Cuidado editorial: Helga Fernández
Ayer, mientras octubre estrenaba su primer fin de semana y la primavera sigue empujando su mestizaje de colores, aconteció la sexta edición de la Feria del libro de Flores. Una fiesta de papel callejera.
Desde su convocatoria —Rompa el aislamiento— que es en simultáneo, evocación de la bisagra epocal que fue la pandemia de Covid-19; también lectura del peligro que pesa sobre los lazos comunitarios y, fundamentalmente, un manifiesto político performático que recuerda en acto que hacer y estar son los verbos de las gestas colectivas.
Emplazada en el cruce de las calles Morón y Artigas, escudada por el Centro de Formación Profesional Nº 24 y la Cazona de Flores, una criatura mítica con cuerpo de metal, lona y madera espera a cientos de editoriales independientes que —a pesar de las embestidas del actual gobierno— persisten en su apuesta de desenclaustrar las ideas, los pensamientos y las palabras, y engalanar la feria con sus artefactos textuales, en una algarabía de letras, tapas y colores.
De repente el barrio rompe su modorra y se vuelve cobijo del bullicio y la alegría; una masiva concurrencia que hace del calor la excusa para ranchear sobre el cordón o algún lugar del asfalto donde acaricie la sombra, se dispone tanto a escuchar música, a bailar, comprar libros, artesanías, comidas de la escuela de cocina; como a seguir varias de las conversaciones que acontecen en los diversos escenarios montados en la calle o en las entrañas de la Cazona.
Una comunidad itinerante vagabundea por los pasillos de la feria, leen, preguntan, conversan, se saludan y compran, en un clima de alegría. Muta el paisaje barrial que, lejos de la gentrificación que expulsa a los lugareños, ostenta en lo público todo el mapa de trabajo y cooperativismo que esa porción del barrio de Flores acoge.
Los niños tienen su sector editorial y también una apuesta lúdica que muestra con orgullo su costado analógico, ese que lejos del mercado que disputa el territorio de la imaginación infantil y las pantallas, los pone a inventar sus propios juegos y hasta incluso los invita a ser autores de derechos inventados que fueron portados como estandarte, por sus pequeños autores, por toda la feria.
El colectivo Peón Vuelve, ajedrecistas unidos y organizados, saca sus tableros de papel a la calle y empieza la partida a la que se suman vecinos o los recién llegados de otras geografías barriales, un crisol generacional asiste a la disputa de alfiles y alguna vez se escucha jaque mate.
Un sector de gráficos, entintan telas, papeles y stencils con consignas que engarzan nuestros dolores de antes y de ahora, y nuestras luchas, e impiden que las cosas que importan sean devoradas por la obsolescencia programada de las políticas que se jactan de destruir lo público.
Y en ese espacio callejero el psicoanálisis también desembarca, dejando su estela de una topología que, En el margen, escribe cada vez una multiplicidad enunciativa, que lo vuelve discurso vivo y pulsante.
Las ferias tienen al barullo y el movimiento como virtud. Como si la temporalidad del instante se ensanchara y fuese no un rayo sino el cielo mismo de la tormenta de tinta y papel.
Pasan cientos de cosas en esa communitas nómade que es la Feria del libro de Flores, pero sobre todo una: ejercer la potencia de habitar la calle entre todos.
Esta revista se sustenta gracias a la publicación, la difusión y la edición, sin ánimo de lucro, de cada uno de los miembros que la componen. Agradecemos la colaboración económica que el lector o la lectora quiera y pueda para lo cual dejamos nuestros datos.
CVU: 0000003100078641018285
Alias: enelmargen.mp
Mercado Pago
Desde el exterior: https://www.paypal.me/flagelodelverbo