Los textos que siguen son fragmentos de dos capítulos de “La función del amigo: una tensión deseante”, de Helga Fernández, En el margen, 2026. El primero proviene de «Incitación mutua», donde una serie de variaciones sobre una escena —dos nenas ante un charco— despliega lo que el análisis teórico de la escena fundamental de San Agustín no formaliza. El segundo corresponde a «La gramática del limen», que interroga qué le ocurre a la lengua cuando intenta nombrar un espacio donde las fronteras entre los pronombres se suspenden.
Ambos fragmentos pueden leerse como una entrada oblicua al libro: no resumen el ensayo ni anticipan las conclusiones, pero dan a escuchar el tono y el procedimiento. Si algo los enlaza es la apuesta por componer —antes que definir— aquello de lo que tratan.
En el margen editorial
I. Variaciones del charco
de «Incitación mutua»
Primera variación: la mirada inaugural
Vi con mis propios ojos a dos nenas ante un charco de lluvia. Una sostenía una rama, la otra contemplaba el agua. Sin palabras, trazaban círculos en la superficie, creando ondas que se encontraban y multiplicaban. No hablaban, pero componían un juego donde el agua dejaba de ser espejo para volverse campo de experimentación.
Segunda variación: la invención mutua
He visto a dos nenas que inventaban mundos en un charco. Una agitaba el agua con una vara declarando: «Es el lago de la luna», al tiempo que la otra tomaba una hoja seca y decía: «Un barco». Sus gestos no fueron de posesión, sino de apertura, de invitación. El espejo líquido se volvía una superficie de inscripción donde ninguna buscaba su imagen, sino el trazo compartido que las excedía.
Tercera variación: la resonancia
Vi cómo dos nenas hacían del agua estancada un campo de fuerzas. Una golpeaba la superficie a pulsos regulares; la otra respondía desde el otro extremo. Las ondas se encontraban en el medio creando patrones de interferencia donde lo que aparecía no era la imagen de ninguna sino la vibración del encuentro. Una añadía una piedra y decía: «El muelle secreto». Sus miradas se cruzaban, y era una mirada que las confirmaba como habitantes de un mundo que solo ellas podían ver.
Cuarta variación: la zona porosa
Fui testigo de cómo dos singularidades se encontraban en los bordes de un charco que ya no era espejo sino membrana permeable. Con palos que agitaban el agua, con hojas que trazaban espirales, instituían un espacio poroso donde la superficie especular se disolvía en favor de corrientes y remolinos: ya no había rostros que reconocer sino fuerzas que componer. El juego mismo era el objeto que ninguna poseía porque solo existía en esa turbulencia que impedía cualquier fijación; el mundo que inventaban no era la suma de sus partes sino un efecto de su relación, una causa que las movía. Ese pequeño reino era un espacio liminal y su existencia dependía de la incitación mutua entre ellas: dos nenas que ni siquiera se conocían, que nunca se volverán a ver. Dos extrañas la una de la otra.
Quinta variación: el duelo incorporado
Observé una vez más a las dos nenas, ahora cuando el sol comenzaba a secar el charco. La mirada podría haber sido ensombrecida por la pérdida inminente de su mundo acuático. Pero no fue así. Mientras el agua se evaporaba, trazaron con sus dedos en el barro húmedo los caminos que las ondas habían dejado, transformando la desaparición en nueva materia de juego.
Sexta variación: la fisura del espejo
Contemplé a dos nenas. Una, después de colocar una hoja, declaró: «El barco». La otra, con un gesto rápido, hundió la hoja con su rama. «Ahora es un naufragio», dijo sonriendo. Por un instante, el juego se detuvo. La mirada de la primera fue de desconcierto; por un segundo, el charco volvió a ser un espejo donde vio su propio reflejo de frustración. El espacio se tensó, ya no era una communitas. Pero, tras un instante, recogió otra hoja: «Esta es la balsa», dijo. Y el charco volvió a ser lago. Otro juego comenzaba: el de transformar esa fisura en un nuevo campo de invención.
*
En estas seis variaciones, el agua que podría ser espejo deviene superficie de inscripción y turbulencia. Las ondas, los remolinos y las interferencias impiden la formación de cualquier imagen estable. Lo que se despliega es un espacio otro: ni posesión ni reflejo, sino zona de composición donde el objeto *a* se genera en la imposibilidad misma de toda captura imaginaria.
Las nenas junto al charco no escapan a lo que el niño de Agustín padece; lo atraviesan de otro modo. La mirada sigue siendo campo de batalla, pero la batalla se juega. Donde uno encontró el veneno del goce ajeno, las otras —sin saberlo, sin garantía— abren un intervalo donde el deseo puede circular. No siempre. No por mucho tiempo.
II. La gramática del limen
de «La gramática del limen»
«..el papel que juega la amistad, amistad artesanal, de aprendices que parten con su hatillo al hombro y hacen juntos un tramo del camino.»
— Mary McCarthy
En la apertura del limen, algo le ocurre a la lengua. Sus retorcimientos —esas torsiones del decir que modifican la usualidad del habla— son efecto de la porosidad donde el tú y el yo se vuelven permeables; pero también son llave: un trabajo de la lengua para transmitir lo que acontece en el intra. Esta gramática funciona como efecto y como disposición: la manera de modular un tono para tratar con algo frágil, la condición para que una sensibilidad tan delicada tenga lugar.
El habla puede hacer obstáculo a lo que intenta decir. A veces la apertura viene de lenguas no gestadas por la lógica socrática, aristotélica, kantiana, hegeliana. El aymara cuenta con yo, vos o tú, él o ella, y un cuarto pronombre semejante al nosotros pero que no es plural sino singular: jiwasa. No significa «yo más tú«; no deja fuera al otro ni suma dos individuos. Es un pronombre que se distingue de la primera persona plural exclusiva (nayanaka: nosotros sin ti) por ser un nosotros inclusivo (jiwasa: yo y tú). No opone un nosotros a un ustedes: integra al interlocutor en una unidad indivisible, disolviendo la frontera entre el yo y el otro en el acto mismo de enunciación. Una gramática que sabe lo que el español ignora.
Pero el psicoanálisis dispone de su propia figura. El él mismo que aparece en el sueño del padre muerto; el de las fórmulas «el analista se autoriza de él mismo y algunos otros», «el ser sexuado se autoriza de él mismo y algunos otros». El de la interiorización del rasgo unario que sostiene lo uniano del espejo. El del sujeto de la amistad, que no es ni un yo ni un tú y por lo tanto tampoco un tuyo o un mío.
Este él mismo no es repliegue en la propia persona —no es mismidad, myself, quididad. Tampoco un tercero, ni cardinal ni ordinal. Es, antes que alguien, un lugar: un aire, un vacío que atraviesa los pronombres para nombrar el limen. Una exfoliación de la personación que no escatima singularidad, porque en ese espacio se disipan los confines del yo y del tú —no para fusionarse, sino para crear lo que los excede.
[…]
Estas formas no son abstracciones. Se las puede ver operar en la escena del charco, donde dos nenas componen un mundo sin que ninguna lo posea. «Un lago de la luna», dice una. «Un barco», responde la otra. Entre lago y barco no hay síntesis posible, no hay negociación que produzca un tercer término superador. Lo que hay es yuxtaposición productiva: el lago no deja de serlo porque aparezca el barco, ni el barco anula al lago. La gramática que opera aquí no es la del o —lago o barco— sino la del y también: lago y barco, luna y agua, reflejo y superficie. Cada agregado expande el espacio en lugar de delimitarlo.
Si se atiende a la sintaxis de ese juego, aparece una ausencia notable: no hay verbos de posesión ni pronombres de propiedad. Nadie dice «mi lago» ni «tu barco». Los sustantivos flotan sin ancla posesiva, como si la lengua supiera que en el limen la propiedad es un anacronismo. Lo que una nombra, la otra lo toma y lo transforma; lo que la otra devuelve, la primera lo recibe ya modificado. No hay original ni copia, no hay autor ni comentarista: hay co-composición.
[…]
La gramática del limen se aprende —si se aprende— en el limen mismo: una lengua viva que no se domina con diccionarios. Las nenas del charco no consultaron un manual antes de inventar el lago de la luna. Freud no sabía, mientras escribía a Fliess, que estaba componiendo el psicoanálisis. Arendt y McCarthy no se propusieron hacer un tramo del camino juntas; lo descubrieron en el camino. Otras correspondencias, otros encuentros, otros charcos, terminaron y nada más.
Quizás esto sea lo más difícil de transmitir: que la gramática del limen no antecede al limen sino que es su efecto, su precipitado, su huella. Solo después de habitar el espacio se puede nombrar lo que allí ocurrió. Solo después de perderlo se puede escribir su sintaxis.
La función del amigo. Una tensión deseante
Helga Fernández
En el margen editorial — 2026
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