Ficciones de lo real: ciudad y escritura. Por Roque Farrán.

Imagen: Moises Levy. @moises_levy_street

Cuidado Editorial: Marisa Rosso


El sueño de una ciudad dormida. El antroposueño es el nombre de la época que mantiene a las nebulosas consciencias imaginándose siempre en otra parte, deseando ser otros, despreciando lo propio por descuido o ignorancia, reafirmando lo peor de sí por denegación consensuada. Del cordobesismo rampante a la fuga incesante, con y contra Córdoba, la ciudad no deja de diluirse en la inconsistencia de sus habitantes.

Aunque pasan otras cosas también; hay insistencias, deseos de reunirse, conversar, compartir, propiciar encuentros en los que pensar por fuera de las rutinas institucionales y las lógicas de mercado. Después de muchos años de habitar esta ciudad, casi como un extranjero, nos hemos reunido imprevistamente en varios lugares. No espero nada de ello; sólo me alegra y escribo.

Si bien había nacido aquí, volví a esta ciudad por el deseo de mis padres, un sueño de comunidad y militancia que había quedado trunco, un mandato que decía estudia, estudia, estudia… y alguien serás; no pude hallar jamás las señas y los nombres que me dejaron en los cuerpos presentes-ausentes; suspendí el mandato hasta que se recortó el objeto de la angustia, atravesé el insondable vacío y encontré pensamientos materiales en puntos nodales que ahora voy a tramar entre realidad y ficción.

Asumo al escribir la otredad que me constituye en acto, entre algunos sueños lúcidos y la vigilia que no siempre es la de los ojos abiertos. En un momento tan crítico como suspensivo -de carreras y obligaciones- leí a Borges y a Macedonio, entre Badiou y Lacan, y encontré el nudo infinito de la escritura que se piensa a sí misma en su doble extrañeza. A continuación, esbozo mi modesta versión.

En un pequeño terreno de la Ciudad Universitaria de Córdoba, aledaño a la Facultad de Agronomía, un investigador se había propuesto dibujar un mapa exacto de la Ciudad de Córdoba; como disponía de mucho tiempo y poco presupuesto, debido al extenso paro de actividades propiciado por el gobierno, así lo hizo. El mapa era tan perfecto que incluía tanto a la misma Ciudad Universitaria como a la pequeña porción de terreno en que dibujaba el mapa, y allí mismo otra vez el mapa, y el mapa del mapa, y así, infinitamente.

También existía en la misma Ciudad un Centro de Investigación en Neurociencias -de triple pertenencia: a la Ciudad, la Universidad y el Conicet- donde venían mapeando todos los correlatos imaginarios de las actividades cerebrales y habían concluido exitosamente ese proceso; el mapa era tan perfecto que no sólo incluía un trazado detallado de todas las zonas del cerebro que participaban por ejemplo de dar clases, recibirlas o hacer paros, sino de la actividad misma de trazar mapas cerebrales, y luego de registrar eso mismo, y esto, y así, infinitamente.

En la Facultad de Filosofía alguien que se inclinaba más por la estética colocó un espejo frente a otro para mostrar que si se colocaba un objeto ahí -mejor si fálico- se veía el infinito replicarse; pero otra figura más sabia recordó que a Spinoza le bastaba trazar un círculo dentro de otro círculo, que no coincidiesen en su centro, para delimitar un espacio en el que los segmentos entre uno y otro darían un infinito no numerable; no toda determinación es una negación, ni toda afirmación del deseo conduce al abuso o cancelación del otro, ni el infinito visible aunque sí notable de algún modo finito.

Cada Facultad, cada eminente Centro de Estudios, cada pequeño terreno de investigación se abismaba en sí mismo, sin poder conectarse con los otros en sus fabulosos descubrimientos.

Recuerdo la única vez que rendí un concurso docente en la Facultad de Psicología y hablé sobre la autonomía de los procesos mentales en modo materialista pero no reduccionista; señalé con ironía que la mente era como la Universidad Nacional de Córdoba, un lugar difícil de indicar si alguien nos preguntaba cómo encontrarla, pues solo podíamos nombrar edificios o facultades particulares, pero no a la Universidad misma, cuya materialidad resultaba, no obstante, innegable. Por supuesto, fui rechazado como un hereje, borrado del mapa, que en ese caso era apenas un dudoso orden de mérito sujeto a la rosca política.

Cuando me recibí de Doctor en filosofía en la Facultad homónima, me preguntaron acerca de la necesidad de formalizar los múltiples genéricos infinitos que hacían a las verdades políticas, científicas, artísticas o amorosas, según Badiou, si estas podían expresarse muy bien en lengua natural como lo estaba haciendo en mi defensa; yo dije que era fácil hablar de ellas una vez que uno había producido la operación formal que las distinguía de las opiniones y saberes vanos, pero no antes. El jurado deliberó largamente entre considerarme merecedor de la nota máxima con publicación o simplemente un sujeto práctico que había hecho su recorrido lógico. El juicio universitario detesta contradecirse en su propio terreno, así que declinó hacia lo segundo (aunque la publicación se hizo igualmente).

Una vez soñé que la Ciudad de Córdoba estaba siendo transformada en su conjunto, pero al salir a recorrerla me daba cuenta que eran cambios superficiales, apenas cosméticos, ligados a intenciones políticas electoralistas; no obstante, en un complejo y moderno nudo vial divisaba una extraña calle que salía de la ciudad y luego retornaba a ella, conduciendo a una ciudad desconocida dentro de la misma ciudad. Esta otra ciudad era vital, bulliciosa y alegre, repleta de seres fascinantes e ignotos, con y sin doctorados, títulos y antecedentes, cada uno sujeto a su propia causa, compartiendo la risa y la comprensión por las afanosas actividades de los otros (aquellos que, si fuesen otros, realmente, haría falta que no fuesen los primeros).

Cuando recibí el disparo de gracia, a tres cuadras de casa, apenas cruzando las vías del tren, mientras caía en la vereda sentía mucha vergüenza: ¿cómo podía haber sido objeto de la mentada inseguridad, promocionada por todos los medios, dejando a quien era mi mujer y mi hija por nacer, solas en esta ciudad maldita? Caí en un agujero oscurísimo, se hizo la noche eterna, hasta que aparecieron distintas escenas oníricas muy reales, allí se desplegaban distintas liturgias y personajes que buscaban ayudarme de un modo u otro; me aferré a esas dinámicas afectivas aunque no las entendía muy bien; sí entendí al despertar la fragilidad extrema del cuerpo, los orificios y desgarraduras por las que ya no podría ser el mismo.

En pandemia la ciudad se paró de golpe, junto con el mundo entero, y tuve la oportunidad de despertar definitivamente del sueño docto: encontré -rememorando también lo anterior- la inexpugnable materialidad de la escritura filosófica que ahora practico. Como se puede leer aquí mismo, en este breve espacio, ello ha requerido un extenso recorrido con anticipaciones, escansiones y precipitaciones varias, tan lógicas como vitales; en fin, un nudo existencial, causal, material que desea ser expuesto y pasado a otros. Pero la transmisión real tampoco puede ser garantizada.

Roque Farrán, Córdoba, 21 de agosto de 2024.


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