Imagen de portada: Sebastião Salgado
I
Hace unos años, en Salvador de Bahía, escuché a Lúcia, una mujer que trabaja en la calle vendiendo repasadores. Contaba sobre una temporada de hambre que pasó de chica:
«A desumanização foi tão dolorosa que eu abria e fechava a boca para pedir socorro mas não podia nem sabia articular. É que eu não tinha mais o que articular. Às vezes não podia nem pedir, eram os últimos restos de um mundo inapelável.»
(«La deshumanización fue tan dolorosa que abría y cerraba la boca para pedir socorro pero no podía ni sabía articular. Es que ya no tenía más qué articular. A veces no podía ni pedir: eran los últimos restos de un mundo inapelable.»)
II
Lúcia no dice que le faltaban palabras. No dice que el miedo le trabó la lengua, ni que el hambre le debilitó la voz. Dice que ya no tenía qué articular. Lo que se había desmoronado no era la capacidad de hablar sino la materia misma del decir. No el instrumento —la boca, la lengua, los fonemas— sino aquello que le daba a la boca una razón para abrirse. Un mundo apelable: un mundo donde todavía existiera alguien a quien dirigirse, algo que esperar de la dirección, un lazo —por mínimo que fuera— entre el grito y una escucha posible.
Abría y cerraba la boca. El gesto persistía. El cuerpo seguía haciendo la mímica de la articulación cuando ya no había articulación posible. Como si la carne supiera que algo tiene que ser dicho incluso cuando ya no hay qué decir ni a quién decirlo. Ese movimiento —esa boca que se abre y se cierra en el vacío, sin sonido, sin destino, sin contenido, pero que no deja de abrirse y cerrarse— es la imagen más exacta que conozco de lo que significa hablar al borde mismo de la palabra.
III
Las palabras de Lúcia —los últimos restos de un mundo apelable— pueden quedar referidas a un horror tan masivo, tan saturado, que erosiona la posibilidad misma de clamar.
Hay algo que hoy desmantela las condiciones del decir de un modo que no conocíamos. No se trata solo de la vieja crueldad del poder ni de la represión que calla las bocas por la fuerza. Se trata de algo que opera sobre el tejido mismo en el que un hablante puede constituirse como tal. El espacio que media entre quien grita y quien escucha.
Toda palabra es nominación. No poder hablar es no poder nombrar —en el sentido más fuerte del término—. Lúcia, de niña, no carecía de vocabulario ni de gramática: carecía de la posibilidad misma de vocar, porque nombrar supone un mundo donde el nombre llegue a alguna parte, donde haya alguien que al escucharlo acuda. Cuando ese mundo se cae, el nombre se cae con él. No es que la palabra falle ante una cosa demasiado grande para ser dicha: es que la palabra, toda ella, es un acto de dirección, y cuando no hay adónde dirigirse, la nominación se desmorona desde adentro. Lo inapelable es eso: la caída del lugar adonde el nombre iba.
Y sin embargo, años después, en una calle de Salvador de Bahía, Lúcia nombra. Nombra con una precisión que espanta. Dice deshumanización, dice socorro, dice los últimos restos de un mundo inapelable. Lo que Lúcia encontró no fueron las palabras para lo indecible. Encontró un tejido entre su voz y otra presencia. Y desde esa costura ínfima, nombró lo que no podía ser nombrado. No porque el horror hubiera disminuido o las palabras hubieran crecido, sino porque alguien estaba ahí, del otro lado, escuchando. Y eso bastó para que la nominación —en su último reducto, en su gesto más extremo— fuera, ahí, posible.
IV
Daños colaterales. Técnicas de interrogatorio avanzadas. Limpieza étnica. Operación militar especial. Intervención humanitaria. Solución final. Reasentamiento al este. Fuego amigo. Ciudadanos ilegales. No hay nada más esclavo que el trabajo en blanco. El Estado es una asociación ilícita. La solidaridad es una estafa. Austeridad. Optimización de recursos humanos. Mujeres de confort. Defensa preventiva. Ribera de Gaza. Daño aceptable. Pacificación. Zona de seguridad. Gestión poblacional. Reeducación. Programa de reubicación voluntaria. La asequibilidad es un invento de los demócratas. La palabra más hermosa del diccionario es arancel. Moderación salarial. Misión civilizadora. Ayuda al desarrollo. Zonas de sacrificio. Reajuste de mercado. No se puede probar la relación causal. No eran empleados, eran colaboradores independientes.
Si se dice todo esto lo que se denigra no es solo a las personas: se denigra al lenguaje. Se degrada la capacidad misma que tienen las palabras de nombrar lo que pasa. Se invierte el territorio nominativo hasta que la canallada se ofrece como ética y la ética como ingenuidad, hasta que socorro suena a debilidad y crueldad suena a coraje, hasta que las palabras con las que alguien podría pedir ayuda ya no tienen sentido alguno.
¿Con qué estofa pedir socorro? ¿Con qué lenguaje clamar, si el lenguaje mismo fue convertido en el instrumento de lo que clausura todo recurso?
Esa es la forma contemporánea más precisa del horror: no el silenciamiento de la palabra sino su ineficacia. No la censura que prohíbe hablar sino la inversión que hace del habla una farsa. La boca sigue abriéndose y cerrándose, las palabras siguen saliendo, los discursos proliferan — pero el territorio nominativo es apenas una mueca donde el mundo adonde el nombre iba está demolido.
V
Lo inapelable no es lo que está fuera del lenguaje. Eso sería demasiado simple, demasiado cómodo para el pensamiento. Lo inapelable es lo que está en el lenguaje como la caída de su destino. Los fonemas, la sintaxis, la gramática, todo eso sigue ahí — pero el mundo que le daba al nombre un lugar adónde llegar se desmoronó. Nombrar lo innombrable, entonces, no es una proeza del lenguaje contra sus propios límites: es el umbral mismo de lo nombrable. El último reducto. El punto donde la nominación toca su propia fragilidad y, al tocarla, se vuelve su gesto más radical.
La mística conocía otro innombrable: la presencia divina desbordando las categorías humanas, un exceso que la palabra no podía contener. Lúcia y nosotros conocemos este: no un exceso sino un vaciamiento. Un mundo donde lo que se desmorona no es la palabra ante lo demasiado sino el tejido que le daba a la palabra un lugar. No hay demasiado. Hay devastación. Hay cuerpos de niña que tienen hambre y dolor y bocas que se abren y se cierran y nadie, nadie que acuda.
Freud situó ahí el origen de la ética: acudir ante el grito del otro. Pero, ¿qué pasa cuando el grito ya no tiene adónde resonar?
VI
Algo, sin embargo, insiste. Insiste como insisten los nombres que fueron arrasados. Como insiste la boca de Lúcia. Algo que intenta nombrar los horrores del mundo sin la eficacia necesaria.
Niños vendidos por redes de trata. Niños comprados. Niños filmados y transmitidos en vivo por industrias que monetizan su carne. Niños comidos, porque su sangre asustada —dicen— alarga la vida. Niños soldados que cargan fusiles más grandes que su cuerpo, obligados a matar a sus propios padres como prueba de lealtad. Niños que trabajan en minas de cobalto para que un teléfono funcione. Niños que cosen pelotas que no van a patear. Niños que clasifican basura electrónica. Niños que mueren de hambre a ochocientos metros de un restaurante donde se tira comida. Niños que mueren de enfermedades curables con una pastilla que cuesta centavos y que un laboratorio decidió no distribuir. Niños que nacen en guerras y no conocen otro sonido que el de las bombas.
Mujeres violadas como estrategia militar. Mujeres violadas en grupo como castigo comunitario. Mujeres esterilizadas por el Estado sin su consentimiento. Mujeres a las que les extirpan el clítoris y lo llaman tradición. Mujeres lapidadas por ley. Mujeres a las que se les prohíbe leer, caminar solas, cantar. Mujeres asesinadas y enterradas en el desierto por redes que operan con la complicidad de la policía. Mujeres que son desaparecidas. Mujeres que denuncian y las matan con la denuncia en la mano.
Trabajadores que mueren en las fábricas. Trabajadores que pierden las manos en las máquinas y son despedidos al día siguiente. Trabajadores envenenados por los pesticidas que fumigan sin protección y la empresa dice que no se puede probar la relación causal. Obreros textiles que mueren cuando el edificio se derrumba y las puertas estaban cerradas con candado desde afuera. Repartidores que mueren atropellados y la empresa dice que no eran empleados. Pescadores esclavizados en barcos que no tocan puerto durante años. Trabajadores que mueren en obras y el cuerpo se tapa con cemento para no frenar la construcción.
Familias separadas en fronteras por política migratoria. Migrantes hacinados en bodegas de barcos que se hunden. Migrantes muertos de sed en contenedores cerrados. Migrantes devueltos al país donde los van a matar. Migrantes que trabajan sin papeles y a los que les roban el sueldo y no pueden denunciar.
Pueblos enteros borrados del mapa para que una corporación extraiga lo que hay debajo. Comunidades envenenadas por la minería que contamina el agua que toman. Comunidades que viven aguas abajo de la represa que les inundó el cementerio donde estaban enterrados sus muertos. Pueblos originarios desplazados, masacrados, reducidos, exhibidos en museos.
Hospitales bombardeados. Escuelas bombardeadas. Refugios bombardeados. Columnas de civiles evacuando por el corredor que les dijeron que era seguro, bombardeadas. Ciudades enteras reducidas a escombros. Poblaciones sitiadas hasta que se rindan de hambre. Bloqueos que impiden la entrada de anestesia y los cirujanos operan en vivo. Fósforo blanco sobre barrios civiles. Bombas de racimo en zonas residenciales. Uranio empobrecido que sigue matando veinte años después. Drones que matan desde una pantalla a diez mil kilómetros de distancia.
Genocidios. El que pasó y el que está pasando y el que va a pasar. Genocidios transmitidos en vivo que se miran entre bocado y bocado. Genocidios que se niegan mientras se conmemoran otros genocidios. Genocidios que se conmemoran con monumentos mientras se prepara el siguiente.
Fosas comunes. Cuerpos desaparecidos que todavía buscan sus familias, de rodillas, escarbando la tierra con las manos. Madres que llevan treinta años buscando un hueso. Abuelas que mueren sin haber encontrado a sus nietos. Nietos que descubren a los cincuenta años que su identidad es otra.
Campos de concentración que siguen funcionando con otro nombre.
Animales hacinados en criaderos industriales donde no pueden darse vuelta. Que nunca tocan el suelo. Que nunca ven la luz. Triturados vivos. Especies cazadas hasta la extinción por el precio de un cuerno o una aleta.
Ríos envenenados. Mares de plástico. Arrecifes muertos. Selvas taladas. Glaciares que se derriten. Especies exterminadas una por una, en silencio, sin que nadie las nombre. Insectos que desaparecen.
VII
Nombrar. Seguir nombrando.
Si después de Auschwitz la pregunta fue si habría poesía, hoy la pregunta es si la boca que se abre y se cierra todavía puede hacer algo más que el gesto.
Qué manera de DECIR…
En términos de Boudrillard «No importa Lucía…Importa lo que no pudo decir…y que aquí se ha dicho…».
Y que alguien ha escuchado.
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» …los dominados no pueden salir por sí mismos del modo de ser y de pensar que el sistema de dominación les asigna, no deben perder su identidad y su cultura buscando apropiarse de la cultura y el pensamiento de los otros …a esto se resumen las razones de la ciencia que nos describen los desposeídos incapaces de reconocer su desposesion » Jacques Ranciere.
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