Imagen, La estatua del silencio. Tauzveok
Cuidado editorial: Marisa Rosso y Mariana Castielli.
Pareciera que el signo de la época es la promoción de cierto infantilismo caprichoso y la adolescentización de la sociedad, incluso entre quienes nos gobiernan: una incapacidad profunda, e inducida por todas partes, para alcanzar procesos de maduración. Me gustaría exponer sucintamente algunas cuestiones que he ido aprendiendo al respecto sobre procesos de subjetivación, que no responden a saberes disciplinares, sino a un saber de uso.
Hay dos expresiones reflexivas que me gustan mucho porque condensan, en el doble sentido que expresan a su vez, la tarea clave de nuestra época: constituir una reflexividad ética y crítica orientada por lo real. Una de esas expresiones es darse valor, la otra es hacerse tiempo. Atender al doble sentido no es casual ni caprichoso, responde a lo real en juego: la causa y el entrelazamiento que solicita.
Consideremos la primera expresión: darse valor.
En un primer sentido, darse valor remite a un problema grave que afecta nuestra época: la dificultad de valoración. Como la lógica del valor numérico o la equivalencia general (en la cual una cosa vale por otra) ha tomado todas las actividades humanas, es muy difícil la valoración de lo singular. No obstante, para apreciar la vida como corresponde y orientarse en ella, resulta clave poder valorar cada cosa singular, empezando por lo que se es. Darse valor, valorarse, considerarse a sí mismo resulta imprescindible para no caer en la alienación de los valores impostados, de los espejos de colores y demás estafas que ofrece el mercado de personalidades prêt-à-porter. Si no podemos valorarnos a nosotros mismos, tampoco podemos animarnos a hacer nada con valor. Quedamos fijados a la mirada y aprobación del Otro.
En un segundo sentido, darse valor remite a otro problema grave de nuestra época, relacionado con el anterior: la dificultad de tomar coraje. Si vivimos entre el miedo, la inhibición y la sobreactuación permanente, es porque no podemos encontrar el coraje justo para tomar las decisiones que importan. Todos los llamados irracionales a hacer cualquier cosa, porque no existirían límites para nadie, no hacen más que agravar el problema real que exige responder con coraje en situaciones puntuales. Así, predomina la agresividad pasiva contra sí mismo, cuando no el pasaje al acto criminal por impotencia. Darse valor implica una actitud reflexiva, cuidada, pero además requiere tiempo.
Esto nos conduce a considerar la segunda expresión: hacerse tiempo.
Hacerse tiempo también expresa un doble sentido clave para orientarnos en el presente. En primer lugar, remite a la necesidad de suspender o desplazar ciertas actividades que ocupan nuestra agenda cotidiana para, así, poder dar lugar a otra cosa. En un sentido casi espacial, señala esa dificultad para hacer un hueco cada vez que algo nos solicita salir de la agenda, de las obligaciones y rutinas diarias. Vivimos entre tantas demandas que a veces pareciera imposible considerar con detenimiento y reflexivamente cualquier cosa, hacerle un lugar, dedicarle un momento: una suspensión temporal.
En segundo lugar, hacerse tiempo implica directamente una conversión temporal: devenir tiempo. Claro que se trata de encontrar el tiempo propio, singular, que no responde a las demandas y obligaciones impuestas, a los ideales imaginarios, sino al tiempo del deseo activo y puesto en acto. Convertirse en tiempo es un modo de no estar sujeto al tiempo medido, cuantificado, cronometrado. Así también encontramos una modalización singular que no responde a las demandas de los demás, a veces podemos ser rapidísimos y otras muy lentos, según los criterios de ocasión.
En fin, darse valor y hacerse tiempo, dos expresiones reflexivas que nos permiten salir de, o interrumpir al menos, la estulticia que promueve la época.
A su vez, madurar también requiere de tiempo y valor, no es un proceso espontáneo o evolutivo. Pero diría que hay al menos cuatro marcas o disposiciones que hacen a la madurez de un sujeto: 1) ternura, 2) erótica, 3) juego, 4) muerte.
1) La ternura remite a la posibilidad de mostrar afecto, cariño, ablandarse hacia algún gesto o presencia del otro, sin caer en la sensiblería o el pegoteo. Ser tierno sin perder la firmeza.
2) La erótica implica poder investir libidinalmente los propios gestos, volverse sugestivo o sugerente, movilizar el deseo en su apertura, sin caer en el doble sentido vulgar o la provocación obscena. Ser deseante sin ser lascivo.
3) El juego exige recuperar la seria atención propia de los niños, retomar el balbuceo y el equívoco, la experimentación con la palabra y el cuerpo, sin caer en el infantilismo o la pavada. Ser niño sin imitarlos o subestimarlos.
4) La muerte requiere aceptar que en la naturaleza todo se transforma, compone y descompone, que nuestro cuerpo eventualmente se disolverá y sus partes irán a formar otros cuerpos, que nuestra alma es un vacío que conecta con infinitos vacíos; sin que ello nos lleve a la hipocondría, el pesimismo ontológico o la negatividad existencial. Ser finito sin renunciar a lo infinito y el milagro de existir aunque sea un instante.
El proceso de maduración nunca se completa, ni es un equilibrio perfecto entre las disposiciones, pero marcar las tendencias hacia ellas en lugar de negarlas o jerarquizarlas resulta clave para la evaluación del sujeto. Si no entendemos ésto estaremos todo el tiempo midiendo y compitiendo entre nosotros en función de algún ideal de maduración, en busca de valoración o reconocimiento.
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