Cuidado editorial: Andrés Hofman.
Al levantar la vista leo el letrero sobre el dintel de entrada: “la única ciencia verdadera es la ciencia ficción”. Una frase que abre un umbral desde donde adentrarnos en esta singular nave que nos llevará de viaje. Un viaje que detona, desde el inicio, una poderosa curiosidad al anunciarse desde el hangar de partida como viaje weird cuya extrañeza augura hacernos llegar nada más y nada menos que a los confines del psicoanálisis. Tengo taquicardia, no lo voy a negar. Los confines, las fronteras, los límites, los extremos suelen entusiasmarme, aunque a su vez la angustia que se anticipa frente a lo desconocido empiece a manifestarse. Me acomodo en el asiento, me coloco el cinturón y respiro hondo al escuchar la voz que anuncia la partida: Tres, dos, uno ¡Despegue! Estallan las palabras que son motor y que van abriendo el camino y entonces descubro que la nave también es criatura. Una criatura que abre sus ojos-ventanas para mostrarme visiones liminales que va sobrevolando durante la travesía. Poco después del despegue, una frontera inicial se anuncia desde la cabina de vuelo para avisar al lector-viajero que recorreremos un territorio de “confluencias que nos permiten escuchar cómo las narrativas especulativas dialogan con lo inconsciente y los modos en que la extrañeza literaria resuena con las dimensiones más perturbadoras de la experiencia”. De pronto, un espejo exterior –speculum-especulativo–, hecho de cristales de ideas reunidos de múltiples fragmentos, me deja ver un reflejo fugaz y descubro que la criatura, en cuya entraña viajo, tiene innumerables cabezas parlantes que conversan entre sí en ecos dislocados. Atiendo el rumor: se trata, en principio, de cuatro voces que narran –lo he dicho, dislocadamente– sus impresiones sobre el viaje mismo que ellas impulsan, declarando que funcionan como una composición singular, pero nunca solitaria, porque cada texto-voz está atravesado por una red de influencias (otros textos voces) que exceden a cada cual para formar parte de la criatura toda… parece un trabalenguas pero déjenme decir que es en realidad caleidoscopio. Descubro entonces que estas cabezas parlantes han compartido lecturas que se contagian y que van mutando al extenderse o compactarse y, en cada ocasión, abrirse hacia otras rutas de ideas dislocadas entre sí, pero siempre concentradas en la extrañeza de la existencia misma y su trasiego entre la ficción especulativa y el psicoanálisis como para pensar lo impensable. Sus vasos comunicantes van creando, durante este viaje enrarecido, panorámicas y perspectivas que no dejarán de desconcertar e interrogar a los lectores-viajeros a lomo de la criatura. A las cuatro voces principales de las cabezas parlantes, se les suman ecos y resonancias de otras voces conocidas que dan forma a los paisajes que se asoman por las ventanillas y que anuncian recorridos por territorios demarcados por nombres específicos (la ciencia, la ficción, el psicoanálisis, la ciencia ficción, la verdad, la realidad… la hiperstición) que de pronto van sufriendo dislocaciones, entrecruzamientos, invasiones entre sí, en la misma medida en que las palabras les dan forma convirtiendo esos paisajes previamente encasillados en una nomenclatura ya establecida, en nuevas comarcas que se vuelven inclasificables: paisajes de la extrañeza. Escucho una voz en off, que confirma: “no es territorio cartografiable, ya que por naturaleza es híbrido, mutante, queer, disidente y replicante”. Durante la travesía, el lector-viajero irá encontrándose con cúmulos de estas ya anunciadas dislocaciones siempre a cuatro voces que se oirán una y otra vez, por intervalos, donde prevalece una suerte de asombro frente a la notoriedad de esa otra criatura inatrapable por su ingenio llamada ciencia ficción; un ingenio capaz de espejear senderos inéditos y abrir espacio potencial o, dicho de otra manera, campo de juego. Una de las cabezas parlantes anuncia: “no cabe duda que –en la ciencia ficción– hay una puesta en suspenso de la realidad, aunque quizás no solo de la realidad sino de toda coagulación identitaria, de toda consistencia y de toda verdad que se pretenda como criterio único de lo verdadero”. Mientras la escucho surge desde un entresijo de mi memoria una frase leída en ese cuento inmortal llamado El Inmortal donde Borges afirma cuán “Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.”1 Silencio. Ahora se escucha otra de las cabezas- parlantes: “Al transitar por sus mundos extrañados, la ciencia ficción revela la ficción inherente a toda teoría y la teoría subyacente a toda ficción” ¿Algo más claro que esto? me pregunto. Sobre todo cuando agrega poco después que el psicoanálisis reconoce en su composición esta naturaleza de “ficción teórica” y entonces sobreviene la pregunta: ¿y qué pasaría si leyéramos a Freud como un escritor de ciencia ficción? Romper con el dogma… colocar el asunto en el difícil, pero fecundo terreno de la paradoja, me digo, zona de juego por excelencia donde es posible crear todo tipo de cosas; me digo que sin ficciones ni capacidad de ficcionar la aridez del mundo nos secaría el alma. La nave se zarandea porque hemos entrado a una zona de turbulencias. Y entonces me acuerdo de una voz que quedó en tierra –aunque se asomará apenitas hacia el final del viaje– pero que podría haber ocupado un espacio mayor durante esta travesía; es la de aquel que elaboró esa fecunda idea de los fenómenos transicionales, porque bien sabía después de una riquísima práctica, que el juego y el jugar cuya función es crear una realidad alterna, mágica, circunscrita a un campo muy preciso donde pueden ocurrir todo tipo de cosas, es la base de la ficción y el ficcionar mismos como las formas más preciadas y sagradas de toda creación, sin importar si se trata de una teoría, una novela, un juego o una receta de cocina. La turbulencia se detiene cuando se oye la voz dentro de la cabina. Escuchemos: “La ficción opera más bien como un cartógrafo que, en lugar de reproducir con fidelidad la geografía, traza líneas provisorias sobre un mapa siempre incompleto. (…) La ficción no surca el abismo. La ficción es el puente colgante”. Otra cabeza parlante sube la voz repentinamente, para seguir con el problema y mientras navegamos sobre el mar de Solaris, la escuchamos sostener algo fundamental en este viaje: así como el capitalismo expulsa a la otredad, incluso la doblega hasta aniquilarla, la ciencia ficción le da un lugar (y mi propia voz interior agrega) para enarbolarla en todo el valor de su singularidad, como intenta hacer el psicoanálisis (al menos como yo lo entiendo y practico).
La nave-criatura vuelve a zarandearse, cuando se escucha una nueva cabeza parlante quien a su vez activa a otra voz venida de los confines de una transferencia –vaya planeta– y enuncia una pregunta incomparable: “¿Usted –pregunta el analizante– como psicoanalista, tiene un plan si se muere, un plan para avisarle a la gente que se muere que se murió? Porque yo tengo que saber cuando se muera…para ver qué hago, porque después de muerto también lo necesito”. ¿Ciencia ficción? Y mientras la nave-criatura vuelve a agitarse en su devenir caleidoscópico, recuerdo una frase que solía decir un psicoanalista muy apreciado en mi planeta: el analista no se puede morir. ¿Qué mayor ficción y ficcionar que la transferencia misma, con su versatilidad de historias, personajes, escenas, motorizadas desde ese singular confín llamado inconsciente?
Durante esta singular exploración me doy cuenta que esta criatura que es ella misma el viaje, a través de sus cuatro centrales cabezas parlantes, hace un llamado a no menospreciar la enorme potencia de la ficción. Su omnipresencia, su ubicuidad, aunque muchas veces se le niegue (como al elefante en la habitación) así como a su poder transformador a nivel subjetivo y colectivo, –en los confines de los espacios potenciales siempre transicionales– donde la ficción se aloja, se crea y se recrea en cada encuentro, desde los inicios mismos del devenir de un sujeto.
“La fantasía, releída a través de las fabulaciones –se escucha decir a la criatura cuando nos acercamos al final del viaje– revela así su potencial como acto político y ético: no solo representa un deseo o escenifica un goce, sino que crea mundos posibles donde distintos tiempos, cuerpos y relaciones pueden existir juntos en configuraciones inéditas”.
Estamos por aterrizar de regreso, aunque sepamos que nunca lo hay propiamente. Lo que hay es transformación después del viaje, cuando lo es; y éste lo es: un viaje que nos transforma porque durante esta odisea hemos atravesado constelaciones, estrellas, planetas, nebulosas, sistemas solares que fulguran en sus evocaciones poéticas e inaprensibles dejándonos esa impresión inatrapable de que hemos bordeado lo imposible de ser pensado. Un viaje motorizado por las interrogantes que nos provoca la extrañeza de la existencia siempre vale la pena; aunque suela tener una porción de inenarrable. Les recomiendo ampliamente que compren sus boletos para intentarlo por ustedes mismos. No se van a arrepentir. Cambio y fuera.
Miércoles 26 de Noviembre de 2025 Librería Bonilla, Ciudad de México
- Borges, Jorge Luis. El Aleph. Barcelona, 1999. Edit. Galaxia Gutemberg, p 18. ↩︎
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