Después de haber establecido la relevancia política, ética e histórica de la amistad, es necesario componer su función a través de los constructos, conceptos y términos del psicoanálisis, disponibles. No obstante, surge una dificultad: el cuerpo del discurso se estira, se elonga, se dilata, se lubrica, hasta que ya no da más. Entonces es donde hay que inventar, considerando otros saberes, incluso el de la lengua popular. La necesidad de invención no es caprichosa sino estructural.
«Me hace falta un nuevo impulso de ti, pasado un tiempo se me acaba»
—Sigmund Freud a Wilhelm Fliess.
Cuando Freud le escribió estas líneas a su amigo Wilhelm Fliess, estaba nombrando algo que el psicoanálisis, tan prolífico en teorizar sobre la familia, dejó sin elaborar: ese impulso vital que recibimos de ciertos otros. ¿Cuál es la naturaleza de este impulso? ¿Por qué algunos lazos lo producen y otros no?
En el intento de articular una respuesta conjetural me topé con las huellas de una escena que obsesionó a Jacques Lacan durante cuarenta años. Una imagen, en apariencia simple, que San Agustín dejó escrita en sus Confesiones: un nene pequeño contempla a su hermano de leche mamando del pecho materno, y en esa contemplación algo del orden del deseo acontece.
«Yo mismo he visto y observado de cerca los celos de un niño de pecho», escribió Agustín en el siglo IV. «No hablaba todavía y contemplaba a su hermano de leche con semblante pálido y mirada amarga. ¿Quién no conoce esto?» En latín, la expresión era amaro aspectu —mirada amarga—, dos palabras que contendrían siglos de interpretación.
Lacan quedó fascinado por esta escena. La vio como una experiencia crucial, un momento donde el deseo muestra su estructura más íntima. Y durante décadas volvió a ella, traduciéndola una y otra vez, como quien intenta cifrar y descifrar una fórmula secreta.
En 1938, en su texto sobre los complejos familiares, tradujo por primera vez el pasaje agustiniano. Habló del «espectáculo amargo» que contempla el niño, introduciendo una ambigüedad: ¿quién es más espectador, el niño que mama o el que mira? Los celos, argumentó entonces, no son simple rivalidad sino «identificación mental». El niño que mira no solo envidia: se identifica con el otro, ve en él una imagen de completitud que le revela su propia falta.
Diez años después, el tono cambió. En «La agresividad en psicoanálisis», Lacan habló de una «mirada envenenada». El veneno es ambiguo: ¿la mirada está envenenada por lo que ve o envenena con su contemplación? Es el momento donde Lacan articula cómo el yo se constituye a través de la agresividad hacia ese semejante que aparece como rival, como poseedor de lo que estamos privados.
Pero había algo en la experiencia que resistía la traducción. Durante la década del cincuenta, Lacan confesó su insatisfacción con sus propias versiones. El término latino amaro aspectu parecía contener una fuerza que ningún equivalente francés capturaba. «Se podría traducir por envenenado», admitió en 1959, «pero eso tampoco me satisface». Esta dificultad no era meramente lingüística: da a escuchar que hay algo en la experiencia del deseo que el lenguaje no captura, algo que insiste y se escapa.
El giro decisivo llegó en 1962. En su seminario sobre la identificación, Lacan no solo analizó la escena sino que se incluyó en ella al advertir que él miraba a Agustín mirar al nene que miraba a su hermano. En esta cadena de miradas, cada uno aprehendía algo del anterior, no una verdad sino un resto, una falta, un espacio para inventar. El objeto del deseo —ese misterioso «objeto a» del psicoanálisis— no era algo que alguien poseía y otro envidiaba. Es lo que surge precisamente en esta serie de extracciones y pérdidas, en el espacio entre las miradas. «El hermano es la imagen fundadora de mi deseo», digo.
Las traducciones continuaron, cada vez más refinadas. En 1964, Lacan distinguió entre celos y envidia: la envidia es más radical, surge ante «la imagen de una completitud que se cierra», ante la fantasía de que el otro posee ese objeto especial que colmaría toda falta.
En 1973, habló del «odio celoso» y acuñó un neologismo intraducible: jalouissance, mezcla de celos (jalousie) y goce (jouissance).
Finalmente, en 1978, propuso «mirada ensombrecida» y añadió algo esperanzador: es un síntoma, y «un síntoma se va volando, pasa». No es una condena eterna sino algo que puede transformarse. Un duelo.
A través de estas nueve traducciones, realizadas a lo largo de toda su vida, Lacan fue extrayendo el concepto del objeto a —la causa del deseo—de la imagen especular del semejante. Así dio cuenta, en el acto mismo de acuñar una de sus dos invenciones, de que el deseo no nace de nosotros mismos sino de esa compleja relación con el otro.
Sin embargo, hay algo esclarecedor en este recorrido. Si Lacan transformó su comprensión del objeto del deseo durante cuatro décadas —de objeto de rivalidad a objeto causa, de cosa poseíble a falta estructural—, ¿por qué mantuvo intacta la designación «hermano de leche»? Si el objeto mutó tan radicalmente, ¿no debería transformarse también el tipo de lazo entre los dos niños? Si ya no se trata solo de competir por algo que el otro tiene, ¿por qué seguir atrapados en la lógica fraternal de la rivalidad?
Este es el punto ciego del discurso lacaniano. Y es en este límite donde el psicoanálisis se detiene, y donde se abre la posibilidad de pensar la función del amigo, esa dimensión del lazo que quedó sin teorizar.
Para explorar esta dimensión, traigo a cuento otra escena, una que funciona como contrapunto a la imagen agustiniana. Dos nenas desconocidas se encuentran ante un charco de lluvia. Una sostiene una rama seca, la otra se acerca con curiosidad luminosa. Sin palabras, comienzan a trazar círculos en el agua. Las ondas se multiplican, se encuentran, crean patrones imposibles de prever.
– Es el lago de la luna», dice una mientras agita el agua.
– Un barco», responde la otra dejando caer una hoja seca.
No hay palidez aqui. El charco, que podría haber funcionado como espejo donde cada una buscara su rostro, se transforma en otra cosa: un campo de experimentación compartida donde ninguna puede ver su imagen porque ambas están ocupadas componiendo algo nuevo. Este no es un lugar que existía antes del encuentro; es un espacio que acontece, una grieta que se abre en el tejido de lo cotidiano. Es una zona liminal, un sitio sin mapas donde las reglas habituales del mundo se suspenden. Aquí, despojadas de sus ropajes sociales, no son la «hija de» o la «alumna de», sino dos seres en la inmediatez de un encuentro, demiurgas de un cosmos que nace del barro.
La diferencia es crucial. En la escena de San Agustín, el objeto del deseo aparece como algo que se puede poseer: el pecho materno que uno tiene y el otro no. Funciona bajo una economía de la posesión, un juego de suma cero donde la ganancia de uno es la pérdida del otro. El espacio entre esos dos nenes es un campo de batalla, un campo de batalla paralizado.
En la escena del charco, el objeto del deseo no preexiste al encuentro: se crea en él. Es ese «lago de la luna» que ninguna de las nenas podría haber inventado sola. En este sitio opera una economía de la amistad, una economía del don y del gasto improductivo. La amistad es siempre de los desposeídos. Pero esta no es una carencia, sino una liberación: es el despojo voluntario de las armaduras del estatus, de la propiedad, de las certezas. Su riqueza no se acumula, se inventa en el acto con objetos sin valor en la economía mercantil —palos, hojas, palabras— que en esa zona franca se vuelven la materia prima de otros objetos. Estar desposeído es la condición para acceder a esta otra forma de abundancia, una que no se puede tasar.
Pero es necesario ser precisos. No se trata de oponer una lógica «buena» de la amistad a una lógica «mala» de la rivalidad. Ambas son constitutivas del deseo. La rivalidad especular es fundacional: necesitamos ese momento de reconocimiento en el otro, esa identificación agresiva que nos constituye como sujetos. Sin la experiencia del hermano-rival, sin esa primera constatación de nuestra privación a través del otro, no habría sujeto deseante.
Lo que sucede es que el psicoanálisis se detuvo ahí, como si toda relación con el semejante quedara fijada en la lógica de esa escena. Pero la experiencia nos muestra que esos lazos pueden transformarse. El mismo nene que mira con envidia puede, en otro momento, crear mundos compartidos. La rivalidad no desaparece: se complejiza, se entreteje con otras formas de relación. En la amistad puede haber momentos de envidia; en la rivalidad más encarnizada, destellos de reconocimiento creador.
El amigo cumple entonces una función específica que podríamos formular así: es el inter-cesor de un objeto que nadie tiene. A diferencia del hermano-rival que parece poseer eso que no podemos tener, el amigo participa en la creación de algo que ninguno podría generar solo. Es quien puede habitar conmigo esas zonas liminales donde las reglas se suspenden. Este acto es profundamente político. Al crear un lazo que escapa tanto a lo familiar como a lo estatal, la amistad se vuelve contaminante y peligrosa para cualquier orden que busque el control. Es una sedición silenciosa, una conspiración de huérfanos que tejen complicidades en los márgenes. No es casual que los regímenes autoritarios desconfíen de las amistades que no pueden supervisar.
En la intimidad de ese cosmos acuático, cada gesto de una es capturado y transformado por la otra. El resultado trasciende la suma de dos imaginaciones: hace surgir una realidad cualitativamente distinta. Ellas inventan no solo un universo, sino su propia lengua secreta, un anti-lenguaje hecho de lunas y barcos que solo tiene sentido dentro de su lazo específico e intransferible. Esta experiencia da a ver lo que el psicoanálisis, atrapado en la lógica fraternal, no logró articular. El amigo hace posible la emergencia de lo imprevisto no porque lo posea, sino porque su presencia constituye la condición misma de su aparición.
Esta es la experiencia de la amistad: un espacio donde ensayar formas de vida, donde el deseo circula sin amo, donde las identidades se vuelven porosas sin disolverse. Es una tensión productiva entre proximidad y distancia, entre fusión y separación, que mantiene abierto el campo de lo posible.
Las nenas no están jugando, están siendo el juego mismo. No tienen identidades que intercambian o negocian; devienen lago, devienen luna, devienen navegantes de hojas. En ese momento son potencialidad.
Esta potencia es la que se transmite en los lazos más vitales. La historia del pensamiento está llena de estos momentos. Marx no «descubrió» la plusvalía: la hizo visible al encontrarse con las ideas de Ricardo. Cada concepto revolucionario nace en esos espacios intermedios donde los pensamientos se encuentran y se transforman mutuamente. Lo que se crea en la zona liminal de la amistad surge en un «entre-dos».
En ese gesto de creación compartida, las nenas nos enseñan que en la amistad no intercambiamos propiedades fijas sino que devenimos campo de posibilidades. No somos sujetos constituidos que luego se encuentran; nos constituimos en el encuentro mismo. Y en ese proceso, algo ocurre: descubrimos que somos más de lo que somos porque ahí somos potencialidades.
Ese impulso del que hablaba Freud en el epígrafe —»me hace falta un nuevo impulso de ti»— no es algo que el otro posee y nos da. Es lo que surge cuando alguien nos recuerda que no estamos condenados a ser solo lo que ya hemos sido. Es la energía que se genera y se gasta en el acto mismo del encuentro, en esa economía del despilfarro.
Por eso algunos lazos producen ese impulso vital y otros no. Por eso «se acaba» y necesita renovarse. Porque devenir junto a otro requiere una delicadeza infinita, un arte de las distancias, una capacidad de asombro que convoca a reinventar cada vez otras formas de estar juntos y resistir.
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