Dos preguntas a Dany-Robert Dufour

Responsables de la sección y cuidado editorial: Gisela Avolio y Yanina Marcucci.

Dirección editorial: Helga Fernández.

Traducción Gisela Avolio 


Publicamos Dos Preguntas a Dany-Robert Dufour, en francés y en castellano, haciendo lugar a las lenguas, las geografías y los psicoanálisis.


¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

—Yo era un gran lector de Freud y Lacan cuando escribí mis dos primeros libros; La tartamudez de los maestros: Lacan, Benveniste, Lévi-Strauss, en 1988 y Los misterios de la trinidad en 1990 (libro que acaba de ser reeditado en edición de bolsillo este año). De Freud admiré el genio clínico que permitió una construcción teórica absolutamente nueva. De Lacan admiré la inteligencia que le había llevado a identificar, mucho antes que yo, modos de pensamiento relativos a lo unario (la etapa del espejo, la banda de Moebius), lo binario (sus textos sobre la cibernética y sus matemas) y lo trinitario (el ternario «real/simbólico/imaginario», el nudo borromeo) sin constituirlos, sin embargo, en campos específicos ni articularlos. Mi interés era —como dicen— teórico. Mi verdadero descubrimiento del psicoanálisis y de las cuestiones clínicas personales y sociales fue el resultado de mi encuentro con Serge Leclaire. Poco después de la publicación de Los misterios de la Trinidad, recibí una nota suya en 1990 que decía: “Estaba leyendo tu libro, pero sería más exacto decir que tu libro me estaba leyendo a mí». Puedes imaginar el resultado de tal comentario sobre el joven autor que era. Fué un trastorno. A quien fuera considerado el “primero de los lacanianos” (cito a Élisabeth Roudinesco, refiriéndose a él como el primero que hizo su análisis con el maestro y uno de los únicos discípulos que mantuvo su independencia), a quien leyó como un libro abierto el alma contemporánea, mis propuestas le ayudaron a leerlo.

Nos conocimos inmediatamente y enseguida se me hizo evidente que existía en él un hombre travieso y de gran cultura, que había oído la preocupación que yo traía y  la retomó por su cuenta hasta el punto de hacer suyo mi modo de expresarlo. Sigo preocupado por los últimos textos de Serge que son literalmente —no tengo otra palabra— “dufourianos”  y que —sobre todo— me instaron a ir más lejos en su compañía. 

¿Cuán lejos? Hasta el punto de capturar la aprehensión de que este problema de la civilización debería implicar, reexaminar y reformular una parte del conocimiento práctico y teórico que estaba tan cerca de su corazón, el psicoanálisis, y que él sentía irresistiblemente amenazado de esclerosis. Me pareció entonces profunda la fatiga de Serge Leclaire, tanto en lo que respecta a las sociedades psicoanalíticas reactivaba constantemente hasta caricaturizar lo que llamó «un gran todo» (Lacan) para protegerse de la ansiedad y producir un «buen derecho», como en lo que respecta a un discurso psicoanalítico que —según él— se quedaba estancado en la repetición y, por lo tanto, desperdiciaba la oportunidad histórica de ir más allá del siglo para terminar en una «reserva etnológica», al perder su lugar muy singular en la cultura («no tener nada», «en otra parte», decía).

Así que nos pusimos manos a la obra. Nos veíamos con bastante frecuencia. Recuerdo una estancia en su casa de los Alpes en Argentière y las tardes de los domingos en su oficina situada en un precioso apartamento en el último piso de un edificio de la rue Lhomond de París, donde pasábamos horas ocupándonos sin brújula en caminos que se abrían sobre confines, puntos límite, y donde, alternativamente, uno u otro se lanzaba sobre su corral para, como él mismo decía, “atrapar lo que pasa”. Es asombroso si lo pienso: durante estas sesiones, se adquirió la costumbre de sentarme en su sillón de analista mientras él se recostaba en el diván de sus pacientes. En resumen, yo era como un analista extraño que hacía su análisis con un analista real que se colocaba en la posición de analizante…

Me encontré en este extraño dispositivo porque Serge había hecho una audaz transposición clínica de mi teoría de la Trinidad: en cada tema se hablan las formas de la primera, segunda y tercera persona. El objetivo del análisis es que el analizante comience a hablar en primera persona. Y, para que yo pudiera entender claramente lo que enfrentaba con sus analizandos, me transcribió durante nuestras sesiones, lo que escuchó de esto o aquello en estos tres registros, preguntándome cómo «era apropiado captar», por qué sintagma (grupo de palabras que se suceden con un significado determinado), aquello que no lo hacía avanzar. Tenía un oído muy agudo para discernir estas formas de la primera, segunda y tercera persona. Practicaba escuchando mucha música de cámara y para cada pieza, se las ingeniaba para intentar escuchar la voz principal, la voz de un plano más atrás y la voz de fondo. Él también me asoció con esto ya que vine varias veces a su “sala de música” para probar con él el sistema y el equipo de alta fidelidad capaz de hacer escuchar mejor la espacialidad y la profundidad de las voces. Ambos nos beneficiamos mucho de estas sesiones: le dije lo que mis teorías de lo unario y lo trinitario podían entender de sus casos, hasta el punto de sugerir maneras de atrapar a algunos de sus analizandos enredados en la repetición, y aprendí mucho para desarrollar, a partir de estos casos, de las nuevas formas de malestar en la civilización.

Nuestras “discusiones” sobre el malestar, además de nuestros propios y singulares malestares, giraban en torno a dos cuestiones anudadas entre sí, pero sin embargo distintas: por un lado, el desvanecimiento histórico del Otro, su liquidación progresiva o su transformación radical, y, por otro lado, lo que estaba sucediendo en la relación del hombre con la ciencia y la tecnología, es decir con lo binario.

Un día me dijo, bastante nervioso, que no cesaba de rechazar la petición que le hacían constantemente de refundar una asociación psicoanalítica después de la muerte de Lacan, pero que conmigo, si yo consentía, quería hacerlo. ¿Por qué yo?, le pregunté. Porque “tus libros rompen las barracas y nos obligan a empezar de nuevo”. Estaba preocupado. Le dije que me sentía más que honrado por su propuesta, pero que sólo había un problema para llevar a cabo este maravilloso proyecto: yo no era psicoanalista. Pero este “detalle” le hizo sonreír y reiteró su oferta. Entonces comprendí que él me había ungido in petto como analista ya que me había puesto físicamente en este lugar instalándome en su sillón. Pero siempre he sabido distinguir entre la excepción y la regla, y no quería hacerlo —aunque no ignoraba la parte de impostura que hay a la hora de asumir esta postura—. Otros, probablemente, habrían sido menos cuidadosos. No me lo reprochó. Entendió que yo no era un hombre de escuela, ni de redes, sino un solitario, sólo dispuesto a algunas compañías bien elegidas. Se contentó con crear conmigo una asociación llamada Franchissement, cuyos estatutos, redactados por él, fueron sometidos a la autoridad de la Prefectura. Esta asociación se propuso la tarea de pensar sobre los efectos de las tecnociencias sobre la simbolización. En una de las últimas palabras que recibí de él, Serge Leclaire escribió lo siguiente: “Querido Dany, no quería esperar más para captar estas notas (adjuntó algunas páginas de notas sobre un tema que era importante para él) en el fondo, la mutación en el pensamiento. Puedes imaginar lo que espero de un futuro encuentro que tendrá los efectos de la convalecencia… Hasta pronto… Amistades…» Era junio de 1994, poco antes de su muerte.

Después de su muerte me di cuenta de que de alguna manera él había prescrito o tal vez incluso revelado mi propósito: trabajar sobre nuevas formas de malestar en la civilización. En resumen, me dijo que mis libros sobre el unario y la trinidad tal vez le habían permitido comprender mejor la función simbólica. Pero como era precisamente esta función simbólica la que se estaba erosionando en aquel momento, tuve que iniciar un nuevo ciclo de trabajo sobre esta erosión y sus consecuencias en la civilización. Cuando entendí este mensaje, él estaba muriendo (8 de agosto de 1994). Fue aún más pesado porque con estos dos libros pensé que había agotado lo que tenía que decir. Y finalmente estar en paz. Y descubrí que… era sólo el comienzo de un nuevo ciclo.

—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad? 

—Lo que sólo él puede aportar: no sólo una comprensión profunda de los destinos individuales, sino también una comprensión de cómo, a lo largo de la historia humana hasta hoy, las pulsiones han sido capturadas por el Amo (en el sentido hegeliano del término), gracias a vastos esfuerzos teológicos. Dispositivos políticos, con miras a alienar al otro y domesticar a la multitud. Esto es lo que Lacan pretendía cuando construyó su Discurso del amo (que se convirtió en Discurso del capitalista en 1972). Sólo —creo— el psicoanálisis es capaz de mostrar cómo el Amo instaló fabulosos dispositivos ilusorios, desde grandes espejos hasta alondras, con el objetivo de capturar las mentes y tomar el control de la multitud para convertirlas en esclavas que trabajan en la realización de sus objetivos de poder y gloria. Sólo él es capaz de hacerlo, porque él solo aspira exactamente a lo contrario: ¡que cada uno se libere y hable en su propio nombre!

Creo que entiendes lo que quiero decir con lo que está pasando hoy en Argentina.


Comment et quand avez-vous découvert la psychanalyse? 

—J’étais grand lecteur de Freud et de Lacan au moment de la rédaction de mes deux premiers livres: Le bégaiement de maîtres: Lacan, Benveniste, Lévi-Strauss en 1988 et Les mystères de la trinité en 1990 (livre qui vient d’être réédité en poche cette année). De Freud, j’admirais le génie clinique ayant permis une construction théorique absolument nouvelle. De Lacan, j’admirais l’intelligence qui l’avait conduit à repérer, bien avant moi, des modes de pensée relevant de l’unaire (le stade du miroir, la bande de Moebius), du binaire (ses textes sur la cybernétique et ses mathèmes) et du trinitaire (le ternaire «réel/ symbolique/ imaginaire», le nœud borroméen), sans toutefois les constituer en champs spécifiques, ni les articuler. Cependant mon intérêt était, comme on dit, théorique. Ma véritable découverte de la psychanalyse et des questions de cliniques personnelles et sociales résulte de ma rencontre avec Serge Leclaire. Peu de temps après la publication de Les mystères de la trinité, j’ai reçu en 1990 un mot de lui qui disait : « Je lisais votre livre, mais il serait plus juste de dire que votre livre me lisait. » Vous imaginez le résultat d’un tel propos sur le jeune auteur que j’étais. Un bouleversement. Celui qui était considéré comme le « premier des lacaniens » (je cite Élisabeth Roudinesco, qui désignait par là le premier à avoir fait son analyse avec le maître et un des seuls disciples à avoir gardé son indépendance) me signifiait en quelque sorte, lui qui lisait à livre ouvert dans l’âme contemporaine, que mes propos l’aidaient à la lire. 

Nous nous sommes aussitôt rencontrés, et il m’a été immédiatement évident qu’il existait désormais un homme, malicieux et de haute culture, qui avait entendu le souci qui me portait, qui le reprenait à son compte jusqu’à faire sienne ma façon de l’exprimer – je reste troublé par les derniers textes de Serge qui sont littéralement, je n’ai pas d’autre mot, « dufouriens » – et qui, surtout, m’exhortait à aller plus loin en sa compagnie. Jusqu’où ? Jusqu’au point où la saisie, l’appréhension de ce problème de civilisation, allaient devoir impliquer de réexaminer et de reformuler un pan du savoir pratique et théorique qui lui tenait tant à cœur, celui de la psychanalyse, et qu’il sentait irrésistiblement menacé de sclérose. Profonde m’est alors apparue la fatigue de Serge Leclaire, tant à l’égard des sociétés psychanalytiques, réactivant sans cesse jusqu’à la caricature ce qu’il appelait « un grand tout » (Lacan) pour parer à l’angoisse et produire du « bon droit », qu’à l’égard d’un discours psychanalytique qu’il voyait en train de s’enrayer dans la répétition et donc de gâcher l’occasion historique de dépasser le siècle pour finir dans une « réserve ethnologique », en perdant sa très singulière place dans la culture (« n’en avoir aucune », « ailleurs » 1, disait-il…). 

Nous nous sommes donc mis au travail. Nous nous voyions assez fréquemment. Je me souviens d’un séjour dans sa maison dans les Alpes à d’Argentière et de dimanches après-midi dans son cabinet situé dans un très bel appartement au dernier étage d’un immeuble de la rue Lhomond à Paris, où nous passions des heures à nous engager sans boussole dans des chemins ouvrant sur des confins, des points limite, et où, alternativement, l’un ou l’autre se jetait sur son stylo afin, comme il disait, « d’attraper ce qui passe ». 

Fait sidérant quand j’y repense : au cours de ces séances, il avait pris l’habitude de m’installer dans son fauteuil d’analyste pendant que lui s’allongeait sur le divan de ses patients. J’étais en somme comme un étrange analyste qui faisait son analyse avec un vrai analyste qui se plaçait en position d’analysant… 

Je me suis retrouvé dans ce dispositif étrange parce que Serge avait fait une audacieuse transposition clinique de ma théorie du trinitaire : dans chaque sujet parlent des voies de première, de deuxième et de troisième personnes. Le but de l’analyse étant que l’analysant se mette à parler en première personne. Et, pour que je comprenne bien à quoi il s’affrontait avec ses analysants, il me retranscrivait, lors de nos séances, ce qu’il entendait de tel ou tel dans ces trois registres en me demandant comment «il convenait d’attraper», par quel syntagme (groupe de mots qui se suivent avec un sens déterminé), celui qu’il ne parvenait pas à faire avancer. Il avait l’oreille très fine pour discerner ces voies de première, de deuxième et de troisième personnes. Il s’entrainait en écoutant beaucoup de musique de chambre et, pour chaque morceau, il s’ingéniait à entendre la voix principale, la voix d’arrière-plan et la voix de fond. À cela aussi il m’a associé puisque que je suis venu à plusieurs reprises dans son «salon de musique» pour tester avec lui la chaîne et le matériel hi-fi très haut de gamme susceptible de faire entendre au mieux la spatialité et la profondeur des voix. 

Nous profitions beaucoup l’un et l’autre de ces séances : je lui disais ce que mes théories de l’unaire et du trinitaire pouvaient entendre de ses cas, au point de lui suggérer des façons pour «attraper» certains de ses analysants empêtrés dans la répétition, et moi j’en apprenais beaucoup pour développer, à partir de ces cas, les nouvelles formes du malaise dans la civilisation 

Nos « discussions » sur le malaise, outre nos propres et singuliers malaises, tournaient autour de deux questions emboîtées l’une dans l’autre, mais cependant distinctes : d’une part le fading historique de l’Autre, sa liquidation rampante, ou sa transformation radicale, et, d’autre part, ce qui était en train de se jouer dans le rapport de l’homme aux sciences et aux techniques, c’est-à-dire au binaire.

Un jour, il me dit, tout à trac, qu’il ne cessait de refuser la demande qu’on lui faisait constamment de refonder une association psychanalytique après la mort de Lacan, mais qu’avec moi, si j’y consentais, il voulait bien. Pourquoi moi, lui demandai-je ? Parce que « tes livres cassent la baraque et nous obligent à tout reprendre ». Je fus troublé. Je lui répondis que j’étais plus qu’honoré de sa proposition, mais qu’il y avait un seul problème pour réaliser ce beau projet : je n’étais pas psychanalyste. Mais ce « détail » le fit sourire et il réitéra son offre. Je compris alors qu’il m’avait oint in petto comme analyste dès lors qu’il m’avait physiquement mis dans cette place en m’installant dans son fauteuil. Mais j’ai toujours su distinguer entre l’exception et la règle, et je n’ai pas voulu ― même si je n’ignorais pas la part d’imposture qui existe dès lors qu’il s’agit d’assumer cette position. D’autres, probablement, auraient été moins regardant.

Il ne m’en tînt aucune rigueur. Il avait compris que je n’étais pas un homme d’école, ni de réseaux, mais un solitaire, seulement prêt à quelques compagnonnages bien choisis. Il s’est contenté de créer avec moi une association nommé Franchissement, dont les statuts, rédigés par lui, ont été déposés devant l’autorité préfectorale. Cette association se donnait pour tâche de penser les effets des techno-sciences sur la symbolisation.

Dans un des derniers mots que j’ai reçus de lui, Serge Leclaire écrivait ceci : « Cher Dany, je n’ai pas voulu attendre plus pour “saisir” ces notes (il me joignait quelques pages de notes sur un thème qui lui tenait à cœur, celui de la “mutation dans la pensée”). Tu imagines ce que j’attends d’une prochaine rencontre qui prenne consistance des effets de convalescence… A bientôt… Amitiés… » C’était en juin 1994, peu de temps avant sa mort.

Je me suis rendu compte après sa mort qu’il m’avait en quelque sorte prescrit ou peut-être même révélé mon objet : travailler sur les nouvelles formes du malaise dans la civilisation. Il me disait en somme que mes livres sur l’unaire et la trinité ont peut-être permis de mieux comprendre la fonction symbolique. Mais, qu’aujourd’hui, comme c’était justement cette fonction symbolique qui s’érodait, il me fallait entamer un nouveau cycle de travail sur cette érosion et ses conséquences dans la civilisation. Lorsque je compris ce message, il mourait (le 8 août 1994). C’était d’autant plus lourd à porter qu’avec ces deux livres, je croyais avoir épuisé ce que j’avais à dire. Et être enfin tranquille. Et je découvrais que… ce n’était que le début d’un nouveau cycle. 

—Que considérez-vous que la psychanalyse peut apporter à notre contemporanéité?

—Ce qu’elle seule peut apporter : non seulement une compréhension profondes des destinées individuelles, mais aussi une compréhension de la façon dont, tout au long de l’Histoire humaine, jusqu’à aujourd’hui, les pulsions ont été captées par le Maître (au sens hégélien du terme), grâce à de vastes dispositifs théologico-politiques, en vue d’aliéner l’autre et de domestiquer la multitude. C’est ce que Lacan a visé lorsqu’il a construit son «discours du Maître» (devenu «discours du capitaliste» en 1972). Seule, je pense, la psychanalyse est en mesure de montrer comment le Maître a monté de fabuleux dispositifs illusoires, des grands miroirs aux alouettes, dans le but de capter les esprits et de prendre barre sur la multitude pour en faire des esclaves travaillant à la réalisation de ses objectifs de puissance et de gloire. Elle seule est en mesure de le faire parce qu’elle seule vise l’exact contraire : que chacun se désassujettisse et parle en son nom ! 

Je pense que vous comprenez ce que je veux dire avec ce qui arrive aujourd’hui en Argentine.

1  Cf. Serge Leclaire, Demeures de l’ailleurs, Arcanes, Strasbourg, 1996.


Dany-Robert DUFOUR es filósofo, profesor universitario honorario. Su obra se centra principalmente en sistemas y procesos simbólicos y se sitúa en el cruce de la filosofía del lenguaje, la filosofía política y el psicoanálisis. Es autor de aproximadamente veinticinco ensayos, entre los que Les mystères de la trinité (Gallimard, 1990, Pocket 2023), Le divin Marché (Folio Gallimard essai, 2007), Baise ton prochain – Une histoire souterraine du capitalisme (Actes-Sud Babel, 2019) y Le phénomène trans – Le regard d’un philosophe (Le Cherche-Midi, 2023). Sitio : http://www.dany-robert-dufour.fr/


Esta revista se sustenta gracias a la publicación, la difusión y la edición, sin ánimo de lucro, de cada uno de los miembros que la componen. Agradecemos la colaboración económica que el lector o la lectora quiera y pueda para lo cual dejamos nuestros datos.

CVU: 0000003100078641018285
Alias: enelmargen.mp
Mercado Pago

Desde el exterior: https://www.paypal.me/flagelodelverbo

Un comentario en “Dos preguntas a Dany-Robert Dufour

Deja un comentario