Responsables de la sección y cuidado editorial: Gisela Avolio y Yanina Marcucci
Dirección editorial: Helga Fernández
— ¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?
— Al mirar hacia atrás no puedo dejar de pensar que los tiempos en los cuales descubrí al psicoanálisis fueron accidentados –¿o siempre ha sido así?–. En mi adolescencia quería estudiar matemáticas para llegar a la Física Nuclear; tenía aspiraciones científicas. Recuerdo en mis quince años leer la autobiografía de Simone de Beauvoir, Memorias de una Joven Formal. También me encontré con Freud, pero como algo más de mi pertinaz curiosidad. En 1973 ingresé a la carrera de psicología. Me interesaba todo. Ansgar Klein en Introducción a la filosofía; leíamos Marta Harnecker y Marx en Introducción a la historia. Esos encuentros me llevaron a cambiar de carrera a inicios de 1974: me inscribí en Sociología. En medio de desventuras políticas que anunciaban calamidades por venir, cerraron la facultad. Se estaba gestando el espanto de marzo de 1976. Fue el año en que decido reingresar a Psicología, con la reapertura de la facultad. Esas idas y vueltas signaron mi recorrido. Había empezado terapia. A través de la magia llamada transferencia me encontré con un docente que me enamoró del psicoanálisis. Empecé grupos de estudio de Freud y Lacan –con el programa de Masotta– y también la Escuela de Pichón Riviere en 1977. Me percataba de que había una contienda imaginaria entre esos espacios y me negaba a tomar partido, como parecía exigir la obediencia a cierto clima de época que dividía donde no era necesario dividir. Para los lacanianos Pichón no estaba a la altura de un Lacan -siempre la jerarquía-. Para los pichonianos Lacan era conservador y reaccionario. Asistía a cursos donde se hablaba de marxismo y todo era sotto voce. Cursé la carrera entre 1976 y 1982, cuando su decano era un capitán del Ejército. Como argentina de esa generación, la relación al psicoanálisis no podía dejar de estar en contacto estrecho con la política y la situación trágica de nuestro país. Es posible que mi historia singular, marcada por la tragedia de la dictadura, me halle siempre interesada en un psicoanálisis situado, agarrado al contexto en que se practica, con gran empeño clínico y con deseo de transformarse, cuando es necesario.
Quizás esa, mi entrada al psicoanálisis, marcó también mi relación dificultosa con las instituciones psicoanalíticas, en las cuales cuando advertía el momento de repetir y obedecer, me iba. Como mujer, he formado parte de la sociedad de las de afuera, también en el psicoanálisis. Apuesto a que la práctica del psicoanálisis observe, estudie y critique los ámbitos en los cuales despliega su práctica; que salga de los consultorios si es preciso; que el psicoanalista pueda leer en un síntoma –cuando ocurre– cómo se cuelan los ideales y las marcas de la época. Eso está en Freud y en Lacan. Si el sujeto se constituye en el campo del Otro, no es difícil concebir que ese Otro, el Otro del infans, esté atravesado por su tragicomedia contemporánea. ¿El bautismo de un niño como Eva o Juan Domingo no muestra una inscripción de la vida política y los vericuetos ideológicos en los fantasmas de los que vienen al mundo así nombrados?
— ¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?
— En la breve respuesta anterior queda señalado algo de lo que precisa el psicoanálisis para incidir en nuestra contemporaneidad. También me gustaría pensar en lo que no sería conveniente que aporte, es decir, lo que sería obstáculo para que el psicoanálisis pueda seguir ofreciendo su subversión original. En primer lugar, no le viene bien al psicoanálisis convertirse en una jerga, precisamente en esta época tan fácil de convertir todo en slogan y memes. Es que por momentos se lo escucha, sobre todo, en una jerga lacaniana, ahora que la jerga kleiniana es parte del pasado. Si ella se impone en los ámbitos de transmisión y los nuevos analistas son nuevos hablantes de esa jerga, hay allí una batalla perdida para que el psicoanálisis pueda aportar, como decía antes, algo de su subversión. Es cierto que, en los intersticios de toda jerga, se pueden producir operaciones de palabra que disipen espejismos. El problema es que la enseñanza de Lacan presenta dificultades que, frente a la aceleración de los tiempos de lectura, favorecen la expansión de axiomas, aforismos y lugares comunes a los fines de facilitar una enseñanza y una pseudo comprensión. ¿No será un error mimetizarse con ese modo de intercambio acelerado y sintético? Sí, es un gran error, porque ese modo TikTok del intercambio es efímero, vende fuegos artificiales, pero cuando se apagan no dejan nada, sólo hierba chamuscada y olor a pólvora –esto no es sólo para la transmisión del psicoanálisis–. Es el encadenamiento deseante de la transmisión del discurso psicoanalítico lo que producirá efectos duraderos, ya sea en la singularidad del uno a uno, ya sea en la transmisión colectiva. No son las instituciones las que impiden la circulación de su palabra, sino la posición del singular hablante en esas instituciones con su palabra. Si tiene algo que decir eso se transmite, fuera el lugar que fuese. La potencialidad del discurso psicoanalítico está en su práctica, en su práctica clínica, de lectura y de pensamiento.
En un momento donde voluntades políticas intentan destruir el tesoro cultural de nuestra lengua y destruir los lugares donde la practicamos, también el psicoanálisis será atacado. Una forma de hacerle frente es con la práctica singular de la escucha del sufrimiento que dejan a su paso estos vientos de destrucción. Pero también la escucha de todo lo que puede un sujeto en tiempos de oprobio. Cuando hay quien escucha la otra escena de alguien que se dispone a confiar en la palabra, hay allí un lazo fuerte para la sobrevivencia del discurso analítico y del lazo de solidaridad necesario para vivir. No son los gestos rimbombantes en espacios minúsculos o mayúsculos los que juegan la partida de una transmisión genuina. Como vivo en Europa veo que los argentinos tenemos un punto de ventaja para la práctica del psicoanálisis que es nuestra práctica social de la conversación. Todavía hablamos de nuestras angustias con otros, confiando en una escucha posible, sin temores e inhibiciones. Eso en Europa no se consigue, o casi no se consigue.
¿No se trata en el psicoanálisis de escuchar la otra escena? Eso se transmite en un deseo de transmisión que hace puente entre dos deseos. ¿Es difícil reconocer los efectos de una transmisión? Si es una transmisión ligada a nombres y prestigios, a sugestiones y fascinaciones se generarán repetidores y contiendas vacías.
Identificar la manera de la enseñanza de Lacan con la enseñanza del psicoanálisis, es parte de cierta confusión que lleva a mimetizarse con gestos y maneras del decir de un Lacan en francés.
Lo que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad es su subversión, es decir, ese porrazo que hace que cada sujeto tocado se transforme, se rasgue, se descomponga y se recomponga. Puede también contribuir a alimentar otros discursos como la ciencia política, las ciencias sociales y antropológicas con su concepción de sujeto a partir de la hipótesis de inconsciente. También es preciso que el psicoanálisis no se cierre en sí mismo y se nutra de otros discursos como lo enseñaron Freud, Lacan y Masotta.
Allí donde alguien esté disponible a escuchar a otro que sufre; cuando alguien pueda hablar de lo que nunca pudo decir; cuando haya alguien que pueda escuchar la otra escena de lo que se dice, dentro y fuera del dispositivo analítico, habrá psicoanálisis. Porque el psicoanálisis trabaja con las narraciones. Leer la otra escena de las narraciones imperantes con las cuales se quiere producir un tipo de subjetividad alienada a esas narraciones es uno de los grandes aportes del psicoanálisis, de frente a la expansión narrativa contemporánea y a la pretensión de que los individuos no estén en condiciones de escuchar lo que no se dice en lo que se dice y lo que se dice en lo que no se dice.
Somos afortunados los argentinos pues el psicoanálisis se practica en hospitales, instituciones de salud y educación, está muy presente en la vida cotidiana y, esperemos, tenga larga vida en diversos espacios de las prácticas sociales. Quizás deberíamos seguir el sendero de Masotta, en tanto pudo recuperar el legado freudiano con conceptos claros sobre el orden de las razones del psicoanálisis. El psicoanálisis es una práctica muy concreta a partir de las palabras que tanto fundan el sufrimiento, como pueden aliviarlo. Auguro un psicoanálisis más cercano a la vida de las personas.
Lidia Ferrari. Psicoanalista argentina radicada en Italia. Autora entre otros: La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina; Decir de mujeres. Escritos entre psicoanálisis, política y feminismo, Tango. Arte y misterio de un baile. Tango. Les secrets d’une danse.
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