El malestar en la cyberlización. Carta 8. Por Helga Fernández.

1 de marzo de 2020. Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Queridx amigx:

Retomo de tu carta anterior una oración que considero medular: “Esto sucede después de que mi intervención, apoyada en el cuerpo transformado lúdicamente en arma, reintrodujo la función de la pérdida a través de la muerte en un campo de ficción, alivianando el anudamiento de los registros RSI que arman la realidad.” En tal afirmación se asienta un universo de condensación y la condensación de un universo con sus múltiples dimensiones. Incluso en ella se alcanza a leer lo imposible de escribir: el ombligo de la intervención, que permanece en estado de enigma y que, tanto como el ombligo del sueño, no apresamos. Sin pretender alcanzar lo inalcanzable ni faltar a la falta, me pregunto si podría decirse que esta intervención reintroduce la función de la pérdida a través de la muerte en un campo de ficción, armando los registros RSI -como escribís-, en tanto en un principio, para que tal cosa suceda, el analista, a través de la confrontación de los cuerpos y del juego apuntalado en algo tan palpable como el cuerpo, reintroduce o introduce cierta dimensión de la presencia del otro que exorciza por sí misma los monstruos llegados de la distopía de la pantalla -acompañándose, claro está, de ese juego y no otro (matar a los monstruos con el cuerpo)-. Dicho de otro modo: ¿el cuerpo mismo, y lo que éste trae consigo, el i(a) apoyado en la carne, no fue el arma que armó otra posibilidad de anudamiento de los registros, correlativa a una subjetividad más humana, menos apareatada?

La pregunta que articulo, querida amiga, se origina en el hecho de que considero, también a partir de la experiencia del análisis, que uno de los efectos de las letosas -que no necesariamente son los dispositivos en sí, sino toda criatura que aparezca desde tal distopía- se centra en cierta animosidad de la mismas. Una animosidad, que más acosa en contraposición con la mortificación del cuerpo del ser hablante y entonces, lógica y fácticamente, en contraposición a la carencia de la presencia del otro. La inmersión en este mundo conlleva uno de los mayores grados de desencarnación al que puede someterse un hablante, por lo que suele (a)cosar al modo de una animosidad que, de acuerdo a cada estructura, acecha y se impone. Es decir: sucederse en consecuencia con el hecho de que una persona se transforme en algo así como un espectro a quien la realidad carnal lo agobia por lo que prefiere evitarla o no está en condiciones de habitarla, a la vez que la entrada en el mundo de la digitalidad -correlativa a esta forclusión o rechazo de la vida carnal- traiga consigo la proliferación en el espacio de la realidad efectiva de objetos que se presentan-en-sí desprovistos de lo simbólico. Objetos cuya (a)cosidad inerte, falta de vida o de vitalidad, lindan y/o comulgan con la necrofilia (como en los casos de los hombres consumidores de robots/muñecas de los que te voy a hablar) o con el estatuto de la alucinación (como en Pedro).

Paula Sibila escribe que en la cyberlización (o en la nueva matriz tecnocientífica), el ideario virtual encuentra en la materialidad del cuerpo una viscosidad incómoda, un obstáculo a la liberación inmaterial y a su progreso, más todavía considerando que en este tiempo nos podemos enfermar y ocasionar todavía más pérdidas al sistema. Recientemente, Anuja Sonalker, CEO de Steer Tech, resumió el discurso que acrecienta exponencialmente este virus, así: “Hay una tendencia definida a la tecnología sin contacto con humanos”, “Los humanos son biopeligrosos, las máquinas no.”. 

Las conexiones del cuerpo con la tecnología terminan por producir y/o acrecentar una desconexión del cuerpo de sí mismo, lo desrealizan y lo reducen a un modo de la imagen al máximo posible. Pero el hecho de que este estatuto de lo imaginario prescinda del cuerpo y de la realidad efectiva no deja afirmar que la realidad digital sea irreal, al revés: la “alta definición” (hi fi), que se alcanza por sustracción de datos sensibles omitidos como “ruidos”, determina una “nitidez” alucinante, por lo que en esta dimensión lo visible se vuelve hipervisible y con ello, lo invisible, como la traducción de lo que no debería reflejarse en la pantalla, parece olvidado o más bien rechazado más enérgicamente que al modo de la represión. Tampoco permite afirmar que, aunque esta realidad prescinda del cuerpo, el cuerpo efectivamente se volatilice, por el contrario el estatuto del cuerpo que retorna es el de un cuerpo tan insustancial como pesado, tan vacuo como concreto y tan inefable como viscoso.

Queridx amigx, creo que si un determinado ser hablante se recluye en la realidad digital a la par que desiste de la realidad efectiva o carnal o si no puede salir de la captura de la misma, si ya no está presente, si viaja como cibernauta por el océano de internet donde su imagen y la de los otros no tienen significación alguna ni pregnancia, en la que no hay agujero ni carencia sino que está disponible día y noche, omnipresente, manipulable, instrumentable, desechable y recuperable, si no puede cortar ni satisfacer las necesidades de su cuerpo, es lógico que de tal forclusión de la encarnadura de lo simbólico retorne un real descarnado: una imagen/objeto, inerte y mortificante de lo viviente. 

Es cierto que movidos por el reconocimiento de los poderes de lo simbólico podríamos aseverar que si lo que anima una vida es tal dimensión, los anime o los personajes de la Play tienen vida propia en tanto, como a Pinocho, alguien los dota del deseo del Otro y de cierta narrativa; pero una cosa es que aprehendamos que seríamos de madera sin que alguien nos inoculara el soplo de la vida y otra que todo objeto inanimado, por más animado que esté, tiene el mismo estatuto que un ser hablante. Afirmar que anverso y reverso tienen el mismo grado de reciprocidad, ya sea en acto o en el decir, creo, es un modo de la locura o de la locura de la perversión.  Así, tal vez, la máxima animación posible que resiste a tal estado de la estructura, donde lo simbólico queda arrasado por diversas razones, sea la del dibujito, la del anime o también la del personaje de la Play; pero cuando el anime va al lugar del semejante, aparece, saliendo de la pantalla, lo inerte hecha cosa de esa imagen desasida de un cuerpo de carne y hueso. Vale decir: cuando se produce un investimiento pulsional apuntalado en la imagen, desprovisto  del cuerpo del semejante y al máximo del propio, deviene la materialización del goce en algún modo de estas criaturas frente a la cuales tendríamos que saber oír que el rechazo de la ciencia sobre el sujeto fabrica monstruos. ¿O acaso Frankenstein no fue el primero? 

Para proseguir con esta lectura traigo un ejemplo acerca de las consecuencias que ocasiona la forclusión de la vida carnal a la que me vengo refiriendo. En Oriente, donde se llevan a cabo prácticas enlazadas a la realidad digital mucho antes que en Occidente, algunos hombres mantienen (relaciones sexuales?) con personajes animée o se casan con “ellas” a través de ceremonias, vía Internet. También compran robots que se venden por piezas separadas para ensamblar a la “dama” de los sueños. El ingeniero de una de las fábrica de estos prototipos dijo en una entrevista que acercarse a las muñecas -tal y como él las llama- es como rodear el corazón de espejos, la expresión también podría traducirse como espejos del espíritu o espejos de la mente. La metáfora utilizada para la ocasión revela más todavía la materialidad de la que intento dar cuenta. Si la novia digital es una imagen desasida de toda carnalidad, la muñeca es una imagen/cosa del semejante que no está, forcluido en su presencia carnal. Este mismo ingeniero dice que es necesario tener algo para amar y que ningún ser puede hacerse humano sin contacto con un objeto de amor, aunque ese objeto sea una muñeca. Como en este caso lo imaginario va al lugar de un simbólico, la expresión del ingeniero y la práctica amatoria con muñecas es lindante con la perversión –si ya no lo fuera y a diferencia del recorte clínico que me comentas–, y lo imaginario se superpone a lo real -aquí si en coincidencia con los monstruos que asediaban a Pedro-.

A propósito de esto, querida amiga, recordaba que al comenzar la pandemia también asistimos a los efectos de la forclusión/renegación de la ausencia de los cuerpos por la no aceptación de la no presencia de las personas ahí donde solían estar. Algunas noticias dieron a ver cómo en los estadios de fútbol aparecieron, en lugar de los espectadores, los robots/muñecas de los que te hablaba. No sé si llegaste a leerlas, muestran en crudo lo que ya existía pero que la pandemia recrudeció y exacerbó: para el neoliberalismo somos objetos de menor valor que los productos que su mercado comercializa.

Leonardo Sai dice, en El uso de la comunicación. Humanismo e interpretación que en la cibernética el otro es negado como humano; es cálculo, anticipación de un algoritmo, su rostro se torna supermercado en el cual descargo urgencias, necesidades, caprichos. El otro que reclama a sí mismo dignidad como otro se vuelve a sí mismo insoportable en tanto escucha.

Entonces y para terminar, ante tu pregunta, “¿la función del analista -que no hace semblante, mucho menos es el semblante, sino que está llevado a colocar el a en el semblante, y desde ahí acosar, no acotar, al goce- no produce la virtualización de la realidad digital al poner en juego la falta?”, pienso que tal vez el analista produce la virtualización de la imagen digital en los casos en que el i(a) no está en función sólo si la aporta con su cuerpo. Pero en otros casos, y por estar frente a una estructura que sí cuenta con la función del i(a) sin necesidad de su presencia constante, la misma sí puede instalarse vía videollamada. Si tal cosa fuera así, sería un hecho semejante y homólogo a que no todos los analizantes pueden soportar el trabajo de análisis desde el diván, porque a algunos a diferencia de otros les es necesario el i(a) de la persona del analista para apoyar su decir y así hablar.

 H.F.


Esta carta forma parte de la sección El malestar en la cyberlización, y está escrita y entramada en relación a cada una de las cartas anteriores publicadas en la misma.
Cuidado editorial: Gerónimo Daffonchio, Gabriela Odena, Ricardo Pereyra y Amanda Nicosia.

4 comentarios en “El malestar en la cyberlización. Carta 8. Por Helga Fernández.

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