El sentido común y la causa de las cosas. Filosofía, ciencia y psicoanálisis. Lidia Ferrari

Imagen, White holes, Nicolas Wintsch.

Cuidado editorial: Marisa Rosso


“Mi madre me ajusta el cuello del abrigo no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar”. César Vallejo(1)

“Careciendo de una idea clara acerca de los motivos de la lluvia, según quieran que llueva o que haga buen tiempo, los habitantes del campo dicen: ‘El viento ha disipado las nubes, el viento ha acumulado las nubes. Lo mismo hacen los historiadores universales. A veces, cuando lo desean y les conviene así para su teoría, dicen que el poder es el resultado de un acontecimiento; pero otras, cuando necesitan demostrar lo contrario, opinan que el poder es el que produce el acontecimiento”. Tolstoi(2).

En Nietzsche se puede encontrar una crítica a la noción de causa. Considera que la concepción de una autonomía de la conciencia del sujeto moderno puede ser efecto de las estructuras gramaticales. Hasta la idea de un sí mismo en el protagonismo del sujeto provendría de ese lenguaje que, de manera inconsciente, coacciona a encontrar un sujeto en toda acción de pensamiento. Se trata de un hábito o ilusión gramatical que condiciona a encontrar siempre un sujeto.  

Dice Nietzsche, en La Voluntad de Poder: 

“En todo juicio se alberga la creencia total, plena y profunda en el sujeto y el predicado o en la causa y el efecto (es decir, como afirmación de que cada efecto es actividad y que cada actividad presupone un actor); y esta última creencia es sólo un caso particular de la primera, de modo que es como la creencia fundamental de la creencia: hay sujeto, todo lo que sucede se conduce predicativamente con respecto a algún sujeto”(3).

“Solo cuando hemos introducido sujetos, agentes, en las cosas, es cuando nace este espejismo: todo lo que sucede es la consecuencia de una acción ejercida sobre los sujetos: ¿ejercida por quién? Por un actor’. Causa y efecto: nociones peligrosas en cuanto obligan a pensar en una cosa que ocasiona y en una cosa sobre la cual se actúa”(4)

Paul Ricoeur sigue a Nietzsche en esta imposición del lenguaje a imaginar siempre un substrato de sujeto que estaría en el origen de los actos del pensamiento, lo que sucede también en la ciencia: “Los investigadores de la naturaleza no lo hacen mejor cuando dicen la fuerza mueve, la fuerza causa’”(5)

Nietzsche no pudo tener noticias de la revolución científica de la teoría de la relatividad y no sabemos si Einstein tuvo presente esta idea nietzscheana, pero curiosamente su enunciado evoca la transformación que realiza la teoría de la relatividad con la idea de “fuerza de la gravedad” de Newton. Einstein revela otra manera de entender las “fuerzas gravitatorias”. El campo gravitacional se llamará ahora, curvatura del espacio-tiempo. Pero no es un problema de cambio de nombre. Con Einstein “…la fuerza gravitatoria deja de ser una misteriosa fuerza que atrae’, y se convierte en el efecto que produce la deformación del espacio-tiempo —de geometría no euclídea— sobre el movimiento de los cuerpos”(6).  

Hypotheses non fingo” (no invento o imagino hipótesis) es una famosa expresión de Isaac Newton para defenderse de sus críticos que le reclaman que no haya deducido causas de sus leyes de los fenómenos gravitatorios. Es que para Newton la primerísima causa no era mecánica sino divina. Por esa razón Alexandre Koyré dice que esa frase le era necesaria a Newton para poder sostener al mismo tiempo sus leyes físicas y que la “causa verdadera y última de la gravedad es la acción del ‘espíritu de Dios”(7)

Estas discusiones científico-filosóficas acerca de las causas últimas pueden llegar a impregnar los discursos de nuestra cultura, pero siempre en forma indeterminada e intuitiva. La memoria intelectual produce en el ámbito de la doxa ciertos efectos que devienen sentido común. En el caso de los fenómenos gravitatorios ha sedimentado la idea de la “fuerza de la gravedad” como una atracción que sería la causa que los provoca. No se trata de un concepto científico sino lo que de los descubrimientos científicos es recibido por el lenguaje corriente, originando un sentido común que se propaga. Se trata de una inercia del pensamiento por la cual hay o debería haber siempre una “causa”, una fuerza, un poder que provoca los fenómenos, pues «las cosas no pueden surgir de la nada”. En este sentido, la teoría de la relatividad al subvertir las intuiciones elementales con las que el sujeto se mueve en el mundo físico no ha podido producir una forma equivalente a la idea de la “fuerza de la gravedad” para el sentido común.  

Inversión metaléptica: ¿sujeto del lenguaje o sujeto del poder?

Para Paul Ricoeur, la ficción llamada pensar imagina un “substrato de sujeto” en el que tienen su origen los actos del pensamiento. “Esta última ilusión es la más pérfida, pues pone en acción, en la relación entre el actor y su hacer, la clase de inversión entre el efecto y la causa que hemos relacionado con el tropo de la metonimia, bajo la figura de la metalepsis. De este modo, tomamos como causa, bajo el título del ‘yo, lo que es el efecto de su propio efecto”(8)

Tanto Judith Butler como Paul Ricoeur se ocupan de esa forma de la metonimia que es la metalepsis o, mejor dicho, la “inversión metaléptica” que a Butler le permite pensar la relación entre sujeto y poder. El tropo retórico de la metalepsis tiene una compleja historia. La metalepsis es una metonimia que consiste en tomar el antecedente por el consiguiente, o al revés. Lo que nos interesa de la metalepsis es que enuncia la posibilidad de confundir la causa de un fenómeno con sus efectos, y viceversa. La inversión metaléptica, que citan tanto Nietzsche, como Judith Butler y Paul Ricoeur descansa sobre la noción de causalidad, donde los efectos serían tomados como causas y viceversa. Se puede encontrar un ejemplo narrativo de una inversión metaléptica en el texto de Borges Kafka y sus precursores, cuando plantea que los modernos inventan a sus precursores(9)

La figura de la inversión metaléptica opera sobre la anterioridad y la posterioridad cronológica. Se puede explicar ese tropo en función de una cronología establecida en la convención que parece ser la que la intuición sostiene. El complejo concepto de Nachträglichkeit freudiano no sería una inversión metaléptico en sentido estricto porque lo que hace es conmover las coordenadas temporales psíquicas del antes y del después.  

Judith Butler en su estudio sobre los mecanismos psíquicos del poder se ocupa de la relación entre el sujeto y el poder. “El poder es simultáneamente externo al sujeto y la propia jurisdicción del sujeto. Esta aparente contradicción cobra sentido cuando entendemos que sin la intervención del poder no es posible que emerja el sujeto, pero que su emergencia conlleva el disimulo de aquél. Se trata de una inversión metaléptica por la cual el sujeto producido por el poder es proclamado como sujeto que funda al poder”(10).

El discurso del psicoanálisis no se ocupa explícitamente del poder, si bien nos procura coordenadas para pensarlo. El sujeto se constituye en el campo del Otro, es decir se constituye en relación a los deseos, dichos, discursos que lo preceden, lo esperan y lo sostienen. Esto lo trabaja Judith Butler, pero siempre con su punto de mira en el poder y en las posibilidades o dificultades de la insubordinación al Poder que constituye ese sujeto. El psicoanálisis establece bien que el sujeto nace en el lenguaje, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que las determinaciones deseantes son efecto de la manera en que el lenguaje se inscribe. Siguiendo la idea de Jorge Alemán de que el lenguaje es el suelo natal del sujeto, con todas sus declinaciones, se podría sortear el problema de la pregunta desesperada de cuál es el lugar posible para la resistencia al poder. Una posible salida a este impasse sería llevar a su máxima expresión la idea de que el lenguaje es el suelo sobre el que se construye el poder. 

Desde una equiparación temeraria, porque los terrenos discursivos son harto disímiles, se podría concebir  un impasse similar al que se enfrentó la Física teórica respecto de esas dos fuerzas, la gravedad y la aceleración. El principio de equivalencia de la relatividad general estatuye que “un sistema inmerso en un campo gravitatorio es puntualmente indistinguible de un sistema de referencia no inercial acelerado”, lo que significa que el campo gravitatorio no se distingue de un sistema acelerado. El hecho de que aceleración y gravedad produjeran los mismos efectos se tradujo en la forma: “la gravedad es aceleración”. Este hallazgo que conduce a aplicar la teoría de la relatividad a la aceleración permite a Einstein formular una teoría nueva de la gravitación. 

“Producen los mismos efectos ergo, son lo mismo” sería una proposición arriesgada. Pero puede funcionar como una imagen metafórica que permita entender de otra manera lo que dice Jorge Alemán: “… yo creo que el sujeto surge en la lengua, no en el poder, que la casa natal del sujeto es la lengua, el poder llega una millonésima de segundos después que la lengua, el poder llega después siempre. No hay crimen perfecto porque el poder no es la primera casa, no es el primer lugar donde emerge el sujeto”(11)

Mi interrogación es la siguiente: ¿No será que, a partir de esta sobredeterminación del discurso del Otro donde nace el sujeto, allí mismo, en las operaciones consecuentes a esta sujeción radical del sujeto al universo discursivo del cual proviene, es donde se incardinará el poder? Será por el lenguaje, en el lenguaje y a través del lenguaje que el poder alcanzará al sujeto. Pero entonces podríamos ya pensar al poder como uno de los efectos del proceso de subjetivación en el lenguaje. Entonces, ¿será posible parafrasear ese principio de equivalencia de Einstein y enunciar que “lenguaje y poder son equivalentes?”.

Función de la causa en Lacan 

El problema de la causalidad en psicoanálisis a partir de Lacan afecta la pregunta por la causa. No tendrá respuesta en el orden de lo imaginario. Ya había dicho Lacan en el seminario sobre Las psicosis que “…el gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis”(12). Para Carlos Kuri lo que realiza Lacan es cambiar el eje para la pregunta sobre la etiología pues de lo que se trata no es de encontrar una causalidad distinta, sino de “comprobar la imposibilidad de la causalidad y las consecuencias que eso tiene”’. 

La afirmación “no hay psicogénesis” afecta al estatuto de la causalidad. Pero Kuri advierte que no se trata de ir a colocar entonces la ley significante en el lugar vacante de la causa porque se cerraría lo que comenzó a plantearse respecto del lugar vacío de la causa(13). Ley significante o psicogénesis serían nombres que ocupan el lugar de ese vacío, una manera de completar eso que no se soporta del agujero, del vacío. Será en el seminario 11 que Lacan acuñará la célebre frase “en resumen, no hay más causa que de lo que cojea”. 

Lacan se ocupa de la causalidad cuando trata del inconsciente como concepto fundamental. El inconsciente freudiano es algo se hace oír, en los tropiezos, en las fallas, en las fisuras, lo que permite concebir que “eso habla”. Podemos decir que Freud encuentra en esos “efectos” al inconsciente, como hipótesis. Su mismo carácter evanescente, de apertura y cierre, hará del inconsciente una falsa unidad, porque “el uno que la experiencia del inconsciente introduce es el uno de la ranura, del rasgo, de la ruptura»(14).  Las diversas definiciones de inconsciente intentan capturar eso que se pierde y se reencuentra y, por más que se suponga un sujeto del inconsciente, este es indeterminado. Se recupera con lo inconsciente la función estructurante de la falta.

El inconsciente es una hipótesis de Freud que surge a partir de escuchar las llamadas formaciones del inconsciente. Después de haberlas escuchado puede reconstruir una cierta legalidad en su funcionamiento. Fue a partir de escuchar y escucharse lo que en las fallas y en los tropiezos del habla podía estar en relación con un decir otra cosa, que Freud se vio llevado a construir una hipótesis allí donde había una incógnita. Ahora bien, la incógnita se instala a partir de leer cierta legalidad que insiste, que persevera en esas formaciones que logra enumerar: sueños, lapsus, actos fallidos, síntomas que responden a leyes que conducen a los problemas de la sexualidad y la muerte. La hipótesis del inconsciente es eso, una hipótesis que prospera en tanto produce y permite producir operaciones revolucionarias en la humana condición.  Esa hipótesis también dará lugar a una terapéutica y a una radical desustancialización de lo que se da en llamar “ser humano”.

Pero si insistimos en el carácter de hipótesis es que allí se abre esa hendidura, ese agujero que no puede ser “llenado” con nada. Es una hipótesis que permite trabajar, mejor dicho, es necesaria para producir la operación analítica. Lacan habla del “carácter ruinoso de todo lo que ha sido colocado en el lugar de causa”, en este caso para las enfermedades mentales. La manera de pensar la función de la causa de Lacan modifica la metapsicología. Y en este punto, se pueden encontrar afinidades entre la farfulla filosófica de Nietzsche o Ricoeur, con algunos postulados científicos y con este viraje que produce el psicoanálisis. 

Pero si el inconsciente es falla, es apertura, pues sólo tenemos acceso a sus efectos, podríamos retomar ahora la línea con la cual comenzamos esta reflexión, y es que la noción de causalidad, la misma noción de causa es una exigencia del lenguaje. Así el inconsciente como hipótesis es el nombre que reclama algo que “debe haber” cuando se produce un lapsus, un acto fallido. 

El inconsciente como lo “no realizado”

“Fíjense de donde parte él [Freud]: de La etiología de las neurosis y, ¿qué encuentra en el hueco, en la ranura, en la hiancia característica de la causa? Algo perteneciente al orden de lo “no realizado”(15)

Lacan plantea que el inconsciente no concierne al registro del ser, sino al de lo “no realizado”, lo “no nacido”. Esto se puede entender como que no “es” ni “no es”, porque nada asegura su realización, su abrirse o no. Es este carácter evanescente que dificulta su establecimiento. También nos obliga a una aproximación absolutamente anti intuitiva, esto es modificar la intuición con la que lo concebimos. Pero esa intuición que lo concibe como una bolsa en la cual se alberga lo reprimido, y la represión como una fuerza que impide su salida, parece ser la manera en la que, como veíamos antes, el pensamiento intenta aprehender eso que se hace difícil de concebir: el vacío como causa. 

Sostener esta idea de lo inconsciente origina similares problemas a los que hemos mencionado sobre la suposición de la “fuerza gravitacional” o el de intentar correrse de suponer siempre un sujeto a un predicado. Trauma, pulsión de muerte y hasta inconsciente podrían ser nombres de esta x que surge al intentar pensar la proveniencia de esos efectos que, a partir del psicoanálisis, se escuchan. Resistencia terapéutica negativa, compulsión a la repetición, etc. nombran efectos que suscitan la interrogación ¿de dónde provienen? Entre esos efectos y esos nombres que el lazo sea de contingencia, de indeterminación, de discontinuidad no impide que se trate de nombres que enlazan con lo desconocido, pero un desconocido del cual Freud encontró ciertas leyes de funcionamiento y no causas. No obstante, se sigue insistiendo que para todo objeto debe haber un sujeto y para todo efecto se supone que debe haber una causa.

Es difícil acceder a este vacío como causa porque el lenguaje lo exige, diría Nietzsche, como lugar de lo posible a ser pensado. Pero esto supondrá una separación entre el pensamiento común que aún no ha podido acoger estas ideas -y no sabemos si lo podrá algún día- y el pensamiento más complejo que construye un lenguaje que pueda alojarlas. 

Estaríamos intentando situar lo imposible de ser pensado como imposible de ser pensado, es decir, que a través de la tautología se intenta pensarlo. El lenguaje nos permite correr las fronteras de lo pensable, es decir, de lo que se puede nombrar. No sólo la ciencia, el psicoanálisis y el habla común persiguen encontrar las causas de los efectos y los sujetos de los predicados. Hablar en nombre propio es uno de los modos en los que creamos un sujeto en el acto del habla. Parece ser lejana la posibilidad de concebir un acto de habla sin sujeto y sin causa.

Nuestro trabajo analítico se sostiene en que hay algo que se llama inconsciente cuando se producen los síntomas, los actos fallidos, los lapsus. Pero no hay el inconsciente que los produce, en el sentido de efectos producidos en otro lugar del que emergen. Se realizan al tiempo que se evaporan y dejan detrás de sí la huella de lo que el deseo intentó formular en el momento en que desaparece. 

No sorteamos, entonces, el problema de la necesidad de ubicar al sujeto y a la causa como lugar inercial de la relación del sujeto al lenguaje. Es de carácter estructural la dificultad de concebir un agujero allí donde no hay una respuesta a una pregunta que se hace el sujeto. Quizás procede de la dificultad en concebir que “no soy allí donde pienso” y “pienso allí donde no soy”, dificultad que tampoco se supera con la diferencia entre sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado ni con la diferencia entre el dicho y el decir. Que podamos escuchar al sujeto de la enunciación en los actos de habla, más allá de lo que dice; que esa enunciación desuponga el sujeto del enunciado, parece desactivar la suposición de la causa y la insistencia de ubicar allí a un sujeto. Pero esta concepción epistémica no alcanza al sentido común y a la psicología del neurótico, o, quizás, muy raramente, a través del dispositivo analítico.

Es un hecho estructural de la constitución subjetiva que se construya un Yo, como lugar de tratamiento de la inconsistencia del sujeto para sostener una consistencia imaginaria como modo de no padecer la fragmentación que la constituye. Tanto la constitución de un Yo, como la necesidad de encontrar un orden causal a los eventos, sostiene al sujeto de su siempre amenazante fragmentación o caída en el sin sentido. 

A los psicoanalistas no debería sorprendernos que el ser hablante invente un agente causal en los efectos que han creado a ese agente. Será el psicoanálisis, pero también ciertas teorías científicas contemporáneas, que subvierten las ficciones clásicas del pensamiento que tienden a pensar en modo convencional y temporal la relación causa-efecto y que siempre hay un sujeto en el lugar de la causa.

El sentido común y la causa de las cosas

Las fórmulas de la relatividad como otros descubrimientos científicos que transforman el saber que circula a partir de la divulgación o en la enseñanza escolar son objetos difíciles de asir por esa inercia del pensamiento que se apoya en lo intuitivo. También opera el olvido que siempre está sustrayendo y seleccionando, sobre todo, en el terreno de la doxa, construida con una lógica argumentativa más simple e intuitiva, que se deshace de complejas abstracciones. Quizás podríamos imaginar que la complejidad de ciertas teorías, con el paso del tiempo, pudieran ser ingresadas al sentido común si suponemos al sujeto humano capaz de transformar lo sensitivo y lo intuitivo en base a la incorporación de nuevas lógicas de pensamiento, como ha ocurrido de tanto en tanto a lo largo de la historia. Pero en estas teorías hay algo contra intuitivo que atenta contra su recepción. Casi no podemos tener ninguna relación con la teoría de la relatividad de Einstein, esa que explica las bases científicas de la curvatura del espacio-tiempo. Seguimos viendo que el sol sale en el oriente y el peso de nuestros cuerpos lo explicamos por la fuerza de gravedad.  

Por otro lado, en la actualidad, se produce un efecto de distancia cada vez mayor de los fundamentos lógicos y matemáticos que están en la base del mundo en que vivimos. Ese mundo científico y tecnológico que prospera en la simplificación de fórmulas y su abstracción correspondiente se va alejando del entendimiento compartido por las personas y son propiedades de los pocos que operan con ellas. Así, se va separando un sentido común que desconoce las leyes de funcionamiento del mundo complejo en el que habita porque cada vez más las “razones” de ese funcionamiento le son demasiado ajenas. Las aplicaciones y las plataformas ya han “digerido” las fórmulas matemáticas que las sostienen. El individuo se relaciona con una determinada aplicación desconociendo los fundamentos que la sostienen. Es que no los precisa para poder operar con ella. 

Hay un solo lugar donde la reversibilidad entre sujeto y objeto o entre causa y efecto, como lo hemos visto, parece no ser posible, y es cuando aparece la muerte. Sólo la muerte parece obligar a un antes y un después de ella misma. Nada de trastocar el orden de las cosas. Lo que está muerto, muerto está. Quizás alguna metáfora le prodigará una vida, pero falsa, hecha de lenguaje. ¡Qué problema! ¿Pero si es la palabra la que define la muerte, por qué no habría de devolverle la vida? 

Jean Luc Godard poetiza el problema de la muerte y su irreversibilidad: “…habitualmente / esto comienza / así / está la muerte / que llega / y después / uno empieza a llevar / luto / no sé / exactamente por qué / pero yo hice / al revés / llevé luto / primero / pero la muerte no llegó / ni en las calles de París / ni sobre la ribera / del lago de Ginebra”(16).

Sin embargo, otra vez el psicoanálisis lo trastoca al decirnos que no hay inscripción de la muerte en el inconsciente y que podemos hacer el duelo de algo que no murió ni va a morir. Dejemos que la vida siga su curso. En la esquina menos pensada se burlará de nosotros la muerte. Sacándonos la lengua, se reirá de nuestros chismorreos significantes.


  1. Vallejo, César. Obra Poética. Madrid, Universidad Costa Rica, 1997. p. 309.
  2. Tolstoi, León. Guerra y Paz. Barcelona, Planeta, 2019. p. 863.
  3. Nietzsche, Friedrich. La voluntad de poder. Madrid, Edaf, 2000. P. 370.
  4. Idem. p. 374.   
  5. Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Madrid, Edaf, 2007. p. 81.
  6. Edelstein, J. Y Gomberoff, A. Einstein para perplejos. Debate, 2018. Kindle Edition.
  7. Koyré, Alexandre. Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid, Siglo XXI, 2015. p. 216.
  8. Ricoeur, Paul. Sí mismo, como otro. México, Siglo XXI, 2006. p. XXVII.
  9. “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Borges, Jorge Luis. Obras completas. p. 712.
  10. Butler, Judith. Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Madrid, Edic. Cátedra, 2001. p. 26.
  11. Alemán, Jorge. https://fhaycs-uader.edu.ar/noticias/novedades-institucionales/8213-jorge-aleman-sobre-el-capitalismo-no-sabemos-si-hay-un-proceso-historico-que-garantice-su-alternativa.
  12. Lacan, Jacques. El Seminario de J. Lacan. Libro 3. Las psicosis. p. 8.
  13. “Estoy en situación de introducir en el campo de la causa la ley del significante, en el lugar donde se produce esa hiancia”. Lacan. El Seminario de J. Lacan. Libro 11. Buenos Aires, Paidós, 1991, p. 31. Dirá Carlos Kuri en su lectura de este párrafo que allí Lacan ubica algo que tendría que quedar vacío.  
  14. Lacan, Jacques. Seminario 11. Ob. Cit. p. 33.
  15. Lacan, Jacques. Seminario 11. Ob. Cit. p. 30.
  16. JLG/JLG Frases. Diario de Poesía. Invierno de 1997. Traducción de Ricardo Ibarlucía.

* Este texto es una versión revisada del trabajo “Causalidad e inconsciente. Lenguaje y poder” publicado en la revista Psicoanálisis y el Hospital Año 30 Nro. 58: “El inconsciente y el siglo”. 2021.


Lidia Ferrari. Psicoanalista argentina radicada en Italia. Autora entre otros: La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina; Decir de mujeres. Escritos entre psicoanálisis, política y feminismo, Tango. Arte y misterio de un baile. Tango. Les secrets d’une danse.


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