Imagen de portada: Liliana Porter. «El hombre con su hacha y otras situaciones breves» (Malba)
Cuidado editorial: Patricia Martínez.
Ante las políticas que dictan sus preceptos a través de la fijación del sentido de algunas palabras y composición de letras, desde nuestro lugarcito en el discurso jaqueamos el orden decretado y nos reapropiamos de la materia de la metáfora.
Con ustedes y para ustedes, para todxs nosotrxs, anunciamos una nueva sección: TNU, texto de necesidad y urgencia.
Textos que no obligan nada a nadie. Textos con los que cada quien subjetiva, lee, venga, defiende y construye la vida que nos hurtan.
Delegación editorial
Toma el libro de Cristina de la biblioteca y se pone a leer la contratapa, como le enseñaron en el colegio, se emociona y me dice “qué lástima que ganó Milei”. Después me dirá que había sentido ganas de llorar en ese momento, pero que le parecía ridículo hacerlo. Le dije que si sentía ganas de llorar lo hiciera, y que hablemos también de lo que sentía. Estamos tratando de ponerle palabras a las angustias que emergen. Alguien había dicho en relación a cierta pérdida significativa que la angustia no era de ella. Pero la angustia ¿puede atribuirse así, tan fácilmente, individualizarse? ¿Deberíamos distinguir angustias del yo, del individuo o persona, de angustias de otros, sociales, heredadas? ¿Angustias infantiles y angustias adultas? Más bien, creo que las angustias son afectos de la relación con los otros, no son exclusivas del yo ni de ellos, sino emergentes de una imposibilidad que se hace presente (una ausencia de relación radical). Entonces hay que poder decir al borde de la lágrima viva, o en medio de ella, la palabra que enlace y derive hacia otra cosa; no negar el sentimiento, ni menospreciarlo, pero tampoco ahogarse en él. Poder decir, poder cantar, poder escribir o bailar, lo que sea, porque ¿cómo no estar angustiados con las cosas que pasan, con las barbaridades que se dicen, con las ausencias que duelen? ¿Cuánto más podremos soportar?
“Si el pueblo no lucha la filosofía no piensa”, decía León Rozitchner. Pero además debemos señalar el reverso de esa condición materialista ineluctable: si la filosofía no nos prepara para la lucha, el pueblo no piensa. No me refiero, por supuesto, a la filosofía académica sino al gesto reflexivo que capta en un instante de peligro el conjunto en que nos hallamos entramados y su pronta disolución. Llamo filosofía a la serie de ejercicios que nos preparan para la captación, en un fugaz instante, de la idea que hace al conjunto. No hay ejercicio sin pensamiento, ni pensamiento sin ejercicio. Si no nos ejercitamos, si no pensamos, si no luchamos, es la barbarie. No es cuestión de individuos o colectivos sino de atravesar el fantasma ideológico de la libertad. El neoliberalismo es la realización del fantasma: una locura privada de libertad. Pero la palabra “privada” debe leerse en doble sentido: no solo como lo opuesto a lo público, sino como privación. Eso explica la paradoja de la libertad como esclavitud que tanto promueven los libertarios, a la vez que su denodado rechazo a lo público.
“Cada balazo bien puesto en cada zurdo ha sido para todos nosotros un momento de regocijo”, dice con total libertad alguien que ni vale la pena nombrar. Las condiciones de posibilidad de enunciación, reproducción y circulación de esta frase miserable exigen ser analizadas, denunciadas y confrontadas con toda seriedad, rigurosidad, contundencia. No es extraño que un sujeto goce del sufrimiento ajeno, no podemos ser tan ingenuos de alarmarnos por eso, el problema es el desparpajo con que se lo dice y festeja. Pero, sobre todo, hay un desafío mayor para que no se siga reproduciendo: mostrar la diferencia ética y contagiar un modo de subjetivación que se afirma en la propia potencia, en la perseverancia, en la composición virtuosa y no en desmedro del otro. Cada vez estamos peor, no solo económicamente, sino en todo nivel: afectivo, cognitivo, lingüístico, corporal, relacional. ¿Cómo hacer para ayudar al otro, para que el otro mejore, para mejorar juntos?
La violencia más insidiosa es epistémica o lógica, y se reproduce espontáneamente en el lenguaje cotidiano. Cuando postulamos el universal “todo hombre o toda mujer es mortal”, clasificamos automáticamente el particular “tal es hombre, tal mujer”, y deducimos “por tanto son mortales”, nada decimos de la muerte singular, de sus condiciones históricas o subjetivas. Y toda la diferencia reside justamente en el modo en que se asume la premisa. De Sócrates a Hipatia, de Benjamin a Simone Weil, el tema no es que hayan muerto, sino qué actitud tomaron ante la muerte inminente. Lo mismo sucede al decir: “Todos somos responsables”. El asunto es cómo se asume, caso por caso, el modo de responder ahí. Eso es lo que tendríamos que transmitir y poner en acto en una formación real: no hay lógica sin ética ni sin política. No se trata de culpar a nadie, sino de tomar a cargo nuestra propia constitución en ese anudamiento. La implicación material requiere pasar por el relato de un imposible que nos hace estallar la cabeza.
Hoy, sin dudas, predominan la estupidez y la mediocridad. La frase “no la ven” expresa el mensaje que la derecha vernácula nos devuelve en forma invertida, ahora que se presume rebelde y desprejuiciada, cuando ha sido históricamente la operación clásica de todo develamiento ideológico (supuestamente de izquierda). No importa que la derecha actual sea improvisada y estulta, subordinada a la peor parte del mercado y a las fuerzas internacionales, importa la interpelación que nos dirige y cómo algunos de los nuestros responden especularmente. ¿Cómo podríamos mejorarnos para no repetir como bobos sus frases hechas, para no promocionar ingenuamente a sus paupérrimos ideólogos, para no denostar a las figuras culpabilizadas por antonomasia, para no admitir sus excusas para decir cualquier cosa? ¿Cómo hacer para distinguir lugares y niveles de intervención con justeza? No todo es lo mismo: marcar la diferencia cada vez depende de una inteligencia práctica y una sensibilidad ligada al conjunto; no se trata de ninguna visión superior. Si uno tiene una propuesta mejor, para mejorar, lo mínimo que tiene que hacer es decirla y ponerla en acto con el ejemplo. Mi propuesta es, insisto: escribir lo real, o sea, lo imposible. Formarnos en torno a ello sin idealizar a nadie, ni esperar nada a cambio, a puro gasto y riesgo de sí, compartido junto a otros.
Pero tenemos que partir de algunas condiciones mínimas. Primero, es necesario asumir el lugar desde donde se habla: quienes rechazan in toto un medio en el cual se expresan (sea una institución pública o una plataforma virtual) me resultan demasiado esquizoides o poco honestos intelectualmente. Para mí la crítica tiene que ser puntual y permitir algún desplazamiento, subversión o uso singular del medio. Segundo, es necesario entender cómo nos constituimos en tanto sujetos: nadie es una voluntad o esencia pura que luego ha sido manipulada o contaminada por poderes omnímodos. No existe ni la pura agencia activa que desconoce determinaciones, ni la pura pasividad controlada en todos sus actos. El sujeto se constituye entre acciones y pasiones, en estructuras y dispositivos diversos de poder-saber; se va tramando en desfasajes y articulaciones. Ni nos hacemos a nosotros mismos, ni nos dejamos hacer por otros; nos hacemos hacer en función de distintos ordenes significantes, rituales simbólicos, dispositivos normativos o electrónicos, etc. En ello, podemos ser más o menos activos o creativos en virtud de los entrecruzamientos aleatorios con la infinidad de determinaciones y modulaciones que nos constituyen. Algunos quedan repitiendo un mínimo loop y otros multiplican diversamente la composición. No creo en los pronósticos sombríos, porque medito a diario en esto: ahora mismo podría disolverse todo o repetirse infinitamente. Tampoco creo en las purezas de un retorno a otro tiempo o lugar mítico: todo lo que vuelve presenta lo bueno y lo malo a su modo, siempre se trata de elegir sin protocolos qué aumenta o disminuye la potencia de obrar.
Tenemos que echar mano de todos los recursos posibles, incluso tecnológicos. No hay tecnología buena o mala per se, depende del uso que le demos. Siempre ha habido detractores de los avances tecnológicos, desde la escritura al cine, la computadora, el teléfono inteligente o el más actual visor de realidad mixta (real-virtual). La actitud romántica o tecnofóbica me causa gracia, porque termina cayendo en la idealización de una tecnología previa como si ésta fuese lo mejor. La tecnofilia o el festejo de lo nuevo per se, tampoco resultan alentadores si no problematizan el uso. El uso es una relación social compleja que no se reduce a la instrumentalización, exige atender a los propios comportamientos, legados y tradiciones, actitudes y formas de relacionarse consigo mismo. El lenguaje, la escritura, el visor de realidad mixta no sustituyen ninguna realidad natural previa, forman parte de nuestro impulso inventivo por expandir realidades y aumentar la potencia de actuar. Claro que resulta fácil caer en el uso más pobre y reductivo, el cortocircuito pulsional que busca siempre lo mismo. Pero eso sucede con todas las tecnologías: el lenguaje, la fotografía, la asamblea o la protesta social. Abrir a la verdadera potencia implica pensar en relaciones de relaciones que encuentran en cada dispositivo un punto nodal.
Pero volviendo al comienzo, sólo podemos pensar en esta complejidad material si entendemos que no hay relación esencial, allí donde más nos importa, y que siempre se trata de ejercicio y cuidado en torno al agujero en lo real que nos expone. Asumir que la muerte es una realidad ineluctable puede ser algo muy duro, pero en esto no cabe fingir demencia: yo he estado a punto de morir cuando mi hija estaba por nacer. Lo que pienso, lo que deseo, lo que me permite hacer algún mínimo lazo e insistir, pese a todo, pasa inexorablemente por ahí. Por eso, apelo a experiencias y relaciones próximas, conversaciones con amigos o con mi propia hija, para situar problemas más amplios y ensayar modulaciones conceptuales. No se trata de hacer psicobiografía o fenomenología, sino de ensayar una escritura de sí que sea formativa, que apunte a transformar las relaciones, los modos de pensarnos y luchar. Pero apuesto que puede haber otras formas. La angustia ineluctable ante lo real se matiza con palabras, con cantos, con rituales, con gestos materiales de anudamiento, frágiles y potentes, cada vez.
Córdoba, 13 de febrero de 2024
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