Imagen de portada: «Mi bolso» (Olga de Amaral, 1980)
Cuidado editorial: Agostina Taruschio & Viviana Garaventa
Hay una mujer que, en lo que fue de abril a diciembre de 2024 -el tiempo en el que regresé a trabajar al hospital- fue internada tres veces. El motivo siempre fue el mismo: dejarse morir. No matarse, no colgar la soga o abrirse las muñecas con navajas. No. Simplemente tirarse a la cama a morir.
Cuando la entrevisto, siento que fracaso considerablemente. Ella contesta, pero no habla. No carga una tristeza melancólica, con aires de días nublados y pasados mejores. Su rostro es inmóvil, seco. Si no se la entrevista, no lo pide. Después de unos días de internación, solo pide irse. Su voz es mecánica, como si sus cuerdas vocales fueran un par de resortes que alambran las pocas palabras que dice.
Alguien en el servicio dice que está cortada verde. Siempre parece que está por llorar, pero el agua está petrificada bajo su mueca inconmovible. Le pregunto en qué piensa, me dice nada.
Le pido que hable, dice nada.
Le hablo de su situación, dice “si, si”, pero cuando la invitó a contestarme, dice nada.
Tal es la impresión que me ha dejado y, paradójicamente, no me acuerdo como se llama -mientras escribo esto, suena el American Idiot de Green Day; su decimotercera canción canta “me acuerdo de la cara, pero no me puedo acordar su nombre”-. A veces me encuentro pensando en ella. Cosa curiosa, si se tiene en cuenta que cada uno recibe por mes, aproximadamente, cincuenta personas diferentes. Hoy, justamente, me acordé de ella cuando leía un cuento de Virginia Woolf. Este empieza diciendo que “Suele decirse que no hay soledad como la de quien se encuentra solo en medio de la multitud…”. Me gusta ese comienzo, que marca un decir discreto, un acaso dicho, un rumor, un murmullo, una de esas formas que tan bien le van al psicoanálisis.
En este caso, eso que suele decirse apunta a la Señorita V., alguien que, al igual que su hermana, de un momento al otro puede caer en el olvido si el resto de la especie humana se desentiende de ella. Woolf es sentenciosa al respecto: “La facilidad con que semejante destino puede acontecer a cualquiera indica que es realmente imprescindible hacerse valer para no ser pasado por alto”.
¿Qué será ese hacerse valer? Espero que no se trate de un valor en términos de acumulaciones, supongo que se asocia más bien a hacer una existencia. No ser, como cuenta Woolf, alguien que solo puede decir “¡Que loco el clima!” antes de confundirse con las sillas de la habitación.
De a poco, quien narra -es en primera persona, así que bien podríamos ser vos o yo-, comienza a notar que si ella no está, algo falta, como un cuadro descolgado en la pared. Un día se despierta pensando en la Señorita V. y decide ir a visitarla, tomada por una sensación de júbilo, arrebatada por la emoción incongruente de ir a hablarle. Leer eso me alegra mucho; le voy a escribir a un amigo con el que hace un tiempo que no hablo. Conveniente sería pasar a saludar cada tanto a los que siempre están en el fondo o mirando por la ventana.
Al llegar, una criada le dice que la Señorita V. estuvo enferma -supongo que la enfermedad de una corrió en paralelo a la añoranza de la otra- y que esa mañana, cuando el narrador se despertó pensando en ella, la Señorita V. murió.
Conveniente sería no esperar tanto para pasar a saludar.
Cuando la vea a la psiquiatra que la atiende, le voy a preguntar cómo le está yendo con ¡Me acordé el nombre! Pero no puedo decirlo, por el secreto profesional, pero tampoco me gustaría que fuera una pura anónima. Entonces, para que no sea relegada a ser un ejemplo vacío, un párrafo más, un ruido de mate en el fondo, escribamosla como la Señorita G.
Joaquin M. Lozano
Licenciado en psicología, egresado de la Universidad Nacional de Córdoba. Realizó la residencia interdisciplinaria en salud mental en San Francisco, ciudad en la que reside. Ha trabajado en el Hospital J. B. Iturraspe, el espacio sociolaboral “Vínculos”, la Residencia Infantojuvenil y la comunidad terapéutica “Intendente Mariano Planells». Ha trabajado en el dispensario de la localidad de Porteña. Actualmente trabaja en el internado de salud mental del Hospital J. B. Iturraspe y dando clases de Semiología, Escuela inglesa y Clínica de adultos en la carrera de psicología de Uces.
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Hermoso.Gracias!
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