Dos preguntas a Valeria González

Responsables de la sección y cuidado editorial: Gisela Avolio y Yanina Marcucci

Dirección editorial: Helga Fernández


¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

—Quiero agradecer a las responsables de esta sección, Gisela Avolio y Yanina Marcucci, por esta invitación que no sólo me conmovió, sino que fue ocasión de tirar de la cuerda de recuerdos y sensibilidades; como en una sesión de análisis donde una pregunta puede relanzar el juego. De modo que, respondiendo a esto, también sigo descubriendo ese discurso que es el psicoanálisis.

Me resulta imposible prescindir de situar temporo-espacialmente las palabras con las que elijo responder: Argentina, 2024, bajo la democracia totalitaria de La Libertad Avanza. Anticipar entonces que los escombros de una época pesan en la espalda de las palabras elegidas en esta respuesta. 

Decir que descubrí el psicoanálisis en la universidad pública sería exacto, pero no verdadero. En todo caso, en muchas aulas de la facultad de Psicología de la década del ’90 (no todas, para mi suerte) y luego en varias instituciones de psicoanálisis a las que me asomé sin quedarme, descubrí lo que para mí no iba a ser nunca el psicoanálisis: un decir de tono grave y gestos solemnes, políglotas y eruditos de divanes eurocentristas, un discurso de élite, de barrios coquetos, mobiliarios ostentosos y pilcha cara. 

Ese barrio nunca fue para mí el barrio del psicoanálisis.

Crucé el umbral de salida de la facultad en los comienzos dolorosos del nuevo siglo en Argentina, luego de una década de neoliberalismo pauperizante que desfondó nuestro país y que mi familia sufrió en carne propia. Ese tiempo impedía para mí cualquier trabajo no remunerado. La jovencita que yo era entonces, quedó boyando algo desorientada.

Seguí apostando a que ese discurso —que me había atravesado hasta ese momento en un diván de Flores, luego también en Chacarita— podía habitarse en geografías menos doctrinarias y militaristas de la palabra. Quedé dando vueltas con mis ganas de escuchar pacientes en una especie de exilio interior luego de hacer la experiencia de gente que, hace de las derivaciones, una especie de mercado («te derivo, pero estudiás y supervisás conmigo») al modo de una promo 2×1.

Pero hubo también quienes dijeron algo distinto y que, de algún modo, me trajeron hasta aquí. Me encontré por aquél entonces con Raquel Gerber. Su escucha fue vehículo de una transmisión clínica diferente, tan amable como rigurosa, que acompañó mis inicios. Le debo a ella, luego de un puñadito de supervisiones, haber persistido en encontrar un modo de escuchar.

Seguí entonces transitando esas calles que me conducían a donde quería… porque no sólo hay que desear, sino querer lo que se desea. 

Un hecho de aquella época marcó mi modo de pensar mi trabajo como analista. Ante la toma de una clínica por parte de sus trabajadores (para desbaratar los despidos y el cierre) contribuí ofreciendo un espacio de escucha para quienes quisieran consultar. Fue una experiencia breve, infructuosa, pero enriquecedora. Dejó su huella en mí respecto de la necesaria reflexión sobre las condiciones materiales, no sólo de quienes consultan, sino de quienes oficiamos de analistas y de las posibilidades de entregarse al trabajo intelectual de leer, pensar y escribir con aquello que está disponible en la experiencia en la cual cada quien se sitúa.  

En mi trayecto flâneur descubrí una invitación a un ciclo donde una institución psicoanalítica conjugaba en una misma oración psicoanálisis y bar. No hay barrio sin bar y hacia ahí me dirigí: el bar y la calle se quieren. Esa institución se llamaba Nota Azul y la había fundado Guillermo Vilela, Guille, que con su seriedad hilarante disputó contra la solemnidad que suele vestir el saber en psicoanálisis y no lo dejó desanclado de los acontecimientos de lo que nombró la calle. Nota Azul —la sonoridad de una nota no escrita— hace pasar algo de lo inaudito e invita a que cada quien encuentre su tono. Nota Azul del jazz, la voz en fuga de los negros esclavos en Estados Unidos. Ahí estuve casi veinte años porque, para transitar mi formación teórica y construir los inicios de mi oficiar como analista, no era preciso despojarme de las ficciones que me permiten andar por las calles del psicoanálisis ni sujetarme a las canalladas que reducen las transferencias a mercancía. Hay deudas de transmisión que no se pagan, sino que se honran; siempre espero honrar mi deuda con la enseñanza de Guillermo Vilela.

Pero también hay otros inicios que debo reconocer y que me resultan verdaderos aunque no exactos. Porque también descubrí el psicoanálisis en la potencia lenguajera del taller de costura de mi vieja, lleno de pliegues, pinzas, frunces e hilvanes; surfilados invisibles, pespuntes, cortes al bies. Aunque mis preferidos eran los cientos de retazos deshilachados que fueron ocasión de hacer, una y mil veces, la experiencia de jugar con los restos de telas inservibles y confeccionar cada vez un nuevo collage. También en la topología de los nudos del macramé y en las formas del origami donde es posible hacer figura aún cuando no hay corte. 

Y no puedo dejar afuera la experiencia de la pesca en la que solía acompañar a mi padre de pequeña. Allí descubrí ese modo extraño que tienen los pescadores de acompañarse (metáfora del diálogo analítico): una cercanía distante, donde el otro puede estar al lado, pero nada puede saber del estrépito de cuando la línea propia timbrea anunciando el pique y de cuánto cada uno está dispuesto a batallar en eso que es un entripado personal. 

Me resulta verdadero decir también que descubrí el psicoanálisis cuando mi prematuro interés por la vida onírica me llevó a comprar, en un puesto de diarios de mi barrio, La interpretación de los sueños, un libro de un tal Freud, un completo desconocido para mis doce años; aún conservo ese ejemplar. Lo olvidé completamente durante años y no puedo aseverar haberlo leído en aquel momento. Lo recuerdo algunas veces con un diseño de tapa pero cuando voy a buscarlo, siempre es otra la portada… En fin, un libro que contorneó para mí esa otra dimensión a la cual los sueños nos despiertan. 

Puedo afirmar que descubrí también el psicoanálisis cuando mi pequeña sobrina llegó por primera vez a la terraza del edificio donde yo vivía por entonces y reclamó, frente a mi apuro por bajar, “¿no ves que estoy descubriendo el mundo desde otro lugar?” ¿No puede leerse ahí una lección de topología?

Sigo descubriendo el psicoanálisis —con sorpresa de recién llegada— cuando algo pasa para un analizante que decide rasparse las rodillas del alma y llega ese olor a tierra mojada que anticipa la tormenta y soy testigo de cuando cruzan su Rubicón, su Paraná o su charquito en la vereda después de la lluvia. 

¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?

—La pregunta formulada es fecunda porque insiste en proponer una cercanía siempre inconclusa e intermitente entre psicoanálisis y contemporaneidad. Me cuesta responder tomando la vastedad del término psicoanálisis porque, al ser un discurso, depende cómo se lo habite, podrá anotarse como tal o, en nombre de ese discurso, torcer la flecha y transformarlo en discurso capitalista o discurso del amo. De modo que, para pensar algún aporte, decir psicoanálisis me resulta necesario pero insuficiente. Me oriento, más bien, a pensar en un modo de oficiar de analista que no sólo incluye el consultorio sino también todo aquello que hace a su transmisión y no a su réplica doctrinaria. 

María Teresa Andruetto, en el cierre del Congreso de la Lengua de 2019, decía «Lo que queda claro, lo insoslayable, es que se trata de una cuestión política, de que la lengua responde a la sociedad en la que vive, al momento histórico que transitan sus hablantes porque, como también dice Víctor Klemperer, ‘el espíritu de una época se define por su lengua’”. Además de entender cuánto tiene de colectivo e histórico lo singular que escuchamos en nuestros consultorios —esa definición que el propio Freud ofrece del inconsciente en Moisés y la religión monoteísta— considero que no es ajeno para un analista interrogar la contemporaneidad de la lengua, las mutaciones de la relación al saber y la verdad, tanto como de responsabilidad y acto, en un contexto donde el capitalismo, vía las cibertecnologías, hace plusvalía de mecanismos ya disponibles en el habla y en el psiquismo.

Estamos frente a un gobierno que busca destruir lo vital de la lengua e intenta legitimar un modo de deshabitarla en su liturgia chirriante de insultos y defenestraciones, que intenta naturalizar el negacionismo y hace apología del genocidio. Todo esto con una obscena novedad: se grita a voz en cuello en el espacio público con actitud de piraña palabrera. En esta vía, está en marcha —aunque por otros medios— una operación de desaparición esta vez en el campo de la lengua (de marcas históricas, culturales, lingüísticas, etc.) y territorial que, al desdibujar las fronteras en nombre de la tecno globalización, ofrece lo que es de todos para festín canibalístico de los poderes financieros.

Frente a esto, ¿no sería también tenebroso que dejemos de leer lo que porta esta jerga libertaria? Los psicoanalistas, ¿creeremos que somos ajenos a los usos de la palabra en la polis? Considero entonces que un aporte puede ir en la dirección de advertir y posicionarse en una batalla que también toma a la lengua como escenario de disputa y, frente a quienes forjan una sociedad de emprendedores desabonados de marcas históricas y culturales, donde reina la meritocracia, la moral de los bienes y la plusvalía del síntoma, un psicoanálisis pueda ser la ocasión de devolverle a la vida la posibilidad de contener en sí esa otra vida que supone no andar como sobrevivientes, sino existir.   

Concluyo con las palabras de Oscar Olivera (obrero industrial y portavoz de la Coordinadora de Defensa del Agua y de la Vida de Bolivia, en su ponencia “Palabras en el segundo viento” del Primer encuentro por la Digna Rabia en Chiapas).  

«…nuestras luchas son para que la humanidad sobreviva, para que nuestros hijos e hijas, nuestros nietos y nietas no sólo sean la prolongación de nuestros cuerpos, sino ante todo sean la prolongación de nuestros sueños y esperanzas… y en esos espacios, asumir la decisión inquebrantable de no vivir como esclavos es lo que nos impulsa, nos compromete, la cotidianidad de nuestras vidas«.

Si bien en sus dichos el sueño es un anhelo del yo, la inscripción de sus palabras como actos le dan espesura performativa porque dona a quienes le siguen una palabra que se afirma más allá del campo de los bienes; es decir, que la emancipación es una decisión de responsabilidad singular y colectiva, cotidiana e histórica que se juega cada vez en fragua permanente. 

De esto quiero servirme para pensar que si algo puede aportar un modo de habitar el discurso del psicoanálisis es devolverle a la vida de cada quien la chance del equívoco, la potencia de la inconclusión, todo lo inútil que el capitalismo expulsa de la vida haciendo una sociedad de insomnes desbrujulados. 

Una política del psicoanálisis supone que el psicoanálisis es político, como la lengua.

Valeria González


Valeria González. Es licenciada en psicología, graduada en la Universidad Pública. Psicoanalista. Fue miembro de Nota Azul, Institución Psicoanalítica. Investigadora UBACyT en temas vinculados al terrorismo de Estado en Argentina. Editora de Sueños Políticos (Centro de Estudios Periferia Epistemológica- Rosario). Miembro de la delegación editorial de En el Margen. Revista de Psicoanálisis. Feriante de escritura.


Esta revista se sustenta gracias a la publicación, la difusión y la edición, sin ánimo de lucro, de cada uno de los miembros que la componen. Agradecemos la colaboración económica que el lector o la lectora quiera y pueda para lo cual dejamos nuestros datos.

CVU: 0000003100078641018285
Alias: enelmargen.mp
Mercado Pago


Desde el exterior: https://www.paypal.me/flagelodelverbo

Un comentario en “Dos preguntas a Valeria González

Deja un comentario