Mandíbulas autómatas*. Por Helga Fernández

Imagen, Fernando Vicente. Anatomía

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Empiezo por traer a cuento una cita de Lacan. No apelo a la autoridad: intento subrayar que nuestro tiempo no deja afirmar lo mismo que fue aseverado en el pasado:

El lenguaje no es un código, precisamente porque su menor enunciado, lleva consigo el sujeto presente en la enunciación. Todo el lenguaje, y más aún el que nos interesa, el de nuestro paciente, está incripto, es bastante evidente, en un grosor que supera con creces al lineal, codificado, de la Información –dijo en la sesión del 10 de marzo de 1965, refiriéndose a lxs analistas que se alienaban en la teoría de la información.

Claro que a lxs analistas, todavía hoy, nos interesa el lenguaje que no se reduce al código. Sin embargo, también deberíamos interesarnos, y mucho, por el lenguaje de la información. Estamos ante la urgencia de tener que articular dónde se produce, cómo se produce y qué produce. Porque se está llevando puesto al mundo.

Así como en otro contexto histórico, dos relaciones a la palabra coexistieron en disputa, —por ejemplo, la transmisión oral y la información— en nuestra epocalidad una nueva relación a la palabra, la transmisión digital, entra en contradicción con el “decir”.

Con Borroughs podemos estar seguros de que al aislar el circuito que va de la percepción a la conciencia, escamoteando la escritura del inconsciente, y acoplándolo a las máquinas de producir información, produce Watergates, fake news y otras obscenidades.

El gira gira, que el mercado explota, al no pasar por la multiplicidad de inscripciones y retranscripciones, invalida el juicio y el tiempo, y segrega una gramática cancelatoria del inconsciente y su sujeto, acrecentando la incorporación de automatismos o aplicaciones (Apps) también en el habla.

El circuito por el que fluye la transmisión digital acarrea una especie de coalescencia de la percepción y de la conciencia, donde las palabras emitidas adolecen del estatuto significante y no se anudan al modo de la significación. Son pronunciadas a partir de un linkeo que no es el de la asociación libre, establecido por una mera sucesión. Una palabra sin sujeto que pueda identificarse a ésta, y sin que un nombre del nombre del nombre opere.

Peter Capusotto(1) da a escuchar parodicamente este tratamiento de la palabra –que ya existía antes de la digitalidad pero que la cibernética explota hasta el paroxismo– y que produce un contagio viral exponencial que lleva al que habla, o a ese hablar mismo, hacia otros medios que pueden llegar a coincidir con la fama y la popularidad. También da a leer que el indignado o el apasionado por ser hablado, se queja de lo mismo que hace: desconocer. Como se escuchó en los discursos anti-cuarentena productores de cadenas {links} extravagantes y grotescas en las que cualquier cosa pega con cualquier cosa y donde cada dicho suplanta y anula al anterior, a desmedro de la historización y del entramado. Incifrando. Inteorizando. Manufacturando indolencia, a la par que corroyendo el valor de la palabra y supeditándola a una actualización de lo actual. Des-nominando. Dejando de llamar a las cosas por su nombre y haciéndolo de un modo ligero, insensato. Eufemístico. El hambre entonces no es hambre, es inseguridad alimentaria o inequidad dietética. La desposesión del recurso de la lectura es analfabetismo y más tarde, brecha digital. La fatalidad de la pandemia no es una desgracia, es una curva a la espera de su achatamiento. Los muertos no son muertos, son parte del número de los que ya no contagian. O intento de magnicidio es una campaña política.

Este recorrido del circuito propende hacia una tendencia a la descarga por cantidad más que por complejidad, y lleva al que parece que habla a ejercer acciones que no entraman una acción específica. Que no lo proveen de un saber-hacer ante lo inerme. Sino que, por el contrario, se retroalimenta la carga y se vuelve a descargar por esa vía de facilitación carente de articulación, una y otra vez. Una y otra vez.

Mientras que en el sujeto de la psicosis hay un progreso en la espiritualidad en el reconocimiento de que Eso que retorna desde lo real le está dirigido, o le hace signo, en la transmisión digital el ser hablante considera que habla eso que lo habla y que es él mismo quien lo articula. Una pasión por ser hablado, donde lo que se reproduce ni siquiera se repite y mucho menos se articula. No es dicho por nadie, ni dirigido a nadie, no cuenta ni con objeto ni con sujeto. No posee dirección {adresse} o destinatario {subject}, ni remitente. Es reproducido por mandíbulas autómatas, desposeídas del hábitat del inconsciente, que se enchufan y son enchufadas a otros aparatos de la comunicación como un nexo más que corre por el campo de la digitalidad.

La transmisión digital no comporta el compromiso de la inscripción inconsciente a causa de la estructura del sujeto, por condiciones del estado de la misma y/o por las particularidades de tal transmisión. Una de estas particularidades es la de un circuito del aparato psíquico a partir del que se reproduce con facilitación, y entonces a mayor velocidad, lo emitido en las fake news, el ordenador, el umwelt de las redes sociales o cualquier otro aparato reproductor de escrituras isomórficas a las del circuito W/Bw. Este modo de transmisión prescinde de leer en el sentido que cuenta, por lo que, casi como un mero input y output, reproduce lo que ingresa desde esos cuerpos de lata y desde esas voces desencarnadas, acusmáticas.

Tal tratamiento del lenguaje conlleva la fonetización de palabras que no se inscriben en el inconsciente, dado que el lenguaje no encarnado trata a los trumanos como lo que también podemos ser: aparatos programados y programables, de acuerdo a las necesidades de un sistema.

Cuando el hablante no tiene una relación de implicación, de encarnadura con la fonética de sus labios, enuncia proposiciones sin solución de continuidad: sin corte y sin empalme. A diferencia del delirio —aunque éste también comporta lo actual—, la relación a la palabra de la digitalidad, en conexión, ensamble y acople con el afuera de lo emitido por las letosas, no supone una verdad alusiva o una metáfora delirante; tampoco, una suplencia de la metáfora del Nombre-del-Padre. Es una conexión disparatada en tanto no se anuda al estatuto de la letra del que adviene la cifra y el rasgo unario, siquiera como suplencia. (De todas formas, para quien está dispuesto o dispuesta a seguir escuchando, quizá en este ruido aún pueda oír el eco del eco de una denuncia a lo forcluido por la ciencia, que se presentifica bajo el recrudecimiento de la consistencia de lo imaginario como distopía de lo real.)

En el circuito de la palabra desencarnada, también queda arrasado el arraigo espacio-temporal que tan pacientemente construye la agorafobia y la claustrofobia como estructurantes. Se trata de un trayecto sin desplazamiento, donde la ida y la vuelta perdieron su sentido hasta coincidir. Donde las coordenadas del tiempo y el espacio quedan estrechadas a un ahora sin aquí, y el hablante, reducido a la fonética propia de la motilidad de lo inanimado.

La transmisión digital, además, difiere de la transmisión de la transferencia donde el pasaje de un sitio a otro no es el del tráfico libre, sino el del pago de gravámenes sellados por el rasgo unario, heredero y donante de una falta. El transcurrir, que corre loco entre la percepción y la conciencia tampoco produce pudor, vergüenza ni horror, sino y a veces, indignación y escándalo. Y siempre, pero siempre, dichos anónimos y, entonces, que adolecen de un sujeto que se identifique a lo dicho.

Esta relación a la palabra, o estado de la misma, se acopla con la información emitida por las letosas por causa del isomorfismo entre una estructura y otras; también, por causa de que el mercado sincroniza y especula con tal acoplamiento. El verbo acoplar y su amplitud semántica acerca resonancias posibles para seguir pensando el ensamblaje, donde el Verbo no encarna sino que enlata. Donde el moterialismo muta hacia la ley de lata.

Acoplar: en carpintería y otros oficios, unir una pieza o cuerpo con otro de modo que se ajusten exactamente; unir o parear dos animales para yunta o tronco; encontrar acomodo u ocupación para una persona o emplearla en algún trabajo; agrupar dos o más aparatos, piezas o sistemas, de manera que su funcionamiento combinado produzca el resultado conveniente; unir, agregar uno o varios vehículos a otro que los remolca; el dicho de una persona cuando se suma a otra o a varias, y, en su uso tecnológico, algo que se dice respecto del sonido de un altavoz, cuando se recibe en el mismo micrófono del que procede, con la consiguiente distorsión o emisión de ruidos. 

Acoplar, entonces, pone en primer plano la existencia de la relación sexual; la complementaria llevada a cabo por el encastre de agujeros y enchufes; la indistinción entre lo exterior y lo interior o la imposibilidad de esa topología; el no discernimiento entre lo que se emite y se recibe, y, la falta de distancia entre lo que se dice y lo que retorna como escuchado.

La transmisión digital se sostiene en un estatuto de la letra donde los signos de percepción impresionan pero no encarnan. Muerde del lado de la bifrontalidad donde la carne es refractaria a lo simbólico y donde ésta, más que extender sus tentáculos hechos de líbido, muta hacia lo latoso. Conlleva la desencarnación: una descomplejización del sistema o una evitación de la encarnación. Supone un tratamiento de la palabra, en el que la letra es un tabique indiferenciado, una incandescencia no una marca, una reviviscencia no una experiencia. Se sustenta en una no-escritura que va transformando la carne en carne, anulando la voz en el grito, el grito en el mutismo, la metáfora en lo literal, la lengua en código y el cuerpo en lata. Supone un procesamiento del lenguaje, que puede ser gestionado como aplicación; por ejemplo, bajo la forma de frases hechas y fetichizadas.

Los virus orgánicos y digitales dan a ver y a leer el aparato lógico-retórico, hecho a imagen y semejanza de este recorte del aparato psíquico. Uno que puede asumir diversas formas aptas para reproducir a cada instante una réplica de sí mismo. Porque cuando el lenguaje no encarna hace enjambre {essaim}. Contagia. Ritornela. Se desparrama de boca en boca, de aparato en aparato, como una miel blanda que se pegotea por todos lados. El lenguaje también puede ser una espora semiótica de virus con los que el mercado, las empresas, el coaching ontológico, el neoliberalismo, el transhumanismo y otras instituciones, infectan y reinfectan. Una inoculación que mantiene el cuerpo siempre en condición de emergencia, reproduciendo mensajes que incifran, que hacen ruido y que, en cierto sentido, no son otra cosa que sonido roto. Descompuesto.

La actualización de este estatuto de la palabra requiere de la constante reiteración, reproducción, insistencia y difusión por diversos canales: televisión, radio, parlantes, la World Wide Web. Requiere, sobre todo, del ruido que multiplica la exterioridad de las voces y pone a oír palabras vacías que pululan de W a Wz. Donde lo reproducido nunca es registrado o inscrito, porque conlleva una huella {Spur} que nunca se ha perdido registrándose como huella de recuerdo {Erin- nerungspur}, sino que supone una traza sin traza, un resto puro de goce y un tiempo que no es un momento, sino un actual perpetuo nunca memorable.

Ser hablante, en el sentido que cuenta, no va de suyo. Se trata de una práctica que podemos o no ejercer, con la que se cuenta o no cuenta, y que no siempre ni necesariamente permanece extendida en el tiempo. En igual proporción, se trata de una práctica que no sólo ejercemos para con nosotros mismos, sino respecto de la cual nos ubicamos ante los discursos que apuestan a ella o la anulan, como resistentes o colaboracionistas. 

Claro que el lenguaje en estado viral no siempre culmina en la defenestración de la fenestración de los cuerpos, a veces es el inicio de transferencias o de encarnaciones de la palabra. Pero la única vacuna, la única solución para cuando gira loco y encerrado en su cortocircuito, sigue siendo la letra que se acuña en la carne. Porque el que no dice, tampoco lee.

En tanto primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma: por favor, no homologuemos el decir al estado viral de la palabra; ni la locura que trae la forclusión de la carne a otras locuras sí tendientes a la encarnación; ni las forclusiones que opera la ciencia con la forclusión del Nombre-del-Padre; ni la dignidad del síntoma y del delirio con los efectos obscenos que ocasiona la pandemia de la transmisión digital; ni la escritura que escribe a la (escritura?) que borra toda marca. Superponer todo con todo forma parte del estado de indistinción que padecemos, trae aún mayor confusión y, por sobre todo, nos deja sin recursos.

En este estado de situación y de emergencia, para reapropiarnos de la materia de la metáfora y no renunciar a hablar, necesitamos de la experiencia del análisis y, con igual importancia, necesitamos de otras prácticas que también apuestan a la palabra encarnada: la acción subversiva de la poesía, el teatro vivido, una filosofía que haga cuerpo, una política militante y un periodismo que rompa, disloque e intervenga la transmisión que aquí llamo digital.


* Para otro desarrollo del asunto leer “La carne humana, una investigación clínica”. De Archivida, compañía editorial.

1- https://youtu.be/fu9wb75iIjo

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