Imagen de portada, Erik Eiser.
¿Yo leo?
¿Vos lees?
¿Tu lees?
¿Él lee?
¿Ella lee?
¿Nosotros leemos?
¿Vosotros leéis?
¿Ellos leen?
La dificultad para conjugar el verbo leer no se asienta tanto en la acción como en el pronombre. ¿Quién está en condiciones de aseverar que el Otro lee si su consistencia impide hacerlo? ¿Y quién puede afirmar «yo soy el que lee» si el inconsciente es la instancia que oficia tal función?
Tal vez sólo se pueda atribuir una práctica de lectura a un “sujeto supuesto a leer”, no coincidente con ningún pronombre personal, ni extra-personal (más que en una alianza de temporalidad inmanente). Parafraseando a Mallarmé cuando dice que el acto poético no es ni más ni menos que la suspensión del yo, ¿el acto de lectura es otro modo del mismo suspenso?
Algunos escritores y escritoras escriben en la escritura misma la intimidad y el misterio de la operación de lectura. Podríamos mencionar a lxs que Diego Vecchio enumera como pertenecientes a la Internacional Egocida (I.E.), entre otrxs: Virginia Woolf, Mach, Michaux, Wittgenstein, Artaud, Gertrude Stein, Bataille, Ferlinghetti, Beckett, Pessoa, Marosa di Giorgio, Felisberto Hernández, William James, Faulkner, Heidegger, Freud, Aurora Venturini, Lacan, Deleuze o Néstor Sánchez.
También Macedonio Fernández es un Egocida, pero a mí gusto sólo si hacemos uso del término de un modo lúdico y auspiciante de esta genealogía, porque lo que producen sus letras no es exactamente un asesinato sino una menguación o abrogación de los poderes del Yo (tanto de quien escribe como de quien se pretenda lector o lectora). Así, Macedonio escribe construyendo un narrador neófito, bobo, con confesas dificultades en el oficio y por siempre recienvenido, a la par que invoca al lector dislocado, al salteado, al que lee como quien no presta atención o lo hace de manera flotante.
Freud, a sabiendas de la subversión que el discurso del psicoanálisis provocaba —entre otras cuestiones, por sostener que el Yo no es dueño en su propia casa—, facilitó que el lector se apoye en la figura de un interlocutor imaginado, dispuesto a encarnar el sentido común y las leyes de la conciencia. Macedonio, a pesar de ubicarse en un umbral abismal, en confines oblicuos, en límites excedidos, escribió incitando a transitar la letra como quien habita el ensueño, la epifanía o el no-todo de la vigilia de los ojos abiertos. Su escritura no previene del vértigo, ni amortigua la caída: derriba las murallas del pensamiento de la razón y birla los discursos cancerberos de la ortodoxia. Su obra conmueve, confunde, aporisa y desacomoda. Quizá por esto se producen modos de «ejercer» su lectura que fijan, aclaran, ordenan, razonan, ubican, localizan y acomodan, dado que de operar la transmutación que busca, produciría un estado de sensibilidad que algunxs sinonimian con la inanidad. Aunque lxs lectorxs, que sí soportan la incomodidad que suscita, captan y aprehenden lo que escribe a través de otra lógica que la fálica. Puesto que la lógica aristótelica, macerada en especularidad imaginaria, teme dejar a un lado la coherencia, la congruencia y la continuidad, y, antes de declararse incompetente, se escandaliza y descalifica.
Junto con Sigmund Freud, Jacques Lacan, Solal Rabinovitch, Oscar Masotta, Jean Allouch, también Macedonio Fernández está entre quienes más me enseñaron psicoanálisis. A veces, ya advertida de que esto no se limita a los efectos de la distensión del Yo, me interrogo por el fundamento de tal efectuación. Y creo que, además, la escritura macedoniana sopesa, como pocas, la existencia de la inexistencia. A través de sus textos se accede a lo que, en principio, parece un imposible: intertextos de obras cronológicamente posteriores a la suya. Me refiero a eso que Severo Sarduy, con la noción de retombeé, lo dice tan pero tan bien: “causalidad acrónica, isomorfía no contigua, o consecuencia de algo que aún no se ha producido, parecido con algo que aún no existe”, y entonces y específicamente a aquello que Lacan nombró como la inexistencia del Otro.
Para acceder al universo macedoniano no basta con el pasaje del mensaje desde la hoja al entendimiento de la persona en quien se ejerce la operación de leer, es indispensable dotarse de herramientas para fabricar e inventar la libertad y la sublevación que implica hacerlo tal y como sólo es posible: lo más despojados posible del Yo, pero también del Otro. Por esto estimo que Diego Vecchio se equivocó en su descubrimiento, o más bien confundió una célula de la confederación, la egocida, con la verdadera Internacional: La Internacional Otrocida (I.O.). Prueba del despiste, como del buen camino andado, es que en uno de los párrafos donde nos presenta su existencia dice: «(…) No es de extrañar que, al bajar de la montaña, Zaratustra anuncie, no solamente la muerte de Dios, sino también la muerte de su Majestad el Ego […]». De modo que, al pasar, «la muerte de Dios» esclarece que primero sucede la muerte de aquel o aquello que haya ido al lugar del Otro y, por consecuencia, la menguación o apaciguamiento del Yo.
Pero, ¿qué se dice cuando se dice que el Otro no existe? El sintagma «El Otro no existe» es una designación de constatación; un modo de dejar marca de esa ausencia, que es una experiencia por la que pasamos una y otra vez y olvidamos, renegamos o forcluimos. O una experiencia por la que pasamos, ya no tan parcialmente como para poder contar con el recurso del olvido, sino de forma que nos vemos llevados a inventar algo ante el agujero de otra índole que el agujero que hace lo simbólico.
La no-existencia del Otro no afirma que el Otro no existe y ya. Tampoco es una negación al modo de No es mi madre, ni una negatividad al modo de Preferiría no hacerlo. Es una negación gramatical que intenta cifrar cómo la negatividad, o la nada, o la ausencia, o la inexistencia, inciden positivamente. Existen en toda su potencialidad.
Pero, si la no existencia del Otro no sólo es una afirmación o una idea, ¿cómo escribir su inexistencia más allá y más acá del sintagma?, ¿cómo escribir de modo tal que se deje leer que trae consecuencias de gravedad en la vida de las personas? Bueno, precisamente esto es lo creo que enseña Macedonio a través de lo que escribe con lo que escribe. En el qué. En el cómo. Y también en lo que la letra bosqueja con la letra, algo así como si escribiera con lo que escribe un caligrama del Otro que no existe: un dibujo de la no-existencia. Pero, ¿cómo y con qué?
I) Hay modos de existencia tan frágiles y solicitantes de otros que se esfuman o diluyen si no los tratamos con el necesario “tacto ontológico”, si no les conferimos su potencia de existir. Tal vez la ontología de la inexistencia requiera de más tacto en la medida en que cuando la agarras se escabulle, se esfuma, necesita de otras condiciones para dimensionarse.
II) Da lugar a la existencia del Otro, incluso a su consistencia, porque no se trata de que no permita que el Otro no exista, destruyendo o impidiendo su construcción. Sino que antes de hacerlo desaparecer lo hace aparecer y así, a través de diferentes artefactos, performances e instalaciones, arrastrar su bedeutung, en un proceso que supone los caminos de la significación tanto como los de su destitución y caída. Macedonio escribe el síncope del Otro llegando a demostrar la alucinación de la realidad junto con la ilusión, también necesaria, de su existencia. Él lo dice así: «Tocando en todos sus límites la limitación de la Intelección, la impasibilidad del Ser, no la mezquina impensabilidad de las antinomias, prolija vacidad, sino la imposibilidades aun de ellas. »
III) Crea un hogar para la no-existencia: la novela buena, que a su vez le es necesaria a uno de sus personajes, el No-Existente-Caballero, para tener un estado de efectividad que lo sitúa en una región o morada digna de la sutilidad de su ser de inexistencia.
IV) Con el No-Existente-Caballero, que parodia al personaje creado por Descartes: el existente caballero (tan existente que funda una nueva filosofía a partir del dato indubitable de su existencia garantizada por Dios o por el pensamiento). La filosofía moderna comienza con el gesto de un tipo que se encuentra con la certeza de su auto-existencia. Su primer texto se dice en primera persona, Yo, y su invención coincide con la de un personaje: el meditador solitario. Mientras que en la obra macedoniana un personaje, en contrapartida con el ego-existente, se reconoce y proclama no-existente; involucrando al lector a continuar por otro camino que el propuesto por Descartes.
V) Moviliza la nada contra la materia; da a escuchar, a ver y a sentir una nada con capacidad de ocupar espacio, de desenvolverse en el tiempo, de regirse por encadenamientos. Una nada que se puede pesar, medir, gustar, palpar y que hace tambalear la realidad del mundo. Una nada que desquicia el sentido común y las convenciones culturales. Una nada que de tanto infiltrarse produce una superación, por objeción, del sistema del conocimiento y de la percepción.
VI) Provoca un efecto de desidentificación del mundo conocido y de uno mismo. Parafraseándolo. «Yo quiero que el lector por un instante crea en la existencia de su inexistencia. Esta es la emoción que me debe agradecer y que nadie pensó procurarle. Sepa el lector que esta emoción, nunca hecha sentir por la palabra escrita, oblitera y liberta del temor de no ser y de la consistencia del ser. Quien experimente por un momento el estado de la existencia de la no existencia, comprenderá que todo el contenido del existo se apoya en una no existencia que revitaliza toda existencia. El ¨yo no existo¨ es de donde debió partir la metafísica de Descartes: Yo no existo, y Dios tampoco (sólo así hay la posibilidad de una existencia propia).»
VII) Prescinde lo más posible de tema, asunto, contenido, qué, personas y hasta de personajes. En el horizonte, tiende a la simplificación de los elementos que compone. Pero se trata de una simplificación de una cualidad tal que nos deja con miras hacia la incompletud de lo simbólico y ante su desasimiento: en el preciso lugar donde lo imaginario y lo real liminan el verdadero agujero. La inanidad que convoca no es la del marasmo; es una que, al devenir del agujero real, requiere de una exigencia donde la ética y la estética se indistinguen.
VIII) Trabaja con el humor, lo cómico y el chiste (esa creación del inconsciente que birla la determinación del Otro, distrayendo con sentidos coagulados y haciendo pasar otros menos determinantes). La risa y carcajada del lector se transforman en la constatación de que no hay certezas.
Nos resistimos a leer a Macedonio, quizá, porque al despojarnos de ideología, garantía y, casi diría, afirmación, nos deja en Pampa y la vía. Y cuando uno está ahí, solito o solita su alma, no mira con sorna ni explica qué hacer, señala la vieja y hendida nada, por la que todo es escupido y absorbido, y balbucea: Ahora inventá vos, estás ante un acto intransferible. Y por fuera de toda transferencia.
Textos que acompañan:
Mónica Bueno. Macedonio Fernández: la vida y la literatura. Itinerarios y escorzos de una poética de la inexistencia. Editorial Académica Española.
Ana Camblong. Retórica y política de los discursos paradójicos. Buenos Aires: Eudeba, 2003.
Diego Vecchio. Egocidios: Macedonio Fernández y la liquidación del Yo. Anagrama. 2003.
Cecilia Salmerón Tellechea, Macedonio Fernández: su conversación con los difuntos. El Colegio de México, México, 2017