Imagen de portada: Friedensreich Hundertwasser
Cada vez que publico un libro es una alegría enorme, porque tiene que ver con mi deseo, con mi formación, con una forma de vida que sostenemos entre varios. Que deseamos difundir y ampliar, además, aunque sea siempre una apuesta sin garantías. No obstante, a veces también escucho voces críticas que dejan deslizar sus frases de fastidio: “¿otro libro más?”, “¿para quién escribe?”, “no hace más que repetirse a sí mismo”, etc. Es lógico que el deseo tenga su reverso de sombras, que la impotencia de algunos, sometidos al ideal inalcanzable, se proyecte sobre quienes hacen lo suyo como una mueca insoportable. Quisiera despejar algunas razones de esos afectos oscuros apelando a testimonios próximos.
En uno de mis últimos libros empezaba por contar los motivos por los que escribo, sin dudas no es algo espontáneo ni que vaya de suyo, no es nada natural escribir; y sin embargo… ¿cómo llego a la fórmula que da título al mentado libro?: Escribir es respirar. Puede que haya quienes imaginen que la igualación con un acto tan simple como respirar busca hacer más fácil o accesible el acto de escritura; pero no es eso. La cuestión está en lo esencial que resulta y en lo poco que solemos reparar en lo que implica: apenas dirigimos nuestra torpe atención, el proceso se descompasa y altera, se dificulta o inhibe. Por supuesto, no todos llegan a practicar la escritura al igual que como respiran, con la misma necesidad y naturalidad, sin tantos artificios ni pretensiones excesivas. ¿Pero qué o quién les impide hacerlo?
Después de la publicación de Escribir es respirar (2025), hallé la misma fórmula pronunciada por el escritor y psicoanalista Luis Gusmán, según relata Josefina Licitra en su último libro: Crac (2025). Ella se encontraba ante un impasse que no le permitía ejercer el acto de escritura, detenida o descompasada por una conminación paterna, y Gusmán le dijo: “Dejate llevar por las ganas. Escribir no es un trabajo. Para vos, como para otros en lo que me incluyo, escribir es respirar.” Josefina había escrito desde muy pequeña y lo hacía bastante bien, como cuenta en el libro, ante la necesidad de mantener la comunicación por correspondencia con el padre exiliado; pero ya de grande, como escritora profesional, cuando decide relatar el inexplicable distanciamiento paterno y hacerlo público, éste lo considera una traición y corta el vínculo filial. Un acto inexplicable que la deja, literalmente, sin palabras. Luego un contrato firmado con la editorial y varias vueltas subjetivas le permiten destrabar el asunto.
Para Foucault, en cambio, la escritura no se dio de manera fácil. En una entrevista de 1966, cuando ya había publicado Las palabras y las cosas, contó lo siguiente: “Voy a tratar de decirle lo que fue para mí, a lo largo de mi vida, la escritura. Uno de mis recuerdos más constantes -ciertamente no el más antiguo, pero sí el más obstinado- es el de las dificultades que tuve para escribir adecuadamente. Escribir bien en el sentido en que se entiende en las escuelas primarias, vale decir, hacer páginas de escritura bien legibles. Creo, estoy incluso seguro, que en mi clase y en mi escuela era el más ilegible. Eso duró mucho tiempo, hasta los primeros años de la enseñanza secundaria. En sexto grado me hacían hacer páginas especiales de escritura, a tal punto tenía dificultades para mantener cómo se debe el portaplumas y a trazar como se debía los signos de la escritura.” Esto puede resultar extraño para quienes conocen al Foucault maduro y consagrado, eximio escritor que ha cultivado diversos estilos a lo largo de su obra: desde cierto barroquismo literario hasta la prístina escritura conceptual, quien además solía pasarse horas y horas escribiendo. Pero todo proceso de maduración o cultivo de sí lleva su tiempo y, sobre todo, sus contratiempos.
Un amigo, Juan Manuel Conforte, también escritor, psicoanalista, editor, cuenta algo parecido aunque con un poco más de humor en su libro Anómalo archipiélago de islas improbables (2020): “Desde pequeño mi vínculo con el lenguaje fue extraño. Me costaba entender lo que me decían, pero sobre todo me costaba hacerme entender. Cuando pasé a primer grado, afrontando ya la primera mudanza de provincia desde un pequeño pueblo de montaña hacia una ciudad, un tío mío que vino de visita fue lapidante con las noticias que llevó hacia Córdoba: “¿Y cómo le va a Juan Manuel?”. “Bien, dijo, no hace la O ni con el culo”. Justo, preciso, incisivo. La O, el culo, la escritura, el lenguaje, el aislamiento. De todas formas me las arreglaba. Y de no poder escribir con el culo, empecé a escribir como el culo. Y así continuó. Una frase, la más simple, se tornó una especie de montaña de difícil acceso. Escribir como el culo es más complejo que escribir bien. Escribir bien requiere el solo ser capaz de seguir las consignas, aprender ciertas reglas.”
Escribir como el culo, por supuesto que no es solo un chiste familiar propio del cordobés básico, también muestra la función corporal de la escritura; circunscribe otro órgano-agujero clave por el que gira la pulsión. Incluso, más acá de las consignas y reglas que supone el escribir bien, hay una dimensión del disfrute que resulta elusiva para quienes todavía permanecen demasiado atados al ideal y sus exigencias normativas. Soltarse requiere romper con ciertos rituales y formas de reconocimiento o validación social. Salir del clóset de las buenas formas escriturarias puede ser aún más difícil que salir del de las identidades sexuales asignadas.
Foucault cuenta que tardó muchos años en pasar de la escritura bien hecha, como tarea escolar obligatoria, al placer de escribir; para eso tuvo que conectarse de manera apremiante con la materialidad de la lengua en un contexto de incomunicación: “Las ganas de escribir no me vinieron sino alrededor de mis treinta años. Por cierto, había hecho estudios que se llaman literarios. Pero esos estudios literarios -la costumbre de hacer explicaciones de texto, de redactar disertaciones, de pasar exámenes-, imagínese sin lugar a dudas que no me habían dado de ningún modo el gusto de escribir. Por el contrario.” Para encontrar el placer de la escritura debió autoexiliarse. Cuando viajó a Suecia, sin hablar nada de sueco y apenas inglés, se encontró con la dificultad de expresarse: “En esta imposibilidad en que me encontré de utilizar mi propio lenguaje me di cuenta, primero, que este tenía un espesor, una consistencia, que no era simplemente como el aire que se respira, una transparencia absolutamente insensible; luego, que tenía sus leyes propias, que tenía sus corredores, sus caminos fáciles, sus líneas, sus pendientes, sus costas, sus asperezas, en suma, que tenía una fisonomía y que formaba un paisaje donde se podía pasear y descubrir en un recodo palabras, y alrededor frases, bruscamente, puntos de vista que antes no aparecían.”
Nótese que justamente suponer que el lenguaje es como el aire que se respira, accesible y gratis en todo momento, resulta una creencia fatal cuando no disponemos de ellos. La falta de aire como de lenguaje nos hace detenernos en la materialidad inexpugnable de las funciones que los solicitan: la respiración y la escritura; explorar todos sus conductos, pliegues y accidentes se vuelve imperioso. No es mera cuestión de obligaciones sociales, ideales estéticos, o realizaciones personales; es cuestión de necesidad y urgencia. La ley que dicta la lengua tampoco es la norma gramatical; se juega más en el deseo que en la convención. Responder a ella tiene que ver con un ethos filosófico y político al mismo tiempo.
Hay pues un punto decisivo donde se impone romper con las habilitaciones o inhabilitaciones paternas (cuentan allí también los diversos “tíos culturales” que cumplen la misma función), para poder encontrar el disfrute en la escritura, como en cualquier acto que se precie, incluido algo tan (poco) natural como respirar, caminar o militar. Porque sobre nuestra época, como en las nuevas generaciones, siguen pesando calladamente las mismas inhibiciones, exigencias, prohibiciones o angustias. Que las figuras de autoridad o desestimación de las prácticas tomen la forma de influencers, referentes culturales, curadores, editores, etc. no cambia la función; incluso diría que la empeora.
Por eso resulta clave, como ha escrito mi amiga Helga Fernández (2026), darle todo su valor a la “función del amigo”. No se trata de competencias o prioridades autorales, sino de encontrar composiciones virtuosas. De mi parte, en la reactivación del deseo de filosofía, que también implica el cultivo de la amistad, propongo una serie de ejercicios vitales para hacer cuerpo los saberes, y, entre ellos, la escritura resulta crucial. No es una escritura literaria o poética, tampoco meramente académica o citatoria, más bien se trata de una escritura de sí que se despliega en lo cotidiano para constituirnos en sujetos de nuestros actos, sean epistémicos, políticos, estéticos o éticos. La verdad se trama entre ellos. Para mí, más que de ficción la verdad tiene estructura de fricción, nos constituimos en sujetos mediante el ejercicio de fricción entre múltiples dimensiones; y allí el disfrute resulta orientador. La fricción y la fruición nos forman de una manera habilitante y potente, capaz de contagiar a otros.
Una de las mejores cosas que me han dicho respecto a los efectos de lectura de algunos de mis libros es que les han dado ganas de escribir. Eso es mucho más importante que cualquier alusión a un contenido puntual o a una valoración del conjunto.
Referencias
Conforte, Juan (2020). Anómalo archipiélago de islas probables, Córdoba, Prebanda. El libro se puede conseguir en https://salvajefederal.com/productos/anomalo-archipielago-de-islas-probables-juan-manuel-conforte/
Farrán, R. (2025). Escribir es respirar: meditaciones, conversaciones, restos, Córdoba, Triángulo.
Fernández, H. (2026). La función del amigo: una tensión deseante, Buenos Aires, En el margen.
Foucault, M. (2019). El bello peligro: entrevista con Claude Bonnefoy, Buenos Aires, Interzona.
Licitra, Josefina (2025). Crac, Buenos Aires, Alfaguara.
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