Imagen de portada: Trees 1961, de Tomioka Soichiro. medium oil on canvas. 1922 -1994 Japón.
En una nota aparecida en P12 Saccomanno repite literalmente a Masotta y quizá lo traiciona, pero no en el sentido masottiano aludido (que sostenía: “ahí donde se repite tal vez traiciona y ahí donde transforma no es sino porque quiere repetir”), porque no confiesa nada de su parte sino la repetición literal. Transcribe dos veces la misma cita sobre el final:
“Para defenderse de la gratuidad del acto de escribir había que escribir sobre temas que lo pusieran a uno en situación de peligro, que lo descolocaran ante los demás. Y hay entre otras (puesto que si se redacta un panfleto político el peligro es bastante inminente, policial y real) una manera de hacerlo. Escribir sobre uno mismo. Para desnudarse o para confesarse. Pero quien se confiesa se confiesa de algo, y para hacerlo es preciso un juicio retrospectivo y negativo, sobre ese algo. ¿Sería este mi caso? Y, por otra parte, es difícil sortear el peligro de la falta de peligro. Es necesario decidirse entonces a sumarse en todos estos peligros para intentar sortearlos”.(1)
Yo acaso he leído otra cosa en Masotta, no la nota autobiográfica o la confesión, sino el esbozo de una escritura de sí. No se trata del capricho de reunir textos de la más diversa índole para hacerse valer como autor, sino de entender que en ese gesto material de reunión se constituye un sujeto. Desde la cita o la reflexión teórica, a la rememoración, la anécdota o la conversación con los muertos, se trata de instaurar lugares de ejercicio espiritual para hacerse un cuerpo de letras.
Me he referido recientemente al caso Althusser, por ejemplo, mostrando cómo su clásico libro El porvenir es largo puede leerse como una escritura de sí(2). Allí también lo menciono a Masotta, por supuesto. Las experiencias vitales y mortales que uno puede atravesar –graves en los dos casos– no son secundarias respecto a las elaboraciones teóricas o posicionamientos políticos que nos constituyen. La subjetivación pasa, en efecto, por realizar un anudamiento entre registros completamente heterogéneos de la experiencia. No basta con decir que somos multiplicidades de almas o que estamos habitados por pulsiones en conflicto, también podemos mostrar cómo su disparidad nos constituye al tratar de dar cuenta de ello. Un giro reflexivo que busca, en la vertical de sí mismo, el vacío que habilita nuevos movimientos.
Sin embargo, no se puede escribir mientras se está sufriendo o atravesando una situación demasiado dolorosa; la escritura viene luego, como resto de lo que se ha atravesado, para dar a leer eso que no se podía decir en el momento, para terminar de elaborarlo. Tiene un efecto terapéutico, o ethopoiético, suplementario pero esencial para la constitución del sujeto. Se escribe para anudar las pulsiones, para atravesar el vacío, para inscribir en una genealogía espiritual la multiplicidad de almas que nos constituyen.
Es la lógica del concepto y la lógica de una vida: el que mucho abarca poco aprieta, pero el que aprieta mucho puede terminar estrangulándose. Hay que encontrar el punto justo entre las tensiones que nos solicitan. Demasiado abierto, laxo, flojo, termina no diciendo nada, no jugándose por nada, admitiendo cualquier cosa: la noche en que todos los gatos son pardos, el día en que todo tiene que ver con todo. Demasiado cerrado, rígido, tenso, termina diciendo solo una cosa, una misma idea, excluyendo todo lo demás: gesto patético de abrazarse a lo único valioso, grito mudo o silencio angustioso. No hay justo medio calculable sino punto singular excediendo los extremos de las intensidades. Encontrar el modo que se preserva y al mismo tiempo llama a otros a encontrar el suyo propio. No hay otro común que el de las singularidades que comparecen sin competencia, ni medida, pero en la máxima potencia de obrar: la diferencia absoluta.
Aquí voy a contar tres momentos que tienen que ver con el atravesamiento del dolor, la pena y la alegría. Son momentos formadores y transformadores que anudan la experiencia vital al concepto, la escritura a la exposición de una herida.
I
El mito familiar cuenta que de niño no lloraba. Supongo que era una exageración. Recuerdo haber llorado algunas veces. Al menos una penitencia la tengo bien fresca: condenado a permanecer encerrado en el baño y el viejo retándome de manera feroz. Luego adopté rápido una posición de pequeño adulto: muy serio, muy lector, muy atento a todo lo que se decía y presto a denunciar contradicciones o arbitrariedades. También aprendí a pelear y empezaron a respetarme incluso los más grandes; defendía a los pequeños de abusos y hostigamientos. Era disciplinado, estudiaba y hacía ejercicio; me gustaban las excursiones y aventuras en el campo o la montaña. Amaba los bosques. Todo iba bien hasta que se instaló la angustia inexplicable, los terrores nocturnos, las inhibiciones y el autodesprecio. Un estado deplorable que se prolongó demasiado tiempo. Si bien fue mutando y pude hacer algunas cosas en el camino: encontrar amores, cultivarme y analizarme, aprender un montón. Con ese telón de fondo no podía ir demasiado lejos, aunque fantaseara. La burbuja estalló con la primera separación importante. No sucedió inmediatamente, sino al tratar de dar cuenta de lo inexplicable. Exigido por amor a dar razones sentí que el suelo se abría ante mis pies y caí, caí, caí en un mar inabarcable de llanto desconsolado. Lloré todas las pérdidas como nunca había llorado, sin contención ni vergüenza alguna. Infinita tristeza. Quedé blando, blando y sin forma, era como una oruga que buscaba su capullo y no hallaba lugar. Tardé muchos años más en armarme uno. Y pasaron cosas, pasaron muchas cosas; algunas que intuía, otras que desconocía. Recuerdo que el viejo en sus últimos años lloraba, lloraba por cualquier motivo, aunque seguía siendo duro en su discurso. También lloré por él cuando murió con una media sonrisa en el rostro frío. Ahora soy de llanto fácil, casi todo lo que sucede me emociona; sobre todo, los aprendizajes de Camila: veo el mundo a través de su mirada que me da pavor y gracia a la vez. Puedo ser duro o blando según la ocasión, en cualquier caso, conozco mis motivos. Spinoza decía que pasábamos de la pasión a la acción cuando podíamos ser causa adecuada de lo que nos afectaba. Foucault concebía la crítica como un arte de la inservidumbre voluntaria o una indocilidad reflexiva. Yo cultivo más bien una indisciplina sistemática.
II
La única vez que asistí a un velorio fue cuando murió mi hermano. Aquella fue la excepción a la regla y me prometí no volver a hacerlo jamás. No era parte de la tradición familiar, desde ya: el ateísmo militante, como tantas otras cosas, se llevaba puesto también los mínimos rituales. Supe confrontar tempranamente la inquina de mis compañeros por no prenderme a ese ritual colectivo. Luego aprendí a ejercerlo con la debida distancia, como casi todo: no necesito figurar, creo en el acto irreductible que sostiene el corte y continúa la conversación con los muertos. Sin idealizaciones. Si hay un gesto de ternura que valga, se liga a la reelaboración de los puntos de impasse: cómo cada quién ha sabido hacer algo con lo real imposible. No me interesa nada más. Si hay alguna comunidad posible es a través de la comunicación entre las heridas y cicatrices singulares que han hecho cuerpo el pensamiento de algún modo. Es la única sabiduría. No tiene edad, ni clase, ni ideología. No le rindo culto a ningún ídolo ni hago tributos a nadie. Pero respeto a quienes han vivido hasta el final encarnando el pensamiento. Como me dijo Camila, aprendiendo a sacar las cuentas que importan, entre los siglos: “Los muertos ya son más que nosotros”.
III
Por último, le dedico este poema a mi hija, quien me hace renacer y pensar cada vez.
Qué lindo cuando dormís en casa,
después de algunos días sin vernos,
entonces la vida recupera el sentido,
el cuerpo el alma,
el alma el aliento,
y respiro.
Pequeña mía,
que te mecía para dormirte
desde recién nacida,
porque solo conmigo lo hacías,
en momentos difíciles,
y yo ensanchaba mi capacidad respiratoria,
la resistencia al sueño
y la fuerza de sostén en brazos.
Apenas recuperado,
armonizaba mi respiración con la tuya
y hacía de péndulo humano,
hamacándote en brazos, como podía.
Aunque fue hace poco que supe la razón:
somos un conjunto de péndulos,
vos, yo, nuestros cuerpos y almas,
todos los seres que van y vienen,
de acá para allá, de casa en casa.
Y en ese instante, somos eternos.
(1) https://www.pagina12.com.ar/593462-oscar-masotta-el-sospechoso
(2)https://www.academia.edu/95291725/El_giro_pr%C3%A1ctico_filosof%C3%ADa_francesa_y_escritura_de_s%C3%AD