LAS BELLAS, LAS BESTIAS, Y LO REAL DEL SEXO. POR RICARDO PEREYRA

Desde los orígenes de la cultura occidental existe la noción de que la mujer está dotada de un instinto sexual más acendrado que el hombre, que en su sexualidad posee el arma más poderosa y que representa el núcleo de su ser. La historia mítica del pobre Tiresias da cuenta de uno de los aspectos de esto: el sabio, habiendo pasado siete años convertido en mujer, al ser consultado por los dioses reveló que los hombres experimentan una décima parte de placer sexual respecto de las mujeres. Cualquiera sea el código de medidas utilizado, o el instrumento para tal fin, llámese el fantasma masculino o el fantasma femenino, lo que el mito ilustra es la desproporción sexual.

El otro aspecto de esta desproporción se establece en la idea de que la potencia sexual masculina, afectada por lo que es propio de lo biológico, puede resultar insuficiente, puesto que en el momento del goce sucede la detumescencia del órgano; mientras que en la mujer su relación con el goce no está obstaculizada por ninguna negativización.

Es, pues, esta dinámica de la relación con el goce lo que provoca la brecha. Nos dice Lacan:

“La mujer demuestra ser superior en el dominio del goce, porque su vínculo con el nudo del deseo es mucho más laxo. La falta, el signo menos con el que está marcada la función fálica para el hombre, y que hace que su vínculo con el objeto deba pasar por la negativización del falo y el complejo de castración –el estatuto del menos fi en el centro del deseo del hombre- , he aquí algo que no es para la mujer un nudo necesario.”

Este abismo, es al cabo, causa de su conclusión conforme la cual “no hay relación sexual”, y que significa que las demandas que hombre y mujer se hacen mutuamente a través del encuentro carnal, no son complementarias entre sí.

Desde los íncubos del medioevo, que según testimonios de la época, eran capaces de embarazar mujeres, la literatura, las artes plásticas, el cine, reflejos de los fantasmas que operan, se han encargado de ilustrar muy profusamente la imaginería de estas características de la desproporción sexual: El tema “mujer poseída por un monstruoso ser viril”, ya un humanoide, ya un gorila, es un clásico ficcional de todos los tiempos. No hay ejemplos de desmesura de signo contrario a no ser raras parodias. Siempre, el vector “mayor que – menor que” (<   >) es en la misma dirección de la cual nos informara Tiresias. En cientos de relatos, leyendas, fábulas y aún crónicas de hechos reales de diversas épocas se repiten las copulaciones de mujer con animal (o con medio animal); en todo caso, con un macho de potencia muy superior a la de un hombre, cuestión de empardar las cosas.

En la imagen de “una bella y una bestia” la ficción corrige la disimetría angustiosa; da a la pareja hembra – macho, una forma de proporciones más adecuadas.

Estos desencuentros anotados en la cuenta del goce se establecen respecto de la relación con la castración. Cuando Lacan presenta un nuevo enfoque acerca de la angustia de castración, menos ligada a la amenaza del Otro paterno – situación edípica que quedará relacionada a la castración simbólica – y primariamente más relativa a la posibilidad de la falla del órgano y a la detumescencia en la copulación, necesariamente impacta sobre el estatuto de las diferencias entre la sexualidad masculina y la femenina. En este punto porque allí ubica el núcleo de la angustia del hombre, pese a que esta alcanza en segunda instancia también a la mujer, en el medida en que en el encuentro sexual, la mujer “se ve llevada a la idea de tener el órgano del hombre, como si fuera un verdadero amboceptor, y esto es lo que se llama el falo. Al no realizar el falo, salvo en su evanescencia, el encuentro de los deseos, se convierte en el lugar común de la angustia”.

Sin embargo, lo nuclear de la angustia del lado femenino lo ubica ante el deseo del Otro: “… una mujer no sabe con quién tiene que vérselas, no se encuentra ante un hombre sin cierta inquietud sobre el punto hasta donde la podrá llevar el camino del deseo”.

De modo que hombre y mujer se ven afectados de manera cruzada, opuesta, respecto del deseo y el goce. Mientras que los avatares del deseo problematizan más a la mujer, a ella se le presenta un camino más llano en relación al goce. Para el hombre, por el contrario, el deseo está mediado por un objeto, pero eso mismo constituye su problema con el goce, asumiendo la instancia de que en él opera el menos phi.

La formulación aforística de Lacan acerca de que “a la mujer no le falta nada” subvierte, pues, y de manera altisonante la dialéctica clásica de “tener o no tener”; abre un paréntesis, propone un nuevo prisma en la significación del falo a título del falo órgano. En estas cuestiones, lo que le falta a la mujer es sólo en la medida de lo que en el hombre es limitado.

Una vez más, es el arte lo que en la construcción de una ficción da cuenta de tales vicisitudes, en el personaje arquetípico de Don Juan, seductor irrefrenable y audaz, un icónico amante de todas las mujeres.

De Don Juan, que encarna el ideal de potencia, del hombre no castrado que puede disfrutar de los placeres de la sensualidad sin obstáculos, nos dice Lacan que se trata de un “fantasma femenino”. ¿Cómo interpretar tal definición siendo que a primera vista pareciera ser al revés?, ¿O los varones no fantasean con poseer tal semblante masculino? ¿Será que esa fantasía se construye como consecuencia de la fantasía femenina para responder a ella?

Lacan plantea que “Don Juan es un sueño femenino” en virtud de que es un hombre al que “no le falta nada”. Responde a la instancia fálica de la feminidad, que se corresponde con la  envidia del pene. Ante la carencia que implica la castración imaginaria – el pene como una falta – ha de concebirse la idea de un otro, un hombre que “lo tiene todo”.

Don Juan se implica así y adquiere su eficacia en virtud de que se trata de un mito que tributa al mito primitivo del protopadre, el Padre de la Horda freudiano, que a la manera de un Ideal, de una representación, se aloja en el fantasma femenino.

El quid que da cuerpo a la fantasía es que Don Juan funciona como siendo efectivamente aquello que dice ser y no como lo que un semblante da a ver. Don Juan asume seriamente la impostura acomodándose a los requerimientos del fantasma femenino, lo que Lacan llama  “la aceptación de su impostura radical”, Don Juan es el “verdadero” Otro de ellas.

Sin embargo, ni Don Juan; los conflictivos y contradictorios oficios del amor tampoco se resuelven en esta fantasía, porque, ¿qué hay del deseo? Don Juan, sí, es irresistible, pero lo es en tanto garantiza el goce sin comprometer al otro en su deseo; es algo así como un objeto disponible para su usufructo. Lacan lo precisa sin ambages: “Observen que no se dice en absoluto que él inspire deseo. Si se desliza en la cama de las mujeres, está ahí no se sabe cómo. Incluso se puede decir que él mismo tampoco lo tiene. Está en relación a algo frente a lo cual debe cumplir con cierta función”.

¿Gorila mata Don Juan?

Ciertamente ninguna prescripción es definitiva. Pero si nos guiamos por estas alternativas derivadas de la angustia de castración, quisiera plantear que la fantasía del par “bella y bestia” sería una fantasía más ajustada que la de “mujer  y Don Juan” en virtud de responder un poco mejor a las expectativas de lo que hombre y mujer demandan a la reunión amorosa.

Tomo ese par de “La Bella y la Bestia”, obra paradigmática en estos temas, que tiene la peculiaridad de que tras una versión italiana de mitad del siglo XVI y muy poco conocida, son dos mujeres quienes separadamente redactan la misma historia en fechas muy cercanas: Gabrielle di Villeneuve y Jeanne Marie Le Prince de Beaumont. (A diferencia con el mito de Don Juan, creación masculina, desde el original de Tirso de Molina y sus múltiples recreaciones).

Veamos: Bella había decidido entregarse al amor de la Bestia, inadvertida del encantamiento del que era presa su enamorado y de que su propia correspondencia amorosa lo devolvería al cuerpo de un hombre normal, pero a la sazón, un príncipe. Una buena reducción ficcional para ilustrar la célebre cita lacaniana acerca de que “”Sólo el amor permite al goce condescender al deseo”. Es que la Bestia, ese ser sobrehumano, monstruoso, no se ofrece como el falo encarnado, sino que la desea; así pues, en tanto deseante, está en falta, y así pasa por las penurias del enamorado, sufre cuando Bella no cumple su promesa de volver por él. Cabe preguntarse, siempre en esta lógica, si la resolución del drama, en su apariencia de final feliz, no podría leerse como un premio indeseable para la muchacha, al transformar al objeto de su amor en un hombre común, que la arrastrará en las incomodidades ya mencionadas que han de proveerle su angustia de castración.

Es decir, lo que Don Juan no atina, esto es, ingresar en el circuito del deseo, las “bestias”, sí. Los ejemplos abundan: cantidades de representaciones artísticas muestran a centauros raptando doncellas en estado de éxtasis; Minerva coronando al centauro en el famoso grabado de Botticelli revive el mitológico tópico de la diosa poseída por un monstruo; a Europa la secuestró Júpiter en forma de toro; y siempre habrá más: Caperucita Roja compartiendo el lecho con el Lobo, sin olvidar a la blonda Fay Wray filtreando con King Kong, a pesar del susto inicial que le provocó el gorila.

El arte, así, resuelve en lo imaginario una relación sexual posible, dando cuenta, a su vez, de su imposibilidad de este lado de la fantasía, en la vida real. Como los sueños, el arte puede realizar nuestros deseos. No se trata de embelecos, ni de distracciones; por el contrario, si algo distingue a una obra de arte es su posibilidad de indagación de la condición humana, aun – y mejor todavía – si nos divierte y / o nos procura algún tipo de halago intelectual.

Bibliografía

Jacques Lacan: Seminario 10 Clases: 14: La Mujer, más verdadera y más real y 19: El falo evanescente

Goya Disparate 10 reducido

Disparate 10 (Francisco de Goya )

Palas y el centauro Boticcelli

Palas y el centauro (Sandro Botticelli)

Caperucita Roja, grabado de Gustave Doré

El Lobo y Caperucita (Grabado de Gustave Doré)

 

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Ricardo Pereyra, Participante de la EFA (Escuela Freudiana de la Argentina); escritor; obras publicadas: Confites Envenenados (2019), Cuentos a propósito (2018), Así en la historieta como en la vida (2017), El alegre trinar de los dromedarios (2011).  Guionista y conductor del programa radial La Musa Equivocada (AM 770 Radio Cooperativa). Editor y columnista de En el Margen. Revista de psicoanálisis.

Contacto: rgp2110@yahoo.com.ar

 

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