Imagen, Collage montaje Las Manos. Pixabay.
Cuidado editorial: Helga Fernández y Marisa Rosso
Forclusión de la carne y el cuerpo de la letra
La experiencia del análisis con los niños suele conllevar síntomas ligados al inicio de la escritura y su relación con el contexto escolar. Hay cierta “clínica de la escritura” que se presenta como fundamental en el curso de estos tratamientos porque las dificultades que ésta presenta durante el aprendizaje va dando cuenta al mismo tiempo de la instancia de la letra en el inconsciente. Es decir que el hecho de que algunos niños sigan haciendo las mismas grafías o trazados cuando ya han cambiado de grupo etario, por ejemplo, no solo resulta una limitación técnica o madurativa sino también la adherencia a cierta figuración que puede estar en consonancia con la imagen del cuerpo y su fuente especular, ya que lo que se representa en el papel y que podríamos llamarlo “cuerpo psíquico” es una especie de armazón imaginario de una presencia corporal que el viviente intenta apropiarse.
Desde luego que la letra ilustrada difiere en su concepción de la escritura del inconsciente ya que ésta no se clasifica por sus cualidades sonoras y visuales, se define por otra operación que es la represión, gracias a la represión -como desarrolla Gerard Pommier en su libro Nacimiento y renacimiento de la escritura- “algo se abre un camino bajo una forma literal, ya sea que eso se oiga en lo que se dice (como el lapsus), que se muestre (como en el sueño) o que se escriba sobre el cuerpo (como en el síntoma)”.(1)
Esto quiere decir que si la letra de impresión gráfica es hermana de la letra en el inconsciente es porque para escribir el sujeto deberá pasar sus palotes por el agujero de aguja que representa la represión y el retorno de lo reprimido. Tanto para leer como para escribir, le debemos a la función de la represión la posibilidad de abandonar el valor de goce atribuido a la imagen visual y sonora; sin la represión en juego los signos quedarían pegados a su forma y no lograrían desprender por sí mismos un valor literal que es posible gracias al borramiento de la imagen.
El hecho de que la escritura se funda en su propio borramiento gráfico es lo que la historia de la humanidad misma nos demuestra al ser preciso “olvidar” por ejemplo que el jeroglífico de un gato representa a ese animal cuando está en la composición de una palabra más compleja, del mismo modo, para descifrar el jeroglífico del sueño cuál rebus habrá que abandonar el valor de la imagen de un objeto e incluso de una persona que puede ser el propio soñante.
De modo que si las letras se enlazan en palabras habrá sido gracias a la operación de la represión, así como al desenlazarse y aislarse (como en un lapsus o una alteración de la letra escrita) están al servicio del retorno de lo reprimido donde retoman su valor de imagen, de figuras que significaran lo que sus contornos propicien para la circulación de un goce reprimido.
Es porque la relación con la escritura alfabética evoca la relación del sujeto con el inconsciente, que podemos suponer que cuando esta aparece dificultada en el aprendizaje está cuestionada en algún punto la dimensión de la falta necesaria para que se encadenen las letras en torno a un vacío central.
Desde hace un tiempo a esta parte que podría situarse con el avance de la digitalidad en la vida cotidiana, que profundizado por la pandemia Covid 19 obligó a los niños escolarizados en momentos incipientes de la adquisición de la lecto-escritura a que el medio de enseñanza fueran los canales informáticos, constato en el tratamiento con ellos mucha más reiteración de las dificultades de escritura que incluyen desde luego la manipulación de los objetos, afectados “de puño y letra”.
¿Qué lazo tienen estas alteraciones clínicas con un estado de la subjetividad de la época entendiendo que el acto de escribir repite el adentramiento en la palabra, es decir la intrusión de lo simbólico hecho que ocurre entre cuero y carne (2) y de lo que el sujeto del inconsciente será un efecto?
Partiré desde dos cuestiones, por un lado que el apoyo en el orden simbólico puede ser reprimido, renegado o rechazado en la estructuración del sujeto a advenir, perfilando una primera “orientación subjetiva” como Lacan nombró con el término acuñado por Freud: Neurosenwhal, elección de la neurosis.(3)
Y por el otro lado, el hecho de que, en la génesis de la escritura del viviente la letra es una forma que evoca lo que habría sido el cuerpo del niño identificado al falo imaginario, es en este sentido que ambos letra y cuerpo comparten esa idéntica consistencia imaginaria. Así la posibilidad de la escritura en el niño señala un punto de encuentro –en términos de tyche– entre el desarrollo y la estructuración en este caso con la función fundamental de la mano.
El niño que escribe necesita de su mano, de su orientación espacial (lateralidad) de un ritmo motor (relajación y contracción) de su postura (eje postural), de su tonicidad muscular (prensión fina y gruesa) que es viable si la morfogénesis de la imagen le permite apropiarse de esa función de su cuerpo. La prensión de la mano como instrumento libidinal para el juego, la masturbación o la escritura tiene el carácter de ligadura discursiva, y su transformación biomecánica es también realización subjetiva, acontecimiento psíquico real, simbólico e imaginario, cómo no reconocerlo en el funcionamiento de indicador que el dedo índice adquiere cuando el niño comienza así a puntualizar lo que quiere y lo que no, haciendo indudable su peso significante. Las manos son el lugar del cuerpo donde los principios matemáticos también encontraron su lógica, sirven para numerar las cosas, no solo como unidad de medida (pensemos en el palmo como unidad de longitud antropométrica en las antiguas civilizaciones) también sirve para contar historias como “Pulgarcito”, para labrar el significante.
Para escribir las letras, que encuentran su origen en los primeros dibujos y grafismos lúdicos del niño, será preciso “olvidar” la mano práxica y controlar el impulso motor del gesto gráfico, que es un gesto dado a ver al Otro. Este trazo escritural no resbala en la superficie, sino que la escande, la marca, cava una profundidad (4) inscribe en alguna medida el recorrido de un decir. La letra escrita en el papel no es la voz ni la palabra, pero ese gesto psicomotor hace de puente a través del cual el sujeto se irá inscribiendo, también.
Si el niño identifica su cuerpo -que es efecto de lo simbólico- con la letra y le da a ésta el espesor de su propia imagen, así como el movimiento de la mano debe perderse para transformarse en notación alfabética, en escritura, este gesto no podrá utilizarse si la marca del lenguaje que incorpora el cuerpo no se efectúa logradamente. El cuerpo -que no es el soma-, es la consecuencia de la posibilidad de vivir el lenguaje en forma mutilada (5), y no son las mismas las consecuencias cuando el significante del Nombre-del-Padre es reprimido, renegado o rechazado.
Si seguimos el desarrollo que hace G. Pommier, partimos de que “…las letras escritas tomaran posición de acuerdo con un procedimiento análogo al del complejo de castración. En cuanto a su forma evocan un cuerpo cuyo goce primero se ha perdido (la castración materna). En cuanto a su sentido, ellas escriben lo que fueron las condiciones mismas de su aparición, es decir, una represión cuyo proceso sigue el del complejo de Edipo (castración por el padre) (6). El genetismo de la escritura corresponderá así a las diferentes articulaciones del Complejo de Edipo. Si la represión cae sobre el goce del cuerpo, y después sobre el goce fálico, esto traerá consecuencias en el acto de representar {en el niño}. La evolución de la grafía se desplegará según estos diferentes tiempos” (7).
Dicho de otro modo, todo lo que escriba estará tramado por la pulsión gracias a la cual transita el enigma de lo que el Otro quiere, cada letra estará cortada a la medida de su falta, si ésta no falta.
He aquí la cuestión a la que quisiera referirme, la falta y a su función en el discurso epocal; no sería lo mismo que no haya lugar a la falta a que ésta se excluya como operación propia de un discurso como el de la ciencia o el capitalismo. En este sentido me interesa tomar el desarrollo de la investigación clínica de Helga Fernández en su libro “La carne humana” (8) donde parte de la pluralidad que el concepto Verwerfung tuvo en la enseñanza de Lacan, y propone la nominación forclusión de la carne para un particular desenlace entre la palabra y la carne impulsado por la cibernética como ideología y que desde luego deviene de una ética y política específicas.
A diferencia de la forclusión del Nombre-de-Padre (forcluido en lo simbólico) el retorno de lo forcluido en lo real no trae metáfora delirante sino desencarnación, anestesia, la autora habla de rechazo de la necesidad de cuerpo y lo que llama seres enlatados. El cuerpo modelado por el lenguaje y por la ciencia (las prótesis supletorias también son un ejemplo de ello) “tiene la posibilidad de hacer de la lata o del plástico carne de su carne, también puede verse frente al hecho {…} de enlatarse o robotizarse, ausentándose de la subjetividad del inconsciente” (9)
La dificultad así planteada por la autora no son las letosas sino el lazo que se mantiene con éstas, y lo forclusivo del discurso de la ciencia “que obtura la garantía de la falta en correlación con la explotación del mercado de la libra de lata”, que puede encontrar soporte sea cual sea la “elección de la neurosis” a la que me refería anteriormente.
Partiendo de estos desarrollos investigativos me pregunto, ¿hay relación entre la incidencia de la cibernética en el mundo que vivimos y cuyo tratamiento del lenguaje es fundamentalmente de conexión donde las palabras parecieran carecer de peso significante, que no cifran, con las dificultades en la prensión y aprehensión de la escritura en la infancia actual?
La transmisión digital no implica la subjetivación de la inscripción inconsciente, las palabras son emitidas y no anudan al modo de la significación, son “linkeadas” (10) ; del mismo modo que no reviste las mismas consecuencias de huella significante en el organismo, cuando el Otro que habla es un aparato. Es por esto que me interrogo si esta forma de forclusión inherente al discurso capitalista que se viste de tecnología, y ejerce una praxis sobre los cuerpos, no se encuentra en el cruce de lo que obstaculiza la in-corporación en los términos que antes definimos.
Si la imagen virtual es condición para la autonomía del cuerpo y sus funciones, entre ellas la escritura, ¿qué incidencia tiene en aquel el reemplazo de la mirada humana (por ejemplo, el enseñante) -que espera ver el gesto motriz del niño y en definitiva el Otro para quien se escribe-, por el de la pantalla digital que refracta por estar ella misma hecha de una continuidad indisoluble?
¿Acaso estos sutiles fenómenos de dispraxia motora que retrasan la adquisición de la escritura manual, no parecen dar cuenta más que de una metáfora, de una exclusión de la Otra escena que sería condición para que tengan estatuto de síntoma (retorno de lo reprimido) en la escritura?
Me refiero con ello a que si la forclusión de la carne -tal como la autora lo formula-, es efecto de la tecnociencia, y produce palabra desencarnada, ¿acaso la letra en el inconsciente daría presente como soporte material en la cita con el significante y la imagen?
Y en consonancia con ello, si el investimiento libidinal del cuerpo que se desliza hasta la apropiación de sus funciones (entre ellas escribir con las manos) no se constituye sin el soporte de la imagen del semejante i(a), sin la mirada que se apoya en la carne, cuando en reemplazo del otro está la imagen digital o una letosa como partener, de este imaginario que se desliga de lo simbólico ¿acaso no es esperable que retornen fenómenos que dan cuenta del fracaso en la conformación del cuerpo porque los gestos y expresiones de la imagen motriz del cuerpo del otro están perdidos detrás de la cifra electrónica de la pantalla?
¿Hay mirada, función de la mirada cuando el objeto está en la pantalla ?
Bibliografía consultada
- Pommier, Gerard. “Nacimiento y renacimiento de la escritura”. pág 197 Ed. Nueva Visión. Buenos Aires 1996.
- Lacan, Jacques. Seminario 7 “La ética del Psicoanálisis”. Ed. Paidós. Buenos Aires. 1990
- Op cit. 2, pág 70
- Levin, Esteban. “La infancia en escena”. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires. 2002.
- Paola, Daniel. “Psicosis o cuerpo”. Ed Laderiva. Buenos Aires. 1994
- Op. cit 1, pág 218.
- Op. cit 1, pág 332
- Fernández, Helga. “La carne humana. Una investigación clínica”. Ed. Archivida. Buenos Aires. 2022.
- Op. cit 8, pág 165
- Op. cit 8, pág 254
Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Participa en las actividades de enseñanza de la EFmdp; es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI y en Umbral, Red de Asistencia «psi» en Barcelona Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.
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