Responsable de sección y cuidado editorial: Gisela Avolio y Yanina Marcucci
Dirección editorial, Helga Fernández
—¿Cómo y cuando descubrió el psicoanálisis?
—Formalmente cuando terminé el secundario me anoté en la carrera de Letras de la Uba. El primer año teníamos las materias introductorias: Filosofía, Literatura, Psicología, Biología.
La materia de Introducción a la Literatura la dictaba Ana María Barrenechea, un lujo de profesora y su amor al Quijote, al que teníamos que leer no menos de tres veces, lo inundaba todo. Yo estaba fascinada.
Hasta que cursé introducción a la Psicología y en los prácticos nos dieron a leer las cinco Conferencias de Psicoanálisis de Freud.
Algo, más allá de la fascinación, me hizo temblar todo el andamiaje que yo tenía previsto construir.
Me cambié de carrera y empecé a estudiar Psicología., sin abandonar nunca mi amor por la literatura.
Muy pronto empecé mi propio análisis.
De niña mi padre, que solía tener sueños que lo despertaban angustiado, que se parecían a las obras de teatro griego de los libros infantiles que me había comprado, empezó a contármelos. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo lo escuchaba como si me estuviera contando una de las tragedias griegas que había leído?
Quizás inicia ahí mi interés por escuchar a otros. Lo cierto es que, esos relatos que me confiaba mi padre, para mí, me confirmaban, de niña, cierto lugar de privilegio.
Cuando mi abuelo se puso muy viejo y comenzó a repetir sus anécdotas de la aldea en Galicia, sus relatos llenos de rebaños y atardeceres y puteadas contra los curas que no le habían enseñado a leer y a escribir, sino a repetir el catecismo, ya habían cansado a toda la familia.
Yo recién empezaba a escucharlo, todo me parecía un descubrimiento. Nos hicimos muy compañeros.
Le empezaba a pedir sus relatos, a preguntarle, a admirarlo.
Cuando me recibí de Licenciada en Psicología el festejo fue en casa de mis abuelos, era la primera de la familia en obtener un título universitario: a través mío, el abuelo sentía que él había vencido al analfabetismo que los curas le habían impuesto a él.
De lo que no tengo respuesta es, como Ulloa, mi analista, me preguntaba: ¿por qué te gustan los locos, los hospitales?
—Decime vos
—No sé…
—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?
—En esta contemporaneidad donde predominan las redes sociales que tragan al sujeto, a los vínculos, a los afectos, donde todos morimos (a veces, de verdad) para mostrar nuestra felicidad en una selfie y somos más una imagen en una pantalla, que sujetos atravesados por el dolor de existir, en alguna de sus innumerables variantes… el psicoanálisis como práctica, donde el sujeto es escuchado, puede hablar o quedarse en silencio, puede ser un lugar donde poder encontrarse, un antídoto a la desolación y a la ausencia feroz de la palabra en contacto con el otro.
Cada vez escucho más que el espacio del propio análisis adquiere el lugar de despliegue de una intimidad que hoy en día no es bien recibida.
Creo que la habilidad que tiene el psicoanálisis de no ser un multiple choice, ni un formulario a llenar, ni un cuestionario a evaluar por otros, ni un tratamiento pautado, lo aparta del esperanto que son hoy las ciencias que se ocupan de la salud mental.
Por suerte no entramos en el DSM.
Hubo una época que a todo debate televisivo se le sumaba un psicoanalista, que opinaba de todo. Ya no estamos ahí. Quizás quedemos entre bambalinas, ocultos tras el decorado, quizás ya sabemos que el psicoanálisis no es una panacea, pero la escucha singular y uno por uno, puede ser, aún, un bien preciado.
Sin embargo, no se puede eludir que hoy, la teoría psicoanalítica está desabonada de la clínica de las trincheras.
Mientras muchos psi se anudan y desanudan tratando de discernir el empalme de los hilos de cuerda y el objeto a, en las residencias de salud mental los jóvenes profesionales en formación claman por que les hablen en castellano y no les tiren salvavidas de plomo.
Recorro residencias como juglar docente y supervisora: en muchos de estos espacios, que elijo y disfruto, se animan por preguntarme lo que la mayoría da por “obvio”, y son encuentros llenos de interrogantes donde no se da por sabido ningún matema, ni se da por entendido ningún axioma. Se respira mejor rompiendo con las repeticiones que solo denuncian cierta pertenencia como contraseña.
Gracias por este espacio.
Elida Fernández. Lic. en Psicología. Hizo la Residencia en Psicología Clínica en el Hospital Borda y es actualmente supervisora y docente de las residencias en Salud Mental. Coordinó el equipo ganador del Premio a la Investigacion en Psicoanálisis 2010 del Centro de Salud Ameghino. Es autora de Diagnosticar las psicosis, Las psicosis y sus exilios, Algo es posible, Umbrales.
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