Necesidad de nombre. Por Gisela Avolio.

Foto de Robert Doisneau

Cuidado editorial, Helga Fernández.



Este trabajo fue presentado en el Coloquio de FEP, «Nombre propio, síntoma, y otras suplencias en la clínica psicoanalítica», desde Barcelona, el 2/10/2021.

Partiré del supuesto de que el sujeto no gana existencia sin atravesar su problemática con la función del Nombre-del-padre. La dimensión clínica en la infancia testimonia la operatividad de esta función, sobre todo por sus fallas, así lo enseñó Freud con el pequeño Hans.

Hay un deslizamiento, necesario de mencionar, que se produjo a partir de la enseñanza de Lacan, quien con su lectura de Freud dio ese nombre al Nombre-del-padre. Lacan afirma que lo nodular en la obra freudiana es la pregunta: ¿qué es ser un padre?, y enlaza la función nombrante a éste. Pero esa vinculación no apunta a empoderar al Otro; por el contrario, cuando eso ocurre es un equívoco riesgoso y posible entre psicoanálisis y religión. Y también el argumento que terminó permitiendo que algunos -aún sin haber experimentado el análisis-, lo consideren un discurso solidario con el patriarcado.

Precisamente advirtiendo el riesgo de que se desprenda cierto culto al padre, Lacan insiste de varios modos sobre la relación del padre con lo imposible. “Yo soy el que soy» es una frase del texto sagrado que no puede pronunciar nadie literalmente, porque el padre simbólico es impensable y no está en ninguna parte.

Si partimos de que el padre en psicoanálisis no es equivalente a un rol social, sino a una función de metáfora -ya sea que la ejerzan hombre, mujer, trans, cada quien con la impronta que lo haga-; entonces es posible circunscribir el alcance real e imaginario de esa función simbólica que no se presta a ninguna caracterología (1).

Probablemente esa ausencia de personificación es lo que vuelve dificultoso captar de qué hablamos cuando decimos función Nombre-del-padre en psicoanálisis. Entiendo que hablamos de una dimensión de terceridad que diluye la especularidad; de una metáfora que transmite una legalidad bajo la cual el padre mismo también está afectado. En psicoanálisis, cuando hablamos del Nombre-del-padre como metáfora hay una proporcional oposición al poder patriarcal que, en todo caso, es el que dicta una ley de la que el padre está exceptuado. Más aún, padre es la función gracias a la cual el sujeto contará con los títulos en el bolsillo para articular una respuesta al arbitrio de un discurso legislador.

La función no recae tanto en la potencia fálica del padre como en la asunción por el sujeto de esa potencia. Es el operador que habilita a pensar, a dar lugar a lo heterónomo, cuestionando la univocidad. Es porque ha funcionado el padre como metáfora que se impide el encuentro con Un padre. Y de allí en adelante la sustitución que efectúa respecto del lugar Deseo de la madre, -haciendo saltar las normas para instituir otras nuevas-, será la misma que propicie que otras personas, actividades o incluso instituciones, puedan funcionar como sostén de una legalidad(2).

Esta legalidad también implica una ordenación que diferencia a cada uno en la cadena de linaje (abuelos, hijos, nietos) como consecuencia de la interdicción del incesto. A esta prohibición, “no te acostarás con tu madre”, le subyace un imposible: “no reintegrarás tu producto” –que no es otra cosa que la ilusión de volver al sitio que se dejó.

La eficacia de esta interdicción no es sólo por la temporalidad del devenir padre –quiero decir, por la que el hijo de un padre accede él mismo a la condición de padre de un hijo; y la hija de un padre, pasar a ser la mujer del padre de un niño– sino también por la localización del sujeto respecto de las tres generaciones.

En esta maqueta edípica hecha de lugares más que de personajes, la palabra que se transmite por la madre traduce ese “nom” (nombre) del padre por un non (no) -el no que dice el padre-, e introduce al sujeto en el fundamento de la negación (2).

No va de suyo que se cuente con la suerte de que estas operaciones ocurran a tiempo, muchas veces porque la función padre no hace falta -que no es lo mismo que prescindir habiéndose servido de él-. 

Hace un tiempo escuché a un niño con un diagnóstico psiquiátrico, y medicado. El poliestireno de los objetos descartables y el papel de los cuadernos los deshacía en su boca y los tragaba; en algunas ocasiones también materia fecal. Este niño se tragaba un mundo de residuos variados, como los versos/versiones del padre, que era para la madre su propio padre, es decir el abuelo; éste se había dedicado llamativamente a múltiples oficios, que incluye escribir un libro de máximas. Su hija, de niña, creía con certeza que él era un verdadero sabelotodo.

Esta mujer tenía la convicción de que el mundo ya no tenía ideales morales y dar vida a hijos era arrojarlos, condenarlos a esto; su ambivalencia afectiva oscilaba entre el descreimiento radical y la certeza en el sabelotodo. El padre del niño a tientas se alzaba ante esa negatividad, o lo suficiente para haber engendrado a este su único hijo.

Cada uno de los embustes del padre primitivo (abuelo), parecían retornar en extravagancias discursivas en el niño mientras jugaba: a veces son un absurdo los asesina-mientos; hay antídotos que traen cura-miento; ¿hay escudos que protegen del enferma-miento?, lo peor de los villanos es que son grandes mentirosos, lo tengo en el pensa-miento.

¿Hay un modo de operar con esto en el dispositivo del análisis? 

Mi práctica, en el uno por uno, me permite decir que si en algo colabora el análisis con los niños, es a la propiciación de la lógica edípica. Pero, ¿en qué sentido? En favorecer el engranaje de la función ternaria cuyo orden reintegra al sujeto en su cadena de filiación. No porque se resuelva la problemática haciendo consistir al padre -ese es un defecto posible cuando el sujeto supuesto saber suple la función paterna, lo cual nos dejaría cerca del culto-; me refiero más bien por hacer entrar la dimensión simbólica que implica la confianza en la palabra que nombra.

Decir que la palabra nombra sencillamente significa no rechazar el apoyo en el orden simbólico, que considero se correspondía con ese punto de increencia en el discurso materno. Fracaso de la fe, lo llamó Freud, cito: “…en ese primer extraño respecto del cual el sujeto debe ubicarse de entrada, el paranoico no cree…” (Sem VII), que afecta las relaciones de un sujeto con la realidad.

En el juego el niño cuenta que pasó las vacaciones de verano en la panza de un monstruo que, después de dos o tres semanas lo vomitó, y vio su esqueleto; dice que a veces es Dios, y tiene superpoderes y ve cosas que la gente no puede ver, que lo hacen hacer cosas locas.

Aseverando este hacer loco de algún modo digo que es enloquecedor y  monstruoso ver lo que no se puede ver, como el interior de la panza de donde uno salió. 

El análisis procuró un lugar de resonancia a la palabra del padre del niño cuando desplegaba argumentos acerca de por qué sí traer hijos al mundo; el nacimiento del suyo y la relación entre sus propios padres. Es decir, las tres teorías sexuales e infantiles, que perturbaban la desconfianza existencial de aquella madre, la “sacaban”.

En un juego que el niño llamaba simulación de cerebros: algunos recortes de papel (y ya no masas comestibles) tenían un nombre; eran tres. Uno “para sano”, otro “sano para”, y un tercero sin nombre, pero con una clave escrita en asteriscos, que no podía leerse porque dice que permanece oculta.

Al modo de la carta 52 en el pasaje a una nueva transcripción de los signos, (asteriscos) un tercer elemento (clave) imposible de ver, caía en el olvido radical, unterdrückt; aquel producto no reintegrable con el que parecía -al menos- crearse las condiciones simbólicas. Se inauguraba un orden de terceridad que interrumpió la especularidad (para-sano /sano-para); y al unísono un cuarto elemento anudaba: me refiero a ese agujero que a modo de “clave” indescifrable se volvía referencia para empezar a contar.

Para finalizar, retorno a lo dicho al inicio con una vuelta más: si en algo el dispositivo produjo algún efecto “sujeto” es quizás por haber sido supuesto éste a un saber. Lo que supone, además, el ejercicio de una ficción. Esto es equivalente no sólo a la reintroducción del Nombre-del-padre sino también a su corolario, la no increencia, el no rechazo de la falta, allí donde un punto forclusivo puede operar a nivel individual, puntual en un delirio, pero también a nivel colectivo en el discurso de la época. Un riesgo del que los analistas no estamos exceptuados.


  1. Helga Fernández, https://enelmargen.com/2019/02/06/cuando-una-publicacion-es-conversacion-por-yanina-juarez-y-facundo-soares/
  2. Erik Porge, «Los nombres del padre en Jacques Lacan». Ed Nueva Visión
  3. Lacan, J. Seminario 5 «Las formaciones del Inconsciente». Ed. Paidós
  4. Lacan, J. Seminario 7 «La ética». Ed. Paidós.

Aclaración: De modo de preservar el secreto profesional y la identidad de los pacientes fueron modificados algunos datos.


Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Dicta clases en las actividades de la Efmdp, y allí coordina el dispositivo Práctica psicoanalítica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI de Barcelona. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.


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