Cuidado editorial: Gabriela Odena y Helga Fernández
Imagen: generada por IA
Texto publicado originalmente en Me cayó el veinte. Revista de psicoanálisis, nº 43-44, 2021. Disponible en: http://www.mecayoelveinte.com (link del número a pie de página)
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Hubo un tiempo, aunque duró bastante menos de lo que suele suponerse, en el que Sigmund Freud fue pergeñando el psicoanálisis a la manera de una conspiración solitaria. Lo hizo sin la guía de maestros, pues muy poco permaneció cobijado bajo sus alas. Subraya Ernest Jones que: “en el verano de 1895 (el 5 de julio), tres meses después de la publicación de sus Estudios sobre la histeria, Joseph Breuer escribía a Fliess, amigo de ambos: ‘La inteligencia de Freud está alcanzando su máxima altura. Lo sigo con la vista como una gallina que contempla el vuelo de un halcón’”.[1] Y, tres años antes, Charcot no ocultó el asombro al comprobar que el traductor de la versión alemana de Leçons du Mardi, su alumno vienés Sigmund Freud, había añadido largas notas al pie de página manifestando disidencias. “Por cierto —le escribe—, estoy fascinado con las notas y comentarios críticos con los que me encontré al final de las páginas de las Leçons. ¡Continúe, está bien! Vive la liberté!, como decimos acá”.[2] Ciertamente hacia 1895–99 Freud era un insider, era docente universitario y neurólogo de creciente notoriedad, luego de publicar un mamotreto acerca de la parálisis cerebral infantil y un estudio sobre las afasias. Sin embargo, sus comunicaciones a propósito de las neurosis eran recibidas con incredulidad o indiferencia. A la conferencia “Etiología de la histeria”, de abril de 1895, “‘los borricos le dieron una fría acogida’ y para Krafft–Ebing, que presidía la reunión, sonó como un cuento de hadas científico”,[3] le cuenta al principal si no único interlocutor para estas cuestiones, Wilhelm Fliess, un otorrinolaringólogo berlinés. La amistad entre los dos dio cauce, por más de una década, al desarrollo tumultuoso de las ideas de Freud acerca de la neurosis y de las de Fliess sobre la numerología orgánica, en un tiempo en que no se podía aún decir cuáles eran más bizarras. Los trabajos de Freud acerca de la neurosis de angustia y la neurastenia eran simplemente ignorados más allá de Viena. En otra carta a Fliess, de diciembre de 1896, patalea: “¡[Otto] Binswanger acaba de publicar un grueso manual sobre la neurastenia en el que la teoría sexual, y por lo tanto mi nombre, ni siquiera aparece! He de tomarme una fría venganza”.[4] Pero lo cierto es que la novela de la adolescencia iracunda y solitaria del origen del psicoanálisis duró apenas hasta el 16 de mayo de 1897.
Ese día alcanza la mayoría de edad al entrar en escena un nuevo personaje, el alumno. Se trata de Felix Gattel, un californiano de familia alemana, tiene veintisiete años de edad, se graduó en Baviera, se doctoró en Berlín y va a hacer una pasantía de práctica clínica a Viena. Cuando se le acerca, Freud, catorce años mayor, no duda en ponerse el traje de profesor, o habría que decir la toga de maestro: “Tengo ahora un nuevo oyente y un verdadero discípulo de… Berlín, un Dr. Gatt[e]l, que fue médico asistente en la Maison de Santé de Levinstein y ha venido para aprender de mí. Le prometí darle instrucción a la manera clásica antigua (en caminatas) más que en el laboratorio y la sala de pacientes, y siento curiosidad por ver cómo se conducirá él. Es medio americano y sobrino del Prof. Dreschfeld de Manchester”,[5] informa a Fliess esa misma noche con indisimulado orgullo.
Si bien el lector encontrará este episodio inaugural sucintamente mencionado Jacques Lacan y su alumno erizo. Transmaître [de ahora en adelante, Transmaître],[6] de Jean Allouch traducido al español, aquí nos detendremos más minuciosamente en la dialéctica entre el maestro Sigmund Freud y su primer alumno, para aplicarla como hoja de ruta de esta reseña y subrayar, de paso, que los alcances de Transmaître no se acotan a la figura y magisterio de Lacan, sino que se extienden a acontecimientos y dilemas de la transmisión analítica vigentes desde el primer día y presentes hoy, cuarenta años después de la muerte de Lacan.
Ascenso y caída del primer alumno de Freud
En los seis meses bajo la tutela de Freud, Gattel debió sentirse confundido acerca de qué se esperaba de él. Un par de años atrás, investigando los trayectos del tracto piramidal a la altura del puente de Varolio,[7] sabía que el profesor Kölliker juzgaría el teñido uniformemente de sus cortes del mesencéfalo al bulbo y buscaría, en sus dibujos a pluma, si constaban debidamente el surco basilar y las primeras sombras del trigémino. En el nuevo ámbito, en cambio, no debió sospechar que cuando el maestro medía “cómo se conducía”, estaba atendiendo a sus dones intelectuales y posición subjetiva. Nosotros sabemos, gracias a las cartas a Fliess, que dicha evaluación comenzó auspiciosamente en junio (“me ha caído muy en gracia por su inteligencia y pasa mucho tiempo en mi compañía. Naturalmente, primero salió a la luz su propia neurosis, bien dominada. Es muy susceptible, le preocupa en demasía su futuro”[8]), para luego derrumbarse definitivamente en agosto (“Mi discípulo el Dr. Gattel fue una desilusión. Muy talentoso y sutil, por su propia nerviosidad y por diversos rasgos desafortunados de su carácter se lo debe clasificar en verdad como intragable”).[9]
Esa mala impresión se volvió manifiesta al dar su veredicto a lo único que, a ojos de Gattel, merecía ser objeto de apreciación: la monografía de la investigación empírica que Freud le había encomendado realizar con pacientes ambulatorios de la clínica de Krafft–Ebing. Consistía en reunir cien casos de neurastenia y neurosis de angustia para verificar la incidencia de dos etiologías sexuales bien discernibles. Pues el maestro Sigmund Freud había elegido convertir a su primer alumno en ejecutor de la anhelada “fría venganza” contra Otto Binswanger, director y portavoz del sanatorio psiquiátrico más elegante y prestigioso de Europa. Como lo hicieron notar Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, en su estudio ejemplar de 1990 sobre la relación Freud–Gattel: “Gattel obviamente encontró lo que estaba buscando: ‘la neurosis de angustia ocurre donde hay retención de la libido, mientras que la neurastenia pura sólo puede surgir de la masturbación’”.[10]
Como suele ocurrir cuando los maestros amasan planes semejantes, el resultado fue desastroso. En Transmaître se advierte contra tales imprudencias, no importa si el maestro es Freud, Lacan o Confucio:
Algunas veces, para su malestar presente y futuro, una esperanza habita al maestro espiritual portador de una enseñanza y, como cualquier maestro, por otra parte, no se abstiene de anunciarla. Este error lo empuja a usar procedimientos desafortunados, como la elección de alumnos ostensiblemente preferidos, al precio de equivocarse al creer encontrar que algún alumno siembra la cizaña en su escuela y abre ampliamente la puerta para la traición.[11]
El caso es que, el 30 de enero de 1898, Gattel entrega un primer manuscrito de sus incursiones y Freud se agarra la cabeza. En primer lugar, porque el alumno se ha extralimitado, invadiendo un territorio no acordado, el de la histeria: “Me envía un extenso ensayo en el que trata sobre la teoría de la histeria, sobre la sustancia sexual, etc., cuando yo esperaba de él una comunicación acerca de sus anamnesis recogidas en neurasténicos”. Además, Gattel parece esgrimir como propias las conclusiones de “Etiología de la histeria”: “Me resulta muy penoso —continúa rezongando Freud— decirle que es imposible que publique como patrimonio propio estas cosas aunque las haya desarrollado”. Y, para colmo de males, lo que Gattel plagia o cita sin comillas es algo que su maestro está arrepentido de haber publicado. Por esos días, Freud está cada vez menos convencido de la teoría de la seducción que había defendido denodadamente en “Etiología de la histeria”: “Además, protesta, yo no estoy en absoluto de acuerdo con su exposición”.[12]
Freud le transmite esas objeciones y el alumno se rectifica, al menos parcialmente, porque, meses más tarde, cuando su “extenso ensayo” cobra la forma de libro,[13] las referencias a la histeria serán escasas. De todas maneras, Gattel dedica cinco páginas a las nueve sesiones del análisis que dirigió de una tal señorita Ella E. “En esas páginas de Gattel —subraya Mauro Vallejo, complementando las conclusiones de Schröter y Hermanns— figura el primer psicoanálisis de una histeria. Mucho antes de que Freud publicara, con reticencias, su caso Dora, su fugaz alumno le había ganado de mano, poniendo sobre el papel los detalles, sesión por sesión, de una cura psicoanalítica”.[14]
Alumnos que ahogan a sus maestros dentro de una bolsa
Todo parece indicar que Gattel cometió un plagio involuntario, proceder muy frecuente en alumnos que, empujados por la adhesión ciega, repiten lo publicado por el maestro no como una hipótesis ajena sino como una verdad autoevidente, a la vista de cualquiera. “[Gattel] adopta una creencia con excesiva ligereza. Se aferra enseguida a ella con uñas y dientes”,[15] protesta Freud. Ciento veintitrés años más tarde, Allouch está igualmente advertido contra alumnos “demasiados partidarios, demasiados entusiastas, un sentimiento que apela a Dios”,[16] ante todo porque el inconveniente mayor de esta fe no está en lo que empuja a transcribir sin comillas sino en lo que manda a tachar de los maestros. Lanza a imitaciones selectivas que acogen las conclusiones fuertes de su modelo y se desentienden de las cautelas y recodos de la argumentación original. Sus fieles devienen así repetidores temerarios. Tanto más, subraya Allouch, cuando el maestro abandonó el escenario: “Después de su muerte, los discípulos van a apoderarse de una respuesta ocasional para erigirla en máxima. La ocurrencia se hará dogma”.[17]
Al descuidar las reservas que el maestro guardó con su propio decir, lo citan imprudentemente y no se aplacan cuando les toca caminar sobre las superficies más finas y quebradizas del hielo. Fue la situación en que se encontró Gattel que “creía firmemente en la palabra de su maestro, pero [en los informes de su libro] solamente en 2 de los 17 casos [de histeria] estudiados pudo dar con recuerdos de ataques sexuales infantiles cometidos por adultos”.[18] No veía en esas quince inconsecuencias un obstáculo mayor, una oferta de contraejemplos que no dejarían pasar los lectores con algún sentido crítico. Estaba persuadido de que, de haber podido realizar seguimientos más frecuentes y prolongados que los permitidos en la clínica de Krafft–Ebing, habría sacado a la superficie los recuerdos de seducciones tempranas que faltaban: “Para ahondar en la etiología de la histeria y desenterrar su germen original, se necesita más tiempo del que se dispone en un examen ambulatorio; para llevar a cabo tales psicoanálisis, se necesitan semanas y meses”.[19]Aunque en esos días Freud estaba dejando atrás la teoría de la seducción y vislumbrando las vetas de la sexualidad infantil y su fantaseo, Gattel retomaba la hipótesis de la seducción como un axioma incuestionable. Cree que, inexorablemente, donde hay histeria antes debió haber una seducción infantil sufrida pasivamente, entonces, sin ningún respaldo, concluirá acerca del caso Elle E.: “Si a los cuatro años de edad ella abordó ese caballero como una experimentada prostituta vieja, eso sólo pudo ser el deseo de repetir un acto que, antes, alguien habría consumado con ella”.[20] Seis años más tarde, en el capítulo “La sexualidad infantil” de Tres ensayos de teoría sexual, Freud parece estar respondiendo a esa línea de Felix Gattel cuando escribe: “Esa disposición [sexual] polimorfa, y por tanto infantil, es la que explota la prostituta en su oficio; […] es imposible no reconocer [ahí] algo común a todos los seres humanos, algo que tiene sus orígenes en la uniforme disposición a todas las perversiones”.[21]
Aunque todo indica que Freud manifestó reparos, Gattel no quiso saber nada con las idas y vueltas de lo que su maestro publicaba un día y decía otro. Porque la fe de los alumnos de su condición exige que los maestros hablen una sola vez y luego permanezcan quietos y mudos. Al respecto, en Transmaître se evoca a Lacan graciosamente alarmado porque: “uno de sus alumnos había estado tan entusiasmado por su seminario La angustia ‘que pensó que hacía falta meterme en una bolsa y ahogarme; él me amaba tanto que era la única conclusión que le parecía posible’”.[22]
En agosto de 1898, la publicación de Acerca de las causas sexuales de la neurastenia y la neurosis de angustia, el libro de Gattel, es comentada por tres reseñadores. Como era de temer, ellos se detienen poco y nada en el tema del título y convergen en criticar lo que allí asoma de la teoría de la seducción de “Etiología de la histeria” de Freud. Agria, pero acertadamente, el más advertido de los tres concluye: “Freud no se sentirá muy complacido con el crédulo discípulo que trabaja tan a las corridas…”.[23] Al año siguiente, con Gattel ya perdido de vista, Freud muestra las secuelas de su primera cosecha pedagógica: “He suspendido mis lecciones este año —le avisa a Fliess— y no pienso retomarlas en el próximo tiempo. A la adhesión acrítica de los muy jóvenes tengo el mismo horror que me produjo la enemistad de los un poco mayores. Además, la cosa toda no está madura, ¡nonum prematur in annum! Discípulos à la Gattel se tienen a montones”.[24]
El tránsito, la carne y la atinada megalomanía del transmâitre
Pero Freud no esperará los nueve años recomendados por esa sentencia latina de Horacio para volver a publicar. Nueve meses después de esa carta, entrega a la imprenta las 375 páginas de la primera edición de La interpretación de los sueños. Si aspiraba a que sus ideas y técnicas no quedasen circunscriptas al solo ámbito de su consultorio, o a que no volvieran a ganarle de mano (como había sucedido, tiempo atrás, con sus estudios acerca de las aplicaciones médicas de la cocaína) debía transmitir lo suyo y, más aún: contar con alumnos que estén esperando su mensaje. Además, los verdaderos maestros saben que no debe detenerlos un fracaso. Tampoco por un éxito, como se cuenta en Transmaître a propósito del gesto intempestivo de Lacan en el VII congreso de la École Freudienne en Roma. En ese evento, emplazado en la cima de la consolidación institucional e intelectual, que regresaba triunfal a la ciudad imperial donde la saga lacaniana había comenzado en 1953, Lacan se muestra llamativamente renuente y se atiene a no mucho más que adelantar el título del paso siguiente que dará, uno que destartala las certezas que se festejaban esos días:
Advierte que va a leer y no lo hará, o poco. Anuncia un título: “La tercera”. Ahí se encuentra uno de los nudos borromeanos más cargados que se hayan dado y que, por consiguiente, plantea tal número de dificultades de lectura que harían falta no sé cuántas horas de arduo y asiduo trabajo para resolverlas, incluso si eso fuera posible.[25]
La palabra transmaître es un neologismo francés que condensa los términos transmitir y maestro; a la vez, parece querer aludir a la erótica híbrida de maestros transexuales y, no menos importante, al movimiento, pues un transmaître siempre estará en transformación, en tránsito. Será por esto último que en la carta más famosa a Fliess, la del 21 de septiembre de 1897, la del “No creo más en mi neurótica”, en la que Freud pone severamente en duda la teoría de la seducción que acababa de formular en “Etiología de la histeria”, en ese momento de derrumbe, Freud siente paradójicamente más alivio que abatimiento, más libertad por el vacío que se le abre que enclaustramiento avergonzado por haber metido la pata:
Si estuviera desazonado, confuso, fatigado, dudas así se interpretarían como fenómenos de debilidad. Pero como mi estado es el opuesto, tengo que admitirlas como el resultado de un trabajo intelectual honesto y vigoroso, y enorgullecerme de ser todavía capaz de semejante crítica después de semejante profundización. ¿Y si estas dudas no fueran sino un episodio en el progreso hacia un conocimiento más amplio? Es además notable que falte todo sentimiento de bochorno, para el cual podría haber ocasión.[26]
Jean Allouch recuerda el vértigo de alumnos de Lacan frente a su transmaître imparable, impredecible, inalcanzable e inextinguible:
El seminario de Lacan avanzaba, estaba en todo momento focalizado en su prolongación, en ese porvenir anunciado y presente en la actualidad de las sesiones volcadas hacia el futuro y suspendidas de ese futuro. El seminarista no se abstenía de los efectos del anuncio, manteniendo a su público a la expectativa, a la espera de la próxima vez en donde la cosa anunciada, en principio apenas vislumbrada, sería por fin dicha, la promesa cumplida o no, o incluso renovada para más tarde.[27]
El pensamiento instrumental se infiltra por todos lados, se habla de los virus como si sus moléculas fuesen gerentes de marketing enanitos que planean estrategias de expansión. Otro tanto sucede cuando se habla del estilo. Si bien es incontestable que Lacan ajustaba, de un día al otro, el monto del hermetismo del suyo atendiendo a qué público se dirigía, no todo se agota allí. Las tretas recién mencionadas para retener la atención del público podían responder a una cuota de furore docens pedagógicamente planificado y de astucias de reclutador, pero a la vez iban más allá. Perteneciendo, también, a la coreografía una erótica definida por Allouch como la erótica de la relación entre el transmaître y sus alumnos erizos —en seguida comentaremos por qué— y también, me parece, a un estar–en–tránsito del transmaître que no marca sólo el discurso sino también el cuerpo. La prisa, los giros, la perseverancia y las impaciencias de sus lecciones también caracterizaban los recorridos del caminante incansable Sigmund Freud y del automovilista imparable Jacques Lacan, según los retratan numerosos testimonios.
Y esa encarnadura se trenza con una creencia inflexible. El mencionado presentimiento del transmaître de que lo mejor que puede hacer es cambiar, volver siempre a ponerse en movimiento —sea con la excusa de que acaba de fracasar o de triunfar—, debe tener de zócalo la confianza megalómana de un apostador. Si se atreve a renovar o poner en duda todo lo que venía diciendo, es porque ni las innovaciones ni las sombras de las dudas afectan ese basamento de granito. ¿Qué otra razón pudo tener la inaudita alegría de Freud del 3 de enero de 1899? La despertada por una reseña muy favorable a propósito de ideas que, si bien fueron suyas, ya no lo convencen:
Mr. Havelock Ellis, un autor que se ocupa del tema sexual y evidentemente es un hombre muy inteligente porque su ensayo, aparecido en el “Alienist und Neurologist” (oct. 98), que trata sobre la relación de la histeria con la vida sexual, empieza con Platón y termina con Freud, concede a este último mucha razón y aprecia los estudios sobre la histeria, así como abordajes posteriores de manera muy juiciosa. Hasta Gattel es citado allí.[28]
No suscribe más lo elogiado por Havelock Ellis, tampoco cambió de parecer respecto al libro de Gattel, pero encuentra allí un planteo absolutamente acertado, y se regodea subrayándolo, el que lo incluye en una serie de estatuas que comienzan con la de Platón. ¿Acaso Lacan no pasó la última década de su vida midiéndose con Aristóteles?
La fórmula de Lacan para ahuyentar a los alumnos à la Gattel y sus antípodas
La suerte quiso que, apenas publicada La interpretación de los sueños, entrase en la escena de la novela del origen del psicoanálisis un segundo alumno. Uno situado en las antípodas de Gattel.[29] Era un doctor en filosofía llamado Heinrich Gomperz que, si bien aspiraba instruirse como intérprete freudiano de sueños, encontraba sistemáticamente objeciones a cada lección del maestro. Era un alumno no–seguidor:
Tu noticia sobre el puñado de lectores en Berlín me complace mucho. Lectores tengo sin duda también aquí, para seguidores el tiempo no está maduro. Es excesivo lo nuevo y lo increíble y es escasa la prueba estricta. Ni siquiera logré convencer a mi filósofo, aunque me estaba proporcionando el material confirmatorio más brillante. La inteligencia es siempre débil, y es fácil para un filósofo transformar la resistencia interna en refutación lógica.[30]
Meses más tarde, “al menos dos” de los pacientes de Freud “aprendieron tan bien como” él, ese arte que, con Gomperz, parecía de imposible transmisión. A partir de entonces, Freud se volverá más tolerante, admitiendo que las neurosis de los alumnos no era un impedimento sino un punto de partida y que no podía esperar convertir a todos ellos en sus pares, en una sociedad de halcones; pero así mismo más precavido, dando poca cabida a los alumnos à la Gattel y sus contrapartidas, y ensayando distintas reglas y dispositivos de trasmisión (el análisis de los analistas, las sesiones de control, la fundación de una casa editorial, reuniones de discusión y formación permanente, juicios expeditivos de cismáticos, etc.). Lacan lo intentará con algunos otros. El primer capítulo de Transmaître, “Estilos de maestros, reacciones de alumnos”, se concentra en el más singular, en el que a primera vista va más a contrapelo de lo practicado por Freud: el de la inclinación por un estilo hermético en el que el sentido se escurre, ante el cual los alumnos del momento o los futuros lectores nunca podremos estar seguros de haberlo entendido cabalmente, ni de asegurar dónde comienzan y terminaban sus argumentaciones: “un cierto estilo compuesto por aforismos, alusiones, atajos, arrepentimientos algunas veces no explícitos (autocorrecciones silenciosas), frases rebuscadas que obligan al oyente, hoy día al lector, a interrogarse”.[31] Estilo que ya habían llevado al límite los maestros espirituales de oriente con: “fórmulas muy contraídas, replegadas sobre sí mismas, como listas a disolverse en la elipsis enigmática de una significación siempre sustraída, son inteligibles a medias, apenas articuladas […] El tono o, más bien, la modulación rítmica hace de la palabra una verdadera cantilena”..[32]
Aunque no es menos cierto que uno de los argumentos más tempranos y convincentes con que Lacan sostuvo su parada estilística fue el de alegar que la transparente bonhomía del estilo de Freud era ilusoria y la tarea por delante era la de retornar a sus textos para leerlos admitiendo su complejidad. ¡Freud como un autor barroco inaparente!:
El interés de estos comentarios de textos freudianos reside en que nos permiten seguir detalladamente cuestiones —ustedes lo verán, ya lo ven hoy— que son de considerable importancia. Ellas son múltiples, insidiosas, hablando estrictamente, son el prototipo de cuestión que todos intentan evitar, para confiarse a una cantilena, a una fórmula abreviada, esquemática, gráfica.[33]
Lo que Lacan supo extraer de los textos de Freud, hoy se ha vuelto canónico, y cualquier antilacaniano lo refrenda como si fuese propio, por eso vale la pena subrayar el azoro que generaron sus lecturas cuando se dieron a conocer por primera vez. Aunque quedaba mucho en la oscuridad, se entendió inmediatamente que revelaban una inteligencia y una agudeza clínica electrizantes. Nuestros maestros habituales de grupos de estudio de la obra de Freud no resistían la comparación cuando se cotejaban sus comentarios con los que Lacan hacía de un mismo material. Así comenzó el éxodo hacia la complicada pero esplendente novedad. Varios pasajes autobiográficos de Transmaître refieren a ese momento vivo, y a las mareas y contramareas de alienación–separación que ese embeleso provocó. Incluso reconociendo sus méritos y promesas, algunos retrocedieron temiendo que, si aceptaban la guía del transmaître Lacan, caerían en una adicción incurable. Incluso testimonios muy agradecidos con Lacan muestran la huella de esa aprensión, como el de Élisabeth Geblesco, que cuando rememora su acercamiento a Lacan, asocia con el capítulo 15 del Evangelio según san Juan,[34] el del temible versículo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí, como Yo en él, dará mucho fruto; separados de Mí no pueden ustedes hacer nada”. Otros se apartarán como quien huye del demonio: “A lo largo de los años, muchos alumnos lo abandonaron, algunas veces no sin violencias hechas públicas”. [35]Pero las respuestas de aprensión o entrega arrasadoramente alienante no agotaban las alternativas. El libro de Jean Allouch se detiene largamente en otra de mayor provecho, la escogida por algunos seguidores de Lacan que no eran alumnos à la Gattel ni sus antípodas, sino alumnos erizo.
Erótica del erizo advertido y el erizo cortesano
En pocas palabras, Lacan recibió alumnos de todo tipo y si tomamos nota de sus variadas reacciones, no puede decirse que el estilo de Lacan logró ahuyentar a los alumnos pesadilla de Freud, ni entre los asistentes a sus seminarios y ni entre sus lectores. Aunque despertó un enorme interés exegético hasta nuestros días, comparable al provocado por la obra de Joyce, no pudo evitar el destino sufrido por el estilo cordial y asertivo de Freud cuando fue transcrito por la pluma de Gattel. Los berlineses M. Schröter y L. Hermanns aseguran que “él quiso adoptar la entonación alzada de Freud, pero sonó superficial en su boca”.[36] El estilo de Lacan tampoco consiguió evitar la transposición a manuales kitsch, fábulas clínicas y a glorificaciones épicas. No aludía a esos resultados cuando requería del alumno que ponga algo de su parte.
Cuando Allouch dice: “Por mi parte, apenas si tengo duda sobre el hecho de que Jacques Lacan, vivo y armado con su enseñanza, mantuvo a raya, obligó a callarse o intentó que se callaran las posiciones no lacanianas que habitaban en sordina entre algunos miembros de la École freudienne”,[37] está dando la pauta de que Lacan debió sentirse decepcionado tal como, de creerles a Schröter y Hermanns, “la versión sobresimplificada de Gattel realizada con su teoría previa de la histeria, debió golpear de manera particularmente dura a Freud”.[38] El naufragio del mensaje del transmaître es uno de sus destinos posibles. Pero que esa transmisión no haya alcanzado a todos, ni mucho menos, no otorga decir que sus innovaciones para salvaguardarla hayan sido completamente ineficaces. No hay transmisión humana sin ruido, además, como tercia Allouch, levantado la vara para medir quién merece o no estar incluido en del círculo del transmaître: “no es maestro quien quiere, pero tampoco alumno”.[39]
Pero no estamos reseñando un libro apocalíptico. La mitad de las páginas de Transmaître están dedicadas a alumnos de otra especie, la de los erizos. Ahora bien, no es tan simple, no es que, por su propia naturaleza o efectos sanadores de un análisis previo, ellos sean cristales bien pulidos, que ni difractan lo transmitido ni se convierten en fuentes secundarias aberrantes. Como no es física sino psicoanálisis lo que se enseña. Hay un rodeo, el rodeo de Eros. Una dimensión erótica en la relación del maestro trans y su alumno erizo.
Aunque se cubra con la toga de los peripatéticos y sea arisco como un maestro zen, hay una erótica del maestro ni deliberada ni plenamente justificada por la santa pedagogía. Como conceden Schröter y Hermanns: “Freud pudo no haber reconocido que, con muy pocos reparos, él mismo había incitado la dependencia crédula [de Gattel] a través de su propia actitud de maestro imperiosamente seductor”.[40] Las cartas a Fliess revelan hasta qué extremo Freud llevó adelante el plan de “darle instrucción a la manera clásica antigua (en caminatas)”: durante el receso veraniego no lo libera, lo invita a sumarse a una travesía de varias semanas por Italia que tenía proyectada con el cuñado. Y en cuanto a Lacan, Allouch lo retrató, años atrás, como un maestro glotón al que le hace decir: “¡Dejad que los muchachitos frescos y tiernos de la universidad vengan a mí, miam, miam!”,[41] antes de devorar los sesos frescos de sus alumnos. En Transmaître lo vuelve a hacer escogiendo una figura menos tremenda y de mayor valor heurístico, la de un Lacan que se acerca a alumnos destacados para guardárselos en el bolsillo. No son, evidentemente, del tipo Gattel ni anti–Gattel, sino unos que dieron pruebas de talento, y el acto no alude simplemente a “guardárselos en el bolsillo”, es decir, engañarlos, engatusarlos, hacerles creer y hacer con ellos cualquier cosa.
Alude a una costumbre bien singular, revelada por Lacan en un comentario aparentemente anodino de “La Tercera”, la del gusto de atrapar erizos que encuentra en los alrededores de su casa de campo, en Guitrancourt, y guardarlos en el bolsillo. Allouch la equiparará a la relación de Lacan transmaître con ciertos alumnos, e intentará sacar partido de cada paso de ese hábito: la solución de envolverlos en un pañuelo, para no sentir magullones o la meada de los cautivos, la meta de liberarlos en el jardín de su casa de campo, la espera de que, una vez sosegados, se desovillen, para acercarse a contemplar su manera de fruncir el ceño, en palabras de Lacan, para ver cómo “piensan”.
No es como la fábula del hombre de la bolsa tras pequeños desvalidos, los alumnos erizos de Lacan colaboraban para ser notados e interceptados. Y la mayoría, una vez atrapados, no tuvieron la menor intención de “agujerear el pañuelo y el bolsillo comiéndose un pedazo para liberarse” ni de “pinchar el muslo a través del pañuelo hasta que, ayudándose del dolor, uno sea expulsado”. Allouch mismo se reconoce en ese trance:
Fui atrapado por, y luego en un rumor, que muy pronto se transformó en un decir en vivo y sin intermediarios al ir a París para asistir al seminario de Lacan. Así, de manera muy activa, me presté para ser envuelto y metido en su bolsillo.[42]
Desde luego, la intención de Transmaître no es la de ser una biografía. Su propósito es otro y es doble. Por una parte, desentrañar especificidades de toda transmisión analítica. De allí ciertas indicaciones generales sobre cuál es la función del alumno (la de “alguien que plantea preguntas»[43]) y otras dirigidas al menos a algunos, como la de no ceder a la invitación de pasar las vacaciones con el transmaître y su parentela. Allouch cuenta que esto último le permitió ejercer la función de alumno: no le resultaba que el transmaître lo observara pensando qué preguntas plantear. Eligió abandonar las ventajas del jardín versallesco de la corte [cour] de erizos de Guitrancourt, e instalar su escritorio en otro lado:
¿No fue lo que me sucedió al poner sobre la mesa la transliteración (1979) de la que no pudo apropiarse (su problematización del borromeano hubiera sido facilitada)? ¿Al señalar, junto con otros y con la revista Littoral, que Lacan no siempre había sido tan freudiano? […] ¿Rechazando que el gesto de la “joven homosexual” relatado por Freud fue un pasaje al acto? ¿Haciéndole decir eso que jamás dijo explícitamente, por ejemplo, con la distinción de dos analíticas del sexo?[44]
Las respuestas a esas preguntas fueron transformándolo en transmaître. Pero como de eso el libro no habla explícitamente, terminaré esta reseña señalando sucintamente cómo algo de esa función se muestra.
Pesadillas de Allouch transmaître
En El caso en psicoanálisis. Ensayo de epistemología clínica, libro publicado en 2020 al igual que Transmaître, Guy Le Gaufey realiza un gesto cómico y meritorio. Luego de acosar críticamente, a lo largo de 139 páginas, el uso de viñetas clínicas por parte de los analistas, reserva las últimas veinte para exponer una viñeta clínica de su cosecha: “Hasta ahora he criticado demasiado como para no ofrecerme a la crítica”, escribe sonriendo.[45] Algo semejante sucede en Transmaître, aunque no se diga, pues el último capítulo, “Guardar silencio: un cierto callar”, es una lección inédita de “la distinción de dos analíticas del sexo”, algo que Lacan “jamás dijo explícitamente”. El tema son cinco silencios del acto analítico, a practicar en la dimensión de lo que Allouch despejó recientemente como segunda analítica. Pero lo único que adelantaremos es el párrafo en que manifiesta el malestar cardinal del transmaître, el de llegar a ser tergiversado:
[…] no podría enlistar fácilmente todos los silencios del psicoanalista. Por lo que sólo escogeré cinco, que intentaré describir venciendo la aprehensión de que estas descripciones sean recibidas como otras tantas prescripciones (un sesgo tan frecuente que es difícil imaginar poder sustraerse a él).[46]
Una apuesta más fuerte, en el mismo sentido, sería argüir que el Allouch transmaître de las dos analíticas del sexo aparece antes y que, subrepticiamente, es suyo el penúltimo y más enigmático de los capítulos del libro: “Un maestro rebasado, después desplazado”. Porque, ¿a qué viene el minucioso recorrido de La lluvia de verano de Marguerite Duras que ofrece? ¿A qué responde tanto fisgoneo de la vida escolar de Ernesto, un niño de doce años, que a primera vista no parece ser ni un alumno erizo, ni uno à la Gattel, ni su contrario? Vayamos a lo esencial. Sin haber concurrido nunca a la escuela, ni ser instruido en la casa, Ernesto se las ha arreglado para aprender a leer, a fuerza de ingenio e iluminaciones:
Decía que al principio lo había intentado del siguiente modo: había asignado a determinado dibujo de palabra, de modo totalmente arbitrario, un primer sentido. Luego a la segunda palabra le había dado otro sentido, pero en función del primer sentido otorgado a la primera palabra, y así sucesivamente hasta que la frase dijera algo sensato. […] Ernesto decía que era cierto, que no sabía cómo había podido leer sin saber leer.
Él mismo estaba un poco confundido.[47]
La hazaña la logra con un libro encontrado en la vía pública, uno muy maltrecho, quemado y horadado por la ira del dueño que lo abandonó. Se trata de un ejemplar del Eclesiastés, el del rey de Israel que canta al descubrimiento postrero de que todo afán, sea de objetos, conocimiento o reconocimiento, es pura jactancia. “Y he aquí que comprendí que todo es vanidad. Vanidad de Vanidades, Y Persecución del Viento”, leerá en voz alta y temblorosa Ernesto a sus hermanitos..[48]
Un día, el acecho de organismos del Estado acaba escolarizando a Ernesto. El niño casi inmediatamente desertará, lo hace con una excusa desopilante para las autoridades: abandona la escuela “porque le enseñan cosas que no sabe”. Lo que parece un enigma chistoso resulta, sin embargo, la consecuencia forzada de la buena lectura de Ernesto del Eclesiastés. ¿O habría que decir, de la mala lectura de alguien que adopta una creencia con excesiva ligereza, aferrándose enseguida a ella con uñas y dientes? Como fuere, me atrevo a conjeturar que el alumno Ernesto es la gran pesadilla del transmaître de las dos analíticas del sexo.
Porque hay señales para temer que de la transmisión de las dos analíticas acabe llegando a destino una sola. La segunda analítica del sexo. Debido a su novedad y radicalidad, podría ocurrir que la segunda termine coronada como la auténticamente lacaniana, como el campo de batalla donde se jugará inexorablemente todo final de análisis, como la bien alineada al arte no figurativo de nuestro tiempo, etcétera. Y eso a pesar de los indicios de que Allouch continuará hablando de las dos e incluso del inescrutable tránsito en el sfumato de su entre–dos. Si triunfara el malentendido de que la primera analítica es vanidad de vanidades, viento insustancial, que el buen analista debe aventar, cantando como el rey amargo del Eclesiastés. Si eso prevalece, ¿qué falta les hará aprender lo que de ella no saben a las frescas muchachitas y los frescos muchachitos de la universidad? Todes se llamarán Ernesto.
[1] Ernest Jones, Vida y obra de Sigmund Freud, tr. Mario Carlisky, vol. 1, Paidós, Buenos Aires, 1976, pp. 242-243.
[2] Citado en George Makari, Revolución en mente (2008), tr. Daniela Morábito Rojas, Sexto piso, Madrid, 2012, p. 36.
[3] Sigmund Freud, “La etiología de la histeria [1896]”, en Obras completas, tr. José L. Etcheverry, vol. iii, Amorrortu, Buenos Aires, 1981, p. 188.
[4] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), tr. José L. Etcheverry, Amorrortu, Buenos Aires, 1994, carta del 17 de diciembre de 1896, p. 230.
[5] Ibidem, carta del 16 de mayo de 1897, p. 261.
[6] Jean Allouch, Jacques Lacan y su alumno erizo. Transmaître, tr. Lucía Rangel. Hinojosa, Grapas + de == me cayó el veinte, Editorial me cayó el veinte, México, 2021.
[7] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, “Felix Gattel (1870-1904): Freud’s first pupil. (Part 1)”, en The International Review of Psycho–analysis, vol. 19, April 1992, p. 92.
[8] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 18 de junio de 1897, p. 271.
[9] Ibidem, carta del 21 de septiembre de 1897, p. 285.
[10] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, op. cit., p. 97.
[11] Jean Allouch, op. cit., p. 47.
[12] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 30 de enero de 1898, pp. 323-24.
[13] Mauro Vallejo. El primer discípulo de Freud que hizo todo bien (y fracasó en el intento). Seguido de una traducción de «Acerca de las causas sexuales de la neurastenia y la neurosis de angustia» (Felix Gattel, 1898). Arrebol. Buenos Aires, 2023.
[14] Mauro Vallejo, “Fraulein Ella E., la histérica de Felix Gattel. O el primer psicoanálisis que Freud quiso olvidar”, publicado en tres partes en Imago Agenda, noviembre 2012, n° 165, p. 52.
[15] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), carta del 31 de octubre de 1897, p. 297.
[16] Jean Allouch, op. cit., p. 26.
[17] Ibidem, p. 52.
[18] Mauro Vallejo, La seducción freudiana (1895-1897). Un ensayo de genética textual, Letra Viva, Buenos Aires, 2012, p. 142.
[19] Idem. Consultado para mayor detalle, Vallejo precisa: “F. Gattel menciona (en un cuadro de 100 casos exactos) sólo 4 de histeria pura y otros 12 de histeria combinada con neurastenia o neurosis de angustia. En el caso nº 43 menciona abuso sexual: Joseph B., 48 años, diagnosticado de histeria y neurosis de angustia, ‘en su tercer año de vida seducido por una jovencita de 15 años’. El caso nº 37, Karl M. de 28 años, con histeria y neurastenia: ‘a los 8 años tuvo que tocar los genitales de un hombre y fue incitado por el mismo también a la masturbación’. Aparte de esos 100 casos está Ella E., que claramente no proviene de la clínica de Krafft–Ebing, sino que Gattel la atendió en algún otro lado, quizá en su consultorio particular (¿en Berlín?)”. Comunicación personal del 30/8/2021.
[20] Cit. en Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, op. cit., p. 99.
[21] Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual [1905]”, en Obras completas, vol. vii, Amorrortu, Buenos Aires, 1978, p. 174.
[22] Jean Allouch, op. cit., p. 80.
[23] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, op. cit., p. 102.
[24] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 2 de marzo de 1899, p. 380.
[25] Jean Allouch, op. cit., p. 81.
[26] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 21 de septiembre de 1897, p. 285.
[27] Jean Allouch, op. cit., pp. 15-16.
[28] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 3 de enero de 1899, p. 371.
[29] Cfr. Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, “Felix Gattel (1870-1904): Freud’s first pupil. Part II”, en The International Review of Psycho–analysis, vol. 19, July 1992, p. 205.
[30] Sigmund Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), op. cit., carta del 9 de diciembre de 1899, p. 429.
[31] Jean Allouch, op. cit., p. 28.
[32] bidem, p. 42.
[33] Jacques Lacan, El Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud (1953-1954), tr. Rithee Cevasco y Vicente Mira Pascual, Paidós, Barcelona, 1981, p. 41.
[34] Élisabeth Geblesco, Un amor de transferencia. Diario de mi control con Lacan [2008], tr. Silvio Mattoni, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009, p. 91.
[35] Jean Allouch, op. cit., p. 18.
[36] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, “Felix Gattel (1870-1904): Freud’s first pupil. Part II”,
op. cit., p. 203.
[37] Jean Allouch, op. cit., p. 52.
[38] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, “Felix Gattel (1870-1904): Freud’s first pupil. Part II”,
op. cit., p. 201.
[39] Jean Allouch, op. cit., p. 20
[40] Michael Schröter y Ludger M. Hermanns, “Felix Gattel (1870-1904): Freud’s first pupil. Part II”,
op. cit., p. 204.
[41] Jean Allouch, “Jacques Lacan analizándose”, en Acheronta, nº 12, diciembre de 2000.
En línea: https://www.acheronta.org/acheronta12/lacan-es.htm >.
[42] Jean Allouch, Jacques Lacan y su alumno erizo. Transmaître, op. cit., p. 98.
[43] Ibidem, p. 31
[44] Ibidem, p. 99
[45] Guy Le Gaufey, El caso en psicoanálisis. Ensayo de epistemología de clínica, tr. Silvio
Mattoni, Ediciones Literales, Córdoba, 2021, p. 143.
[46] Jean Allouch, Jacques Lacan y su alumno erizo. Transmaître, op. cit., p. 140.
[47] Marguerite Duras, La lluvia de verano [1990], tr. Guadalupe Marando y Margarita Martínez, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2014, pp. 14-15.
[48] Ibidem, p. 46.
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El texto de comentado de Jean Allouch de puede conseguir en: https://edicionesliterales.com/libros/https://edicionesliterales.com/libros/
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