La función del amigx. Una tensión deseante I. Por Helga Fernández.

Imágenes de portada:  Una amiga estupenda, de Elena Ferrante.


Presentamos El concierto de las cosas, un ensayo que inaugura una serie de publicaciones en torno a la reconceptualización de los lazos transferenciales en el psicoanálisis contemporáneo a través del prisma de la función del amigx como una tensión deseante. Tensión, porque no resuelve sino que sostiene las diferencias.  Deseante, porque se orienta hacia lo que aún no es, hacia lo que falta.

Lo que aquí comienza en el ámbito digital, continuará expandiéndose a través de un segundo momento de diálogo y elaboración colectiva, donde diversas voces entrarán en conversación con lo aquí propuesto. Este proceso culminará en una publicación física que reunirá tanto las reflexiones iniciales como las resonancias y desarrollos posteriores que hayan surgido a lo largo de este recorrido.

La elección de iniciar este proyecto en un entorno digital no es casual: refleja la transversalidad y apertura que este trabajo propone como alternativa a otros modos de enlace. El formato digital permite una circulación más fluida y democrática, facilitando encuentros improbables entre lectores de diversas procedencias. Aunque auguramos que este material,  hoy expuesto al viento y a la intemperie de la red, más tarde alcance la dignidad y el cobijo del papel.

¿No es este viaje de lo digital a la letra de molde una metáfora de que la idea busca encarnarse?

Invitamos a nuestros lectores y lectoras a acompañarnos en este trayecto que, lejos de pretender establecer certezas, busca habitar las preguntas que surgen cuando nos disponemos a pensar los modos del lazo social más allá de los que solemos practicar. En primera y última instancia «se trata de inventar modos que, a la vez que alojen la singularidad, promuevan la creación colectiva»—un desafío que este trabajo asume como propio.

Nota de edición


El concierto de las cosas

Preludio

El psicoanálisis se encuentra en una encrucijada: mientras celebra más de un siglo de existencia, enfrenta el desafío de acompañar las transformaciones de la subjetividad contemporánea. La perennidad  de las grandes narrativas verticales, la crisis de la autoridad tradicional y la emergencia de nuevas formas de lazo social exigen una recomposición que, sin embargo, mantenga viva la llama freudiana sin dejar de sostener una cierta inactualidad. 

Una manera de encontrar el camino tal vez sea leer la progresión de los conceptos y los términos, pero ante todo considerar sus efectos y afecciones: la incidencia que tuvieron y tienen en la práctica. Para, llegado el caso, proponer otras construcciones que pongan en marcha la sucesión en función de lo que haga falta; sin caer en la nostalgia del pasado, ni en una moralina del presente, ni en el fatalismo del futuro. En este trabajo cometo la osadía de tratar de ejercer esta acción –sin dudas, una puesta en acto de la omnipotencia que, por lo demás, siempre es del Otro–; sin embargo, lo hago ciñendo la grandilocuencia a partir de las consecuencias que podría traer consigo un único sintagma puesto a circular como un extranjero que, con su sola presencia, pone en cuestión la cotidianidad del discurso: la función del amigx. 

La función del amigx     —un trabajo que vengo articulando desde 2021— hunde sus raíces como un rizoma más allá de cualquier punto de origen. Mi propósito no es trazar una cronología precisa ni establecer una cartografía rigurosa de hitos; hacerlo contradiría la naturaleza misma de esta investigación. De manera inicial, me propongo, en cambio, compartir el recorrido que me condujo a considerar la función del amigx, en coherencia con que no instrumentamos el lenguaje ni elegimos de antemano el camino a seguir.

Con creciente convicción, entiendo que escribir implica aceptar que somos llevados más que dirigir; y entonces, también, asumir la responsabilidad de labrar constancia de aquello que nos empujó hasta la precipitación. Practicar la errancia del inconsciente es equivalente a dejarse hacer por la lógica que practicamos, permitiendo que el recorrido encuentre sus propios cauces y conexiones. Este andar nos implica y concierne como un eslabón entre otros, puesto que no se trata de articular la teoría desde una exterioridad impasible, sino como sujetos efecto del inconsciente. 

Somos tanto el tejedor como el hilo, el alfarero como la arcilla y el texto que leemos mientras nos lee.

El gesto, que alcanza la dimensión de una posición, supone una ética: que no es ni una moral prescriptiva ni una metodología tradicional, sino el procedimiento que más conviene al saber no sabido del inconsciente en tanto esclarece el campo de significancia del que está hecha la articulación hacia la que nos aventuramos. Un procedimiento, que a su vez, da a leer que el camino y los enunciados se componen de la misma estofa; son una única y misma cosa, inseparables en su mutua creación.

Se trata de una epistemología incauta, no por ingenua, sino por su disposición a mantenerse abierta a lo inesperado: al reconocimiento de que no se construye sólo a través de la razón, sino también mediante la apertura a otras dimensiones de nuestra experiencia investigativa. Este modo del recorrido no pretende dominar ni controlar la cuestión, sino acompañar sus movimientos, sus pliegues y repliegues. Intenta practicar una escucha atenta a los silencios y a las palabras, a los intervalos y a las continuidades, a la fluidez y a las detenciones: a la temporalidad pulsátil del inconsciente.

Interludio

Comparto, entonces, los mojones que me trajeron hasta este punto —al menos, los que  alcanzo a identificar—. Otros permanecerán en la instancia de los pensamientos y procesos inconscientes; quizá lxs lectorxs serán quienes los encuentren (o se encuentren) con ellos entre líneas. 

Uno

Al ejercer como pasadora, me empecé a interrogar acerca de un aspecto específico de la transferencia sin el cual el pase sería imposible: la transferencia al discurso. Lacan, en “Radiofonía” (1970), dice que existe una única transferencia verdadera: la del analista al discurso. Esta experiencia y su interrogación me condujeron a mi primera participación en un cartel, donde andé el tema según mi propio tiempo de relación con el psicoanálisis.

La dinámica de este dispositivo, junto a cuatro compañeros y un más uno, despertó mi interés por otra forma de transferencia: la de trabajo. Durante el proceso —siempre inacabado— de construir un sustento para ocupar el lugar del analista, esta transferencia se me reveló tan vital como la transferencia al discurso, o quizás más. Reconozco que la valoración estuvo influida por un encuentro decisivo: en ese cartel encontré a quienes se convertirían en mis «primeros algunos otros» respecto a mi autorización como analista. Otros sin cuya presencia jamás habría reconocido mi propia voz.

Todavía recuerdo el momento en que, al leer mi trabajo, recibí desde ellos mi voz de un modo distinto. No hablo, por supuesto, de la voz física, sino de algo de la posición enunciativa que hasta entonces había permanecido inaudible. Ese día, en un bar cualquiera, aconteció algo extraordinario: por un instante, confundí el reflejo de un espejo con una apertura hacia otro espacio. Como Alicia, me encontré al borde de un umbral; algo se abrió, se expandió y atravesó la planicie. El conejo que me guió fueron mis amigxs; pero, para ser precisa, ellxs también fueron el espejo, el reflejo y su atravesamiento.

Dos

Siempre mantuve una posición crítica frente a la diferencia cualitativa y cuantitativa que las instituciones psicoanalíticas otorgan a la transferencia de trabajo respecto de la transferencia analítica e, incluso, de la transferencia al discurso. Esta suspicacia se intensificó después de una circunstancia que también me causó angustia: quien ocupaba el lugar de «más uno» en nuestro cartel sugirió a una de las integrantes que, en la presentación pública de su trabajo, omitiera el nombre de otra integrante, argumentando que no convenía citar más que a «los maestros».

Creo que este incidente ilumina una práctica institucional: el privilegio selectivo de ciertas transferencias según su utilidad en la política institucional. Desde esta perspectiva sesgada, la transferencia de trabajo —transversal y entre pares— ocuparía el escalón más bajo de la jerarquía. ¡La situación llega al extremo de que algunos sostienen que Lacan menciona la transferencia de trabajo como recurso para desplazar la transferencia analítica y apaciguar las pasiones imaginarias!  Revelando, una vez más, la subordinación e instrumentalización que se le impone a una transferencia respecto de otra.

¿Qué expresan estas palabras sino una economía de nombres propios? ¿Una bolsa de valores donde algunos brillan con luz propia mientras otros permanecen en la sombra? ¿Un mercado donde se cotiza el capital transferencial?

Tres

El encuentro con Autorretrato en el estudio de Agamben me acercó una perspectiva crucial. Aunque el autor comienza discutiendo la necesidad del espacio físico para la escritura —en concordancia con Virginia Woolf en «Un cuarto propio»—, termina por reconocer la importancia medular del espacio que ocupamos en los otros y nosotros en ellos. Con una generosidad inusual, nombra a sus amigxs y detalla lo aprendido de cada unx, estableciendo una red de resonancias como condición sine qua non para que su aventura con el pensamiento haya tenido lugar. Su texto da a leer que sin esa caja de resonancia que son algunos otrxs, el pensar, el escribir y el crear son imposibles.

En el mismo texto, Agamben admite: «De aquí la vanidad de todas las instituciones a las cuales se ha confiado la tarea de transmitir la verdad. Es por esto, creo, que nunca he podido tener alumnos, sino únicamente amigos». Esta afirmación me condujo a una serie de interrogantes que quizá sean la médula espinal de este trabajo: si el psicoanálisis no se transmite desde el discurso universitario ni desde el discurso del amo, ¿qué nombre dar al lazo entre quienes lo transmiten y quienes lo toman? ¿Sería pertinente emplear la palabra «amigx» para designarlo? ¿O convendría reservar este término para referirnos a aquellos con quienes mantenemos una transferencia de trabajo? Más aún: ¿es legítimo considerar la transferencia de trabajo respecto de aquellos considerados maestros? ¿El vocablo «maestro» —propio de otras formas de transmisión— no delata un uso jerárquico de los lazos, solidario y correlativo al menosprecio de la transferencia de trabajo?

Cuatro

La pandemia trajo consigo una interrogación radical del lazo social. La necesidad del otro, evidenciada en la privación de su presencia, nos obligó a distinguir entre el i(a) empantallado y el i(a) sostenido en la carne y los huesos —una distinción que, si bien no garantiza la presencia real, a veces constituye su condición necesaria—. La ausencia del otro redimensionó su importancia en cada acto de la vida cotidiana. Sin embargo, una cierta lejanía, no mediada por la pantalla sino por su marco, al menos a mi me permitió ganar una nueva perspectiva sobre aquello en lo que me encontraba inmersa. Como quien sale del agua y, por primera vez, comprende qué significa estar mojado.

Esta distancia me condujo a reconocer la necesidad de inventar nuevas formas del lazo que privilegien lo colectivo y la transversalidad, en lugar del poder y las jerarquías. Formas que se alejen decididamente de lo UNO –esa figuración que dominó durante tanto tiempo nuestras concepciones del lazo social–.

¿No sentis vos también que algo en la forma de relacionarnos  cambió para siempre después de esa experiencia colectiva?

Cinco

Nos encontramos en un momento histórico donde dos paradigmas entran en pugna: el paradigma ilustrado y el de la ilustración oscura. Mi posición frente a esta tensión es clara: no deseo situarme ni de un lado ni del otro. Rechazo tanto los vicios de lo que ya no funciona como la acogida irreflexiva de lo nuevo por lo nuevo mismo, más aún cuando esta última se sustenta en el poder de la destrucción.

Hay momentos en que estar ni acá ni allá no es indecisión, sino coraje.

Seis

Hoy existe una línea divisoria innegable entre quienes todavía creen que pueden o deberían reinstaurar un orden de circunstancias subjetivas perimidas y quienes se esfuerzan por liberarse de ellas, intentando componer nuevas formas del lazo. En este contexto, entiendo la función del amigx y la práctica de la amistad como una posible salida política ante lo obsoleto y la incertidumbre de lo que aún no es.

Siete

Me es necesario hacer una precisión: las críticas respecto a ciertas prácticas institucionales no implican, de ningún modo, un posicionamiento contrario a la existencia de las mismas. Por el contrario, reconozco en ellas dispositivos para que el psicoanálisis continúe su labor, en tanto podrían auspiciar como espacios privilegiados donde el lazo social pueda desplegarse y reinventarse, en particular en lo que concierne a la llamada formación de analistas. Lo que está en juego, no es la validez de la institución como tal, sino la posibilidad de que en su interior, y bajo sus lógicas comunes, se compongan otras formas de relación que, sin desconocer la disparidad constitutiva de la transferencia, den lugar a modalidades transversales de intercambio y construcción colectiva.

Una consideración adicional puede matizar un poco más lo que intento transmitir: si bien resulta difícil que esto ocurra en las instituciones establecidas, tampoco encontramos garantías en otros espacios que, o bien, pregonando lo contrario terminan degradando todo al estatuto mercantil, o bien, repiten la disparidad sustentada en jerarquías y en los brillos cocárdicos del agalma desde sus propias lógicas. De manera que sólo una cosa permanece clara: ningún modo de la reunión, la enseñanza, la transmisión, la formación —o como sea que decidamos nombrarla—, que no ponga en cuestión el lazo mismo entre sus miembros, surcará el porvenir. Ninguna forma de circulación del psicoanálisis que no cuestione e interrogue la verticalidad en acto, por más nueva y progresiva que se proponga, aupiciará otra cosa que lo mismo con distinto olor.

¿Qué instituciones serían capaces de albergar lo inédito sin domesticarlo, lo singular sin uniformizarlo?

Ocho

Los cambios en la subjetividad contemporánea afectan todos los ámbitos de la vida entre los seres hablantes. La transferencia analítica no parece escapar a estas transformaciones ni puede pretender inmunidad ante tal proceso. Incluso, las formas de reconocimiento y admiración hacia las figuras consagradas también experimentaron cambios significativos. 

Durante años fui partidaria de que las condiciones de estructura se mantienen mientras que lo que se modifica es su apariencia y/o representación. Hoy no estoy de acuerdo con lo que pensaba en aquella época. Si la estructura se constituye en el anudamiento de R.S.I., al cambiar aspectos que a priori circunscribimos a la dimensión imaginaria, cómo no cambiaría la estructura. Si lo imaginario no se corta solo –ni siquiera cuando no está anudado– y en muchos de sus aspectos está determinado por la dimensión simbólica y redoblando lo real, ¿cómo negar que la dimensión real y la dimensión simbólica también mutan con la dimensión imaginaria? 

Ningún cambio en el lazo es sólo cuestión de moda y ninguna cuestión de moda se limita a la apariencia de la cosa. Por ejemplo, cada vez con más frecuencia observamos en la experiencia del análisis que un semblante de la persona del analista que conlleva un ejercicio del poder puede impedir que un análisis tenga lugar. Para materializar lo que intento transmitir, propongo una hipérbole: hace años, los analistas cobraban las sesiones en las que los analizantes estaban de vacaciones. Una práctica que actualmente sería interpretada como un uso de la transferencia orientado hacia la conveniencia personal, contradiciendo la pretendida neutralidad al imponer una disparidad objetivada más que subjetiva. Hoy los analizantes no toleran prácticas mucho más sutiles pero de naturaleza similar. 

¿No observan que en algunos análisis resulta necesario componer la disparidad subjetiva de manera más transversal, distinguiendo con cuidado entre disparidad y jerarquía? ¿No advierten que, así como han mutado las funciones paternas, maternas, docentes y laborales respecto a generaciones anteriores, también es necesaria una modificación en el semblante del analista?

Así como su práctica cuestiona los modos tradicionales de reconocimiento y admiración hacia los «consagrados» en el campo analítico, la amistad contemporánea nos enseña la posibilidad de un reconocimiento mutuo que prescinde de posiciones fijas de superioridad e inferioridad. Este modo de lazo social podría orientarnos en la necesario reposicionamiento  sin que esto implique obviar la disparidad subjetiva constitutiva del dispositivo analítico. Si el discurso del analista supone llevar al lugar del semblante el objeto a, cabe preguntarnos, ¿ese objeto, hecho de falta, es universal? ¿Conlleva siempre las mismas faltas? Y si este objeto también está hecho de tiempo y espacio, ¿cómo incide una epocalidad en su constitución y en su función?

Nueve 

Muchos, en función de su lectura particular, denominan a esta modificación «declinación del Nombre-del-Padre». Digo que se la nombra en función de cómo se lee porque tal denominación revela la posición desde la que se efectúa dicha lectura. No me cuento entre quienes interpretan este suceso —por darle algún nombre— como algo necesariamente negativo o como una catástrofe simbólica ante la cual habría que rasgarse las vestiduras. Considerar que una caída es algo que no debería suceder o algo regresivo en sí mismo, ya supone un posicionamiento frente a la falta que la peyorativiza y la reduce a una debilidad desde una lógica falicizante. De esto se desprende, además, que aquello que cae no sólo no tendría que caer sino que debería mantenerse erguido, alzado, erecto, en una permanente verticalidad.

Por no adherir a esta manera de entender la cuestión, prefiero no hablar de «declinación de la función del Nombre-del-Padre», sino de «declinación de la confluencia de la función del Nombre-del-Padre y de Un padre». La entiendo como efecto de la singularización-pluralización de los nombres del padre y, por consecuencia, como la posibilidad de singulares y plurales invenciones para hacernos responsables de nuestra existencia sin delegarla al Otro. 

Si el psicoanálisis colaboró en traer la falta al mundo y, entonces, obró, en intensión y en extensión, para que nada ni nadie ocupen el lugar de Un Padre como excepción, ¿por qué horrorizarse ante esa declinación de una figura de autoridad que se enarbolaba en el centro de la civilización, la familia y otras instituciones? ¿Y cómo no registrar que esta caída es, de algún modo, una batalla simbólica ganada y, por tanto, la incorporación de una falta que hace función en las generaciones que reciben su efecto? ¿Cómo no reconocer que las generaciones que atravesaron esta transición pueden vivirla o juzgarla negativamente, incluso con cierta melancolía, porque aunque hayan colaborado en traer tal cambio al mundo, no siempre cuentan con tal incorporación haciendo función en sí mismas?

De la incorporación de un nuevo modo de la falta, o de la declinación de la confluencia del Nombre-del-padre y Un padre, o del pasaje consiguiente del Nombre-del-Padre al padre como nombre del nombre del nombre, se desprende una consecuencia fundamental entre muchas todavía no articuladas: ni la transmisión ni la transferencia (en cualquiera de sus formas) son jerárquicas ni piramidales, no fluyen de nadie de arriba hacia nadie de abajo, sino que son transversales; y no por esto menos asimétricas.

Si la prohibición mosaica de representar a Dios en una imagen constituyó un progreso en la espiritualidad, que hoy no sea legítimo que en el lazo social UNO represente a El Padre supone un progreso del mismo orden. Este avance nos hace más responsables de construirnos en tanto padres y de construir a nuestros padres; también nos hace más responsables de nuestra relación con el semejante, a quien advertimos tan solo e inerme como nosotros mismos. Pero, por sobre todo, nos insta a inventar modos del lazo que aún no existen, o no terminan de existir. 

En todo caso, habría que localizar el espacio vacío de la inexistencia del Otro y escrutar el reparto de las lagunas y de las fallas, acechar los emplazamientos, las ficciones que trae aparejada tal afirmación performativa y lo que, entonces, es o sería necesario. En tanto, sin esta coyuntura, no se podría hablar de la función del amigx, pues es justamente la declinación de este Uno central y verticalizado lo que habilita pensar la amistad como un modo del lazo que, siendo transversal y no piramidal, sin embargo sostiene la disparidad necesaria para que haya encuentro sin que esto derive en una relación de poder/subordinación.

Diez 

Considero que el psicoanálisis no sólo lee la estructura y da cuenta de las operaciones que ocurren en un análisis. También se ocupa de seguir inventando y creando condiciones discursivas que propicien recursos en la estructura y en eso que llamamos cultura o civilización.

Inventar viene del latín «invenire» encontrar. Toda invención es de algún modo un hallazgo recursivo de lo que ya estaba ahí, esperando ser descubierto. Así, Freud inventó el Inconsciente. Lacan (junto con Winnicott, Marx, Margaret Little y quizás otrxs) inventó el objeto a. Y así nos devolvieron lo que desde entonces nos pertenece por derecho propio: una dimensión y una falta con las que no contábamos, pero que luego siempre estuvieron ahí.

¿Qué invenciones necesitamos hoy? ¿Qué articulaciones esperan  nuestra llegada?

Once

Hace diez años surgió en mí la necesidad de crear un espacio digital donde publicar aquello que no encontraba lugar en la censura institucional ni en la autocensura que me habitaba al formar parte de una institución. Así nació En el margen, una revista de psicoanálisis online. Con el tiempo, invité a otras personas a que se sumaran, por lo que además de un lugar de publicación se convirtió en un colectivo donde practicar otro modo del lazo. 

Tengo que reconocer que, con independencia de cómo se lleve a cabo la reunión, por implicar la relación con el otro, no hay modo de que las tensiones, los tira y afloje, no se manifiesten. Están presentes. Inciden. Producen. Obstaculizan. Auspician. Aunque se inventen modos nuevos y se les dé lugar, aunque exista el deseo y la apuesta por ello, por estructura y por inercia, los seres hablantes tendemos a buscar los vínculos tradicionales y a agruparnos como hermanos, cómplices o aliados. Frente al conflicto, solemos refugiarnos en la supuesta comodidad de la endogamia y evitamos la tensión deseante de lo que está por hacerse e inaugurarse. También desarrollamos resistencias: odiamos a quienes cada vez hacen la diferencia —en toda su amplitud semántica— y desestimamos las voces de quienes hablan más bajo o en silencio.

Sin embargo, cuando no hay formas preestablecidas, ni estatutos ni modos estandarizados por una tradición, cuando no impera la política de la conveniencia y la hipocresía, se vuelve perentorio inventar un saber hacer para continuar; de otro modo, la cosa se estanca y se marchita. Aunque, justo aquí y ante este sin salida, es cuando suele advenir un acto que, en lugar de buscar resolver las tensiones, las abraza como fuente de creación. Y en ese borde incómodo, en ese margen que se convierte, no en un punto de llegada sino en una nueva apertura, no en un lugar de exclusión, sino en un espacio de posibilidad, es donde cada vez se inventa un futuro posible.

O se termina todo.

Doce

Otro camino se abrió cuando empecé a trabajar la función del amigx, retrasando el momento de la escritura de este trabajo: el duelo. O al menos esto fue lo que creí mientras lo transitaba porque, después de ir y venir, salir y entrar, no tuve más remedio que considerar que una cosa me llevó a la otra, puesto que algo los conecta: el objeto a como ni tuyo ni mío. No como intersubjetivo, sino como transicional.  No como propiedad, sino como préstamo.  No como identidad, sino como diferencia compartida.

Por suerte, un tercer camino me facilitó esta lectura de la reunión de los otros dos: Macedonio Fernández, donde se entrecruzan el duelo y la amistad. Resulta oportuno, entonces, dedicar un capítulo a la vecindad que existe entre la amistad y el duelo —una conexión poco explorada—.

Trece

Hablando de duelo, el hecho de haber dejado de formar parte de la escuela en la que estuve y también construí durante tantos años me significó una pérdida que todavía cicatrizo. En ese sitio compuse y forjé la enunciación que me habita (o que habito), por lo que el haberme encontrado hablando sin la resonancia de ese espacio todavía me resulta extraño; y quizá me lo siga pareciendo para siempre, como quien decidió vivir en tierra extranjera y, aunque aprenda el idioma, siempre conservará un acento poco perceptible para los demás pero evidente para sí mismo.

Se trata de una experiencia donde el lazo entre el duelo y un modo de la amistad/enemistad se pusieron en acto en mi propia historia, y una circunstancia a partir de la cual decidí perder para apostar a otros modos que me resultan más afines a mis posibilidades y al saber/hacer de mi ética.

Catorce

Haber salido de un adentro, que siquiera sabía cuál era y hasta dónde llegaba, también significó un atravesamiento en mi aventura libidinal con el psicoanálisis, del mismo orden que el que aconteció aquel día en un bar cualquiera. Hoy me encuentro con otros otros, distintos a los primeros, donde menos lo esperaba. Se trata de amigxs que no siempre hablan mi dialecto pero con los que componemos en un espacio liminal,  sin la exigencia de la fidelidad eterna. Ellxs me enseñan que el ejercicio de la conversación no requiere compartir el mismo código, sino estar dispuesto a crear uno nuevo en cada encuentro. Porque hablar no supone tanto entender al otro desde nuestros propios enunciados, sino dejarnos atravesar por la posibilidad de que algo surja en ese intersticio. 

Para mí ya no se trata entonces de una traducción que busca equivalencias, tampoco de una transliteración, sino de una creación que adviene en el acontecimiento  del encuentro. Tal vez por esto, recién hoy, y en este preciso momento, casi 5 años después de haberme ido de un lugar del que había empezado a no formar parte, puedo preguntarme acerca de la diferencia entre un eco que rebota –un coro de ecos–y una resonancia que reverbera. Las voces que me habitaban como certezas ahora retornan como preguntas, y en ese preguntar descubro que la única fidelidad posible es con la incertidumbre. 

El psicoanálisis, un discurso que me constituye, hoy es una lengua más entre otras posibles —la que mejor hablo, sí—, pero que se entrecruza con otros modos de nombrar lo innombrable tan respetables y válidos como el que suelo habitar. Quizá, eso que Lacan llama el duelo del analista –alrededor de lo cual gira el deseo del analista– no sólo tiene que ver con el hecho de reconocer que ningún objeto a, por mucho que lo amemos, tiene jerarquía por sobre otros, sino también con el hecho de que tampoco la tiene un discurso por mejor que nos parezca. 

Posludio

Es desde este campo de significancia, compuesto de contingencias e hitos, del que parto para intentar decir que la función del amigx trasciende la mera complicidad afectiva y el ámbito privado para convertirse en una práctica política y ética. 

Lxs amigxs son esos otrxs que nos ayudan a mantener viva la tensión entre la pertenencia y la extranjería, entre la tradición y la invención, entre la necesidad de marcos de referencia y la apertura a lo imprevisto.

Se trata, en última instancia, de componer un lazo que, a la vez que aloje la singularidad, promueva la creación colectiva y la responsabilidad compartida en un mundo que no ofrece garantías, sino que exige, más que nunca, nuestra propia invención.

Quizás sea este el mayor desafío que enfrenta el psicoanálisis hoy: no solo interpretar el mundo, sino transformar las condiciones mismas de la transferencia, del amor.

La función del amigx: ese espacio indeterminado donde lo que cae da lugar a lo que se gesta. ¿Me acompañan?


Para inscribirse al trabajo de reuniones, lectura e investigación, pedir más información en enelmargenrevista@gmail.com

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