Hogar de la inexistencia. El duelo en Macedonio Fernández. Por Helga Fernández

 

I

Cuando Pajarito se jubiló pasaba la mayor parte del tiempo en la puerta de su casa. Atravesaba la casa chorizo con una silla a cuestas y se plantaba en la vereda. Los días de mucho frío agarraba su petaca del bolsillo del sobretodo y avisaba: «Le voy a sacar el luto a la viuda». Si alguien preguntaba qué tomaba, respondía: «Calefacción líquida». 

Desde ahí charlaba con la peluquera, con los chicos del colegio, con el farmacéutico, con las vecinas y con los muchachos del barrio. Le hacía gancho a la soltera con el viudo, organizaba colectas para los que andaban metidos en deudas de burro, mediaba entre encabronados y regalaba su abrigo a quien no tenía con qué cubrirse. 

A veces yo acompañaba su estadía sentada en el umbral. Me fascinaba que cada dos por tres un colectivero le tocará bocina, sacara la cabeza por la ventanilla y gritara: ¡Grande Pajarito! No podía entender cómo lo conocía tanta gente. Una vez le pregunté si era famoso. Sonrió, me acarició la cabeza y aclaró: «No chiquita, soy callejero. Famoso es Dios».

Cuando tenía 15 años, vivía con sus padres en Alberdi al 4600. En la misma cuadra estaba el taller mecánico de Don Sánchez. En esa época los autos venían con accesorios de bronce, y a los dueños les gustaba que brillaran como oro. Él se ganó las primeras chirolas engrasando esos coches y lustrando las cornetas. Así, aclaraba, también endureció las muñecas para empuñar el volante más pesado. Un año después manejó un taxi como peón y corrió carreras por América del sur. En una de esas aventuras fue que lo apodaron Pajarito, cuando el locutor Elias Sojit pronunció: «Las ruedas del coche de Rogelio Fernández parece que no tocan el suelo. Vuela como un pajarito». A los 19 se compró su primer auto, un Buick, de lo más pintón que había entonces. Al terminar la década del 20′, llegaron épocas de vacas flacas y tomar un taxi era un lujo. Pero como había que seguir comiendo, Pajarito, El Chileno, El Ronco, y un par más, empezaron a llevar burreros, a prorrateo, a los hipódromos de San Isidro y de Palermo. Entonces se les ocurrió que en el mismo auto podían meter ocho pasajeros, a 0,20 centavos cada uno. La idea se discutió largo y tendido, hasta que la pusieron en práctica. La mañana del 24 de septiembre de 1928 empezó a rodar la primera línea de bondi de la ciudad de Buenos Aires. 

Cuando tuve la edad para darme cuenta del porqué de la popularidad de mi bisabuelo, empecé a llamarlo inventor. Cada vez que pronunciaba esa palabra, él respondía: «No, Gurrumina. Inventor, inventor, fue el inventor de la primera novela buena».

II

«El Universo o la Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en la ciudad de Buenos Aires. Hay un punto para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no mundo» —escribió Macedonio Fernández de sí mismo. 

«El Universo o la Realidad y yo morimos el 10 de febrero de 1952 y es sencillo añadir que ambos pasos a la inexistencia ocurrieron cerca de aquí y en la ciudad de Buenos Aires. Hay un punto para todo paso a la inexistencia, y la nunca-existencia no tiene nada de personal, es meramente no haber muerto por jamás haber nacido»  —podría haber escrito Macedonio, pero como ya no tiene cuerpo le presto el mio como evidencia de que, en cierta dimensión, el ser amado fallecido puede seguir viviendo en unx. También como muestra de que sigue existiendo desde la presencia de su ausencia o desde la inexistencia del otro mundo.

Estamos de duelo por alguien que nos ha hecho falta y estamos de duelo por alguien que pertenece a un mundo que no existiría. ¿Un mundo que no existiría si no hubiera muerto nuestro ser querido?, ¿que no existiría si no hiciéramos existir ese mundo de la inexistencia? ¿O que no existiría si no existiera la inexistencia? 

III

Hasta hoy el único analista que dedicó un libro a la escritura del Recienvenido fue Germán García. Allí se valora y rescata su letra, a la vez que lo escrito podría ser considerado el testimonio de los peores efectos del psicoanálisis: psicobiografía y psicopatologización del duelo. 

✔️ Que la muerte de su esposa lo dejó varado en la melancolía. 

✔️ Que esa ausencia duplicó la carencia del padre fallecido a sus 3 años —cuando, además, murió a sus 17—. 

✔️ Que lo que escribió fue para completar el vacío propio de lo que jamás se pudo desprender. 

✔️ Que las negaciones del tiempo, del espacio, la materia, el Yo y la Realidad tuvieron como objetivo abolir la finitud de la vida o «matar la muerte en Ella». 

✔️ Que en algunas de sus anotaciones se encuentra la evidencia de la hipocondría que lo habría aquejado. 

✔️ Que alucinó. 

✔️ Que en sus textos la siesta simboliza al padre y la luna a la madre.

✔️ Que los papeles, donde escribía pensamientos, y olvidaba en los cajones de las pensiones, eran la literatura de servilleta característica de la estructura psicótica. 

En fin, que Macedonio fue un loquito, lindo y suelto, carente de la metáfora paterna. Que vivió bollando y sobrevivió por una genialidad semejante, aunque distinta, a la de su colega Daniel Schreber. 

IV

Por perseverar en paralelismos con la vida de la persona del autor, varios lectores, no sólo Germán, asimilaron los personajes de Museo de la Novela de la Eterna, la Eterna, con Elena de Obieta, la esposa fallecida en 1920, y al Presidente con el propio Macedonio. Una equivalencia a partir de la que todavía fue más difícil y obstaculizante leer lo que el autor escribe en sentido opuesto con la sobreinterpretación de su melancolía:

A. El personaje, Deunamor, se despide de la Eterna y dice olvidarla,  —por lo que si fuera el doble literario de Elena, tampoco cabría la afirmación de que la persona del autor no terminó de perder lo que perdió ni en la letra—. 

Yo no tengo poder, Eterna, para que tu deseo se haga: y aun es mucho haberte hablado y ahora mismo nunca jamás volverás a estar en mi pensamiento. El dolor mío por ti en este instante ocupó mi alma un minuto; sólo tú pudieras lograrlo: nada fuera de Ella, tú misma tampoco, volverá nunca a entrar en mi espíritu (Museo…, pág. 103). 

B. El mismo Presidente se separa de la Eterna —por lo que si alguien creyera que la declaración anterior no basta porque de Deunamor no representaría a la persona del autor como sí el Presidente, aquí ésta: 

Tanto que el autor no tuvo fuerzas para decirnos cómo se separaron los dolorosos, los desdichados protagonistas de su novela: El Presidente, y más, mucho más, la inocuamente frustrada Eterna (Museo…, pág. 132)—.  

C. Tal y como fue dicho en Memorias erráticas, de Adolfo de Obieta, y en la versión crítica de la novela de éste y Ana Camblong, Macedonio vivió un nuevo amor con Consuelo Bosch, años después del fallecimiento de su esposa. De modo que, si la inspiración de Museo… de todos formas partiera de personas, es innegable que la Eterna encuentra cierto sustento en Elena pero también en su último amor. Más aún si se considera que en un sitio determinado de los manuscritos en lugar de decir Eterna, como leemos en la publicación, dice Consuelo.

V

Aunque el adjetivo Eterna, metaforaseado en nombre propio, en un principio haya sido la decodificación de un nombre poético/narrativo para Elena de Obieta y/o de Consuelo Boch, en la composición de la Eterna tal cosa se fue transformando hasta llegar al artificio de la literalidad donde Eterna es Eterna y punto.

En el prólogo «Novela de los personajes» del Museo…, se afirma: 

Todo personaje medio-existe, pues nunca fue presentado uno del cual la mitad o más no tomó el autor de personas de «vida». Por eso hay en todo personaje una incomodidad sutil y agitación en el «ser» de personaje, como andan por el mundo algunos humanos que un novelista usó parcialmente para personajes y que sienten una incomodidad en el «ser» de vida. Algo de ellos está en novela, fantaseado en páginas escritas, y en verdad no puede decidirse dónde están más.

Todos los personajes están contraídos al soñar ser que es su propiedad, inasequible a los vivientes, único material genuino del Arte. (pág. 44).

Y, en otra parte:

Yo quiero que el lector sepa siempre que está leyendo una novela y no viendo un vivir, presenciando “vida”. En el momento en que el lector caiga en la Alucinación, ignominia del Arte, yo he perdido, no ganado lector. Lo que yo quiero es muy otra cosa, es ganarlo a él de personaje […] (Museo…, pág. 41). 

VI

El duelo por alguien que «nos ha hecho falta» es ocasión de indistinciones y distinciones entre el objeto mítico perdido, el objeto que efectivamente se perdió, el objeto causa del deseo y, quizá y a veces, del objeto que cede su lugar a la ausencia (marcado por la letra que envuelve la vacuidad del Otro). 

La primera vez que Lacan escribe a, distinguido de i(a), fue en ocasión del trabajo con Hamlet, en El deseo y su interpretación. Un desvío de ocho sesiones que desbroza la separación de tales modalidades transformacionales del objeto, y que lo llevan a retomar la cuestión del duelo cuando, en La angustia, algebriza el objeto como causa del deseo (ya despegado del falo, del objeto agalmático, del objeto del deseo y del objeto en el deseo).

Es probable que el duelo, además de hacia estas modalidades transformacionales del objeto, nos conduzca hacia otro «progreso en la espiritualidad»: el de la inexistencia del Otro. Porque cuando alguien se va de este mundo, quien se sumerge en su despedida y en la composición de un nuevo modo de relacionarse con la existencia de esa nueva inexistencia se topa con aquello que lo simbólico jamás podrá elaborar, con la carencia de representaciones, de Dios o como sea que se lo llame. Por esto, cuando al comienzo me refería al paso a la inexistencia de Macedonio, escribía que la muerte de un ser querido inaugura la existencia de la inexistencia de otro mundo, y preguntaba: ¿que nunca hubiera existido sin ese acontecimiento de la existencia de la inexistencia de un otro?, ¿o ese otro mundo no podría surgir sin la existencia de la inexistencia en tanto tal? 

VII

La primera muerte que viví fue la de «Pajarito». Cuando se enfermó, la unicidad del mundo comenzó a requebrajarse. Primero escuché que su hijo, mi abuelo, gritaba: Me cago en Dios, y en la reputisima madre que lo parió. Después vi a mi papá ahogarse de dolor y suplicar por un milagro. Finalmente, en la sala velatoria, el cuerpo muerto percutió en el mío lo inexorable. 

Los días se sucedían y seguía llorando. Lloraba por la desolación de mi abuelo. Lloraba por la inermidad de mi padre. Lloraba porque ahora ellos lloraban. Lloraba por haber descubierto la ausencia de los que no regresan. Hasta que mi mamá, preocupada, me llevó a la pediatra. La mujer me sentó en el patio de su consultorio y dijo: Tu abuelito está en esa estrella. También en un aroma, en una comida, en una canción. Ese fue el día que empezó a nacer en mi el mundo de la inexistencia.

VIII

En Sueño de muerte de personas queridas, se cuenta que Von Hellmutz a su vez cuenta que un niño perdió a su papá y en la cena le dice a su mamá: “Yo entiendo que mi padre haya muerto, lo que no entiendo es por qué no viene a comer”. En el mismo texto, Freud procura explicar que el nene ignora la putrefacción, el frío del sepulcro, la nada eterna, por lo que las invenciones topológicas insisten.  Pero si los niñxs no son insensatos ni lxs adultos sabios, ¿habría que reducir esta verdadera invención, hogar de la inexistencia, a la imaginación del niñx que pretendería calmar la ansiedad frente a lo que todavía le resulta inentendible?

IX

Considerar que el duelo debería terminar, caducar, y no que es intermitente, infinito; que no hay incompatibilidad entre lo sustituible y lo insustituible del objeto y, entonces, debatir desde un binarismo la disputa del poder discursivo, tanto como sostener que sólo los niños inventan un lugar en el que hacer existir la inexistencia del ser querido, ¿no son modos de resolver la aporía y la paradoja que engendra la muerte? ¿No son modos de decretar una prescripción médico/psicológica de asepsia afectiva del duelo? Acaso, lo que aquí llamo, hogar de la inexistencia, ¿no sería la comprobación de que la tumba es el ejercicio del derecho a la muerte escrita pero también una evidencia literal de que es preciso inaugurar un Otro lugar donde el tiempo y el espacio de la razón no dictaminen sus leyes?

X

Los cambios transformacionales del objeto, que conducen de su consistencia hacia la letra como vestigio, están escritos en Macedonio y expresan su fin, por ejemplo, a través del discurso llamado paradójico: «sin compañía de la Compañera» o «con una ausencia» o «un uso sabio de la ausencia». Identificar los personajes a las personas, al narrador con la persona del autor y holofrasear los personajes que medio-existen con los «Personajes de Arte», destruye el trabajo de sublimación de la subjetividad llamada autor, contra-efectúa el pasaje de lógica que se procesa; pegotea la escritura que mima la realidad con la que inventa un universo de ficción inexistente en otro mundo; indistingue una ética/estética y otra y una erótica física con su contraparte metafísica. Pero por sobre todo, impide la lectura de estas transformaciones por las que va pasando el objeto y el otro/Otro, hasta llegar a la marca de su ausencia y al síncope de la inexistencia, respectivamente.

XI

La escritura de Macedonio llega a prescindir lo más posible de tema, de asunto, de contenido, de qué, de personas y hasta de personajes. Tiende a la simplificación de los elementos: a la obra de las sobras del lenguaje, descomponiendo el lenguaje. Se dirige hacia una reducción de cualidad tal hasta colocarnos frente a la incompletud de lo simbólico, pero sobre todo ante su desasimiento —en el lugar donde lo imaginario y lo real componen el agujero verdadero—. Ahí donde lxs inventorxs se reúnen a pergeñar desde las inexistencias irremediables, inexistencias necesarias.

XII

El hecho de que la sublimación macedoniana no alcanza la idealización ni la mera catalización, sino el máximo despojamiento de la letra, ¿no escribe que toda escritura que marca la vacuidad de lo que inexiste supone un duelo y, a la inversa, que ciertos duelos llevan a delimitar ese abismo del Otro? 

XIII

Cada elaboración del duelo es única. No se hace de una vez y para siempre. Y nunca pero nunca supone borrar la existencia que tuvo y continuará teniendo ese ser presente en su ausencia.

XIV

¿Hay duelo, en un sentido fuerte, existencial, que no se labre por escrito? 

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