Resonancias de la conversación pública acerca de “Salud mental… ¿digital?”*

Imagen: Summer evening (Marcus Cederberg, 2018)

Cuidado editorial: Amanda Nicosia y Agostina Taruschio


Esos lectores perturbables y perturbadores que hacen que la escritura valga la pena

Graciela Montes

El 11 de agosto del año pasado, a modo de carta abierta, publicamos: “Salud mental… ¿digital?”, en la que invitamos a poner en conversación pública asuntos medulares que hacen a la ética en el campo de la Salud Mental.

Las preguntas, comentarios, precisiones, críticas y aportes que el texto recibió de sus lectores pulsan la escritura de estas líneas con ánimo de expandir la interpelación que entraña.

Desde esta perspectiva, hacemos presentes algunas resonancias que condensan una polifonía de voces:

Escribir sobre los efectos de la digitalidad en una revista digital es como combatir el fuego con el fuego

Esta ocurrencia, casi paradojal, percute en el  hueso del asunto, en tanto estamos inmersos en el ciberespacio en el que se engendra -a través del comando de sistemas de inteligencia generativos- la vida algorítmica digital, de la cual, no tenemos posibilidad de exilio.

En este nuevo mundo, engendrado por el capitalismo tecnodigital de la segunda década del siglo XXI, y reconocido por la OTAN como cuarto territorio bélico en el 2016, ha caducado la nítida separación entre tecnofílicos y tecnofóbicos, propuesta por Umberto Eco en el siglo pasado.

Hoy, no hay posibilidad de resistirse, oponerse, o incluso elegir, la vida digital.

Estamos sumergidos en ella, vampirizados por la seducción que despierta desde las pantallas, con las que, piel a piel, nunca dejamos de estar conectados a una inédita “compresión del tiempo y del espacio a escala suprahumana” y a una “diseminación masiva de palabras, imágenes y sonidos sintéticos sin precedentes”, como  advierte Helga  Fernández(1).

No podemos resistirnos, y esta misma condición nos vuelve responsables de sostener la apuesta a contraefectuar los efectos nocivos que trae la digitalidad en los seres hablantes tales como la supresión de la temporalidad y  la dimensión poética de la palabra, sin renegar de sus aportes propiciatorios.

Disponemos, aún, de la oportunidad de no renunciar a nuestra responsabilidad de recordar, reafirmar, ratificar que los seres humanos somos hijos de la lengua.

Hasta nuevo aviso, en los embriones humanos aún no se ha insertado un chip del habla. El viviente humano, arrojado al mundo privado del instinto, sigue requiriendo de la transmisión de la lengua por un otro encarnado. Ese ineludible otro auxiliador, reconocido por Freud como estructural frente al desamparo primordial, fuente primordial  de “comunicación… y de todos los motivos morales”(2).

Esa  transmisión conlleva la ineliminable instilación de amor, deseo y goce, fibras vitales del anudamiento subjetivo, las cuales se encuentran estructuralmente excluidas en el código digital, conformado por un enorme enjambre de datos puramente matemáticos.

La digitalidad entró a nuestros consultorios para quedarse

Algunos lectores, practicantes de psicoanálisis, compartieron su preocupación por la entrada masiva de la digitalidad en nuestros consultorios, potenciada por la pandemia, que se ha instalado como nueva modalidad, a veces exclusiva, de la práctica clínica.

Hay un acento esencial que el texto* reclama: la digitalidad, como soporte técnico para el practicante de psicoanálisis, no tiene punto de contacto, no intersecciona con las “terapias algorítmicas”, realizadas por robots terapéuticos.

Encontramos en esta afirmación declarativa otro asunto medular a discernir. No nos estamos refiriendo al uso de los chats de IA consultados espontáneamente por las personas para dirigir su pregunta sufriente, su dolor existencial, o buscar soporte para sus decisiones de vida, desde la curiosidad, comodidad, o cercanía anónima. A veces, esas consultas se realizan desde una soledad abismal que revela el exilio inmensurable de los que han sido dejados afuera del lazo amoroso con un otro de carne y hueso.

Ratificamos que la invitación a hacer lectura crítica del uso de estos  dispositivos de IA, está  dirigida a su promoción como agentes de salud mental realizada por practicantes clínicos de Salud Mental, en publicaciones y  cursos  académicos de medicina y psicología, que promueven distintos dispositivos digitales como posibilidades terapéuticas: Wellness Apps (aplicaciones de bienestar); Mood Trackers (seguidores del estado de ánimo); Telepsicología (bajo modalidad síncrona y asíncrona); Realidad virtual (para tratar diversas problemáticas de salud mental, tales como fobias, trastornos de ansiedad y estrés postraumático, mediante la exposición controlada a situaciones desencadenantes); Terapias digitales (los profesionales de la salud pueden ‘recetar’ intervenciones digitales como parte del tratamiento, lo que facilita el acceso a la atención”(4). En estas ofertas se omite advertir que -aún y sobre todo desde la propia experiencia más cotidiana y banal como seres hablantes- en el hablar no hay coincidencia entre el decir y lo dicho, entre lo que pedimos y esperamos como respuesta. No se trata de “voluntad de acción” o de desconocimiento de los “programas de bienestar”, sino que radicalmente estamos habitados por una dimensión de satisfacción que no se transforma por esas vías. ¡Cuántas veces nos proponemos con ahínco: “el lunes empiezo con… (la dieta, dejar de fumar, ir al gimnasio…)!” Las propuestas digitales al forcluir esta dimensión, se sitúan en lo que Evgeny Morozov nomina “la locura del solucionismo tecnológico”(5).

Discernimos en este punto que la crítica no está dirigida al uso, conveniente, propiciatorio de la IA como asistente administrativo de los practicantes clínicos en los marcos institucionales, aportando elaboración estadística  a los equipos de diagnóstico sanitarios u ofreciendo información a la población acerca de los lugares de atención y otorgamiento de turnos.

Seguimos intentando transmitir a los practicantes de los oficios de hacer en el campo de la salud, la disposición a revisar, interrogar, interpelar lo que se enuncia como “solución tecnológica”, que axiomáticamente se propaga acríticamente. Se trata de poner en tela de juicio “la eficacia” que autopromueven para la asistencia a los pacientes graves, o para anticipar “diagnósticos” con “suma precisión” de “autismo”, “depresión”, “evaluación de riesgo”, sin aportar siquiera datos estadísticos que contrasten con los modos humanos de atención clínica. Aquí se requiere abrir un asterisco, no sólo se trata del robot terapéutico: este modo algorítmico de abordaje se infiltra cada vez con más fuerza en practicantes clínicos que creen encontrar en la aplicación de protocolos un resguardo para la evaluación de riesgo cierto e inminente, en la cada vez más desolada población de niñxs y jóvenes y en los cada vez más desbordados equipos de atención.

Aquí encontramos una encerrona trágica. Las propuestas de “atención clínica” por dispositivos digitales de IA, se plantean como  alternativa viable para dar respuesta al incremento exponencial de problemáticas en salud mental y al “déficit de profesionales humanos”. Se alega que el aislamiento de los jóvenes les impide llegar a los lugares de atención, desconsiderando que ese aislamiento es efecto del desanudamiento de los lazos sociales, tal como diagnosticara Ignacio Lewcowicz en el siglo pasado(5). En este estado de precariedad social la adicción a las pantallas se propaga casi osmóticamente.

¿Qué llega de este estado de la estructura subjetiva a los consultorios de los analistas? ¿Cuál es nuestra responsabilidad como practicantes en equipos de salud mental?

Que hoy realicemos nuestra práctica analítica conjugando la modalidad clásica presencial con la modalidad online cuando no estamos obligados a recurrir a esa vía, tal cómo fue necesario en tiempos del covid, nos convoca a la apertura de un campo de problematización fecundo y necesario.

¿Cuáles son los límites que encontramos en sostener la experiencia analítica con  soporte digital, no solo vez a vez, sino estructuralmente?  

Esta pregunta reclama ser puesta en tensión con el desafío arrojado por Lacan en los años 70, cuando advierte que la función del analista deberá, en un futuro cercano,pelearle el lugar a unos pequeños dispositivos, condensadores  de goce, que vaticina serán generados profusamente por la tecnociencia y a los que llamará “letosas”. Asombrosa clarividencia efecto de su lectura de la inédita transformación del campo de la ciencia, que nombra aletosfera, neologismo que condensa los términos aletheia (verdad), y estratosfera. Localiza en ese territorio, en unión indisociable con la técnica, la producción de nuevos objetos que no son accesibles a la percepción, como las ondas satelitales que atraviesan la atmósfera. Localiza en el territorio de la aletosfera el nacimiento de las letosas(4), cuya nominación, evoca a Leteo, río del Hades, el infierno de la Grecia antigua, cuyas aguas producían el olvido de la vida terrenal.

¿No encontramos acaso en esta formulación el antecedente de nuestros inseparables aparatitos digitales bajo el comando de la IA del tercer milenio?

Las letosas, podríamos decir, nos subyugan como el canto de las sirenas, esa voz inaudible que imanta de un modo irresistible, enhebrada al imperativo del superyó, que ordena gozar.

Lacan con las coordenadas  trazadas en el horizonte de su tiempo, afina, afirma y redimensiona el modo de intervención del analista, quien deberá “en cuerpo” pelearle a las letosas su lugar respecto al goce. En esa encrucijada lleva la función del analista al teatro griego para forjar la noción de semblante. Dirá que el analista, al modo del actor de la antigua Grecia, funcionará como altavoz de lo que allí se diga. El acento está puesto, de entrada, en la experiencia de alojar la demanda sufriente por la función analista, en la rectificación pulsional, en el metabolismo del goce, única vía para alivianar el penar de más, ese núcleo opaco de satisfacción, regido por una letra singular, no legible de modo universal, y que no se modifica por explicaciones, indicaciones, o por su tratamiento exclusivamente farmacológico.

El desafío es ahora, no sólo disputar desde la función de analista el lugar a estas letosas, que subyugan cual canto de sirena, sino cómo hacerlo, en lo que podría parecer una contradicción, a través de los dispositivos digitales. 

Este bucle epocal nos demanda un esfuerzo de relectura de los fundamentos de nuestra praxis.

Quizá al modo de Ulises, necesitamos más que nunca estar sujetos al anudamiento real, simbólico e imaginario, que delimitan los campos de goce, faro de nuestra práctica. Si vamos sólo por la vía de lo simbólico, o por la vía de lo real, tenemos menos chances de intervenir respecto al llamado del goce ruinoso, compulsión de repetición en espera a su enlace a la repetición lúdica, que inscribe la la pérdida de goce por la repetición de la diferencia entre la satisfacción buscada y la encontrada. 

En El odio de la música, Quignard ofrece una ingenioso hallazgo: en griego desatar y análisis comparten etimología, y se pregunta, si acaso, el acto de Ulises de hacerse desatar, después de oír, sin sucumbir a los gritos/cantos de la sirenas por estar sujeto al palo mayor, no sería el primer caso de “análisis”(5).

Sostener la praxis del análisis con soporte online, es un hecho ya instituido, forma parte del dispositivo actual, lo cual implica considerar sus límites cada vez. Hay estados de la estructura que no permiten la instalación de la transferencia mediando la pantalla o el teléfono, otras veces la angustia, la urgencia, requieren de la presencia del analista en un espacio tridimensional, en el cual la voz resuena de otro modo, en el que es posible y necesario dar y recibir la mano, un beso, percibir algún aroma, presenciar un abrazo. Estas vicisitudes estuvieron muy presentes en la pandemia, cuando los equipos de salud mental recibimos en las guardias aquellas demandas que requerían de estas coordenadas. Actualmente la práctica analítica con niños, desde que no es obligatorio hacerla online, sigue enseñándonos acerca de cierta dimensión insustituible en la presencia del cuerpo de carne en la experiencia.

hacer lectura de la oferta en ascenso de usar chatbot terapéuticos para responder a la demanda sufriente no es incumbencia de los analistas

Los analistas nos ocupamos del inconsciente, y tenemos que dar cuenta de nuestra práctica, lo que otras prácticas proponen no es de nuestra incumbencia

Estas afirmaciones hacen presente la cercanía de antiguos ecos: no es posible la práctica del psicoanálisis en el hospital, con los niñxs, con los sujetos que  habitan las psicosis, y en dispositivos por fuera del «clásico”. Estas formulaciones eliden que se trata de una práctica de lo imposible. Señalan un cierto eclipse de la brújula de una praxis de psicoanálisis orientada por el penar de más del ser hablante, y cuyo motor es la transferencia sostenida en el deseo del analista. Si el acento está puesto en ocuparse del inconsciente lo que queda excluido es la demanda sufriente en su diversidad. Desde esa  posición se reduce nuestra práctica a una experiencia donde “el oro” del psicoanálisis debería mantener su “pureza”. Conlleva también una lectura del anudamiento subjetivo soportado en  lo invariante de la estructura sin su necesaria conjugación con la contingencia epocal.

Inadvertidamente esta posición propicia de un modo indirecto, pero eficaz, el avance de prácticas desubjetivantes. 

Hay un punto en el que acordamos:es preciso dar cuenta de la práctica que realizamos, es preciso seguir implicados en la travesía de  formación que no concluye, que requiere del lazo al otro, de la lectura permanente no solo de los textos fundantes del psicoanálisis. Sin esa lectura crítica, sin dejarse enseñar por  el arte, sin interpelar y dejarnos interpelar por la producción tecnocientífica,corremos el riesgo cierto e inminente de que una de las praxis más cercanas al saber-hacer respecto a la demasía del sufrimiento quede fuera de juego.

Volvemos a invitar, una y otra vez 

Publicamos esta versión con ánimo de que sigamos conversando, tejiendo lazos entre lectores concernidos en hendir la compacidad digital del tecnoceno que el sistema económico impone. 

Construir, sostener, inventar, una orilla de contraefectuación se vuelve una osadía, un desafío ineludible, en  resguardo de nuestra condición hablante.


Notas:

*Salud mental… ¿digital? Por Viviana Garaventa  – En el margen. https://share.google/nrWfD0Jb9LrlA76T0

(1)Helga Fernández. Mandíbulas autómatas.La palabra en estado viral y los huéspedes precarizados. Ed. En el margen, 2024.

(2) Sigmund Freud. Proyecto de psicología para neurólogos. Ed. Amorrortu

(3) William Shakespeare. La Tempestad, Acto IV, Escena I.

(4) Maia Nahmod. “Transformación digital en Salud Mental: oportunidades y desafíos en la práctica clínica”.Revista del Hospital de Niños de Buenos Aires. Invierno 2025. Vol. 67. Núm. 297. Disponible en: https://www.profesionaleshnrg.com.ar/ojs/index.php/Revista_HNRG/issue/view/11 

(5) Evgeny Morozov. La locura del solucionismo tecnológico. Librería de Le Monde Diplomatique, 2013


Esta revista se sustenta gracias a la publicación, la difusión y la edición, sin ánimo de lucro, de cada uno de los miembros que la componen. Agradecemos la colaboración económica que el lector o la lectora quiera y pueda para lo cual dejamos nuestros datos.

CVU: 0000003100004469954568
Alias: enelmargen.mp
Mercado Pago

Desde el exterior: https://www.paypal.me/flagelodelverbo

Deja un comentario