Vuelta al porvenir. Inglaterra, Japón, Francia, Costa Rica… México y un sueño. Sobre el fondo de una ausencia. Por María Inés Pérez.

                                                           Cuidado editorial: Gerónimo Dafonchio y Patricia Martínez

Imagen de portada: Desfile nocturno de los cien demonios, de Tosa Mitsuoki

Este texto fue editado, revisado y autorizado por el autor


Jean Allouch dejó este mundo en París el 16 de septiembre del año 2023. Este escrito en recuerdo de su presencia y de su enseñanza en San José, Costa Rica, 29 años después de ocurridas y casi un año después de su muerte, toma un sesgo testimonial inevitable. Habrá que tomarlo con la profundidad del afecto ofrendado.

Una de sus obras remarcables, para más de uno la que más, Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, (Allouch, [1995]1996) riguroso y original trabajo sobre la pérdida, el duelo y la muerte mantiene una vigencia de actualidad que guía estas líneas testimoniales.

Cuando Jean Allouch escogió el título de su conferencia del 31 de julio de 1995 en San José de Costa Rica, (Allouch, 1995) justificó la pertinencia de su elección siguiendo el devenir del primer verso de un poema de W. H. Auden (W. H. Auden, 1939) que dice exactamente lo que ese título: «Enséñame a dejar atrás mi locura…»

Este poema que fue escrito en 1938 por el poeta inglés en el contexto de su protesta contra la guerra chino japonesa y como apelación a la justicia humana, fue luego retomado por el escritor Kenzaburo Oé. El japonés lo rescató y lo difundió en la década de los sesenta del siglo pasado para usarlo como leitmotiv y título del relato donde dejó constancia de los efectos producidos en él por el nacimiento de su hijo retrasado mental (Oé, Kenzaburo [1966]1998).

En el relato de ficción describe a un padre con un hijo en esa misma condición y que, al mismo tiempo, intenta escapar de la sombra de la locura de su propio padre y de los juegos de locura entre su madre y él. Así este hombre en un momento de pánico… «gritó implorando a su madre: ¡Mamá!, ¡Mamá! ¡Ven a ayudarme por favor! Si me quedo ciego y pierdo la cordura como mi padre, ¿qué va a ser de mi hijo? ¡Oh, te lo suplico, dime como sobreviviremos todos a nuestra locura!” (Oé, K. [1966] 1998, p.14). Mori fue el nombre que el padre escogió para este hijo, nombre que tomó de la palabra en latín, que en esa lengua se relaciona con la muerte, mientras que también mori, la misma palabra en japonés, remite a la vida vegetal carente de inteligencia ya que significa bosque.

En otro relato de ese mismo libro, Agüí, el monstruo del cielo, (Oé, K. [1966] 1985) se trata otra vez de un padre en duelo por la muerte de un hijo bebé nacido con una deformidad cerebral… hay un testigo acompañante y relator del final de ese duelo. Duelo que termina para el padre en una de sus posibles salidas, la trágica, que implica la muerte del doliente jalado por el objeto amado perdido entregando la vida. Ese testigo relator, tan cercano a todo lo que le sucede al padre doliente, entrega en cambio la visión de un ojo: “Pero cuando, herido por aquellos golfillos, hice el sacrificio de la vista de uno de mis ojos, un sacrificio, evidentemente, gratuito[1], me fue concedido, aunque solo fuera por un instante, el don de percibir a un ser que había descendido desde las alturas de mi cielo” (Oé, K. [1966]1985, p.95).

Allouch, en Francia, lee al entonces recién consagrado premio Nobel Kenzaburo Oé, le impresiona y le conmueve y lo incorpora en la elaboración de la Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca que justamente acababa de terminar de escribir antes de su arribo a Costa Rica. Así, toma de Oé la expresión “gracioso sacrificio de duelo” (Allouch [1995] 1996, p. 10) como figura para su construcción teórica alrededor del tema del duelo el que, más que un trabajo, implica para él la efectuación de una pérdida. Pérdida que no sustituye finalmente a un objeto perdido con otro objeto que lo reemplaza, como canónicamente se afirmaba desde el estudio freudiano sobre el duelo, sino que es una pérdida que se suplementa con lo que Allouch llama “un pequeño trozo de sí”, ése sería el objeto del duelo: “… he aquí, hablando con propiedad, el objeto de ese sacrificio de duelo, ese pequeño trozo ni de ti ni de mí, de sí; y por lo tanto: de ti y de mí, pero en tanto que tú y yo siguen siendo, en sí, no distinguidos” (Allouch, [1995] 1996, p. 10). Esa efectuación de la pérdida supondrá el abandono entendido como pérdida, irremediable y sin sustitución, de ese algo de pertenencia indefinida, de sí, para cedérselo al muerto. Más que recibir algo del muerto, se trata de suplementar su pérdida con otra pérdida, la de algo valioso que se sacrifica.

Con este bagaje en su equipaje Allouch desembarca en Costa Rica donde titula su conferencia inaugural con ese multicitado primer verso del poema de W.H Auden, tan lejano en el tiempo y en el espacio, pero tan pertinente en los giros del uso de cada uno de sus enunciadores.

Y henos ahí a muchos, en Costa Rica, a mediados de 1995, convocados por esa conferencia y por el seminario de los siguientes días alrededor del imposible objeto del deseo, recibidos por un país maravilloso, verde, selvático y a la vez de aridez volcánica, de dobles litorales oceánicos, de ciudades con calles sin números, de gente también maravillosa, hospitalaria e inquieta que convoca a los inquietos con los clarines del psicoanálisis… y de la locura.

De entrada Allouch ratifica a los inquietos que hicieron esa invitación. Su conferencia entra de lleno citando dos experiencias psiquiátricas, una vivida por esos días por el propio Allouch en un hospital de París y otra tomada de un relato del libro El imitador de voces del escritor Thomas Bernard, (Bernard, Th. [1978] 1984) relato que se llama, precisamente, Locura. A raíz de ambos casos Allouch formula la pregunta: ¿quién es el loco/a en estas historias? ¿Los así diagnosticados como locos, la joven mujer en crisis en el hospital parisino, o el cartero del escritor austríaco que quemaba las cartas portadoras de malas noticias, lo eran realmente? ¿O los locos eran los psiquiatras, los jueces de familia o los pedagogos de los hijos de la joven mujer a la que apartaron de sus hijos en París? ¿Era el cartero el loco, como quedó constancia en su ficha clínica del hospital psiquiátrico donde acabó confinado? ¿O más bien lo era el director del hospital que indicó que el cartero mantuviera y usara allí dentro su uniforme de empleado postal e instruyó a su personal para que escribiera cartas que el cartero luego acomodaba en un buzón para distribuir a los demás enfermos? El cartero ya no quemaba las cartas (se había curado de eso entonces…) pero sí continuaba afanosamente su trabajo de distribución, había confesado que necesitaba entregar esas cartas “para no volverse loco”… Ante esto la pregunta de Allouch no deja lugar a escapatoria: “¿Qué es la locura, si el más loco entre los locos está habitado por el temor de volverse loco?” (Allouch, 1995, p.82).

Nos reitera en ese momento la pregunta sobre la localización de la locura, ¿de qué lado está? ¿Es posible pensar la locura con esas líneas divisorias entre los “sanos y cuerdos” y los “locos”? Su respuesta clara es no. No de esa manera. No por medio del aparato de la psiquiatría, como tampoco lo fue antes de la aparición de las ciencias “psi”, por medio  del discurso religioso regulador sobre lo bueno, santo y sano en oposición a lo malo, demoníaco y loco.

Ya para entonces Allouch nos había llevado a recordar a Erasmo de Rotterdam y su conocido Elogio de la locura (Erasmo de Rotterdam [1511] 2011) reivindicando su lectura para los psicoanalistas a los que se dirigía, justamente porque nos entregó en esa conferencia una definición suya del psicoanálisis que nos llegó liviana, sorprendente, ingeniosa: “es hacer algo serio con cosas frívolas…»

En efecto, frente a los acercamientos estigmatizantes y/o punitivos de su época Erasmo frivoliza la locura, la pone a circular democráticamente entre todos y cada uno de los seres humanos, le adjudica un carácter honorable, le da la posibilidad de construir trama social de contención (en cambio para él es el no-loco el que está excluido) pero, en especial, hace depositaria a la locura de un saber al que nadie más que el enloquecido puede acceder. Allouch nos recordó entonces que, efectivamente, en ese punto está la esencia del psicoanálisis ya desde el descubrimiento freudiano, se trata de callar y escuchar, no se trata de saber a priori sobre la locura. Lo que está en juego es una cuestión de palabra, la proferida, la escrita, la gritada, la callada, la que ratifica al acto… Y se trata de que haya ahí alguien que la reciba.

Moro, el amigo de Erasmo, Moria su locura benéfica que no abandona nunca al ser humano, Mori la muerte en latín, Mori igualmente el nombre del hijo vegetal para Kenzaburo Oé: la palabra se reitera y se desliza. Y hay más, agrego ahora otra de mi peculio, Mole. ¿A cuento de qué? A cuenta de un sueño.

Confrontada por la claridad con que Allouch escribe en la Erótica el porqué de su acto de contar y hacer público un sueño, su ya famoso sueño del torreón, algo inhabitual dice él entre los lacanianos, me encuentro en el trance de tener que contar un sueño entendiendo que es propio, qué duda cabe y que al mismo tiempo no es nada más mío. Así me ocurrió que en estos días presentes estando ocupada, más bien tomada podría decirse, por este asunto de escribir el testimonio de mi presencia en aquella conferencia de hace 29 años atrás y cargando con la experiencia reciente del golpe de ausencia por la muerte de Allouch, tengo este sueño que se puede narrar como una “petite histoire” como él mismo solía decir cuando ilustraba la clínica que, sin duda acuerdo yo con él, siempre es la clínica de un duelo.

Sueño que estoy con otras personas en un cuarto alrededor de J A, él está acostado en una cama, claramente enfermo. Una mujer a su lado lo asiste y él habla con lucidez, aunque no recuerdo de qué habla. Yo estremecida, pienso y me digo: ¡se va a morir, se va a morir!  y salgo llorando del cuarto, muy, muy triste. En la siguiente escena del sueño me entero que después de mi salida él pidió a mis acompañantes que la próxima vez le trajeran mole, y que agregó: “¡ah, qué delicia el mole![2]”. Allí se acabó el sueño.

Cuando despierto y recuerdo el sueño asocio mole… moira, moro, mori, locura, duelo… mole… entonces… México. Pero caigo en cuenta que en la escena final del sueño yo estoy afuera del cuarto mortuorio donde ocurre la demanda, la solicitud del mole es acogida por tanto por mis acompañantes…mexicanos que me acompañaron en aquel viaje real a Costa Rica y en el sueño. Ellos que saben lo que es un mole sin necesidad de explicaciones, que incluso tal vez lo saben preparar y que seguramente lo saben degustar, están por tanto en condiciones de regalar esa su delicia a alguien que está partiendo en su viaje al inframundo.

Sin embargo la demanda no ha llegado a mí, a pesar de lo mucho que me gusta el mole… mi desplazamiento de lugar en la segunda escena del sueño me ubica afuera y me recuerda que aún después de tantos años, y a pesar o favor de todo, soy/estoy extranjera en México… o quizás simplemente apunta a mi condición de extranjera, fuera de cualquier localización. Seguramente tiene que ver también con que el espacio habitual de mis encuentros analíticos con aquel que estaba vivo y ahora se está yendo ocurría en el extranjero, en el consultorio de la rue Vauquelin en París, pas de mole

¡Pero a mí me gusta el mole! Sea entonces lo que sea de esa extranjería, el sueño me confronta a enfrentar que el antes vivo se está yendo y lo hace en el mejor contexto de una ceremonia mexicana de celebración de la muerte, con gozo y disfrute. No ocurre en el contexto del mito de Caronte cobrando su óbolo para cruzar en su barca a los que aspiran a llegar al Hades, no, ocurre claramente en México. Busco entonces ese pequeño trozo de mí, de sí, no distinguido que cumple mi deseo de poder disfrutar igualmente del festín del mole… Asocio: “el no-loco está excluido, es un extranjero, está fuera de la trama social”. Entrego con alivio un trozo preciado para que de ese modo lo macabro de la muerte, que me había hecho retroceder, salirme y quedar fuera condenada a penar sola en otro lugar, pueda en cambio suscitarme el deseo de participar en un festín como ese que ocurre anualmente el día de muertos en México cuando en las ofrendas de los altares seguramente hay más de un platillo acompañado de salsa de mole, Molli que complace a los que ya se fueron y a los que, haciendo la ofrenda, se lo comen en su honor.

Como es sabido, en más de una ocasión Allouch mostró haberse interesado vivamente por las festividades y rituales de la muerte en México[3]. Encontraba en ellos una sabiduría inaudita para otras partes del mundo occidental, allí veía reflejado claramente su entendimiento de que lo macabro de la muerte puede suscitar el deseo de los vivos. Así en su Erótica (Allouch [1995] 1996, p.11) menciona cómo, por ejemplo entre otros rituales de comida, se regala a los niños calaveras de azúcar con su propio nombre o con el nombre de algún prójimo ya muerto, siendo esto motivo de disfrute y alegría. Comenta también allí una anécdota en la que un niño pequeño es robado por otro mayor quien le quita un objeto precioso a ojos de ambos. El asunto termina y se resuelve cuando el pequeño grita “¡Que te sirva de vela!”, se sobre entiende… de vela para tu entierro… El pequeño cede su objeto para que el otro lo disfrute… pero para su muerte. Después de ese intercambio tenso todo termina entre los niños, hay un final tranquilo al incidente, el asunto se da por concluido, cada quien va por su camino, cada quien habiendo cedido algo de sí… que es de los dos. El duelo ha finalizado… tal como sucede en un análisis que previsiblemente tiene un final, aunque sea en un tiempo y lugar inesperados.

El padre del primer relato de Kenzaburo Oé, aquel de la pregunta “Dime cómo sobrevivir a nuestra locura”, el que llamó Mori a su hijo retrasado al que en algún momento tuvo que soltar, literalmente, de su mano, se encuentra más tarde un día viéndose en un espejo en que le cuesta darse cuenta que es él. Ya no está obeso como una bola, como cuando cargaba todo el tiempo y a todas partes a su hijo, sino que ha adelgazado aunque tiene también claros signos de desequilibrio mental. “Pero esta vez, ya no tenía ni hijo ni padre con quienes compartir la locura que se apoderaba de él cada vez con más fuerza, amenazando con invadirlo por entero. La única libertad que le quedaba contra esa locura, era la de hacerle frente en solitario”[4] (Oé, K. [1966] 1998, p.54).

Allouch, nuevamente, ha leído y coincidido con Oé, por eso nos dice y remarca al finalizar la conferencia de aquel mes de julio de 1995 que no es posible responder a esa pregunta porque no hay quien pueda enseñar cómo sobrevivir a la locura, que más bien se trata de avanzar en la propia pregunta  tal como lo hace el personaje de Oé.

Cito a Allouch:

En términos lacanianos se puede decir que no hay ninguna razón para que nadie se ponga en posición de dar respuesta a esta pregunta y el no poder responder a ella, es decir al recusar que pueda haber una enseñanza sobre cómo sobrevivir a nuestra propia locura, es diciendo que para eso no hay ninguna enseñanza que sea válida.

Al hacer esto, aquel que se plantea la pregunta o la demanda, puede avanzar en su propia pregunta, es decir, darse cuenta que se plantea en él, a propósito, que no hay más que una respuesta particular.  (Allouch, 1995, p.85)

Y por si fuera poco en la Erótica, redactada en una breve nota a pie, propone una apuesta canónica que es un reto para los psicoanalistas: “La muerte de Freud y la de Lacan no le plantean al analista la cuestión de lo que recibe de Freud y de Lacan; lo incitan a determinar lo que va a poner de él en sus tumbas para que ellos sean los muertos que son y él sea, por esto, a su vez, el seguidor que es”. (Allouch, [1995] 1996, p. 14)

¿Habrá algo más que agregar a esta propuesta a la luz de considerar lo que Jean Allouch mismo hizo en ese sentido con su vasta obra, sus actos de enseñanza y su oficio de analista?

O sea, con su vida toda como doliente/gozante? ¡Ah, qué delicia el mole!


[1]Las cursivas son mías. 

[2]Mole: Una palabra náhuatl, molli o mulli, designa genéricamente las salsas, guisos y potajes. El mole, tal como se conoce ahora en México, vino después de la colonia española como un producto del mestizaje. El mole poblano, originario de un convento de la ciudad de Puebla, se considera el rey de esta salsa y lleva chiles variados, tortilla de maíz, chocolate, almendras, cacahuates y especias variadas. El que le sigue en celebridad es el mole de Oaxaca, el llamado mole negro. También son muy apreciados tanto el verde como el mole blanco que se elaboran en distintas regiones del país.  

[3]Los rituales y festividades del 1 y 2 de noviembre en México tienen lugar como expresión del mestizaje entre las creencias prehispánicas dirigidas a ayudar al pasaje afortunado de los difuntos en su viaje al inframundo o Mictlán, con algunas creencias religiosas heredadas de la conquista. Tienen como objeto festejar y recordar a quienes ya partieron ofrendándoles las comidas y bebidas que les gustaban acompañadas por altares de flores, velas y otras coloridas ofrendas.       

[4]Las cursivas son mías.   


Referencias bibliográficas

– Allouch, J. [1995] (1996), Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, Buenos Aires, Argentina, Editorial Edelp. 

– Allouch, J. (1995), Conferencia: “Enséñame a dejar atrás mi locura” (Costa Rica, 1995).In$cribir el psicoanálisis. Año 3, Nro. 5. Enero-Julio. Costa Rica, 1996. Asociación Costarricense para la Investigación y el Estudio del Psicoanálisis (ACIEPs). 

– Auden, W.H. and Isherwood, C. (1939), Journey to a War, London, Faber & Faber.    

– Bernard, Th. [1978] (1984), El imitador de voces, Madrid, España, Alfaguara. 

– Erasmo de Rotterdam, [1511] (2011), Elogio de la locura o Encomio de la estulticia,  Barcelona, España, Editorial Austral. 

– Oé, K. [1966] (1998), Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, Barcelona, España, Editorial Anagrama.    


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