de los labios del hombre, robándole la posibilidad de hallar la verdad divina y el sentido de su existencia. Sylvia B. Supervielle dice que cree que el hombre escribe, canta y traduce intentando encontrar esa lengua perdida.

Hay otra lectura del efecto Babel, ya no como castigo -como en el relato bíblico- sino como liberación del poder unificante del Uno. Los regímenes totalitarios siempre han intentado controlar la lengua.

“Lo que se puede decir en una lengua no se puede decir en otra, y el conjunto de lo que se puede decir y de lo que no se puede decir varia según las lenguas y las relaciones entre lenguas”, dice Delleuze.

Cada lengua posee una materialidad propia, y lo que se hace o se puede hacer con ella es propio de su materia.

Pablo Ingberg –escritor y traductor- hablando de la traducción, utiliza una figura para representársela, dice que sería algo así como la reproducción de un cuadro -de una pintura-, con otro material, óleo y acrílico por ejemplo. Otra lengua, otro material. Otros fonemas, otra sintaxis, otra gramática, en fin, una otredad lingüística.

Steiner dice: cada lengua determina para el hablante las dimensiones, la perspectiva y el horizonte de una parte del paisaje total del mundo. Una parte. Ninguna lengua por más amplio que sea su vocabulario y refinada su gramática puede abarcar la totalidad potencial de la experiencia.

Cuanto más aprendemos de las lenguas, más nos damos cuenta de las particularidades e idiosincrasias vitales de cada concepción lingüística.

“Aprender una lengua extranjera, conocer a fondo su sintaxis equivale a abrir una segunda ventana a un paisaje del ser. A escapar aunque sea por un momento de la cárcel de lo obvio, de la pobreza de un lente monocromático”.

Dice Silvia Supervielle que el lenguaje de un escritor se engendra en la orilla, desde afuera. Esta es la clave de la extraterritorialidad.

“No creo que sea necesario para escribir entrar completamente en la lengua, sino más bien mantenerse en su orilla a fin de tener la posibilidad de entrever el reflejo del universo.”

¿Se podrá lograr estar en la lengua propia como un extranjero, y así, abrir un horizonte nuevo de experiencia en la propia lengua?

Pensemos, por ejemplo, en Bartleby y su fórmula: I would prefer not to, Preferiría no, que fue caracterizada por Deleuze como “agramatical”. ¿Esta fórmula no abrió algo nuevo, un surco, una causa incluso, que llevó a tantos autores a escribir sobre ella?

Bartleby genera un efecto en el relato, y generó un fuerte impacto en quienes lo leyeron, filósofos como Delleuze, Agamben escribieron sobre él, y a raíz de esa frase.

Bartleby da una respuesta anómala, agramatical, tan desconcertante que desarma todo el edificio conceptual. Bartleby y su fórmula es la muestra de una especie de lengua extranjera inyectada en la lengua.

Este exiliarse de la lengua de un modo u otro, es liberador, permite despojarse de los mandatos de la palabra, de todo lo que una lengua trae de tradición y costumbre.

El Otro habla en nosotros, este descentramiento haciendo uso de otra lengua, o haciendo a la lengua “Otra”, barra al Otro de la lengua, lo descompleta, lo desconsiste. Y como veíamos no hace falta que sea estrictamente otra lengua, la frase de Bartleby lo logra por igual. Gira la lengua de los otros. Un modo inédito de decir puede ser tan desconcertante como alguien que habla en otro idioma.

La figura del escritor desarraigado, ¿no emula algo a lo que aspiramos como psicoanalistas, desarraigarnos de la lengua común haciendo un “buen mal uso” de lalangue que cada uno habla?

Recordemos la frase de Lacan que dice que la lengua está viva en tanto cada uno la crea, en tanto le da un pequeño retoque a la lengua que habla. Ese hacer la lengua cada uno a su modo nos recuerda a Saer cuando dice: Cada uno crea de las astillas que recibe, la lengua a su manera, con las reglas de su pasión. 


Elizabeth A. Barral. Psicoanalista. Miembro de Lacantera freudiana. Coordinó desde 2013 hasta 2019 el Taller Letra y Psicoanálisis en dicha institución. Integró el comité de redacción de la revista Espejos Rotos, revista de psicoanálisis. Viene trabajando en el entrecruzamiento psicoanálisis-literatura desde hace varios años. Ha escrito artículos sobre el tema entre los que se destacan, En busca del tiempo perdido. Una experiencia musical, un trabajo sobre Proust, publicado en el libro Esto lo estoy tocando mañana. Tachaduras. La regla del juego, sobre la escritura y Michel Leiris, publicado en La máquina des escribir, y La ética del fauno, sobre la función poética del lenguaje y los anagramas en Saussure, publicado en Espejos Rotos. Trabaja actualmente en un escrito sobre Joyce.

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