El malestar en la cyberlización. Carta 11. Por Helga Fernández.

Esta carta forma parte de la sección El malestar en la cyberlizacion, a cargo de Helga Fernández. Está escrita y entramada en relación a cada una de las cartas publicadas hasta ahora en esta revista.
Cuidado editorial: Gerónimo Daffonchio, Gabriela Odena y Amanda Nicosia.

Buenos Aires, 16 de mayo de 2021.

Queridx amigx.

Estás líneas venían demoradas, tus últimos tres envíos tuvieron un efecto de stop en mi trabajo. Me va a llevar tiempo responder a cada una de la cuestiones que propones, y más de una carta.

Leí un cuento de Mariana Enriquez que reactivó el trabajo: “Verde rojo anaranjado”. Nada de lo que hoy te escribo tiene razón de ser sin ese texto. Te pido disculpas por hacerte trabajar tanto cada vez que me dirijo a vos. Me excuso diciendo que un texto siempre se lee a/ante/bajo/cabe/con/contra/de/desde/en/desde/ hacia…otro texto –incluso una carta–.

El pasaje por el texto literario no es ni un gusto ni un capricho, es una necesidad para la construcción del psicoanálisis. No por esto hacemos psicoanálisis aplicado ni tratamos a la obra escrita de la misma forma que al inconsciente, tampoco consideramos que los personajes soportan un estatuto análogo al de los analizantes. Confeccionamos un trabajo de lectura que considera la letra como el equivalente no menos real que el inconsciente, en tanto ésta falsifica a éste en una curvatura que no es mera analogía sino metáfora de la estructura (de cuanto la estructura es una metáfora de la realidad del inconsciente). Tratamos a la obra como a lo real y, en este sentido, no la tomamos como la imitación de nada, sino como ficción, como estructura verdadera. Si un escrito es una consecuencia de la eficacia de la escritura de la estructura y también, la consecuencia de escribir la estructura, el texto literario es una estructura que hace legible la inscripción de lo que sea que ésta anote. Creo que en esto estamos de acuerdo, se trata de leer a partir de, no sobre.

El marco narrativo de este cuento otorga estructura a lo hikikomori. Por suerte porque, en verdad, en tanto fenómeno sólo podría ser abordado por la sociología, la antropología o la psicología pero no por el psicoanálisis. Aunque pensándolo mejor, si Lacan aclara que el gadget es un síntoma por qué no podríamos considerar también lo hikikomori como fenómeno sintomático del malestar en la cyberlización.

Por si no estás al tanto, lo hikikomori es una especie de bolsa de la generalidad que supone el aislamiento social voluntario, más o menos pronunciado, y la sustitución de la vida de carne y hueso por la realidad digital. Se dice que alrededor del 20% de los jóvenes hombres de Tokio, de entre 18 y 30 años, alguna vez, por días, meses o años, estuvieron enclaustrados en sus habitaciones sin querer salir al mundo. El fenómeno fue identificado primero en Japón pero también existe en Occidente y cada vez son más los hablantes de nuestra cultura que padecen y accionan este encierro.

Siendo que en Oriente no está extendido el psicoanálisis, los padres para ayudar a sus hijos, casi siempre hijos únicos, recurren al alquiler de las hermanas prestadas. Ellas son mujeres que están dispuestas a ofrecer, al menos una identificación imaginaria, para ir al lugar del semejante del confinado, lo que permitía a éste, a través de esa apoyatura de tal yo auxiliar, salir o empezar a querer salir del encierro. Quridx amigx, entiendo, que se trata de una función necesaria en tales estados de estructura en los que se prescinde del lazo o no se puede contar con el mismo porque al estar degradado lo simbólico se degrada, en consecuencia, lo imaginario. Pero qué espeluznante escuchar que hay que alquilar personas que vayan al lugar del otro.

Cada lengua porta sus dones, deslizamientos, holofraseos y, también, sus mutismos. En español Marco es un nombre propio, y un sustantivo que designa el soporte mínimo y rudimentario que establece un adentro y un afuera: el marco de una ventana o de una puerta. De igual manera marco puede ser el sitio de una mirada, un cuadro o una foto, que no supone tan sencillamente el marco material, de madera o plata, sino el marco como recorte singular. (El marco no es un ornamento que “encuadra” la escena, la escena se convierte en escena por la circunscripción del marco como sitio de la mirada.) También es el presente de la primera persona del singular del verbo marcar: Yo marco. Además, Marco está a un paso de marca. La marca a partir de la que se extrae el rasgo de la identificación de sujeto y desde la que se constituye el objeto a en la repetición de un goce que horada algo más que una satisfacción. Esa marca sin la cual no podrían escribirse ninguno de los términos del fantasma: ni el sujeto, ni el objeto, ni el marco mismo. Porque el marco también es una marca, un stylo.

Marco es el nombre del personaje principal del cuento. Un personaje que no habla en nombre propio, es la narradora quien nos hace saber qué le anda pasando al prestarle su voz, pero también otra dimensión del cuerpo: la identificación imaginaria, un i(a). ¡No vas a decir que nunca le prestaste tu yo (moi) a nadie! 

Gracias a este préstamo la narración se va produciendo y tras su paso se escribe otro soporte de la estructura, el marco argumentativo, simbólico, sin el cual ni la Otra escena ni la ficción tendrían lugar. Sin este préstamo no podríamos saber nada de Marco, un muchacho ya entrado en años, quien, además de estar encerrado en la soledad de su cuarto y mostrarse renuente a la mirada, dice poco y nada de él mismo. 

Al inicio la narradora cuenta que Marco no estaba lo que se dice bien. Lucía como un pájaro, tomaba antidepresivos, no podía estudiar porque no podía leer, decía sentirse como una cáscara sin alma –un i sin a soporte de la imagen–, se arrastraba por la casa y la situación de su deseo era deplorable. Su fantasma no estaba en función o nunca lo estuvo; según ella, Marco habría dicho al respecto: No va a funcionar. Un día –no sabemos por qué– deja la medicación, al tiempo que desiste de lo que llamamos realidad efectiva y se encierra en su cuarto. En la máxima soledad del otro comienza un proceso de transformación: una descorporización hasta el límite (o aislamiento) y a la par, la inmersión en la pantalla. Esta descorpororización supone el desistir de la realidad efectiva, de los lazos, del contacto, de toda necesidad del cuerpo carnal y afectiva de un ser hablante en relación a los otros: de los abrazos, las miradas, los roces, las conversaciones, la sexualidad, la traslación en el espacio, las caminatas. En fin, de todo eso que nosotros, en confinamiento, extrañamos y necesitamos tanto.

En consecuencia con la identificación prestada y tal vez ante el hecho de que allí no habría nadie que asuma la palabra, la madre habla con la narradora en lugar de con su hijo, quien nos hace saber que esta mujer no interviene en el encierro e, incluso, que de algún modo lo mantiene en tanto sigue pagando internet, no tira la puerta abajo, le hace las cuatro comidas y no pide otra ayuda siendo que es evidente que aquellas con las que cuentan no resultan efectivas.  

La narradora o quien presta el i(a) a medida que el i(a) de Marco se desmorona y con éste la causa del deseo, a, resulta un testigo de la disolución de lo imaginario de este hombre y una mediadora entre la madre y él. Ella es la única terceridad posible, mientras que un padre (o algún padre) brilla por su ausencia. Marco tampoco cuenta con alguien que vaya al lugar de hermano, de amigo, de par, de semejante, más que la narradora, aunque es ella quien cumple esa función sin que nadie se lo haya pedido y a pesar de que Marco también desiste del lazo entre ellos desde el comienzo.

Algunos indicios desperdigados a lo largo del cuento dicen que Marco se encierra para sustraerse de la mirada del Otro o que el encierro es un encierro del encierro de la madre, quien da la impresión de asistir técnicamente el mismo con tal de que su hijo no deje nunca la casa materna, aunque al mismo tiempo su hijo parece ser para ella precisamente eso en lo que se convierte a imagen y semejanza de su deseo: un ser inexistente del que no precisa ni su palabra ni su presencia. 

Edipo corre de Corintios hacia Tebas para huir de la predicción del Oráculo, es huyendo que inevitablemente la realiza. Es escapando que queda apresado en un sin salida ante el que mata a su padre y más tarde tiene hijos con su madre. Marco, huyendo de la mirada del Otro, queda capturado por la Full Visión, por el Ojo absoluto de internet. Él podrá ocultarse de la mirada de la madre escondido en su cuarto o saliendo a hurtadillas a mitad de la noche, pero resulta un Io sono sempre visto, un preso y una presa de la mirada cautiva y cautivante. 

En un momento del relato cambia el recurso narrativo por algunos párrafos: entra el decir de Marco, no a través del discurso indirecto sino a través de un discurso semi-directo donde reconocemos quién habla al deducirlo de lo dicho, no porque esté distinguido a través de nombres, pronombres o signos de diálogo en los que permutaría el yo y el tú gracias a una relación de enlace entre lo uniano y lo unario. Este momento es el único donde, a la par que aparece su voz al máximo posible, fundida en la voz de la narradora, se cuenta también lo que Marco ve en la realidad digital. Ella dice que él dice que necesita ver, que necesita ver el red room, esa materialidad que no porta el estatuto de la realidad efectiva pero tampoco el de la fantasía, donde acontecen violaciones, asesinatos, torturas, descuartizamientos, que podrían ocurrir en la vida carnal pero, al ocurrir en la realidad digital, ésta suscita un espacio de ambigüedad, de duda y, a la vez, de un seudo-marco de lo abyecto. Podríamos pensar una vez más, como en los envíos anteriores, que aquí la realidad podría estar en el lugar de la fantasía que no hay, aunque de ningún modo tales imágenes comparten la materialidad de la misma porque vienen de afuera, ya fabricadas, porque la naturaleza del sistema que las proyecta no está anudada a lo simbólico sino a lo real y, por sobre todo, porque no hay el lazo con el otro, es decir: esta realidad no está apuntalada, como la fantasía o el juego, en el otro o en un i(a), aquí no hay hermano que la sostenga ni siquiera objetos, como los juguetes, que supongan o presentifiquen el deseo de un otro, como mucho hay usuarios con intereses coincidentes.

Esta necesidad de ver, este goce del espectáculo o de la mirada,  otra vez da cuenta de la situación del deseo de Marco y, entonces, de la carencia de M/marco. La materialidad de esta realidad digital, en tales circunstancias de la estructura, no troca ni transforma goce por placer, como lo hace la fantasía, sino goce por goce o goce por más goce. Marco se sustrae de la mirada del Otro pero resulta siendo mirado por un Ojo Absoluto que todo lo ve, incluso lo prohibido y lo imposible. Habrás notado que la narradora comenta que Marco firma con la inicial de su nombre, como si de su identificación de sujeto, articulada a su nombre propio, sólo quedara esa letra, mientras que las otras se habrían ido diluyendo junto con la identificación imaginaria y la identificación simbólica (si es que alguna vez estuvo en función).

Una vez que la narradora ya no tiene más por decir acerca de Marco, porque va progresando su confinamiento y junto con éste la expansión de la realidad digital, crece el recurso de la identificación que ya no se reduce al lazo de ex-novia ni a la mediación entre la madre y el hijo, sino a ofrecerse como espejo de él o a que su yo de a ver el yo deshilachado, espectral y diluido de Marco. Es en este tramo cuando la narradora, anunciando tal aumento del recurso de la identificación, comienza a contar parte de su “propia” vida. Ella narra cómo en su adolescencia, igual que Marco en ese hoy, se relacionaba sólo con “amigos” a través de internet y cuál es el estatuto del otro en la vida digital, tanto como ciertas particularidades de este seudo-lazo. 

El despliegue del recurso de la imagen especular se erige en todo su esplendor cuando la narradora habla de una profesora suya que le decía ser madre de una hija confinada. El juego de espejos refleja una imagen que da a ver –en la profesora que dice tener una hija que resulta ser un fantasma y que a la vez  resulta ser ella misma– a la madre de Marco, tan o más inexistente que su propio hijo, dormida con barbitúricos. A la vez que da a ver que M puede ser Mamá, que entre Marcos y mamá hay un solo corazón o un solo encierro y que M es una letra que ya casi no puede pronunciarse.

Si la narradora refleja a Marco, lo que refleja de ella misma es lo que también refleja a éste. Si A es B, por propiedad transitiva y de transitividad de la imagen, C es A. Aunque, como se trata de identificación y no sólo de otra imagen o de una imagen digital o de una imagen de una imagen, la madre de la narradora sí hace algo, a diferencia de la de Marco, poniendo fin a ese engaño y/o seducción de la profesora para con la adolescente, por lo que ésta, también a diferencia de su ex novio, no es la que resulta encerrada por una madre dark.

Marco no se toma de la identificación con su novia, más bien su novia es quien se la presta sin que nadie se lo haya pedido. Maríana Enriquez mima en la estructura del relato la diplopía y degradación de lo imaginario propia de lo hikikomori, aunque a contrapelo del desistimiento y forclusión de la vida carnal de Marco, dado que la narradora le presta el cuerpo de i(a) a medida que éste va ingresando en la realidad digital y el imaginario en el que parece habitar carece al máximo de la sustancialidad propia del a de la imagen virtual y entonces también del a como causa del deseo y/o como objeto del fantasma. Así, Enríquez, permite un orden de legibilidad de un estado de la estructura que, por su grado de abstracción esquizofrénica, parece carecer y prescindir hasta de testigos.

Casi al llegar al final del cuento la narradora llora, expresa una pérdida, sufre por  el desistimiento de Marco respecto de la vida carnal en la que el lazo con ella estaba incluido, pero ahora es ella quien renuncia a continuar haciéndolo existir a través del préstamo de su i(a), excepto para su madre. Está dispuesta a perderlo, aunque no está dispuesta a que la madre pierda esa imagen que ella sigue haciendo existir para ella. 

Mientras escribo no dejo de pensar que al leer te encontrarás con la dificultad que significa que para entender lo que pretendo decir no queda otra que ir a la letra, en este caso, del cuento. También pienso, más ampliamente, que el pasaje por el texto es necesario en la construcción del psicoanálisis porque en primera instancia lo es la materia de la letra. De ahí las cartas; de ahí estas cartas, que aunque sean fragmentos, migajas, puntitos perdidos en la inmensidad de lo inabarcable, el día que ya no me dejes escribirte, el día en que no abras el sobre que guarda mi envío nos quedaremos sin nada. Incluso sin este vacío.

Mientras, seguimos. 

La situación del deseo de Marco está articulada a la realidad digital y a su vez, tal vez, a un fantasma de desaparición, que se expresa cuando la narradora dice que él “juega” con el hecho de que ya no sea él mismo quién habla detrás de la pantalla sino una aplicación que tomó su identidad una vez muerto, también cuando dice que Marco pasa de verde a anaranjado a rojo y a gris, muy gris, o que ya no tiene nada por decir. Sin desestimar el fantasma de desaparición articulado a la voluntad de desistir de la vida carnal, por lo mismo es efectivamente cierto que otra entidad no humana “tomó” la identidad de Marco y que su él mismo está de algún modo muerto, tan cierto como lo que Schreber decía cuando decía haber leído en el periódico que él mismo había muerto.

La realidad digital, al suponer como condición de inmersión la máxima desencarnación posible, es susceptible de enlazarse a una especie de Mejor, no haber jamás nacido por el cual un ser hablante se convertiría, luego, de una especie de volatilización de su presencia, ya no sólo en la hez de la tierra, en residuo, en cosa vaciada de toda apariencia, también en bip, en máquina, en parte de la linfa vital –como Bill Gate llama al ciberespacio–. Tal vez, por la arrogancia y poder de este fantasma de desaparición, enlazado a la globalización pretendida de lo uniano a través de la expansión del globo ocular, es que tengamos que aclarar que tal evaporación en la Big Data es imposible dado que el objeto a es incifrable y, entonces, no digitalizable, tanto como la materialidad última del cuerpo. La buena noticia es que el capitalismo no puede todo y que su paradoja radica en que precisa de lo mismo que destruye. Por fortuna este resto que no absorbe es posibilidad de causa tanto del sujeto como del psicoanálisis.

H.F.

Un comentario en “El malestar en la cyberlización. Carta 11. Por Helga Fernández.

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