Un comentario de «La hiperstición, la mas nueva de las letosas», de Helga Fernández. Por Juan Picon

Imagen: foto de telar de Sandra de Berduccy

En su más reciente ensayo, La Hiperstición: la más nueva de las letosas, Helga Fernández nos mete de lleno en un territorio tan fascinante como perturbador. Continuando la línea de investigación de Mandíbulas autómatas, la autora se zambulle en las aguas del lenguaje contemporáneo para mostrarnos algo inquietante.

Aquí se construye una teoría urgente y necesaria sobre cómo el lenguaje muta en la era digital. No se anda con vueltas: hay algo que está pasando con la palabra y necesitamos entenderlo ya.

Lo primero que impacta es cómo está armado el texto. Helga construye un dispositivo que es mitad ensayo académico, mitad experimento literario. Arranca con unos epígrafes de Gibson y Lacan que ya te anticipan que esto no va a ser un texto académico más. La estructura formal es engañosamente tradicional (secciones numeradas con números romanos, notas al pie, referencias bibliográficas), pero por dentro es puro dinamismo y experimentación.

Los conceptos fundamentales que propone son potentes. El primero es que el lenguaje siempre fue viral –necesita otros cuerpos para replicarse, como cualquier virus que se precie-–. Pero en la era digital, dice la autora, este carácter viral encontró su establecimiento definitivo. Ya no es sólo que las palabras pasen de boca en boca: ahora circulan a velocidad sobrehumana por circuitos sintéticos.

Acá es donde entra el concepto central: la hiperstición. Tomando prestado el término de la CCRU (Cybernetic Culture Research Unit), Helga lo reelabora para mostrar cómo funciona esta nueva máquina de producir realidad. La hiperstición es una especie de profecía autocumplida turbopotenciada: no necesita que creamos en ella para funcionar, es más, funciona mejor cuando no creemos.

Es interesante  cómo la autora plantea la tensión entre dos formas de tejido: el sintético y el comunitario. El primero opera a velocidad algorítmica, prescinde de los cuerpos y produce conexiones sin enlaces. El segundo, el viejo y querido tejido social, trabaja a ritmo humano y produce verdaderos enlaces. Esta tensión atraviesa todo el libro y se convierte en su eje conceptual. Cabe aclarar que Helga considera los dos tejidos artificiales, nunca habla de ninguna naturalidad.

Las problemáticas que abre son múltiples y fascinantes. Está la crisis de la subjetividad: ¿qué nos pasa cuando nos convertimos en meros vectores de transmisión? La transformación de la realidad: ¿cómo operan estas realidades sintéticas que se autoverifican? Y las posibles respuestas: ¿cómo resistir sin caer en la nostalgia o la tecnofobia?

Helga no se queda en el diagnóstico apocalíptico. Propone alternativas concretas. Por el lado teórico, desarrolla el concepto de «teoría-fixión» (con x, un guiño a la fijación freudiana y a la necesidad de fijar sentido en tiempos líquidos). Por el lado práctico, insiste en la necesidad de recuperar y reinventar el tejido comunitario.

El estilo es otro punto alto. Mezcla registro académico con momentos de poesía, intercala preguntas retóricas que te dejan pensando, y hasta se permite momentos autobiográficos. Los neologismos que propone no son simple pirotecnia verbal: cada uno abre un campo de sentido nuevo. La «excritura», por ejemplo, sugiere tanto un escribir desde afuera como un modo de la escritura que marca, que deja huella.

Para el psicoanálisis, las implicaciones son enormes. La autora sugiere que hay que repensar todas las herramientas teóricas y prácticas. ¿Cómo opera la transferencia en tiempos de hiperstición? ¿Qué pasa con el inconsciente cuando el lenguaje se vuelve sintético? ¿Cómo sostener una práctica que depende de la palabra encarnada en tiempos de palabras virales?

El texto hace lo que dice. Es en sí mismo un ejercicio de teoría-fixión, una forma de escritura que intenta resistir a lo que describe. Opera en múltiples niveles: es análisis teórico, intervención política, experimento estético y performance meta-textual, todo al mismo tiempo.

En tiempos donde el lenguaje parece cada vez más capturado por algoritmos y circuitos sintéticos, este libro nos recuerda la importancia de seguir buscando formas de escritura. Es un texto que exige múltiples lecturas, cada una de las cuales revela nuevas capas de significado.

Lo más valioso es cómo Fernández evita tanto la tecnofobia como la tecnofilia beata. No se trata de demonizar lo digital ni de celebrarlo, sino de entender cómo está transformando nuestra relación con el lenguaje y, por ende, con nosotros mismos y con los otros. Y sobre todo, de pensar cómo podemos construir otros modos de escribir y de tejer comunidad en estos tiempos algorítmicos.

¿Lograremos encontrar estas nuevas formas de escritura que Helga propone? ¿Podremos resistir a la hiperstición sin caer en sus trampas? El libro no da respuestas definitivas  –sería contradictorio con su propuesta que lo hiciera– pero nos da herramientas para pensar y experimentar.

Además, está muy bien escrito, lo cual no es poco decir.

Si nunca leyeron a Helga Fernández, no entiendo qué están esperando.

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