Imagen: Marcus Cederberg, ig: @marcuscederberg
Cuidado editorial: Marisa Rosso
Ante las políticas que dictan sus preceptos a través de la fijación del sentido de algunas palabras y composición de letras, desde nuestro lugarcito en el discurso jaqueamos el orden decretado y nos reapropiamos de la materia de la metáfora.
Con ustedes y para ustedes, para todxs nosotrxs, anunciamos una nueva sección: TNU, texto de necesidad y urgencia.
Textos que no obligan nada a nadie. Textos con los que cada quien subjetiva, lee, venga, defiende y construye la vida que nos hurtan.
Delegación editorial
Ayer soñé con los hambrientos, los locos
los que se fueron, los que están en prisión
Hoy desperté cantando esta canción
que ya fue escrita hace un tiempo atrás
Es necesario cantarla de nuevo una vez más.
Charly García, Canción Inconsciente colectivo
Hace semanas que deambulo atesorando silencio frente a la incertidumbre. Amigos, recordemos que no siempre quien calla, otorga. A veces no se encuentran las palabras. Muchos estamos ahí aún. Atrincherados en la resistencia del silencio, tomando fuerza para que nuestras mínimas acciones signifiquen. Termino el año con este peregrinaje a mi primer hogar mientras sigo buscando, como todos, un rincón en el mundo. Que sepamos aferrarnos a cuanto nos hace posibles. Que nadie espere solo.
Macarena Trigo, publicación realizada en su muro de Facebook, 31 de diciembre de 2023
Así, de este modo terminaba el 2023, que no quiere decir que llegase a su fin. Que no concluya permite, de alguna manera, poder hacer algo. Pero qué difícil resulta poder mantener cierta distancia con eso que ocurre y sucede, al mismo tiempo que estamos intentando vivir.
Voy, de lectura en lectura, queriendo encontrar no sé qué, capaz algo que sirva de sostén frente a tanto sinsentido. Tomando frases, palabras, de aquí y de allá, para construir las mías, como tantas otras veces, en que hablar resulta difícil y otros suelen hacerlo mejor, dándome cuenta, una vez más, que desde que nacemos, es gracias a esos otros que podemos hablar.
“Hazte un mundo en el que puedas creer”, dice Marcelo Cohen[1]. Pero, ¿en qué creer?, ¿cómo creer? ¿Se puede seguir creyendo?
Comienzo este escrito luego de haber leído El castillo de quienes buscan sentidos[2], una crónica de la vida cotidiana en la clínica psiquiátrica de La Borde, que toma en cuenta la palabra de personas con psicosis. La autora, Anne Marie Norgeu, intenta ilustrar, expresar, lo que otros viven y transcriben de otras maneras. Leí el libro un poco queriendo, y otro poco, también, sabiendo que allí podría encontrar otro tipo sensibilidad, otro modo de estar en el mundo, donde poder leer el armado de otras subjetividades, por fuera de las tramas propias de la neurosis, que tanto idiotizan[3].
Leer, dejarse enseñar por esos otrxs, que igual que uno forman parte de la misma manada, aunque algunos no puedan o no quieran verlo, ya que todos, a pesar de que algunos se piensen por fuera, compartimos la existencia humana, la precariedad misma de la vida, su fragilidad y vulnerabilidad. Nadie está a salvo, aunque algunos crean que sí.
Anne Marie Norgeu se ve convertida en rehén de quienes buscan sentido y plantea que el modo para liberarse de su embestida es convertirse ella misma también en buscadora de sentidos.
Hoy, la embestida recae sobre el otro, se lo ataca de manera feroz, sin tapujos, ni mediaciones; a cualquier otro, sin tomar en cuenta que todos somos ese otro. Para contrarrestar la embestida posiblemente también necesitemos convertirnos en buscadores de sentidos, más humanizantes y menos mortíferos. Así como también recoger los sentidos que circulan, para poder despejarlos, descomponerlos, desarmarlos. Sentidos coagulados que se presentan como objetos acabados, cerrados, a la par que estigmatizan y cosifican. Sentidos que reducen el mundo. Un mundo aplanado y achatado, que necesitará de la invención, para que nuevos argumentos, ficciones, relatos permitan ampliarlo.
En el libro, la autora se pregunta «¿qué trabajo invisible ha sido realizado para que el señor x tome una ducha al fin y se cambie de ropa sin entrar en pánico? ¿o para que la señora y se siente a la mesa, o para que fulano no reaccione con violencia, o para que mengana se anime a salir de la cama? ¿qué cosa los ha vuelto deseantes, al menos por un instante? Deseantes o apenas un poco más presentes. Ese trabajo, claramente es subrepticio. Difícil de advertir, de cuantificar»[4]. Me resuenan estas palabras haciendo eco en el trabajo que llevan y que llevamos a cabo trabajadores de la salud, de la educación, del arte, de la cultura, de la ciencia, etc.. ¿Cómo se hace en un sistema que prioriza todo lo contrario, donde solo importan los números y poder cuantificarlos, donde solo cuentan las cantidades y no el sujeto, donde por sobre el lazo social prima el intercambio mercantil?. “La relación social ya no se establece entre ciudadanos que comparten una historia, sino entre consumidores que intercambian productos”[5]. Puede que el trabajo que se haga sea invisible, pero no así sus efectos. Efectos que escapan a cualquier control o norma que se quiera establecer. Capaz en ello radique el porqué de querer eliminarlo. Desde hace un tiempo se vienen escuchando frases que continuamente desvalorizan el trabajo de los docentes, artistas, científicos, escritores, de los que trabajan en los servicios públicos, en el estado, en los sindicatos, en organizaciones sociales, etc.[6]. Todos pasamos, sin distinción alguna, a ser ñoquis, ladrones, chorros, a ser parásitos prendidos de la teta del Estado, como si nuestro trabajo, o nuestro ingreso mejor dicho, dependiera del Estado –cosa por demás disparatada y sinsentido, si se toman en cuenta tales ingresos– mientras que lo que sí depende del Estado, como tercero, como garante, es el acceso de todxs a ciertas condiciones de vida, que permitan una existencia humana digna. Aparecen frases como, agarren la pala y vayan a trabajar. ¿Acaso no estamos trabajando? Sí, lo estamos, de ahí el furor por destruir prácticas -culturales, educativas, públicas, etc.- desde las cuales se construyen ficciones y con ellas lazos, donde el sujeto es tomado en cuenta y donde el otro no sobra.
Tabarosky, en uno de sus libros[7], se ocupa de lo que sobra y habla de ello. Puntualmente dirá que hoy lo que sobra, lo que está de más está afuera del orden del discurso, no se integra a ninguna cadena discursiva, a ningún relato[8]. Conlleva una imposibilidad de ser nombrado, ¿de quiénes estamos hablando realmente? ¿quiénes son esos que están demás? Nadie sabe. Y sin nombre lo que sobra está solo, librado a su suerte, sin sentido. Sobra simplemente, ya no es necesario[9].
«… se le impone la literalidad más extrema, la redundancia más cruel: lo que está de más es sólo lo que está de más. Lo que sobra es sólo lo que sobra»[10]. Se literaliza hasta borrar cualquier diferencia.
Necesitamos entonces prácticas que acojan lo que sobra[11], que le hagan un lugar.
Y aquí, parafraseando a Tabarosky al hablar de la literatura, podría decir que el psicoanálisis, al menos el que me interesa, pertenece a lo que sobra. Lo que está de más. Lo dejado de lado. Los restos. Lo que rompe la cadena de intercambios e impide la acumulación. Lo que rompe también con la imposibilidad de nombrar. Un psicoanálisis, que si bien no está afuera, sino adentro, lo está, pero en el margen y desde ahí acoge lo que sobra.
El psicoanálisis en tanto práctica de la escucha, implica una práctica de lectura, permeable al cuestionamiento de los sentidos que se instalan como únicos. Habilita un lugar desde donde escuchar y hacer escuchar una diferencia. Porque no todo es igual, ni todo es lo mismo. Que ahí donde la fluidez de la cadena significante queda obstaculizada, detenida, inhibida, puedan resonar otras significaciones y se pueda con eso mismo escribir, trazar otra cosa.
Otro de los libros que venía leyendo fue Lo arácnido de Fernand Deligny[12], quien, a partir de su cercanía con niños autistas, formula que todo hombre de cualquier lugar-época es hombre de red. Ubica a la red como una necesidad vital, como un fenómeno constante, que no tiene fin, tanto porque nunca se acaba, como por el hecho de que no tiene un objetivo.
Deligny piensa en la red y piensa en las arañas. Dirá que la red es actuar. Y en ese actuar, en esos rodeos aparece lo arácnido. La red no se dice, no se ve, no se manifiesta explícitamente, se nos escapa siempre. Lo que sí podemos encontrar son los rastros de los trayectos de una red. Por eso habla de un trazado tácito, donde lo que cuenta es el andar y, en el andar mismo, sus formas.
«¿Pero por qué preocuparse tanto de lo arácnido si se hace solo? Justamente, no; suban una araña a una placa de vidrio, quizás le advengan conatos de tejer, pero en el vacío, pues la placa de vidrio es el vacío, simplemente porque no hay soporte posible, y los gestos de la aragne, obstinadamente reiterados, esos mismos que permitirían tejer, se convierten en otros tantos espasmos que preludian la agonía de lo arácnido[13] –lo mismo podría pensarse para el ser humano– pueden intentar darle moscas con cucharitas, ni siquiera las percibirá, aunque ustedes se obstinen en pensar que, si teje su tela, es mosca lo que debe querer… lo que nos enseña lo arácnido es que no se trata para la aragne de querer tener, gracias al tejido de su tela, moscas; es tramar lo que importa.»[14]
¿Tramar qué? Relaciones, dirá. Se trata de tramar relaciones entre unos y otros.
Actualmente lo no incluido no se recluye, se expulsa. Los excluidos quedan desamarrados[15], desvinculados, por eso es necesario generar espacios de amarres, que sirvan de andamiaje para el vínculo.
Siguiendo a Deligny, se puede concluir que para que la red se dé y no muera se necesita de ciertas condiciones. Necesitamos entonces prácticas que permitan a lo arácnido no solamente existir, sino persistir. En este sentido, un programa de política pública que se ocupa de la violencia de género, apuesta a la visibilización y eliminación de tal violencia, pero también a construir una práctica que posibilite la red, que haga de sostén, hueco, refugio, límite, borde, para que una red pueda manifestarse. Lo mismo puede pensarse dentro de una escuela, un hospital, un centro cultural, e incluso en un análisis, lugares desde donde generar espacios que posibiliten el despliegue del sujeto, y con ello también el de la red.
Hoy más que nunca, necesitamos hacer un mundo en el que podamos creer. Por eso, como se pueda, sigamos construyendo «argumentos para hablar de lo que podría hacerse; frases que no sean las que produjeron este mamarracho letal y lo reproducen –y en la medida de lo posible– historias que produzcan más futuro que indignación.»[16]
[1]Cohen, Marcelo. Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas. 1a ed. Barcelona, España. Malpaso Ediciones, 2016. Pág. 24.
[2]Norgeu, Anne Marie. El castillo de quienes buscan sentidos: la vida cotidiana en la clínica psiquiátrica de La Borde. 1a ed. Córdoba, Argentina. Cielo Invertido Ediciones. 2022.
[3]»Subjetividades que conmueven como conmueve una economía en procura de hacer con lo que hay todo lo que se puede, en las antípodas de otra empeñada en hacer con todo lo que se tiene lo menos posible.» Fernández Helga. La carne humana: una investigación clínica. CABA, Argentina. Editorial Archivida, 2022. Pág. 8.
[4]Norgeu, Anne Marie. Ob.cit. Pág. 25.
[5]Lewkowicz, Ignacio. Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. 1a ed. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2004. Pág. 34.
[6]Roque Farrán escribe sobre ello en su texto Cuando la casta es el otro: un deseo de lucha y escritura. https://enelmargen.com/2024/01/06/cuando-la-casta-es-el-otro-un-deseo-de-lucha-y-escritura-por-roque-farran/
[7]Tabarovsky, Damián. Lo que sobra. 1a ed. CABA, Argentina. Mardulce, 2023.
[8]Esto mismo, con otras palabras, escribía Lewkowicz: «El mentado ajuste no es solo económico, sino también discursivo. Menos discurso, menos lazo… En la medida en que el ajuste discursivo es cada vez más eficaz, en la medida en que cada vez hay menos palabras haciendo sentido, en la medida en que el discurso hace lazo sólo económico, queda cada vez mayor parte de la población por fuera del discurso, excluida del lazo social, fuera de la realidad de la humanidad». Ob. cit. Pág. 34.
[9]»Desarmada la cadena discursiva, la imposibilidad de nombrar lo que sobra expresa una fractura en la lengua, la lengua rota. Una lengua sin densidad temporal: lo que sobra ya cortó todo lazo con el pasado y no tiene perspectiva de futuro. La lengua anclada en una sola temporalidad – el presente permanente- se vuelve entonces totalitaria. El totalitarismo es la ausencia de temporalidad. Tabarovsky. Ob. cit. Pág. 28.
[10]Tabarovsky, Damián. Ob. cit. Pág. 27.
[11]Tabarosky plantea crear una lengua otra dentro de la lengua, como un Caballo de Troya capaz de darle nombre a eso que no tiene nombre, de establecer una nueva cadena de sentidos que expropie la inversión de la lengua: que impida, para la lengua, cualquier instancia de acumulación. Ob. cit. Pág. 29.
[12]Deligny, Fernand. Lo arácnido y otros textos. 1a ed. CABA, Argentina. Editorial Cactus, 2015.
[13]Deligny, Fernand. Ob.cit. Pág. 45.
[14]Deligny, Fernand. Ob.cit. Pág. 73.
[15]Lewkowicz, Ignacio. Ob.cit. Pág. 107.
[16]Cohen, Marcelo. Ob.cit.
Leticia Gambina. Psicoanalista. En el año 2004 se recibió de Licenciada en Psicología en la UBA. Del 2005 al 2009 realizó la Residencia de Salud Mental en el Hospital General de Agudos Dr. T. Álvarez. Actualmente trabaja como analista en su consultorio particular y forma parte de un programa de violencia familiar y sexual dentro del Ministerio de Justicia y DDHH desde el año 2009. Participó de grupos de trabajo en la Escuela Freudiana de la Argentina desde el año 2015 al 2021. Forma parte de la delegación editorial de En el margen. Revista de psicoanálisis.
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