CORRESPONSALES DE URGENCIA. PANDEMIA Y LÓGICA DE LA ALIENACIÓN. LAS FALSAS OPCIONES CONDUCIENDO HACIA LA MUERTE. POR RICARDO PEREYRA

Un temprano romanticismo, cuando la pandemia apenas llevaba unos meses, quizás impulsado por la necesidad de resistencia, dio aires a cierta proyección de la posibilidad del fin de la globalización, de extraerle a esa utopía algo de su irrealizable y volverla realizable. La aparición del nuevo virus propició las primeras severas críticas, atinadas críticas, a los excesos en los modos de producción del neoliberalismo devorador porque las consecuencias dramáticas de estos modos se hicieron harto evidentes volviéndose inclusive contra sus amos: la manipulación genética, la conversión de la aldea global en una única factoría en la que las naciones funcionan como franquicias de las corporaciones, las sospechas cruzadas sobre la intencionalidad del daño, etc. El romanticismo cedió pronto; la utopía se mantuvo incólume, y hasta pareció alejarse un poco más. Sin embargo, la utopía regresa de un modo menos romántico, defensivo. Regresa así para muchos de quienes entendemos que parte de la solución depende de una acción colectiva, pero en la que cada uno cuenta. Para caer en la pobreza, para perder soberanía en tanto compatriotas, para ceder derechos, la política – una política adecuada – alcanza. Pero para combatir la pandemia, la política sola es insuficiente. La política no se basta para ello porque la pandemia, como toda situación límite ha demostrado que engendra falsas encrucijadas, encrucijadas que pueden arrastrar a los sujetos hacia la vía de la autodestrucción.

Sobre un telón de fondo de cadáveres, visibles para todos, indisimulables, se abre un insólito espacio para una disyuntiva que podría ser de comedieta si no fuera por sus derivaciones trágicas. Una falsa opción que a muchos nos deja atónitos por lo delirante, más todavía porque se presenta con la solemnidad de las grandes causas es: educación “o” salud. Esa palabra “o”, ese vel que expresa la relación de disyunción entre dos términos es la clave del asunto. En este caso, una disyunción que la lógica llama “exclusiva” en tanto que es uno u otro, una cosa o la otra.

En la coyuntura, el ardid oposicionista ante las normas restrictivas necesarias para disminuir la cantidad de contagios consiste en no pronunciar esa palabra, pero mucho más que eso, pues abiertamente se desconoce el vel, se lo niega y se redobla la apuesta porque en su lugar se sobreimprime un “y”, una conjunción, en estos momentos, imposible.

Educación presencial y salud hoy no copulan. Se pronuncia el “y” (conjunción copulativa) y se actúa en relación al “o” (vel de la disyunción).

Al presentar de hecho esta opción falsa estamos ante lo que Lacan llamó el vel de la alienación: “El vel de la alienación se define por una elección cuyas propiedades depende de que en la reunión uno de los elementos entrañe que sea cual fuere la elección, su consecuencia sea un ni lo uno ni lo otro. La elección sólo consiste en saber si uno se propone conservar una de las partes, ya que la otra desaparece de todas formas”. Educación presencial o salud es asimilable al ejemplo que el mismo Lacan da con la falsa opción entre “la bolsa o la vida”: “Si elijo la bolsa, pierdo ambas. Si elijo la vida, me queda la vida sin la bolsa, o sea, una vida cercenada”. Del mismo modo, si elegimos la salud perdemos las clases presenciales, y si elegimos las clases presenciales nos queda una salud amenazada, dañada.

Ocurre aquí que esta falsa opción es un caso extremo, como el que Lacan propone en su ejemplo de “Libertad o muerte” en que se da un juego de estructura diferente.

La proclama de los llamados “libertarios” tiene su fundamento en esta estructura. Libertad es un significante poderoso en cualquier caso; tiene un poder que encandila. Cada quien tiene para sí la idea de un deseo de libertad particular. Si la realidad indica que el virus puede ser letal y la conducta es no atender a esta realidad en nombre de esa libertad individual, entonces, como dice Lacan, la libertad es libertad de morirse: “Es curioso que en las condiciones en que le dicen a uno ¡Libertad o muerte!, la única prueba de libertad que pueda darse sea justamente elegir la muerte, pues así se demuestra que uno tiene la libertad de elegir”.

Esta libertad, entendida según los criterios hegelianos, se trata de la libertad absoluta como principio del terror, en donde lo absoluto de la libertad torna en desprotección absoluta.

En pandemia, el vel de la alienación nos conduce al terror, a la muerte. Entonces se hace preciso el movimiento de separación, de desalienarse, de marcar “la diferencia en la libertad”. Hegel sostiene que el terror adviene cuando no es posible armar esta diferencia.

Porque libertad absoluta es un oxímoron. Ningún absoluto nos hace libres. La libertad exige un marco, un límite por donde transitar. El goce absoluto es goce mítico. Sólo se trata del plus de goce, de aquello que podemos extraer a la pérdida. La política organiza el goce, lo quiera o no lo quiera. Sin política, sin estado, se ingresa en el campo mortal de la libertad absoluta, la que los libertarios sostienen para negar y destruir el estado de cosas existente sin proponer ninguna construcción en su reemplazo. La libertad como entidad pura, ideal, como imposible, como goce mítico, repele cualquier esquema político. Las sociedades no son libres en el sentido idealista ingenuo, las sociedades son, o podrán ser, todo lo libres que no implique su autodestrucción; necesariamente se trata de privilegiar ciertas voluntades singulares de aquellos a quienes les encomendamos las tareas de gobierno, que las de cada uno en su dimensión egoísta tendientes a excluirse del lazo social.

Así, aunque no sublimada, algo de la utopía de la antiglobalización se rescata porque, independientemente de las decisiones políticas, depende de cada uno de nosotros cuidar al otro, a quien tengamos al lado; y porque este movimiento individual podría alentar otros, movimientos desalienantes, movimientos subversivos como dejar de convalidar al dinero como organizador del sentido común, descolonizarse, archivar el cipayismo de someterse al veredicto de la mirada de los poderosos del mundo, advertir la desnudez del amo ocioso e insaciable y no prestarle más el reconocimiento que le es indispensable para saberse tal. ¿Qué más nos hace falta para entender que aunque suene a romanticismo no queda otra? ¿Qué más? La impertinencia despiadada de esta pandemia nos recordó que la muerte está ahí nomás; pero que está ahí nomás desde hace mucho, desde muchísimo antes del Covid 19; desde siempre; porque ya deberíamos saberlo de sobra: nunca es mucho lo que falta para morirse.

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Las citas de Lacan corresponden al Seminario 11 / Clase 16, del 27 de mayo de 1964


Cuidado Editorial: Helga Fernández, Amanda Nicosia, Gerónimo Daffonchio, Gabriela Odena y Patricia Martínez

Ricardo Pereyra: Escritor. Participante de la EFA. Editor de En el Margen.

Foto de portada: George Digalakis

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