El 1 de noviembre de este año se presentó, en el Museo del Libro y de la Lengua Horacio González, La hora del diamante. Diario de un duelo, de Luis Ignacio García. Un libro publicado en el mes de octubre, en Córdoba, por Los Ríos Editorial. La presentación estuvo a cargo de María Moreno, Ana Longoni y Helga Fernández. Hoy En el margen tiene la alegría de publicar los tres textos en tres post independientes pero interconectados a través de sus links. A continuación, el texto de Ana Longoni. Y aquí los textos de María Moreno y Helga Fernández.
Seis apuntes alrededor de la excritura de La hora del diamante
Inventar un ritual
Hoy, que es Día de todos los muertos, es nuestro día de esta muerta. No conocí, no conozco a Mariela Laudecina más que a través de su escritura y del amor de Luis y sus (muchos) piropos extremos:
“No hay consuelo a su medida, la chica del exceso”
“Mariela amaba el cielo pero más amaba la tierra”
“Le gustaba su rol de médium”
“La médium del amor, la cultivadora de los umbrales”
“La niña bruja”
“Esa niña poderosa”
“Mariela no era singular, Mariela era maravillosa”
“Siempre supo llevarme al límite”
“Yo era mejor con ella, mucho mejor. El temor es también el de volver a ser el estúpido de siempre”.
Y aquí estamos, inventándonos un pequeño ritual. “Bonito oxímoron”, señala Luis, ante la carencia moderna, el escamoteo, la reducción de nuestras prácticas funerarias, en medio de un tendal inaudito de muertxs (la pandemia, Palestina).
Hoy conversamos con Luis sobre la posibilidad de continuar el pequeño ritual que ahora comenzamos mañana temprano en el cementerio de Flores, adonde la comunidad boliviana se reúne a celebrar a sus muertxs, estén o no enterradxs allí.
La práctica de pedir permiso a algún muerto generoso y solitario para ocupar momentáneamente su tumba, limpiarla, comer, beber y bailar a su alrededor, y celebrar (también) a otrxs.
Quiero que me entierren allí. Que me bailen encima, y alimentar la tierra.
Allí mismo Mariana Corral “enterró” a su padre desaparecido, secuestrado en Iguazú en 1976, cuando intuyó que no iba a poder recuperar sus restos.
Como los pobladores del río Magdalena, zona asolada por la violencia paramilitar en Colombia, que (de acuerdo al relato de Ileana Diéguez) entierran los cuerpos NN que llegan arrastrados por la corriente, y les piden prestada la lápida para inscribir los nombres de lxs desaparecidxs del pueblo que no han vuelto.
Los rituales pueden habilitar esos usos solidarios, esos préstamos y transiciones.
El jardín/ sus escritos
En medio del duelo inconmensurable, Luis reconoce “Dos tareas que me hacen bien: cuidar el jardín y ordenar sus escritos.” El mundo vegetal y la escritura.
Lo primero: “La fuerza no de una realidad que arrasa, sino de una solicitación que invita. Así se habita un jardín. (…) La primavera existe en el modo de existencia de los muertos”.
El filósofo agnóstico reconoce estar viviendo su “año del pensamiento mágico”, abierto a señales en clave, a chispas de magia. Y propone una relación entre rezar y regar las plantas. “El cielo escribe/ una herida vegetal”
Retira las cenizas de Mariela y se pregunta (él y las amigas cercanas) qué hacer con ellas: “Un paquete de harina. Menos que un paquete de harina. Nada más. Inverosímil todo”. Deciden, finalmente, inventar un pequeño ritual funerario en el jardín el día del cumpleaños de Mariela.
“Plantar sus cenizas” con un pequeño ciruelo, imaginemos el tamaño de la ilusión. Allí nace “El árbol-ella”, el primero que ve cada mañana al levantar la persiana.
Un compost que mezcla cenizas y restos orgánicos: alusión concreta a la fertilidad de lo por venir. Ojalá.
Luis habla de un duelo improductivo, pero además de este libro que es enorme, lo ha hecho hacer mucho. Sembrar el ciruelo-ella/ editar el enorme y precioso volumen Ciruelas, la poesía reunida de Mariela. Ciruelo, ciruelas.
La lengua del duelo
Podría arriesgar que en La hora del diamante hay un intento de escritura en colaboración. Luis busca escribir con Mariela muerta. Claro que ya lo ha hecho con Mariela viva. Aunque por supuesto no es lo mismo.
Duelo escrito, o mejor duelo escribiéndose. La escritura como médium. La escritura como cura. NO como fuga.
“No voy a buscarte en las palabras
Voy a encontrarte en el jadeo entre ellas.”
Y en otra parte: “Imagino un duelo así: Mariela se va alejando como tema a medida que se va acercando como sintaxis”, escribe Luis. Y más adelante reconoce dos gramáticas del duelo: la pérdida/el dolor, por un lado, y la transformación/el hacer, por otro. “Interrumpir su muerte en la interrupción de mi vida: la suspensión, el lugar de la escritura”.
Un duelo que no provoque olvido sino un desplazamiento.
Dos dimensiones del duelo: “la destrucción de mi vida y las condiciones de su nueva presencia”.
Un duelo capaz de inventar una lengua para comunicarnos con nuestrxs muertxs.
Atento incluso (o sobre todo) al lapsus: excritura. El duelo, la pena excrita. Escritura excretada. Escrita con los propios flujos.
Pero su duelo, el de ella, ¿depende en algo de él? Solo hay que estar atentxs y dispuestxs.
El género del diario. Un ejercicio de escritura cotidiana, un registro para sí mismo. La marca de la fecha, situando cada entrada. Luis hace públicos desde un inicio en las redes sociales muchos de estos textos. A borbotones. Incontenible. (La intimidad del duelo, expuesta). ¿A quiénes (amigxs, conocidxs, anónimos) está destinada esta escritura?
A veces, aparece el registro epistolar, escrito en segunda persona, para Mariela.
Como los primeros recordatorios de Página/12, que asumieron la forma epistolar para dar noticias familiares al desaparecidx, contarle que nació un nieto o que falleció la vieja. El lector, la lectora, colocado involuntariamente en el lugar del destinatario de la misiva.
“¿Quién es el anfitrión aquí? Tampoco sé quién ha sido el anfitrión en este diario”, dice Luis.
¿Quien es el anfitrión, quien el huésped? Es decir, quien da alojamiento a otra persona (todo lo contrario de su uso extendido).
En La hora del diamante se entremezclan distintos registros: poemas, ensayos, cartas, registro de las sesiones de psicoanálisis, respuestas a entrevistas, textos ajenos que le van llegando.
Mis favoritos: las entradas EPIGRAMÁTICAS de un solo renglón, sintéticas sentencias o preguntas sin respuesta.
“No se escribe con sangre, se escribe para sangrar”
“¿Creo que puedo empezar a recordarte?”
“Tenía memoria de elefante herido para las cosas del amor.”
La primera parte del libro, “La hendija mágica”, es la transcripción del diario, desde el día después de la muerte de Mariela: el 25/5/2021. Se cierra con “El minuto fastuoso” (24/5/2022). ¿Un año es el tiempo que requiere el duelo? El diario, el duelo podría haber seguido y seguido. En el medio, Luis hace intentos de interrumpirlo, deja vacíos, silencios, huecos, elipsis.
El libro se abre con un poema de Mariela anunciatorio, al que vuelve al final, como cierre, cuando un largo camino (un tiempo, un trayecto) lo ha dotado de algún sentido:
“Me iré feliz
cuando la hendija mágica
que inauguré para vos
convierta a este minuto fastuoso
en el siempre que me toca.”
La hendija no es metáfora sino literal herida, hendidura, hueco y motor de (otra) escritura. Réplica:
“La hendija / que inauguraste en mí/ no sabe a qué mundo pertenece, y sabe/ que vos tampoco”.
La segunda parte reúne tres ensayos sobre el duelo, presentados en distintas instancias y escritos en paralelo al diario. Van y vienen, en otro registro, más cohesionado o formal, o sobrepuesto, horadando esa misma hendija.
(No) Viudo
Este duelo ocurre por la muerte de la pareja. No del hijo ni del padre ni la madre ni del amigo o amiga, que siguen siendo hijo, padre, madre, amigxs, aún muertos, ahora muertos.
“El duelo por la pareja no solo te quita al ser amado (…) arrasa la cueva en la que te habrías replegado para recuperarte de las heridas”, escribe Luis, indagando en la magnitud de esa diferencia.
El amor erótico, experimentado como lo irreductible mismo, ya no es. Sin embargo, la figura del viudo no se invoca nunca. (Solo una vez se ríe de sí: “seré como esas viudas”)
El duelo es sexual.
¿No es viudo porque no se puede pensar su relación amorosa como un contrato matrimonial?
Poco a poco, aparece con pudor e impudicia, el reconocimiento del deseo de compartir su vida con alguien. La “Necesidad, miedo y aprensión de estar con alguien”.
Ceci aparece sin nombre, junto a la historia del mensaje inequívoco del retrato de la mujer con melena de leona diciéndole en lenguaje de comic ¡¡¡¡SI!!!!!, cuando se despierta de la primera noche con ella. El permiso.
Más tarde se la nombra.
“Si Mariela estuviera viva estaría con ella y no con Ceci”: amenazante no-pensamiento.
“Cómo seguir amándola de manera que me permita seguir amando”
La traición que implica que alguien ocupe su lugar. No hay relevo posible. “Solo murió en el reino de la vida, no en el del amor” (el fin del amor entre sujetos vivos siempre es una posibilidad, la más probable, a decir verdad, pero ahora es lo imposible: “la eternidad metió la cola y aún no sé qué hacer con ella”.)
Hasta cambiar el armazón de los anteojos puede sentirse como un acto de traición:
“La traición de no dar respuesta a la infinidad de citas posibles en las que ella lograría un plus de existencia, y a las que yo podría no asistir por estar desatento”.
Cuántas veces desatendemos, desatendimos, desatenderemos esas citas, esas formas de presencia sutiles, imprecisas, vagas…
Incluso dar cabida al humor /a reírse con los muertos.
“Mi sexo es un animal ciego. No vio su muerte. ¿Cómo le explico? También es un animal sordo”
“Imagino un panel de debate entre muertos discutiendo sobre la diseminada superstición acerca de la supuesta existencia de los vivos”
Los muertos no devienen muertos por el simple hecho de morir sino por un proceso que nos concierne a los vivos. El duelo no es matar a los muertos sino ayudarles a morir.
Luis discute con Conrad: “Los muertos solo pueden vivir con la intensidad y la calidad de la vida que les prestan los vivos”. Ese “solo” de Conrad niega la agenda de los muertos. Pero además:
“Todxs estamos muertxs. Algunxs más decididamente, otrxs bajo la reserva del aún-no”.
Como dice bellamente Blanca Lema (en Estrellas y Trotyl): “He muerto poco/debo morir más”
Es la indiferencia, la negación o la incomprensión de lxs vivos lo que mata a lxs muertos. ¿Y a lxs vivxs?
El ermitaño
Con Luis hemos conversado y escrito juntxs (en particular sobre las fotos que Víctor Basterra logró arrebatar al dispositivo desaparecedor de la ESMA y su condición de invisibilidad).
Cuando supe de la muerte de Mariela, por uno de los posteos de Luis, yo vivía en España. Junto a Nat y Jordana, desesperamos pensando qué hacer para acompañarlo a la distancia. Una no sabe qué hacer ante la muerte, ante el dolor que provoca en lxs vivxs. Atiborramos una cajita con chocolates y libros, como pequeño acto de consuelo desconsolado, torpe receta para conjurar la tristeza. Él supo leer allí lo que no le supimos decir: “Luis, el consuelo es posible”.
En noviembre de 2021, hace ya dos años, a poco de regresada de España viajé a Córdoba a visitarlo. Sin más. La incomodidad previa del no saber qué decir (la solemnidad insulsa del “lo siento”) se desvaneció apenas nos dimos un abrazo. Doce horas hablando y sobre todo escuchando, haciendo mate, caminando por el barrio, acariciando el entrecejo de la perra Aimé. “Un desayuno de rey, una buena ducha, unas divinas visitas guiadas, un almuerzo delicioso, paseos barriales con jacarandás florecidos.”
Luis me enseñó esa tarde el precioso presente que le hizo su amiga Indira Montoya: la delicada transcripción en papel tisú de dos poemarios enteros de Mariela, usando como único papel secante un papel canson, más grueso. 2 horas 40 minutos poniendo el cuerpo para componer ese gesto amoroso de transcribir. Finalmente de eso se trata, de estar. Ante la pérdida irreparable, arriesgarnos a reconocer otras formas del estar.
Cuando fui, acababa de ocurrir la ceremonia en el jardín, el devenir ciruelo de las cenizas de Mariela. Me contó Luis que le había tocado, en el reparto del mazo del tarot que otra amiga había hecho en la ceremonia, la carta del ermitaño. La querida Fernanda Carvajal nos hizo a distancia una lectura de esa carta. Según el Tarot de Marsella, uno de los mazos más antiguos, a diferencia de todos los arcanos mayores que miran hacia la derecha, el ermitaño mira hacia la izquierda. El ángel de la historia, un asceta, un sabio que camina mirando hacia atrás, iluminando el pasado.
La carta del ermitaño me llevó a recordar una novela de Thomas Mann, El elegido, que leí lentamente hace veinte años durante un viaje a Alemania, entre trenes, aviones y cuchetas en hostels. Su protagonista, Gregorio, hijo del amor incestuoso entre un heredero del trono y su hermana, que al descubrir de dónde viene se refugia en una isla solitaria durante muchos años, sometiéndose a todas las penurias, sin ver a nadie, sin decir palabra. El ermitaño terminó pareciéndose a un molusco. Y cuando termina de exorcizar esa culpa con esa larga temporada de aislamiento, es elegido papa, Gregorio V.
Le conté lo que recordaba de la novela a Luis, y tuve la pulsión irrefrenable de encargar inmediatamente el libro por mercado libre, un ejemplar usado. Era un viernes. Luis me había dicho que los sábados solía ser el día en que le ocurrían mensajes, señales, evidencias de presencia de Mariela, y dijo “ah, pero esta vez no llegará tan pronto, desde Buenos Aires”. Al día siguiente, me manda, mudo, una foto del libro recién recibido. Era exactamente la misma edición que yo había leído en 2003. Incluso tiendo a imaginar que puede tratarse del mismo ejemplar, porque no lo pude encontrar en mi biblioteca.
“Estoy en flash”, le escribí a Luis: “soy una médium de tu chica”.
Aún con esa certeza (saberme de golpe parte de un engranaje para hacer llegar un mensaje) todavía no termino de entender qué significa todo esto.
Y sin saber muy bien por qué, aparecen los pies:
“Tomo las decisiones con los pies”, escribió Mariela Laudecina.
“Con los pies en el desencanto y las manos en el deseo” (leí hace poco de val flores)
Y aparece la manzana rayada, primera comida sólida de bebé, que Luis le da en pequeñas porciones a Mariela agonizante. “Cara de primer día, de último día, de verdad”.
Sueños
Luis cita a Heiner Muller: “el diálogo con los muertos no debe en ningún caso romperse antes de que entreguen lo que está enterrado con ellos de futuro”. Algo nos quieren decir.
Atendiendo -como señala y ejercita Vinciane Despret- a las señales de magia profana y el territorio de los sueños como zonas de contacto, lo onírico como lugar de encuentro y conexión.
“Anoche soñé con vos”, escribe Luis a Mariela. Y sabe que ve a un fantasma.
Inicia en paralelo otro diario, un registro de sueños, un nocturnario.
No hace mucho que también inicié un cuaderno para escribir sueños en la mesa de luz, para registrarlos al menos sus restos o imágenes más fuertes antes de que se escabullan. Hoy a la mañana anoté: “soñé con Luis y Mariela. Estábamos juntxs, yendo a una fiesta, conversando.” Quizá veníamos para acá, quien sabe, en todo caso estábamos contentxs, era de noche, soplaba el viento.
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2 comentarios en “«La hora del diamante. Diario de un duelo», de Luis Ignacio García. Por Ana Longoni. ”