Cuidado editorial, Helga Fernández
Imagen de portada: Gabriela Liffschitz
Este texto fue presentado por el autor como parte de la presentación del libro Hacerse ver (cuerpo/fotografía/mirada), de José Assandri, que tuvo lugar en la ciudad de Córdoba el 24 de agosto de 2025.
Mi cuerpo me es dado originariamente como la cosa más propia, sólo en la medida en la que revela ser lo más inapropiable
Giorgio Agamben. El uso de los cuerpos
La primera vez que vi a Gabriela, y digo vi, porque la vi antes de saber de su obra literaria y fotográfica, y la vi incluso antes de saber quién era, fue en una revista Artefacto (2003-2004) dedicada a la obra de Georges Bataille ilustrando con parte de la serie fotográfica que integró el libro Efectos colaterales, un texto de Cristian Ferrer llamado “La curva pornográfica” (Ferrer, 2003-2004). El texto versa sobre el vínculo entre técnica y cuerpo; sobre la negación capitalista del sufrimiento, etc. Lifschitz es allí, eso, una imagen.
Imagen potente, con mirada desafiante, con actitud seductora, dejando al desnudo su torso con la ausencia del pecho izquierdo, o en la presencia de un cuerpo nuevo, modificado y erotizado. Ese tipo de imágenes que permanecen en la retina.
Lo cierto es que nunca más supe de ella hasta que la invitación de Helga me puso delante el libro de Assandri. Hacerse ver (cuerpo, fotografía, mirada) (2025). La imagen hipnótica de Gabriela retorna y junto a ella, retorna una obra literaria, fotográfica, una película, un diario de análisis y por sobre ellas una análisis minucioso.
Hay algo que quisiera poner en serie entre Ferrer y Assandri (habrá otros en esta serie). En el primer texto no se dice nada sobre la obra de Liffschitz, ni sobre sus fotos, ni su muestras fotográficas… es un texto que habla sobre el vínculo entre la técnica y el cuerpo. Un texto sobre la negación del sufrimiento y el dolor en el mundo contemporáneo, y su curva pornográfica que implica un empuje a la exacerbación del placer en detrimento del dolor de existir. ¿Qué quieren decir las imágenes de Liffschitz allí? Hay un uso, una ilustración, una puesta en escena. En el segundo libro asistimos a cierta disección de lo que Gabriela expone, escribe y filma. En esa disección hay la oportunidad para hacer una serie amplia de operaciones epistémicas que interrogan al cuerpo, a su imagen, lo que el psicoanálisis ha dicho de él, lo que ha omitido decir, lo que el psicoanálisis ha hecho con él, y lo que no ha hecho, lo que ha hecho con Gabriela como analizante y lo que no ha hecho.
Liffschitz es la nueva Venus rajada. Ya no es Boticcelli quien la pinta, ni los renacentistas que la esculpen para desventrarla intentando de esa forma sacarle una verdad a la desnudez; es la imagen en su potencia de más allá, de algo más que imagen, lo que desmiembra a la crítica, a la episteme de la época, a todos aquellos que se acercan para querer comprenderla. La pregunta la formula Didi Huberman acerca de la desnudez de esa Venus “¿Cómo repensar, por nuestra parte, con un poco más de miramientos, esa desnudez que el desnudo de [Liffschitz] abre y cierra a la par ante nuestros ojos?” (Huberman) Esa es la tarea que se propone el libro de Assandri no sin caer en un uso de la imagen para hacer una disección minuciosa de esa vertiente crítica que es el psicoanálisis. Pero deberíamos quitarle, como hace Agamben, al término uso su moral utilitarista. En el uso se trata “en cada ocasión de una relación con algo de tal indeterminación que parece imposible definirla unitariamente” (Agamben, 64).
Entonces, de esa imagen hacemos un uso, incluso Gabriela misma hace un uso singular; separemos a Gabriela de su imagen como podríamos (y no) separar al artista de su obra. Ese acto que José nombra como “técnica de sí”, el acto de fotografiarse en una especie de arrebato creativo, autónomo, inspirado, corriendo de un lado a otro con el vestuario, poniendo la cámara y posando, crea algo que está más allá de su persona, rompe el espejo y dona algo nuevo que Gabriela debe comenzar a conocer.
“¿Qué quiere decir conocer?, dice Lacan en el Seminario 24, conocer su síntoma significa saber hacer con, saber desembrollarlo, manipularlo, lo que el hombre sabe hacer con su imagen corresponde por algún lado a esto…” (1976-1977). En este contexto pondríamos este “saber hacer con” como un “usar”. Y Gabriela puede hacer suyo aquello que no lo es, aquello íntimo que se le muestra en la imagen exterior, porque comienza a hacer un uso de la imagen, un uso del cuerpo y un uso nuevo del síntoma (y el goce que le va asociado) que le permite una nueva vida en el final de su vida.
Creo que el mejor uso de Lifchlitz que hace el libro de Assandri es ponernos de lleno en esa “técnica de sí”; en la pesquisa pormenorizada de ese uso singular de la fotografía para, no solo reconfigurar un imaginario, sino para escribir a partir de ella el nudo esencial de su propia experiencia. Desandar ese trayecto implica una lectura atenta de cada uno de sus libros, de sus entrevistas, filmaciones etc. Eso ya constituye el libro en un tesoro, no solo de referencias si no de indicaciones para re pensar el vínculo entre cuerpo, imagen y escritura revisitando, sobre todo, el estadio del espejo, el esquema óptico y oponiendo la técnica fotográfica como un dispositivo de la imagen que Lacan deja a un lado.
Pero hay otros usos de Liffchitz, y un capítulo especial y extenso lo merece su análisis con Jorge Chamorro y la crítica a su dispositivo “millerlacaniano” como lo llama José. Vamos entonces a Los usos de Chamorro.
Chamorro ya tiene un nombre literario. ¿Será verdad eso que dicen que Strafacce se inspiró en él para escribir la novela La escuela neo lacaniana de Buenos Aires (2017), esa novela donde un analista festeja en una especie de jornada sadeana su primer millón de dólares? Supongamos. Con chamorro ya estamos en la género de la ficción y de cierta verdad que se esconde en ella. No es de una calaña distinta en el libro de Liffschitz Un final feliz. Relato de un análisis, libro testimonial a medias –Liffschitz lo cataloga como un “relato”–, sobre su análisis con él. Es un personaje que ronda alrededor del libro como una especie de esos ayudantes molestos de Kafka. Sus encuentros son una especie de comedia de enredos, en los cuales ella puede hacer eso: desenredar su risa, esa que la doblaba cuando era adolescente, que la atraviesa en cada momentos y que no es otra cosa que una mueca de la angustia. Estamos lejos de un testimonio de pase, o de una fin de análisis en los términos en los que los puede poner una escuela. Pero entendemos que Gabriela juega a, hace como si, arma un “relato” basado en hechos reales y entendemos que en su libro todos los personajes despliegan su ser… incluso Chamorro. Finalmente Assandri se sirve de Chamorro para una operación crítica. Crítica a Chamorro, a sus intervenciones, a sus seminarios y a sus entrevistas. Ve en él un machista, un esencialista, representante de una intencionada lectura de Lacan y con consecuencias clínicas importantes y no deseables. Un personaje de Sade, un ayudante de Kafka, un analista sospechoso. Estos son los usos de Chamorro que podemos enumerar hasta ahora. En todos se hace existir algo que por definición no existe: un analista. Y sobre él se proyectan una serie de fantasmas diversos. Creo que en el testimonio de Liffschitz, muchos de esos fantasmas se explicitan, se elaboran de algún modo, fracasan, se repiten etc. Pero ha sido efectivo en su uso. Esto si aceptamos de antemano que si hay algo así como un analista, esta es solo una función. Función que se presta a una policresis hasta que finalmente cae y se rompe, claro, como la tasa de Freud, por su propias grietas. También si aceptamos que Psychè, como retoma Derrida de Freud, es extensa. Se expande libidinalmente por todos los rincones del espacio que el analista no controla; toma, se sirve, y se fija a determinados puntos contingentes que serán el motor del dispositivo. Si su “relato” constituye un fin de análisis, el testimonio de un pase; si escribir sobre su análisis es una operación que intenta un fin o una continuidad, si Chamorro es o no un idiota, entra en una dimensión especulativa que cada uno podrá consentir o no.
Lo cierto es que volvemos nuevamente a esa imagen real; a aquello que la desnudez de esa imagen que no es la imagen del espejo, ni la imagen que el espejo reconstruye, si no esa imagen a la que Lacan refiere como “oscura intimidad” que ciertas técnicas del cuerpo pueden despertar; a aquel cuerpo que sabe hacer, que sabe usar, pero sobre todo que se presenta como una impostura a cualquier tipo de crítica. Es decir volvamos a Liffschitz. El último uso de Liffschitz es el que realiza Piñero para la película Bye Bye Life, título sugerido también por él (Gabriela pensaba otros… ¿diremos que la indujo a esa decisión, o que Gabriela la tomo por que algo en ella hizo resonancias? Me inclino por lo segundo… siempre) sacado de la canción de la película All that Jazz. Película que tomará forma de documental y que filma los últimos días de Gabriela. Si Chamorro fue el soltero que acompañó el momento del síntoma; Piñero fue el soltero que acompañó el momento de la enfermedad. Pasamos del seno ausente, a la metastasis en el hígado., a un nuevo embarazo (me creció el niño dice en una entrevista con Piñero, refiriéndose a la notoria inflamación de su hígado). Al inevitable “acortamiento del tiempo”, a una nueva contingencia que aun así, le permite a Liffschitz seguir haciendo con, seguir usando su imagen, no como un bien de cambio, si no como un bien de uso. Algo para usar incluso después de haberse despedido.
Pero, decíamos, habría que diferenciar eso que ella crea y usa para sí, de eso que ella crea y nos sirve a nosotros para pensar. Esa imagen que se posa en nuestra época y nos mira y nos desnuda en referencia a nuestras propias vivencias subjetivas de eso tan tabú, que siguen siendo la muerte y el sexo. Tomemos el retrato del retrato que hace Assandri de ese modo. Una especie de gran vidrio que muestra como a medida que los solteros desnudan a esta novia, los novios también son desnudados. Assandri muestra bien ese carácter elusivo de esa imagen y se deja interrogar por ella para encontrar el punto ciego de esos discursos que intentan apropiársela. Es lo que sucede con Gabriela, cada uno que se acerque a su obra no quedará inmune a encontrarse de repente desnudo, a su vez, ante esa mirada inquietante.
Bibliografía
Agamben G.,(2017), Los usos del cuerpo, Adriana Hidalgo editora.
Assandri J., (2025), Hacerse ver (cuerpo-fotografía-mirada), Escolios-En el margen. El libro se puede adquirir en nuestra tienda virtual. En Uruguay contactarse con Escolios, ediciones numeradas y en México, con Epeele, editorial.
Didi Huberman G., (2005), Venus rajada, Losada.
Lacan, (1976-1977) L’insu que sait de l’une-bevue s’aile a mourre, s/e
Liffchitz G., (2009) Un final feliz. Relato sobre un análisis, Eterna Cadencia.
Strafacce R., (2017), La Escuela Neolacaniana de Buenos Aires, blatt & ríos..
Juan Manuel Conforte es licenciado en psicología por la UNC. Adherente al CIEC (Centro de Investigaciones y Estudios Clínicos). Coordina el grupo de investigación “Psicoanálisis y filosofía: encuentros, influencias y discusiones” en el CIFFyH (Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades). Es autor del libro Anómalo archipiélago de islas probables, Pre-banda, 2020 y de otros libros junto con otros.
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