Ilustración: Rinko Kawauchi
Cuidado editorial: Viviana Garaventa y Marisa Rosso
Quien se pone a hablar se desdobla entre el que es y el que habla. El que habla, ya no es el que era. El acto de hablar lo diferencia del momento anterior, al introducir algo en el mundo, y muchas veces en el mundo de los otros. La palabra es performativa, el análisis y el amor muestran esa cualidad de hacer cosas que tiene la palabra. El que habla, al mismo tiempo se diferencia del ser, porque el ser, la creencia en el ser de Parménides, se disuelve en cierta medida en el río del que comienza a discurrir. Ya no es el mismo, y al mismo tiempo el ser queda puesto en cuestión como algo estático, lo que es, lo que está dado.
Cuando alguien habla es como si apretara el botón despausa (como lo llamaba mi hija jugando con la lógica antes de que el lenguaje se volviera para ella convencional) y pusiera a correr nuevamente la cinta del tiempo, el movimiento del agua que hace del río uno distinto cada vez. Así ocurre en las sesiones del análisis si el que escucha está al mismo tiempo dispuesto a no congelar el ser, a no dar siempre el mismo nombre a lo distinto o nuevo, a no hacer consistir el ser de un goce repetitivo escuchando en la diversidad lo mismo, en lugar de leer en la repetición la diferencia. Esa que en su grado mínimo es la de decir la misma exacta cosa (si aceptamos que fuera posible) en dos días distintos. O en el mismo día, pero una después de la otra. Nunca es la misma. La segunda es la segunda vez. Ya es insistencia, énfasis, número dos, te lo repito, no te lo vuelvo a repetir, ya te lo dije antes, cuántas veces tengo que decirlo…
En un análisis, por ejemplo, el que habla puede volverse lector. Lector de lo que dice, y así separarse del ser de lo que dice, también. La lectura implica diferencia con el ser, separación, distancia.
Durante mucho tiempo me interesó el cuento «Guayaquil» de Borges[1], pero no encontraba una distancia de lectura que me permitiera abordarlo. Encontrar esa distancia fue abrir una llave de lectura sobre, justamente, la distancia de la lectura.
El factor extranjero
Leyendo El factor Borges de Alan Pauls[2], encontré una puerta de entrada al cuento que siempre me había fascinado. Entre otras cosas me cautivaba por la aparente alusión a un factor ilógico, o de fuerza, o de convicción. A diferencia de la sorpresa que depara el duelo sutil e inteligente de académicos en El soborno [3], con sus estrategias explícitas y depuradas, en Guayaquil queda la sensación de que, como dice el narrador, la voluntad, la fuerza de la voluntad, es todo. Esta es por lo menos la hipótesis más evidente, la schopenhaueriana: el triunfo de la voluntad.
Zimerman[4] traía el pasaje de avión ya comprado en su portafolio, sabía que se iría con la victoria: el visto bueno del profesor argentino, su rendición.
Antes de adelantar la hipótesis que me sugiere la lectura de Pauls, situemos un poco el contexto de época. El relato es publicado en el volumen de cuentos El informe de Brodie, en 1970. Escrito tal vez a fines de los 60. Por esos años, en 1968, Barthes ha escrito y publicado “La muerte del autor”[5]. Esa muerte es al mismo tiempo la partida de nacimiento del lector.
La conferencia de Foucault “¿Qué es un autor?”, cuyas resonancias con este nuevo lugar del lector son sugerentes, fue presentada en la Societé Française de Philosophie en febrero de 1969.
La autoridad del autor está por ese entonces virando hacia el lector.
Es famoso, por otra parte, que si de algo se vanagloria públicamente Borges, y en 1969 justamente, es de su ser de lector: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”[6].
El protagonista lee su derrota
“Guayaquil” pone en escena la entrevista ya no de los generales sino de dos historiadores, uno solo podrá viajar a publicar la carta recientemente hallada de Bolívar. El narrador y protagonista recibe en su casa al historiador extranjero emigrado de Europa por la persecución nazi, profesor ahora de la Universidad de Córdoba . En principio para comunicarle que es él, el argentino, el que va a viajar. El resultado será otro.
El cuento empieza con el final. El lamento del derrotado. Pero es el lamento de un escritor que se lee a sí mismo (“Releo el párrafo anterior…”), es decir, de un lector. Ahora, parece, aprendió algo de la derrota. El que verá la cumbre del Higuerota será el otro.
“No veré la cumbre del Higuerota duplicarse en las aguas del Golfo Plácido, no iré al estado Occidental, no descifraré en esa biblioteca que desde Buenos Aires imagino de tantos modos y que tiene sin duda su forma exacta y sus crecientes sombras, la letra de Bolívar.
Releo el párrafo anterior para redactar el siguiente y me sorprende su manera que a un tiempo es melancólica y pomposa. Acaso no se puede hablar de aquella república del Caribe sin reflejar siquiera de lejos, el estilo monumental de su historiador más famoso, el capitán José Korzeniovski, pero en mi caso hay otra razón. El íntimo propósito de infundir un tono patético a un episodio un tanto penoso y más bien baladí me dictó el párrafo inicial. Referiré con toda probidad lo que sucedió; esto me ayudará tal vez a entenderlo. Además, confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó”[7].
Reparemos en que se hace referencia al estilo del capitán Korseniovski/Conrad pero también, hacia el final, se identifica al otro, al que narra y no ejecuta, al que lee y narra para separarse, para exiliarse de la realidad. Porque sabe que su derrota se debe a que él era parte de la realidad, de esa realidad a la que la historia refiere. Puede notar que no estaba separado de ella para poder historizarla. Luego retomaremos lo central de esta separación, que en el inicio referimos también al que habla en un análisis, y así deja de ser… el que era. Para pasar a historizar.
El análisis implica una historización, que introduce la ficción, la construcción narrativa del supuesto pasado. De la misma manera que Borges, al referirse al capitán Korseniovski[8] como el historiador más famoso mezcla una vez más, como en “Tema del traidor y del héroe”, la historia y la ficción. Conrad, autor de una novela que transcurre en una ficticia Sudamérica, es aludido por su nombre original polaco como historiador. No hay pasado. Hay historia. Mejor dicho, historias. Se siguen escribiendo esas historias, y el ser narrativo que historiza se separa del ser estático que supone un pasado intocable como el destino. El pasado no es modificable, pero para el ser de lenguaje, ese pasado afecta principalmente en tanto narración del mismo, en tanto historia.
“El caso me ocurrió el viernes pasado”, continúa. ¿“El caso”? Quizás un indicio de lo policial. El narrador se propone dejar por escrito el caso porque supone que puede olvidarlo por ingrato, que puede caer bajo la represión. El caso es un diálogo, el “diálogo con el doctor Eduardo Zimerman, de la Universidad de Córdoba”.
Tanto el rector de “nuestra universidad”, donde “ejerzo el cargo de titular de Historia Americana”, como los sufragios casi “unánimes de la Academia Nacional de la Historia, a la que pertenezco” apoyan a nuestro profesor para la misión de publicar las cartas de Bolívar.
Siendo ese el estado ya resuelto de las cosas, “supimos que la Universidad de Córdoba, que ignoraba, prefiero suponer, esta decisiones, había propuesto el nombre del doctor Zimerman”.
Lo que había dejado al doctor de la universidad cordobesa afuera de Alemania, la refutación por parte de Heidegger[9] de su ensayo, y la demostración de que Zimerman era judío, su “extranjería” según la pureza nacionalista, tendría en América un valor opuesto. Su exilio en Argentina lo caracteriza como el que viene de afuera, el que no forma parte de la patria ni de la historia. Esas características serán parte clave de las razones de su triunfo, desplazando en esta ocasión al nacional de pura cepa, al que lleva la historia en la sangre.
El ensayo de Zimerman refutado por M. Heidegger reivindica “que el gobierno no debe ser una función visible y patética”. M. Heidegger demuestra mediante fotocopias de periódicos “que el moderno jefe de estado, lejos de ser anónimo, es más bien el protagonista, el corega, el David danzante, que mima el drama de su pueblo, asistido de pompa escénica y recurriendo, sin vacilar, a las hipérboles del arte oratorio”.
Subrayo el jefe mima el drama de su pueblo. No sólo San Martín representa como prócer a la Argentina de entonces, y a la posterior, frente a Bolívar. También el drama es mimado por la entrevista con E. Zimerman. Es esa puesta en abismo (mise en abyme) que el cuento multiplica: dos reyes juegan ajedrez y así miman la batalla entre sus soldados, caballos, etc; el encuentro, la entrevista, el cruce, el entrevero. Podría sin duda ubicar este cuento como una versión más del duelo que prolifera en la obra de Borges. No por menos verdadero, me interesa enfatizar aquí otro factor, otro eje, que incluye al duelo, pero que tiene su interés principalmente en la forma que toma ese duelo (de historiadores) y la idea que trafica sobre el lugar del lector.
Insistente, el narrador nos quiere convencer de que el triunfo es el de la voluntad. La determinación de Zimerman, su enunciación tan particular, que explica las razones por las que él viajará, más que intentar convencer con argumentos al profesor, son elementos esenciales de esa “voluntad”. No pide, no suplica, no exige, no prepara estrategias. Da el duelo por concluido al tomar la palabra como quien se ubica en un tiempo posterior, en el cual la cuestión ya está resuelta (en francés: mon siège est fait, mi sitio está hecho). Es irrevocable. Desde allí explica las razones por las que eventualmente debiera haber viajado nuestro protagonista y las razones por las que sin embargo viajará él. Siempre el tono es definitivo. Tanto en unas como en las otras razones. Esas razones sí nos interesan acá. Porque en ellas tal vez reside la clave. No necesariamente la clave del triunfo, que tal vez permanece oculta, como un enigma (¿es la voluntad?, y, ¿qué es la voluntad?) sino la clave que importa a esta lectura, que es justamente el sitio de la lectura.
El sitio de la lectura
Y bien, entonces, ¿qué sitio ocupa la lectura?, ¿qué nos dice “Guayaquil” sobre eso?
El ministro le dice a nuestro protagonista que hable con Zimerman y lo ponga al tanto del asunto. Es decir, le pide que le comunique la decisión “para evitar el espectáculo ingrato de dos universidades en desacuerdo”, que alude a otra escena de la disputa: dos historiadores, dos universidades, dos generales, etc. Puede conjeturarse que le pide eso al historiador para que el eventual conflicto no escale a rectores, ministros, etc. Que se arregle él con el conflicto y le evite mayores desagrados y espectáculos ingratos[8].
“Accedí, como es natural”. La frase, de apariencia cordial, anticipa el resultado de esa “comunicación” en la que lejos de avisarle a Zimerman, accederá a lo que este ha resuelto. Con esa resolución que Z. muestra a lo largo del cuento: al llegar a su casa nuestro profesor se entera de que Z. ya lo llamó, anunciando su visita para las seis de la tarde. No hay consulta, hay anuncio, determinación. Y nuestro historiador, accede, una y otra vez.
“Yo mismo, con sencillez republicana, le abrí la puerta”, es decir, sin intermediación de personal de servicio, humildemente, con espíritu austero, probablemente la austeridad que, cree, precede a la comunicación menos humilde y alegre para el visitante: tendrá que renunciar a la empresa y viajó a Buenos Aires en vano. Una gentileza antes del golpe. Una falsa modestia, una sencillez que precede a la decapitación, como si al mismo tiempo que una falsa modestia fuera una honrosa y honesta presentación de un verdugo que saluda con entereza y valentía, de frente, a su futura víctima.
El patio de la casa, con magnolias, aljibe y baldosas blancas y negras (como el ajedrez, ese campo de batalla) “suscitaron” la “verba” del visitante. Cuarenta años, algo cabezón, lentes ahumados, “nada singular había en él”. “Al saludarnos, comprobé con satisfacción que yo era el más alto, e inmediatamente me avergoncé de tal satisfacción, ya que no se trataba de un duelo físico ni siquiera moral, sino de una mise au point quizá incómoda”.
Así es que se nombra la entrevista como duelo, entrevero que no será físico ni moral. Que no se trate de uno moral o físico, deja abierta la puerta a otro tipo de duelo, aun cuando aclare que se trata de otra cosa, una puesta a punto incómoda.
También está la satisfacción de ser más alto, quizás, por lo que dice después, un rasgo inútil, y entonces una satisfacción inútil o engañosa. Uno más de los rasgos que no servirán porque no se trata de eso. No se trata del cuerpo ni de la sangre ni de la estirpe.
La puesta a punto suena a resolución o comunicación sencilla, que imaginaba el narrador y protagonista. Comunicar una decisión que además los excede. Tal vez suponer que los excede es un error de cálculo demasiado costoso.
A su “sencillez republicana”, esa austeridad orgullosa de familia patricia, le opone el “torpe aliño indumentario” de Zimerman, y el exceso en este de elementos decorativos (botones, bolsillos, corbata de ilusionista, cartapacio, bigote, cigarro, anteojos): “trop meublé”, exceso que aludiría, freudianamente hablando, a la falta, a la carencia que el narrador supone embarga e inhabilita al extranjero, advenedizo o ambicioso, que decora numerosamente sus carencias de origen, de ser.
“El hombre daba la impresión de un pasado azaroso”, dice el protagonista, después de aclarar una cuestión aparentemente secundaria sobre el tiempo: que es sucesivo y que cada palabra ocupa lugar tanto en la página como en la mente del lector, y esa extensión sucesiva en el tiempo de una imagen o mirada que sucede en un solo instante, es decir el despliegue diacrónico de una mirada sincrónica, como una instantánea, “exagera los hechos”. ¿Qué está diciendo, de este modo, acerca del tiempo? ¿Qué significa o qué valor tiene la idea de un “pasado azaroso”? ¿Qué vínculos con la historia, con la historiografía, con el pasado cierto del narrador?
Acto seguido, nuestro protagonista y narrador indica que sobre el escritorio hay “un retrato oval de mi bisabuelo, que militó en las guerras de la independencia, y unas vitrinas con espadas, medallas y banderas. Le mostré, con alguna explicación, esas viejas cosas gloriosas”. El pasado cierto, casi un museo propio, en su propia casa, de su propio país. El pasado de las guerras se exhibe en sus vitrinas. El pasado cierto, las reliquias, los trozos de metal, espada o medalla, los retazos de tela de banderas enarboladas en el campo de batalla… ¿Le quiere mostrar el pasado, la cosa misma, la sangre casi, tal vez, manchando una bandera? Zimerman le responde, “como quien ejecuta un deber”, completando las palabras del dueño de casa, como si ya conociera todo de memoria: “–Correcto. Combate de Junín. 6 de agosto de 1824. Carga de caballería de Juárez. –De Suárez– corregí”.
Es ahí, frente a ese error (que el narrador cree deliberado) que Zimerman esgrime su arma textual: “–¡Mi primer error, que no será el último! Yo me nutro de textos y me trabuco; en usted vive el interesante pasado”. Esta división es la clave, según esta lectura, de cómo se dirime el viaje a Sulaco. Uno puede equivocarse porque está en el terreno textual, del lenguaje, del equívoco, del error textual. Terreno de los documentos, la interpretación, la lectura, acaso no sólo la reconstrucción sino también la construcción de la historia, que es una narración.
El otro en cambio no puede equivocarse, ni acertar. No puede narrar porque no puede narrarse (“en usted vive el interesante pasado”). A lo sumo podría ser entrevistado por el historiador extranjero, ser de este modo una fuente, un documento más, un testigo, un descendiente.
Si aquel conocido dicho afirma que la historia la escriben los que ganan, no aclara que se refiere al bando ganador, ya que no a los protagonistas. La historia la escriben los historiadores, no los protagonistas, no el pasado ni la sangre, ni la acción de la espada. La historia la escriben los que trajinan bibliotecas, archivos… Los que aceptan esa mediación de los documentos para descifrar. El paradigma historiográfico se acerca al paradigma policial clásico. La reconstrucción verosímil o verdadera (más verosímil que verdadera) a partir de indicios, huellas… No a partir de la propia experiencia en los hechos estudiados, no a partir del relato de los abuelos o bisabuelos, que permanecen como tradición oral familiar[11]. No a partir de la posesión de los objetos que tocaron la muerte y el fuego. Es necesaria una distancia temporal, una ajenidad, acaso una extrañeza u otredad (una extranjería, al fin y al cabo).
Si en el narrador vivía el pasado, en Zimerman burbujeaban los documentos, los textos… Retomo el texto de Borges:
“… Yo me nutro de textos y me trabuco; en usted vive el interesante pasado.
Pronunciaba la ve casi como si fuera una efe.
Tales zalamerías no me agradaron. Más le interesaron los libros. Dejó errar la mirada sobre los títulos casi amorosamente y recuerdo que dijo:
—Ah, Schopenhauer, que siempre descreyó de la historia… Esa misma edición, al cuidado de Grisenbach, la tuve en Praga, y creí envejecer en la amistad de esos volúmenes manuables, pero precisamente la historia, encarnada en un insensato, me arrojó de esa casa y de esa ciudad. Aquí estoy con usted, en América, en la grata casa de usted…”
Insiste el interés por los libros. Esa insistencia pocos párrafos más adelante sería objeto de corrección literaria si no fuera que su objeto podría ser demarcar el ecampo de Zimerman (“sus ojos no miraban mi cara sino los libros a mi espalda”). En un psicoanálisis, y también en el análisis literario, más que corregir se interpreta, una insistencia dice algo, pero lo dice entre líneas.
Por ahora destaquemos dónde está el amor y la amistad para Zimerman: en los libros. No dice que su mirada recorre los lomos de los libros, el color, el cuero, el volumen, la cantidad. No, recorre los títulos. El material textual. Podemos imaginar a Zimerman ladear su gran cabezota con gafas ahumadas para esquivar al alto profesor argentino y así husmear, espiar las letras de los libros, con esa gimnasia del que recorre pasillos y anaqueles, y con las ansias y certeza del que, por eso, ya se considera más allá del historiador local. Su mirada está más allá de él, mira a su espalda el futuro de lecturas que lo espera, su oficio, que continuará en Sulaco. La introducción de “Sulaco”, del material literario de Conrad, puede ser anotado en la serie de una insistencia respecto de los elementos narrativos, ficcionales, literarios, que refieren a la lectura. Resalta el factor lectura como clave… de lectura.
“Creí envejecer en la amistad de esos volúmenes manuables”, dice con nostalgia del que tuvo que exiliarse y, como Auerbach, perder las bibliotecas amadas, los queridos libros que manipulaba a diario, que quería con el cariño que sólo un lector profesional y apasionado puede tener.
Es nombrado Schopenhauer. Zimerman elige mencionar que Schopenhauer siempre “descreyó de la historia”. ¿Voluntad o historia? ¿Voluntad o lectura? ¿O la voluntad del lector? Se abre un debate. “Pero precisamente la historia”, agrega Zimerman, es la que, encarnada en un insensato lo arrojó de esa ciudad, lo arrojó a América. En ese adversativo pareciera que Zimerman toma partido por la fuerza de la historia en la que el voluntarioso Schopenahuer descreía. Más adelante tomará partido por las personas más que por las palabras, en un aparente zigzag argumentativo.
Lo que sigue es la aún inadvertida claudicación de nuestro narrador:
“—Aquí la historia es más piadosa. Espero morir en esta casa, en la que he nacido. Aquí trajo mi bisabuelo esa espada, que anduvo por América; aquí he considerado el pasado y he compuesto mis libros. Casi puedo decir que no he dejado nunca esta biblioteca, pero ahora saldré al fin, a recorrer la tierra que sólo he recorrido en los mapas”.
Se cree sereno vencedor: “Atenué con una sonrisa mi posible exceso retórico”. Y entonces le comunica la misión que le ha sido encomendada a él, poseedor de espadas, sangre y pasado, por el ministro: transcribir y prologar las cartas de Bolívar, misión que “corona, con una suerte de dichosa fatalidad, la labor de toda mi vida, la labor que de algún modo llevo en la sangre”.
Casi pareciera que nuestro fatal historiador se ha embriagado con sangre de antepasados, y es desde esa intoxicación dichosa y coronatoria que dicta su epitafio. Porque es ese exactamente el argumento que para Zimerman justifica que se quede en su casa (“espero morir en esta casa”). “–En la sangre. Usted es el genuino historiador”, cierra Zimerman, enfatizando y reafirmando su estirpe.
Nuestro narrador está aliviado. Pudo decir lo que tenía que decir: que era el elegido. Mientras asoma el alivio su percepción permanece sin embargo alerta: “Zimerman no pareció haberme oído; sus ojos no miraban mi cara sino los libros a mi espalda”.
La hipótesis del lector extranjero
Cito a continuación, extensamente, un fragmento de Alan Pauls que es el que me sugiere la lectura que despliego aquí:
“A lo largo de medio siglo, desde el ciclo de versiones y reversiones que llevan a ‘Hombre de la esquina rosada’ (…) hasta El informe de Brodie, los cuentos de compadritos repiten la misma fórmula: hay un sucedido (un duelo, un hecho de sangre), hay alguien que participó de él o que lo presenció (un ‘original’), hay otro, un forastero, que se ofrece a referirlo, a ‘hacerlo literatura’ (Borges). Borges nunca deja de acentuar el carácter advenedizo, casi ilegítimo, de su propia posición. ‘A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí’, protesta el narrador compadrito de ‘Hombre…’ ante Borges, ante la evidente insolencia de un Borges que se ha atrevido a hablar ‘de mentas’, de un Real de segunda mano. Y más tarde, en ‘Juan Muraña’ (uno de los relatos de El informe…), Borges se encuentra en un tren con Emilio Trápani, un ex compañero de escuela que alguna vez, dice, le enseñó los rudimentos del lunfardo. ‘Me prestaron tu libro sobre Carriego’, le comenta Trápani. ‘Ahí hablás todo el tiempo de malevos; decime, Borges, vos, ¿qué podés saber de malevos?’. ‘Me he documentado’, se defiende Borges. ‘Documentado es la palabra’, lo corta el otro. ‘A mí los documentos no me hacen falta; yo conozco a esa gente’. Y agrega: ‘Soy sobrino de Juan Muraña’. La no pertenencia a un mundo, a una tradición, a un lenguaje, es la condición necesaria para convertirlos en materia literaria. Borges dibuja así uno de los perfiles de artista más intensos y productivos del siglo XX: el artista como exiliado. Estar afuera es la condición artística por excelencia[12].”
A partir de las insistencias que fuimos señalando, y de esta cita de A. Pauls donde Borges habla de su posición de advenedizo, de documentado, es que pudimos ir construyendo la hipótesis menos visible, quizás la secreta, acaso la más verdadera o, diría Lönrot[13], al menos la más interesante, que en este caso no necesariamente implica la más ignorante de la realidad.
La autoridad, aquí historiográfica, allí literaria, proviene de la lectura. Lo que vale para el escritor, vale en el cuento para el historiador, que es un tipo de escritor (y en “Guayaquil” además se sugieren los parentescos entre la historia y la literatura, lo mismo que en “Tema del traidor y del héroe”). La frase programa sería que el que triunfa es el lector. No la mera voluntad. No la inasible voluntad. No la voluntariosa voluntad. Acaso… ¿la voluntad del lector? ¿Una voluntad de lectura?
El narrador comienza con su lamento por no ser él el que verá la cumbre del Higuerota. La verá el lector, ese que lee documentos, ese que se relaciona con la historia a través de los documentos, los archivos, las bibliotecas. Ese que tiene que descifrar en las letras. El investigador que sólo puede leer indicios -que recuerda al paradigma policial-, ese es el que triunfará, el que se volverá autoridad. El nuevo lector es al mismo tiempo el nuevo autor, un autor que lee, que se lee y se relee. Eso es lo que inadvertidamente el derrotado ha aprendido.
Se trata de ser o leer. Ser la historia, la realidad para ser más precisos, o leer. Leer los documentos, narrar la historia. El que se encargará de viajar a prologar y comentar la publicación de la carta hallada de Bolívar es el que lee. La acción que cuenta, en este campo de batalla, es la acción de leer, la lectura, tomar la palabra como lector. Esta acción transcurre en escritos, armado de documentos e hipótesis más que en campos donde resuena el choque de espadas y la metralla.
El lugar que ocupa Borges en la literatura, excéntrico, extranjero, dueño de esa distancia con la cosa que permite abordarla con facilidad, está encarnado en “Guayaquil” por el lugar extranjero y de recién llegado de Zimerman. Es decir que el protagonista, que parece Borges, no es que no encarne algunos aspectos de la persona Borges, aun del personaje, esa caricatura que los otros o él mismo podrían formarse de él. Sin embargo, su función como tal en la literatura, ese lugar o función de escritor excéntrico de Borges, está encarnado por Zimerman. Es una posible forma de declinar la diferencia entre lo Simbólico y lo Imaginario de Lacan.
Retomo entonces la cita anterior de Pauls: “La no pertenencia a un mundo, a una tradición, a un lenguaje, es la condición necesaria para convertirlos en materia literaria (…) Estar afuera es la condición artística por excelencia”[14].
El profesor argentino pertenece, en “Guayaquil”, a la tradición, a la historia misma, o para ser más precisos, al pasado (la historia implica la operación narrativa), a lo real de ese pasado que corre por su sangre. Sus antepasados forman parte de la gesta heroica, en su casa se encuentran las reliquias. Zimerman sólo lee documentos, desde afuera. Que es, podemos generalizar, el lugar privilegiado de la lectura. Para un psicoanalista, por ejemplo, ese afuera implica una complejidad, que tiene que incluir la transferencia, dentro de la cual está, en el mejor de los casos, tomado. Pero la lectura podrá ser eficaz a condición de advertir en qué puntos está tomado por la transferencia. Ese es su afuera posible.
El psicoanalista no necesita la acción, la sangre, sino los documentos que la asociación libre construye. Ese es su terreno, su conquista, su poder, su posibilidad. Es ahí donde el psicoanalista gana, donde no puede perder. Si fuera a verificar en la acción, en el pasado, si fuera de hecho metido por la acción en la batalla, saldría lastimado, como el detective del policial negro, pero sobre todo habría perdido su poder, el que le otorga ser el que lee documentos, es decir, el que lee en el discurso que escucha, y el que acompaña una reescritura de la historia. Única forma de dar verosimilitud al hecho de que hablar es lo que puede cambiar las cosas. Aún con límites pronunciados (en sus dos sentidos, de adjetivo y de participio), pero es su única posibilidad.
Genealogía vs. Grafología
Dice Daniel Balderston en ¿Fuera de contexto?[15]: “La mayor discrepancia entre los dos historiadores consiste en la concepción que cada uno tiene de su profesión”. El profesor argentino dice que esta “misión corona, con una suerte de dichosa fatalidad, la labor de toda mi vida, la labor que de algún modo llevo en la sangre”. Zimerman le responde:
“En la sangre. Usted es el genuino historiador. Su gente anduvo por los campos de América y libró las grandes batallas, mientras la mía, oscura, apenas emergía del ghetto. Usted lleva la historia en la sangre, según sus elocuentes palabras: a usted le basta oír con atención esa voz recóndita. Yo, en cambio, debo transferirme a Sulaco y descifrar papeles y papeles acaso apócrifos. Créame, doctor, que lo envidio”.
Cuando Balderston se refiere en su “Pierre Menard[16] al debate del Quijote entre las armas y las letras, señala que ese debate se transforma en Menard en un debate entre intelectuales pacifistas e intelectuales militaristas:
“Aquí, el mismo debate se convierte en una lucha entre genealogía y grafología, o entre historia dinástica e historia textual (…) Al igual que en la pelea a cuchillo entre gauchos, el objetivo aquí es marcarle la cara al adversario o marcar el texto del otro. Incluso un historiador textual o grafólogo como Eduardo Zimerman ve la contienda como un enfrentamiento de voluntades. El mismo Zimerman refiriéndose a la reunión entre Bolívar y San Martín sugiere: ‘Acaso las palabras que cambiaron fueron triviales. Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil; si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos’.
Antes de proporcionar la ‘explicación’ citada (que proviene en gran parte, y explícitamente, de Schopenhauer, como mostraremos), Zimerman resume los debates fundamentales en torno a la entrevista de Guayaquil”
Balderston retoma la hipótesis schopenhaueriana, pero destaca la lucha entre genealogía y grafología (son los nombres que él pone a los dos polos: uno refiere explícitamente a la genealogía, el gen, la sangre, la estirpe, el origen, y el otro a lo textual con un nombre derrideano), lucha que a mi entender es la esencia del relato “Guayaquil” de Borges. El duelo entre el ser del historiador argentino, su estirpe, sus antepasados, y la relación de Zimerman a los textos, a su lectura.
Además está la cuestión de los bandos. Al profesor argentino no le conviene, le dice Zimerman, que su nombre quede asociado a la carta de Bolívar, y así al sector Bolívar de la polémica. Por otra parte, eventualmente alguien del sector San Martín, agrega, tendrá que refutar la carta de Bolívar, cosa que sí podría convenirle al historiador argentino en cuya sangre vive el pasado. Hay acá un verdadero argumento, bastante convincente. Pragmático, realista. No mera voluntad o convicción, o enunciación determinante e irrevocable. De todos modos me inclinaría a enfatizar como crucial el lugar del lector, extranjero como tal, que puede equivocarse porque lee indicios en documentos, lugar que encarna Zimerman. Porque es el factor más desarrollado. ¿Requiere el elemento de la voluntad este factor de la lectura? Por supuesto. Lo mismo que el argumento de la inconveniencia para el argentino de que su nombre quede asociado al sector Bolívar. La voluntad, el coraje, enhebran todos los factores, pero no son lo único ni lo central.
Por supuesto que puede pensarse que en la trama se produce el retorno, en un debate de academias, del impulso determinante del coraje, ese misterio codiciado, ese enigma esquivo y deseado. En el “visteo” entre los contrincantes o duelistas, los aceros se mueven con elegancia, parsimonia, pero hay uno que ansía la sangre con más fuerza. En el momento determinante dará la estocada final, la palabra que cerrará el duelo y sellará la victoria de uno y la derrota del otro. Este otro quedará perdido en un lamento, así empieza el cuento. Intentando dar a la narración algún sentido, algo que sirva de elaboración a esa pérdida que, ahora debemos pensarlo, es irremediable. Lo que ha perdido es lo que iba a coronar su vida.
Zimerman, por su parte, también parece contribuir a que prime el factor schopenhaueriano de la voluntad. Para ello, en dos ocasiones alude a la preeminencia de la persona por sobre las palabras o los juegos dialécticos. Y no puedo más que desconfiar de este énfasis dialéctico, justamente:
“Usted, un historiador, un meditativo, sabe mejor que yo que el misterio está en nosotros mismos, no en las palabras”
Se refiere al misterio acaso indescifrable de la entrevista de Guayaquil, y de la veracidad de las cartas de Bolívar. Y ante el interés del argentino de recuperar las precisas palabras que se dijeron San Martín y Bolívar, “Zimerman sentenció”:
“—Acaso las palabras que cambiaron fueron triviales. Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil, si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por sus juegos dialécticos. Como usted ve, no he olvidado mi Schopenhauer.
Agregó con una sonrisa:
—Words, words, words. Shakespeare, insuperado maestro de las palabras, las desdeñaba. En Guayaquil o en Buenos Aires, en Praga, siempre cuentan menos que las personas”
Es luego de esto que el narrador siente que algo les está ocurriendo o les ha ocurrido a ambos protagonistas. Algo mágico, dirá Zimerman o, dirá el narrador, “la manifestación de la voluntad en dos campos distintos”. Se refieren al apólogo en que los dos reyes juegan ajedrez en el cerro, mientras sus ejércitos pelean abajo, y el triunfo de un rey se replica en el de su ejército. Y a esa leyenda celta, el duelo de dos bardos, donde el primero, acompañado del arpa canta durante todo el día. Llegada la noche entrega el arpa al segundo, que dejándola a un lado se pone de pie para cantar. “El primero confiesa su derrota”. Reconoce la derrota por el hecho de que el otro peleará con menos armas, con su sola voz.
El profesor argentino comienza a ver que lo demasiado amueblado (trop meublé) de Zimerman, que aludía a una carencia, aludía también a la eficacia de la carencia del extranjero. Zimerman, acto seguido responde a las citas cultas sobre los reyes y bardos: “—Debo confesar mi ignorancia, mi lamentada ignorancia, de la materia de Bretaña. Usted, como el día, abarca el Occidente y el Oriente (…) Soy un mero metódico”.
Como un rey sol, como un noble o un descendiente de la sangre guerrera de América, el profesor argentino cae víctima de esa misma abundancia o supuesta superioridad del ser y del saber. Él es, o cree ser, cree saber, cree que esta misión coronará su vida, como a un rey de la historia, que como todo reinado se hereda por vía de la sangre. El otro le dice, yo ignoro, acaso apenas he salido del gueto, me trabuco, tengo que trasladarme a leer y leer documentos, descifrar… Y es por eso que será el lector. Por su carencia de saber, por su ignorancia, por su sitio extranjero, por su distancia del documento, por no ser el documento. Su carencia de ser y de saber lo emparentan con el lugar del analista como lector, con el deseo de saber que es una de las formas del deseo del analista, cuya falta de ser propicia la lectura en el diálogo analítico.
Notas
[1] Borges, Jorge Luis. “Guayaquil”. En: El informe de Brodie (1970). Emecé editores. Buenos Aires, 1987. Voy a usar esta edición. En ulteriores versiones, por ej. en las Obras Completas, también editadas por Emecé, Zimerman aparece escrito distinto (ver nota 4) y la Universidad que representa Zimerman es la del Sur, en vez de la de Córdoba.
[2] Pauls, Alan. El factor Borges. Literatura Random House, Buenos Aires, 2019
[3] Borges, Jorge Luis. «El soborno ”. En: El libro de arena. 1975. Emecé Editores.
[4] En versiones ulteriores Borges cambió la grafía por “Zimmermann”. Ver al respecto, por ejemplo, Balderston, Daniel. “‘El mundo pone el oído y no oye nada’: La entrevista de Guayaquil o los silencios de la historia”. En: ¿Fuera de contexto? Referencialidad histórica y expresión de la realidad en Borges, págs. 189-90. Beatriz Viterbo Editora, Buenos Aires, 1996.
[5] Barthes, Roland. “La muerte del autor”. En: El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1987.
[6] Borges, Jorge Luis. Elogio de la sombra (1969).
[7] Borges, Jorge Luis. “Guayaquil”. En: El informe de Brodie… Págs. 111-112.
[8] Joseph Korseniovsky es el nombre polaco, original, de Conrad. “Sulaco” es el nombre ficcional de la república sudamericana del texto de Conrad.
[9] Otra forma de infiltrar la realidad, un autor real, en la ficción, tal como ocurre en “Tema del traidor y del héroe”, donde por ejemplo alude a Browning y a Victor Hugo, poetas reales que habrían cantado al héroe sin embargo ficticio, Fergus Kilpatrick (Ver también “Ficción, historia y realidad en ‘Tema del traidor y del héroe’”, en: Corregir la muerte. Borges, entre literatura y psicoanálisis (Santiago Rebasa, Letra Viva, Buenos Aires, 2020).
[10] Alude aquí al conflicto entre academias de historia respecto de la carta de San Martín a Bolívar de 1822, sobre la entrevista de Guayaquil, carta que es considerada apócrifa en el sector Bolívar y verdadera en el sector San Martín, y donde este da su punto de vista de la entrevista.
[11] En “Tema del traidor y del héroe”. Borges, J. Luis. En Ficciones nos encontramos con los límites que la familia impone al que escribe: Ryan decide callar la parte traidora de la memoria de su antepasado, una vez que descubre la verdad. Si bien es cierto que el hallazgo de esa verdad se parece más al trabajo de los historiadores, leyendo bien los documentos, encontrando sus fallas, sus indicios, la imposibilidad de publicar el hallazgo ubica algunos de los límites de escribir una historia que es de algún modo propia, de la que no se tiene la distancia necesaria.
[12] Pauls, Alan. Ob. Cit. Págs. 71-72.
[13] En “La muerte y la brújula”, Lönnrot discute con el comisario Treviranus acerca de las hipótesis sobre el caso de los zafiros, y postula la necesidad, para él, de que las hipótesis sean interesantes antes que verosímiles o cercanas a la realidad.
[14] Pauls, Alan. Ob. Cit. Pág. 72.
[15] Balderston, Daniel. Ob. Cit. Pág. 193.
[16] Balderston Daniel. “Menard y sus contemporáneos: El debate sobre las armas y las letras”. En: ¿Fuera de contexto? Referencialidad histórica y expresión de la realidad en Borges. Beatriz Viterbo Editora. Buenos Aires, 1996. Pág. 193.
Santiago Rebasa. Psicoanalista, ex docente de la cátedra Freud I de la Facultad de Psicología (UBA), y ex concurrente y becario del Centro de Salud Mental N°3 «Dr. A. Ameghino», donde también fue docente y supervisor. Autor del libro «CORREGIR LA MUERTE. Borges, entre literatura y psicoanálisis» (Letra Viva, 2020), y coautor de «CÓMO LEE UN PSICOANALISTA. Sugestión, transferencia, interpretación» (Letra Viva, 2013) así como de diversos artículos en libros y revistas del medio psicoanalítico. Coordinó el Grupo de Escritura Clínica en el Centro Ameghino, y en los hospitales Gutiérrez y Alvear de la Ciudad de Buenos Aires. Es miembro fundador del Grupo Encuentros de Psicoanálisis desde 2006. Escribe poesía y es aficionado a la fotografía.
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