Sobre La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández. En el margen. Buenos Aires. Febrero 2026.
Hay palabras que arden en los márgenes de los archivos, palabras que fueron pronunciadas mil veces y sin embargo nunca escuchadas, palabras que atravesaron cartas y seminarios y casos clínicos como quien atraviesa una casa sin dejar huella, fantasmas de lo obvio, espectros de lo que estuvo siempre ahí y precisamente por eso —precisamente por su cercanía insoportable— tuvo que ser expulsado al territorio de lo impensado. Amigo/a es una de esas palabras. Este libro la rescata del olvido —pero no como quien desentierra una reliquia para exhibirla en el museo de las curiosidades teóricas, sino como quien sopla sobre las brasas de un fuego que nunca terminó de apagarse. Porque hubo un fuego, y hubo quienes quisieron apagarlo.
Entre 1887 y 1904, dos hombres se escribieron cartas que cambiarían para siempre nuestra manera de acercarse a la subjetividad. Uno se llamaba Sigmund, el otro Wilhelm. Y lo que ocurrió entre ellos —esa zona incandescente donde las ideas nacían sin dueño, donde el pensamiento de uno se enredaba con el pensamiento del otro hasta volverse indiscernible, donde la palabra mío y la palabra tuyo perdían su sentido— fue sistemáticamente borrado, censurado, patologizado, reducido a la anécdota vergonzante de un genio que tuvo la mala fortuna de trabar amistad con un paranoico. La autora de este libro nos invita a otra lectura: ¿y si el psicoanálisis hubiera nacido justamente de esa amistad, de ese fuego compartido, de esa práctica salvaje de pensar juntos que ninguna institución supo después replicar?
La pregunta que vertebra estas páginas tiene la elegancia terrible de las preguntas que parecen ingenuas: si el psicoanálisis elaboró una función materna, una función paterna, una función fraterna, ¿por qué jamás elaboró una función del amigo? La respuesta que el libro despliega —con una erudición que nunca se vuelve pedante, con una pasión que nunca abandona el rigor— es devastadora: porque hacerlo habría implicado reconocer que el saber no nace en la soledad del genio ni solo en la verticalidad de la transmisión, sino en ese espacio horizontal, peligroso, ingobernable, que se abre cuando dos seres hablantes deciden inventar juntos algo que no existía.
Y es que la amistad —la que aquí se piensa— no tiene nada que ver con esa versión edulcorada que nos venden las tarjetas de felicitación y los manuales de autoayuda. La amistad de la que habla este libro es áspera, es incómoda, es una tensión deseante que no se resuelve nunca. El amigo no es quien nos confirma lo que ya sabemos de nosotros mismos; es quien pone en cuestión la imagen que el Otro nos devuelve. El amigo no armoniza; desestabiliza. El amigo raspa. Hay una violencia en la amistad —una violencia fecunda, una violencia que crea— que este libro tiene el coraje de nombrar.
Una de las operaciones más bellas del texto es la distinción entre el hermano y el amigo. El hermano —nos dice la autora con una lucidez que corta— disputa un objeto que supone preexistente; pelea por un botín, por una herencia, por el amor de un padre. El amigo hace otra cosa: no disputa sino que compone; no pelea por lo que hay sino que inventa lo que falta. La fraternidad opera bajo la sombra del Padre Muerto; la amistad opera a cielo abierto, sin garantías ni contratos ni instituciones que la sostengan. Solo la apuesta, renovada cada vez, de seguir cediendo.
Pero detengámonos un momento en el objeto mismo, en ese artefacto de papel y tinta que llega a nuestras manos. Siete apartados componen el cuerpo del ensayo: La invención del lazo, Un amigo no es un hermano, Communitas del deseo, Los inter-cesores, Poética de la composición, Soberanía huérfana y Excursos. Y sin embargo, decir que el libro tiene siete apartados es decir muy poco, porque entre cada capítulo aparece una palabra que funciona como respiración, como pausa, como puerta: u m b r a l. Esa palabra, repetida como un ritornello, como un mantra, como una invitación a detenerse antes de seguir, es también una declaración de principios: el libro mismo quiere ser un espacio liminal, un lugar de pasaje, un territorio donde el lector no llegue a instalarse cómodamente sino que permanezca en tránsito, en ese estado de suspensión que es, según la autora, la condición misma de la amistad.
Estos u m b r a l e s no son meros interludios decorativos. Funcionan como bisagras donde el pensamiento gira, donde lo que se venía argumentando se condensa en una imagen, en una pregunta, en un silencio que prepara el terreno para lo que viene. El u m b r a l —nos enseña el libro apelando a Victor Turner y a Bajtín— no es un lugar donde quedarse; es un sitio de tránsito, no una morada. Su temporalidad es la de la crisis y la ruptura: breve y fugaz, pero decisiva. Al repetir la palabra u m b r a l una y otra vez, la autora nos recuerda que leer este libro es también cruzar umbrales, exponerse a ese riesgo que implica dejar de ser quien se era.
Al final del recorrido principal, el libro nos ofrece sus Excursos: La tensión transhistórica y Amigos-del-alma. Que la autora haya elegido llamarlos así —excursos, desvíos, salidas del camino principal— dice mucho sobre su concepción del pensamiento. Porque un excurso no es un apéndice ni un anexo; es una digresión que reclama su propio derecho a existir, una línea de fuga que no se subordina al argumento central sino que lo complementa desde los márgenes. En La tensión transhistórica, Helga Fernández desmonta la confusión entre philía y amistad, mostrando que traducir el término griego como si fuera sinónimo siempre de amistad produce un espejismo genealógico: nos hace creer que los antiguos poseían algo que nosotros perdimos, cuando en verdad lo que aquí se llama función del amigo no estaba en los griegos ni está en ningún modo histórico. Es lo que en todo lazo resiste a la fijación, y eso no se perdió porque nunca estuvo completo en ninguna parte.
Y luego está la prosa. Porque un libro sobre la amistad no puede escribirse de cualquier manera; la forma tiene que ser coherente con el contenido, el cómo tiene que resonar con el qué. La escritura de este ensayo es, a su modo, una práctica de la amistad: una invitación a pensar juntos, a dejarnos interpelar, a ceder algo de lo que creíamos saber para que surja lo que todavía no sabemos. Las frases se enlazan unas con otras como quien teje una red para atrapar lo inatrapable; hay un ritmo en la argumentación que es casi musical, un ir y venir entre la teoría dura y la imagen poética, entre la cita erudita y la escena cotidiana. La autora sabe —y esto se nota en cada página— que la amistad no se demuestra: se practica. Y su escritura es eso: una práctica.
Los epígrafes que abren las secciones funcionan como pequeñas brújulas que orientan la lectura sin determinarla. Macedonio Fernández aparece con su almismo ayoico, esa disolución del yo que él y Borges practicaron en sus conversaciones infinitas. Blanchot con su prueba de la discreción, ese saber cuándo interrumpir, cuándo callar, cuándo dejar que el otro sea otro. María Moreno, Alejandro Dolina, Shakespeare, Derrida: las voces se multiplican, dialogan entre sí, componen un coro polifónico donde ninguna tiene la última palabra. El libro practica lo que predica: no hay Uno que organice el sentido; hay una conversación que se despliega.
La lectura de Hamlet que propone el libro merece un párrafo aparte —o mejor: merece que volvamos a leer la obra con otros ojos. No es Horacio quien ejerce la función del amigo, como la tradición crítica ha repetido hasta el cansancio. Es Laertes. Es el rival, el enemigo, el que viene a matarlo, quien finalmente dona a Hamlet lo que necesitaba para actuar: una identificación con la falta, un espejo donde verse no en su completitud sino en su herida. El amigo —y esto es quizás lo más perturbador del libro— puede venir disfrazado de enemigo. La frontera entre uno y otro es más porosa de lo que quisiéramos admitir. En la escena del cementerio, cuando Hamlet salta a la tumba de Ofelia y forcejea con Laertes, algo ocurre que ninguna de las lecturas canónicas supo nombrar: una transmutación del objeto, un pasaje del rival especular al inter-cesor que dona su falta.
Y si Hamlet y Laertes ilustran la función del amigo en el terreno de la ficción shakesperiana, Borges y Macedonio la encarnan en el campo de la literatura argentina. El autor dedica páginas luminosas a reconstruir esa amistad que fue también una zona de co-creación, un espacio donde las ideas circulaban sin dueño y donde la pregunta por la autoría se volvía irrelevante. Cuando la vanguardia porteña intentó dividirlos, cuando los cazadores de plagios quisieron determinar quién había pensado primero qué, Macedonio respondió con un gesto de audacia y generosidad: se declaró públicamente escudero de Borges y le cedió su luna pelota poética. Esa cesión —ese acto de inter-cesión— transformó la rivalidad en legado. Borges cumpliría devotamente ese testamento lunático, y el poema La luna sería la firma de Borges en el testamento de Macedonio, pero también el nombre de Macedonio en la obra de Borges.
El libro multiplica las escenas donde la función del amigo se da a ver. Las variaciones del charco —esas dos nenas que inventan un lago de la luna mientras juegan con una vara y su reflejo— funcionan como contrapunto de la escena agustiniana del niño que mira con envidia a su hermano de leche. La correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy, que se extendió por veinticinco años y donde dos mujeres que no pensaban igual construyeron entre ellas un espacio donde la diferencia no era obstáculo sino condición. Las lecturas de Allouch sobre Ajó, el monstruo de las nubes de Kenzaburo Ōe, donde el duelo por un hijo que apenas existió se transforma en ocasión para pensar cómo se compone el objeto perdido con la ayuda de un otro. Cada escena ilumina una arista distinta de la misma operación; juntas, componen una constelación.
Uno de los hallazgos más notables del libro es el rastreo de las sucesivas traducciones que Lacan hizo de la escena de San Agustín a lo largo de tres décadas. Desde la mirada amarga de los años treinta hasta la mirada envenenada de los cuarenta, pasando por la confesión de los años cincuenta de que ninguna traducción lo satisface, hasta llegar a la formalización del objeto a en los sesenta: la autora muestra cómo el discurso lacaniano se estiraba, se elongaba, buscaba palabras para lo que no terminaba de dejarse decir. Y sin embargo —esta es la apuesta del libro— lo que Lacan no pudo nombrar fue precisamente la función del amigo: esa otra escena, ese otro lazo, esa otra economía libidinal donde el objeto no se disputa sino que se compone.
No es casual que este libro aparezca en En el margen. Una editorial que desde su nombre declara su posición: no en el centro, no en la ortodoxia, no en la repetición de lo consagrado, sino en ese borde donde algo nuevo puede gestarse. Los agradecimientos finales revelan que el libro mismo es producto de una práctica de la amistad: no nació en la soledad del genio sino en la conversación, en el intercambio, en ese espacio transicional que el propio texto teoriza. Hay una coherencia entre el contenido y las condiciones de producción que no es frecuente encontrar.
La bibliografía final es también un mapa de afinidades electivas. Ahí están, por supuesto, Freud y Lacan, pero también Blanchot y Derrida, Turner y Van Gennep, Winnicott y Allouch, Arendt y Nancy, Deleuze y Guattari. Jorge Jinkis, María Pia López, María Moreno. Ahí está María Zambrano con sus palabras que abren el espacio donde algo puede suceder. Ahí está Macedonio Fernández con su Museo de la Novela de la Eterna. Ahí están las actas de las reuniones de los miércoles en Viena. Ahí está Hamlet y ahí está Heródoto. El libro conversa con muchos, no se arrodilla ante ninguno.
Pero quizás lo más audaz del libro sea su propuesta topológica. La función del amigo —nos dice Helga Fernández— no ocupa un lugar en el espacio social ya constituido; abre lugar donde no lo había. Es una operación de pliegue: si el tejido social es una superficie continua donde cada punto tiene su coordenada y cada quien su lugar asignado, la función del amigo introduce una discontinuidad, un bolsillo, una cavidad que existe solo mientras se la sostiene. La fraternidad conquista territorio; la amistad inventa el lugar. Y lo inventa no como quien funda una nueva jurisdicción sino como quien abre un espacio que no figura en ningún mapa porque no preexiste al encuentro que lo produce. El limen —esa palabra que el libro toma de la antropología para hacerla trabajar en el psicoanálisis— es justamente eso: un espacio paradójico donde el sujeto está adentro y afuera al mismo tiempo, donde el objeto es tan inventado como encontrado.
El subtítulo del libro —Una tensión deseante— condensa en tres palabras lo que páginas y páginas despliegan. Porque la amistad no es un estado de armonía ni un refugio pastoral donde la agresividad queda abolida por decreto; eso sería desconocer la pulsión. La amistad es tensión: fricción necesaria, abrasión, colisión de la que surge la invención. Y es deseante: no se funda en la necesidad ni en el interés ni en la utilidad, sino en ese movimiento siempre insatisfecho que Lacan llamó deseo. La amistad es el nombre de una tensión que no busca resolverse, que no aspira a la paz de los cementerios, que sabe que el día en que deje de haber fricción habrá dejado de haber lazo.
Al cerrar el libro, una frase resuena con la insistencia de lo que no puede olvidarse. Donde Lacan dijo que somos hermanos de nuestro paciente en la medida en que somos hijos del discurso, el autor arriesga otra fórmula: no somos hermanos en tanto hijos del discurso; somos amigos de quien habla en la medida en que somos, como él, huérfanos del Otro. Huérfanos del Otro. Huérfanos de la garantía, del sentido último, de la palabra que cierra. Y es en esa orfandad compartida —en ese desamparo que no se sufre en soledad sino que se habita con otro— donde algo del orden del deseo puede finalmente realizarse.
El psicoanálisis, nos recuerda este libro, nació de una amistad. Nació de las cartas que Freud le escribía a Fliess, de ese me hace falta un nuevo impulso de ti que el fundador confesaba a su amigo. Nació de una conversación que se interrumpió demasiado pronto, de una ruptura que dejó cicatrices en el edificio institucional, de una puerta que se clausuró precisamente por donde había entrado la invención. Quizás sea hora de que el psicoanálisis vuelva a esa puerta, la abra de nuevo, deje entrar el aire fresco de lo que nunca debió cerrarse. Este libro —riguroso y apasionado, erudito y accesible, teórico y poético— es una invitación a cruzar ese umbral.
El libro se encuentra en preventa a precio promocional. para adquirirlo escribir En el margen.